Archivo por meses: enero 2021

Offerendus (Javier González)

Categoría: La caja negra

Ejerciendo de monaguillo, sin título para ejercer, en la iglesia de nuestra señora, que así llaman a la gran mayoría de la iglesias mayores, caí de bruces en la marmita de las ofrendas. Mi curiosidad me posó en el fondo de armario que el señor sacerdote de turno mantenía en estricto secreto. Dinero de pobres, joyas de la desesperación y la penitencia, pan, vino y muchas viandas que habían ofrecido a nuestra señora una legión de sedientos y hambrientos vecinos con la esperanza de seguir confiando en la esperanza.

Casi pierdo mi oreja izquierda al ser rescatado de un fuerte tirón por mi mentor, que con amenazas de fuego eterno y patadas, hizo de mí un pelele apaleado y mudo. De rodillas fui postrado ante el altar para que el gran señor de los cielos fuera testigo de mi castigo. Me hizo jurar silencio de por vida sobre lo que allí había visto, pues nadie del pueblo debía saber que las ofrendas no se utilizaban para actos de caridad. Y me impuso el peor de los castigos para un pecador, la condenación eterna. Solo podría aliviar mi tortura con sacrificios, votos y dádivas durante el resto de mi vida y aun así no lograría entrar en el paraíso. Como mucho mi destino descarrilado me dejaría en el purgatorio para siempre de los siempres.

Desde entonces aprendí a no sacrificar en altar de piedra o mármol a ningún ser vivo, a donar lo que tuviera a quien no tuviese, sin intermediación divina. A tener siempre abiertas puertas y ventanas. Cultivé el deseo de no desear y en honor a la marmita de ofrendas de la iglesia de nuestra señora, solo me disfrazo de oferente por gratitud o amor. La misma gratitud que debo a quien lee las letras creadas para la caja negra y a quien las escribe.


Se ofrecen (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

 propuestas de contestación inmediata   
 envueltas en decisiones sin sentido
 la sombra de los días en silencio
 y oídos que no escuchan 
 la belleza de lo cotidiano
 Preciso desalojar mi almanaque
 de afectos fatuos que ensanchan
 como si fuera tiempo vivido  

Santuario (Eva Soria)

Categoría: La caja negra

…sino amables violetas con el rocío

llorando”. La tumba de Keats , Oscar Wilde.

Un pequeño montículo rompía la inalterable y tranquila soledad del camino yermo y endurecido por el azote del tiempo imperecedero.

Ya nadie se acercaba a depositar presentes, en lo que era ahora un lecho de esperanzas secas. Ni siquiera el susurro de lejanas oraciones arrastradas por el viento, reverberaban en las rocas de aquel paisaje abandonado. Estas también se desvanecieron, mimetizadas con el silencio. Las ofrendas que daban vida y sentido a este santuario improvisado por peregrinos de otros tiempos, yacían como cuerpos inertes, cubiertas por telarañas e insectos, encontrando así un refugio seguro en las heridas de aquellos objetos esparcidos por el suelo.

Con la nueva era se instauró el olvido, y con el olvido llegó el destierro de frustraciones y de sueños irrealizables. No hacía falta ofrecer nada cuando ya no había nada que anhelar.

Ya nadie se acercaba a depositar ofrendas, porque el deseo de algo mejor se desvaneció con el recuerdo. D.E.P.


Festejos (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

 En Navidad se encienden
 luces de gran potencia  
 pero la mayor ofrenda
 es la que te pide Hacienda
 y que la paga este menda
 
 
 Aprovechando las luces
 los trileros se despliegan
 te rodean los compinches
  y a perder siempre que juegas
 
 
 La promesa en la novena
 El poema que no sale
 La dicha del que lo entrega
 
 
 Sin sollozos no hay amor
 Ya lo sabe la tristeza 

Visión del profeta (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Se alzó un altar en cada esquina

y se dotó de un santo o un dios

propiciatorio.

