Entré la última, de puntillas, casi susurrando y pidiendo permiso. No hubo un timbre al que llamar ni una mano extendida, pero sí una invitación de mi querida Maite y un: “celebramos que te animes a participar”.
Entré a este espacio sin puerta, sin paredes, sin cuerpos. No lo sabía entonces, pero algo dentro de mí ya había soltado un suspiro de alivio.
Era un rincón suspendido en la red. Un no-lugar. Un punto flotante entre nombres de usuario, palabras digitales, emociones compartidas en párrafos que parecían no haber salido de mi interior… pero sí. Un refugio hecho de textos, de voces sin rostro, pero con alma. Allí, un grupo de personas sensibles hilaban su mundo interior con letras, con heridas y maravillas que se convertían en relatos. Yo, una invitada, fui recibida silenciosamente, pero como una integrante más.
Durante un tiempo, ese espacio se convirtió en mi madriguera. Un lugar donde pude liberarme sin dar explicaciones, donde mi imaginación tejió una cuerda de escape. Donde mis palabras seguían necesitando tiempo y reflexión, pero dejaron de temblar al salir. Me sorprendió todo lo que tenía —y tengo— guardado: historias no contadas, emociones sin forma, pensamientos que nadie había escuchado. Allí los escribí. Los dejé caer en la pantalla, como si sembrara una a una, semillas en el aire.
Gracias.
Gracias por leerme cuando yo aún no me entendía del todo. Gracias por enseñarme que también se puede habitar un espacio sin coordenadas ni ubicación determinada y que, aun así, se puede sentir como un hogar.
Leí cada uno de sus textos como quien espía un alma entreabierta. Aprendí de la forma en que ustedes se permiten ser. Me inspiraron. Me llevaron de viaje a lugares que no sabía que existían dentro de mí. Me mostraron otras formas de ver y de entender. Me enorgullece haber sido testigo silencioso de cada uno de sus rincones y de su ser.
Y ahora, toca decir adiós.
Un adiós etéreo, como el hola que fue y como es este lugar. Un adiós que apenas se susurra en las teclas pero que se siente profundo. No me voy por falta de ganas, sino porque así lo dicta el momento. Pero quiero que sepan que lo que encontré aquí no se borra al salir. Me lo llevo conmigo.
Me voy más completa. Un poquito más ligera. Con menos miedo a decir, y más fe en lo que una palabra puede provocar.
Gracias por acogerme sin preguntas.
Gracias por este espacio invisible, pero cierto.
Gracias por permitirme ser parte, por efímera que haya sido.
No sé si algún día volveré, si alguna vez nuestros caminos —digitales o literarios — se cruzarán de nuevo. Pero si así fuera ya no seré la misma, porque esta versión que se despide hoy es alguien que ustedes ayudaron a que naciera.
Durante cinco días a la semana y antes del los informativos de la noche el presentador de un prestigioso concurso de la tele, con su particular gracejo, y arrastrando o alargando esa primera letra del vocablo anuncia el final del programa y se despide diciendo: Adiós, adiós, aaaadiós.
También nosotros los del Globosonda decimos adiós. Nos vamos, chao, agur, bye bye, goodbye, au revoir, orvua y arrivederci, echamos el cierre y a otra cosa mariposa.
Esta historia comenzó en el 2012 cuando unas cuantas personas con inquietudes nos reunimos una tarde a mediados de junio en la terraza de un bar. Y así, casi sin darnos cuenta, han pasado trece años repletos de ideas y proyectos, de retos, de logros y alguna que otra frustración. Y aunque durante el recorrido algunos se han bajado del proyecto nos despedimos del mismo modo, celebrando la cultura y el conocimiento.
Antes de nada manifestamos que, ante el acordado desenlace, no hay pena, ni nostalgia, ni tenemos sensación de fracaso. Asumimos con naturalidad que todo tiene un principio y un final, que no tiene sentido alargar un propósito donde nos hemos ido vaciando poco a poco y hemos tratado de mantenernos en el escaparate de las caprichosas y efímeras redes.
