Archivo por meses: septiembre 2019

Epístola (Javier González Serrano)

Categoría: La caja negra

Querido y estimado tío Emilio:

El pasado 4 de agosto se declaró un incendio en la Sierra de Guadarrama. La misma que tantas veces he recorrido y que tú conocías sobradamente cuando luchabas para proteger Madrid de la intolerancia y la barbarie. Trinchera inútil que puso tus alpargatas de pobre miliciano camino del exilio. Lo peor fue el recibimiento, ¿verdad? Qué te voy a contar. Campo de prisioneros en Francia, bajo vigilancia de la Wehrmacht, arropado con tu roída manta de miliciano pobre. Tarjeta del campo con dirección Bustillo 27, Tetuán de las Victorias, Madrid… Y se esfumaron todas las novedades sobre tu paradero. La abuela te buscó por todas las rendijas posibles en una España imposible. Jugó con fuego preguntando a quienes volvieron al cabo de los años y un estafador de esperanzas, bajo cuerda de un dinero que no tenía, le enseñó que tu periplo aventurero dio con tu chaqueta de miliciano en la gigante Rusia. Mi padre nunca perdió la esperanza de encontrarte y mantuvo vivo tu recuerdo. Tanto que junto a mi hermano emprendí un estéril viaje al país del Zar Yeltsin. La abuela y papa murieron sin saber de nada ti.

El pasado 9 de agosto se declaró un incendio dentro de mí. El BOE publicaba la lista de 4427 republicanos españoles que murieron en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen de las 35 posibles formas de morir que ofrecían sus verdugos. Y justo ahí, después de 80 años de búsqueda, estabas tú, asesinado el 21 de Diciembre de 1941 a la triste edad de 24 años. Deportado a los campos de no retorno a petición expresa del cuñadísimo del dictador. Todas las preguntas tenían una única respuesta encerrada a cal y canto en el registro civil central. Han hecho falta, querido tío, 40 años de democracia para saberte enterrado en una fosa repleta de seres humanos declarados apátridas sin derecho a ser esquela mortuoria.
Por aquí las cosas parecen muy distintas a las de antes, pero solo parecen. Tu verdugo fue enterrado con honores en un pétreo y ciclópeo mausoleo levantado por esclavos vencidos. Y ahí sigue. Sus herederos ideológicos y financieros campan por parlamentos de todo tipo buscando carroña en la que mecerse de nuevo. Y tú, Emilio Granados Murias, vuelves a casa en forma de archivo para recordarme que quedan muchos incendios que apagar en esta España, en este mundo donde la pasividad y la indiferencia carcomen las esperanzas.

Odio al fuego (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Las llamas emergieron violentas, como enormes garras, desde el corazón del Incendio. Devoraban todo cuanto encontraban a su paso, como siempre lo hacen. A su paso, iban dejando un manto humeante de cenizas grises y negras. Nada escapaba a su fiereza. Los habitantes del pueblo contemplaban paralizados el látigo rojizo que azotaba sus bosques. De vez en cuando se miraban unos a los otros de reojo, pero nadie hacía nada por sofocar las llamas. Allí no había héroes, ni bomberos, ni rescatadores, ni nada que pudiera o tuviera intención alguna de acabar con aquel desastre… El Incendio estaba desatado y no iba a encontrar ya oposición alguna a su ardiente destrucción. Cuando las llamas alcanzaron el pueblo y ya no tenían nada de lo que alimentarse, uno de los vecinos presentes, abandonó la línea de fuego. Todos los presentes lo vieron cruzar el umbral de su casa y perderse en el confortable hueco que no tardaría en ser engullido junto al resto de casas. Al rato apareció portando varios objetos. Álbumes de fotos viejas, marcos descoloridos, diapositivas cubiertas de polvo… Caminó decidido hacia el fuego y lanzó todo con rabia, tras la mirada perpleja de todos sus vecinos, que habían pensado que, tal vez, hubiera ido en busca de algún cubo de agua o una manguera. Los objetos no tardaron en perderse en el interior del Incendio. Inmediatamente después, otra vecina corrió decidida a su casa y extrajo de ella un buen puñado de ropas apolilladas para arrojarlas también al olvido eterno de las llamas. Con aquellos dos inesperados gestos descubrieron que el Incendio avanzaba sólo si tenía cosas que devorar. De manera que no tardaron en abandonar el lugar el resto de vecinos, para regresar después con objetos de todo tipo, recuerdos del pasado, para que las llamas hicieran su trabajo. Y así, uno tras otro, vaciaron sus casas de rencor, miedo y malos recuerdos. Y así fue como el Incendio, una vez más, les ofreció un nuevo comienzo. Y sólo después, se extinguió, hasta el verano siguiente.


El pirómano – Feria de coplas (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Ay, qué bonito está el bosque
con la luz de los incendios,
con sus pinos, con sus robles
y con tos sus bichos dentro.

Feria de coplas.

Yo soy pirómano, y qué.
Me pone cachondo el fuego.
Me la casco viendo el humo
y el cuerpazo de bomberos.

Feria de coplas.

Anoche, cuando dormía,
Tuve un sueño muy bonito.
El pitillo tras el polvo
quemó tu monte… y el mío.

Feria de coplas.

La Mari ya no me quiere.
Se ha fugado con el Jose
a su pueblo y yo, en venganza,
le he prendío fuego al monte.

Feria de coplas.

Si el humo señala el fuego
que embellece los paisajes.
también llevará a la casa
quemá del Jose, malaje.

Feria de coplas.

Pero, Jose, qué coño haces,
deja en paz ese mechero
y el bidón de gasolina.
Que era broma, hombre… ¡Quieto!

Feria de coplas.


Rito (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

un viento débil restaura
otra vez las formas 
despierta la palabra
respira el humo
los relojes devuelven los instantes  
de las tardes sin noche
donde nos comimos
este incendio no cesa
y abrasa el pedestal
sobre el que reposa 
la estatua del futuro


Carmen Paredes
Agosto/2019     

Ruina (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

La sombra viajera de las llamas
retuerce la noche 
Los adobes blasfeman 
y por el cielo se expanden las cenizas

Como voraz vegetariano
el incendio avanza con premura
y el almuecín del viento oculta los ruidos
del crepitar de los árboles 

Se queman las raíces del sembrador de poemas
y el bosque cansado
deja de luchar

Carlos Gamarra
Septiembre 2019

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