Se emplearon sacerdotisas

(por su poder de captación,

mayor que el de los sacerdotes)

que fueron instruidas

debidamente

en liturgias y ceremonias.

Pero también se alzaron

mini altares virtuales,

en versiones web y app

compatibles con todos los sistemas

operativos.

Y poco más fue necesario

para encender la mecha.





Las ofrendas llegaron

como viento, oleaje,

con decisión abrumadora,

en progresión macabra

y cada cual más ocurrente

que la anterior.

Primero los exvotos

en palo, en cera, en plástico;

después los sacrificios

en carne y hueso…,

en corazón abierto y chorreante

sobre la piedra

(en forma de chac mool

o tabla de planchar).

Las oraciones

fueron los llantos y los gritos

de los sacrificados

y los ejecutantes.

Y cuando el mal pasó,

(ignoramos si consumido

en sí mismo o agotado

por tanto despliegue oferente),

la humanidad entera suspiró,

dolorida, aliviada…,

mientras guardaba su vergüenza

lo mejor que podía

en los dobleces de su propia

humanidad.

Alabado sea Instagram,

alabado Youtube,

que dejarán constancia

de todo, por siempre jamás.


¿Será cierto? (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Para Mara, Carla y Marisa, por las grandes ideas.

Estaba enfadada. Muy enfadada. Y al mismo tiempo, muy triste. No podía creer lo que le habían hecho sus padres. Lo había escuchado en el patio del colegio y, al principio, no quiso ni creérselo. Pero su inteligencia era tan testaruda que no paraba de pinchar con la duda a cada segundo. ¿Será cierto? Así que decidió preguntárselo a su madre aquella misma tarde, entre avergonzada y temerosa. A sus nueve años, no tenía claro si esta vez prefería la verdad o la mentira. Lo que sí parecía cobrar más fuerza era la necesidad imperiosa de que su madre desmintiera la voz estúpida y descreída que había escuchado en mitad del bocadillo, entre saltos a la comba y pelotazos.

-Sí, hija, es cierto. Lo siento…

Aquella mañana no fue como la de otros años. Abrió los regalos con desgana, malhumorada, sintiéndose muy desgraciada. Había caído todo cuanto había pedido, pero ésa no era la cuestión. ¿Por qué se lo habían ocultado tanto tiempo? ¡No era justo!

Por eso, al ver aquel regalo, primorosamente envuelto con el nombre de la abuela Jacinta, a la que irían a ver en un rato a la residencia de ancianos, se le ocurrió saldar su venganza. Ella pagaría su indignación, la mentira y la alta traición. Alguien tendría que hacerlo.

-Yo se lo doy, por favor, papá.

Y para allá que se fueron.

Jacinta, encerrada en aquella silla, vio venir a aquella niña con paso firme. Atravesó el salón en su dirección, acompañada de aquellas dos personas sonrientes que le sonaban de algo. Últimamente su memoria no era la de siempre. La pequeña traía bajo el brazo un enorme paquete cuadrado, tal vez la muñeca que siempre había esperado o puede que un balón. La niña le sonrió y se lo tendió. Y antes de que lo hubiera abierto, se acercó a su oído, y como si fuera un secreto, le susurró:

-Abuela, los Reyes Magos existen.

Y la niña, orgullosa y con cara de satisfacción, se despidió.


Un acto de fe (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Que las palabras son como las personas es algo que se me acaba de ocurrir, seguramente un disparate de idea. Pero como quiero defender mi opinión, me explicaré: Palabras o vocablos los hay de todas clases y tamaños, algunas son sencillas y bonitas, otras son soberbias y altivas, las hay diferentes y rimbombantes, e incluso a muchas se las puede acusar de ser escandalosas y altisonantes. Por su tamaño serán grandes o pequeñas en función del número de sílabas, si llevan acentos o diéresis es como si llevasen bufandas, gorros, guantes o sombreros. También pueden ser serias o divertidas, otras son extremadamente técnicas y enrevesadas, muchas de éstas las utilizan los políticos para no decir nada, son palabras de relleno aunque suenen pomposas, son palabrejas engañosas. Pero frente a ellas existen otros términos que van directos al asunto, son tajantes y definen hechos incuestionables como vida o muerte, las dos caras de la moneda.

Hay tantas clases de palabras como tipos de personas y además, suelen tener vida propia, las palabras tienen sus cosas y siempre quieren ser libres y bien utilizadas. De vez en cuando nace alguna nueva y el acta de nacimiento lo certifican esos señores académicos que casi nadie conoce, unos personajes que suelen pensar y escribir, unos tipos cada vez menos serios y envarados aunque alguno llegue a ser insolente y provocador, y eso está bien. Algunas palabras que acaban de aparecer casi nacen sabiendo utilizar el móvil y los nuevos cacharros tecnológicos. Algunos osados pretenden sustituirlas por unos dibujos que llaman emoticonos, quieren infantilizarlas y no saben que a los niños les encanta jugar con las palabras, las cogen como si fuese plastilina y al final terminan dándole la forma correcta, no existe nada tan divertido como observar a un nene cuando empieza a hablar.

Pero es una pena que los más jóvenes utilicen en su vocabulario muy pocas palabras, habrá que empeñarse en explicarles las bondades y los beneficios de la riqueza del lenguaje y su diversidad. No se dan cuenta, pero es un aviso de su falta de atrevimiento ante las inmensas posibilidades; tío, tía, tronco, guay, mola… se parecen mucho a pasta, hamburguesa, perrito y patatas fritas, y algunos de ahí no salen.

En esta ocasión y para empezar el año me proponen la palabra “OFRENDA”, e inmediatamente la asocio a otra que dicen puede ser su sinónimo, pero que también puede significar otras cosas, me refiero a SACRIFICIO. Estos dos vocablos suelen ir unidos o condicionados porque la ofrenda siempre demanda un sacrificio.

Estos términos me trasladan a viejas civilizaciones y me conducen a un altar, a sacerdotes y hechiceros, a boato y ceremonia, pero también a costumbres bárbaras y sangrientas fruto de la ignorancia.

Y, sin embargo, ahora, en los tiempos que corren ofrecemos sacrificios menos trágicos y cruentos, pero siempre con el mismo sentido, esperando conseguir una recompensa emocional o espiritual. En nuestro altar personal e íntimo hemos sustituido a la doncella o el carnero por un bien del que nos cuesta prescindir, a veces algo inmaterial como dejar un vicio o una mala costumbre y, a cambio, esperamos recibir energías positivas que nos ayuden a transitar en una nueva etapa.

Este hecho concreto siempre suele realizarse al iniciar el año, después del derroche navideño tratamos de reconducir nuestra conducta y ofrecemos nuestro empeño en cambiar los malos hábitos haciendo propósito de enmienda.

En este nuevo ciclo que empieza tenemos razones suficientes para hacer ofrendas personales y colectivas esperando soluciones a las grandes asuntos que nos afectan. Sobre el sacrificio y la renuncia ya llevamos unos meses de clases avanzadas que nos han puesto al día sobre nuestra fragilidad como especie, desgraciadamente no todas las sociedades podrán ser recompensadas a pesar de que todos ofrezcamos lo mejor de nosotros.

En cualquier caso, la ofrenda siempre supone un acto de fe en aras de una posible satisfacción, aunque ésta sea anímica o espiritual, porque el futuro es impreciso y no sabemos si los dioses consideran suficientes nuestros sacrificios y renuncias para este año que se supone esperanzador, otra cosa es que nos las concedan.

Mis compromisos particulares para este tiempo nuevo serán moderar esos hábitos que me empujan a ser poco tolerante, y por supuesto y aunque no entiendo muchas medidas de las que se toman, seguir aceptando con obediencia y resignación las normas que pretenden prevenir los efectos de la pandemia que nos asola.



Ausencia (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Atraviesas el pueblo, los jirones de niebla

se confunden con el humo de las chimeneas.

Te calzas la mochila y las botas. Encaras

la subida por la senda de la antigua mina. Recoges

el frío y los olores del campo. Te concentras

en la pisada. Entreverado en el silencio escuchas

el ritmo de tu corazón, tic-tac de tambor. Caminas

con decisión de iluminado hasta hacer cima. Buscas

el horizonte en todas direcciones, observas

el solemne paisaje eterno con sensación de otro.

Hoy, la subida tiene otra condición. Percibes

la soledad como una punzada de hiel. Elevas

tu esfuerzo y tu sudor en una ofrenda, que se revelará

tan inútil como los rezos, lloros y plegarias de los últimos meses.

Te dirán que la vida sigue.


Independizarse (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

–Mamá, quiero independizarme -dijo en mitad del desayuno.

La pantalla rabiosa escupía anuncios sin parar. La madre trató de esconder su malestar.

–¿No te parece bien?

–No, hijo, no. Es simplemente que… quizás no sea el mejor momento, no sé.

–Ummm, no entiendo por qué dices eso. Acabo de cumplir los treinta, he conseguido un empleo con un salario medio decente… Es ahora o nunca, ¿no te parece?

“¡Compra ahora! Sin plazos, sin garantías. ¡Nuevo!”

La madre echó un vistazo a su alrededor, como calculando.

–No sé, puede que podamos completar tu ofrenda en un año, más o menos… ¿por qué no te esperas un poco? Con un par de compras más, podríamos solucionarlo…

–¿Es eso? ¡No me lo puedo creer, mamá! ¿Qué más da la ofrenda? Te estoy hablando de independizarme.

“¡No pierdas el tiempo reparando objetos pasados de moda! ¡Sólo conseguirás aplazar el problema! ¡Cómprate uno nuevo! Reutilizar es de pobres…”

La pantalla seguía ladrando sin parar, lo que aumentaba la tensión entre madre e hijo, sin que ellos cayeran en la cuenta.

–Pero, hijo, ¿cómo vas a independizarte si no? ¿Dónde vas a vivir? Tu padre y yo construimos esta casa con la ofrenda que nos dieron tus abuelos. Sin ellos no habría sido posible. Y nos hemos pasado toda la vida trabajando para conseguir aumentarla para ti ¿es que no lo entiendes?

El muchacho se retorció en el sofá. Estaba visiblemente molesto.

–Mamá, todo esto no es más que chatarra -dijo señalando con sus brazos abiertos todo cuanto les rodeaba-. Podría… no sé, construirla con ladrillos y cemento, como se hacía antes.

Televisores viejos unos sobre otros formaban una de las paredes del salón. Móviles viejos, teclados en desuso, tabletas rajadas, altavoces agrietados, ventiladores atascados, radiocasettes, discman, tostadoras ennegrecidas… completaban los huecos del muro. La encimera de la cocina estaba apoyada en varias lavadoras y lavavajillas inservibles, salvo uno que acababan de comprar hacía tan sólo un mes. Podía distinguirse gracias a su porte brillante. Y lo mismo sucedía con la pared de la cocina hecha con al menos ocho neveras viejas. Se podía adivinar cuál era la nueva por los rasguños.

“¡Recicla! El planeta necesita de tu ayuda. Tus desechos son su tumba, pero puedes convertirlos en oro, así que no olvides reciclar cada gramo de aquello que ya no necesites… ¡Recicla!”

– ¡Pero hijo! ¿Cómo dices esas cosas? ¡Tu padre construyó esta casa con sus propias manos gracias a los objetos que los abuelos almacenaron en su casa y que nos dieron! ¡Aún puedes contemplar la chapa de su décimo coche ahí arriba, en el tejado! Hay que darle una manita de pintura, porque está un poco oxidada, ¡pero aún nos protege de la lluvia! ¡Tienes que aceptar nuestras ofrendas!


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