Quedan en la memoria personal y colectiva los logros conseguidos, los ratos de divertimento, el debate y, sobre todo, el interés por la cultura. Nuestro colectivo reivindica la cultura popular de la calle, del grupo aficionado de teatro, del plumilla que se atreve a opinar, de los poetas ignorados, de todos aquellos que utilizan su tiempo libre y su esfuerzo para compartir textos, dibujos y versos para hacer una sociedad mejor. Una cultura de andar por casa que nunca recibirá premios ni reconocimientos más allá de la satisfacción de participar en la vida de la ciudad y el regocijo de aprender juntos.
Empezaré haciendo un resumen y lo haré explicando aquel proyecto que nos demandó casi todos los recursos económicos y que no terminó de llegar a buen puerto. Me refiero a “DaLee una vuelta al mundo”. Si bien el diseño fue magnífico y novedoso, la falta de participación de determinados colectivos escolares dio al traste con un plan demasiado ambicioso y, con resignación, dimos carpetazo a una bonita y apasionante idea.
La asociación cultural El Globosonda fue la promotora de la ahora consolidada Feria del Libro de Parla en primavera. Todavía recuerdo el hall de la Casa de la Cultura repleto de puestos de las librería locales y todo un batiburrillo de actividades que atraían a grandes y pequeños. Concursos de micro-relatos, lecturas públicas, sueltas de globos con deseos, etc, que le daban al lugar un ambiento festivo y repleto de entusiasmo y participación. Luego, como todo, se institucionalizaría y se politizó de aquella manera y perdió el sentido para nosotros. Pero estuvo bien plantar aquella semilla.
También lo intentamos implicando al comercio local con la campaña “Quién dijo que la cultura no da de comer”. Toda una apuesta para promocionar a los escritores locales y darles visibilidad.
Tratando de poner en valor las costumbres y la enseña de la ciudad nos atrevimos con un concurso de repostería para conseguir un dulce típico que se llamaría “El huevo de la avutarda”. Un elaborado bocado repleto de matices que a nadie deja indiferente.
Pero sin duda lo nuestro ha sido escribir y dibujar. Juapi, después de numerosas aportaciones, nos dejó por un proyecto personal y artístico dibujando con posos de café. Pero otros ilustradores como Raquel F. Sáez han seguido con nosotros de forma generosa y altruista.
Otra de las grandes ideas que se han mantenido en el tiempo ha sido la colaboración con el tranvía de Parla con la campaña de carteles de “Leeeneltren”. Hasta diecisiete entregas donde participaron diferentes colectivos con ciento dos carteles con texto y la ilustración correspondiente. Una invitación a la lectura durante el trayecto del viaje. También en las paradas del tranvía nos atrevimos con una cartelería que se tituló ” EstamPARLAhistoria ” y que reflejaba a través de poemas y textos la evolución de la ciudad y los diferentes barrios que la componen.
Durante todo este tiempo hemos editado una revista en papel para que quede constancia de nuestra tarea, allí, entre sus hojas, hay trabajos repletos de imaginación y de ilusión. Relatos, dibujos y versos que me recuerdan que pertenecía a este colectivo que ahora echa el cierre.
Juntos hemos construido varias novelas colectivas donde me ha costado inventar, pero que me han servido para adaptarme a aquello que me proponían mis compañeros en anteriores capítulos.
También en los difíciles tiempos del Covid nos atrevimos a editar un ejemplar que recopilaba artículos e ilustraciones relacionados con la pandemia. “Guía de supervivencia en tiempos del coronavirus” sumó doscientas treinta y seis páginas repletas de historias y reflexiones sobre lo que nos sucedió.
Pero sin duda lo que todavía me provoca una sonrisa fue “La grieta”, una apuesta en las redes donde, a partir de un supuesto socavón, la ciudad se partió en dos. Allí pudimos dar rienda suelta a la imaginación. El agujero se tragaba y escupía cientos de historias inverosímiles. Y, sin embargo, algún ingenuo edil creyó que el suceso podía ser cierto y empezó a preocuparse de forma oficial del asunto. Aquel episodio lo comparé con el programa radiofónico “La guerra de los mundos”, ya saben, el atrevimiento de Orson Welles. Como si aquella ficción que sembró el pánico se hubiese trasladado a nuestra pequeña ciudad. Fue la mar de divertido por la diversidad de ocurrencias y la gran participación.
Ahora, después de tantos proyectos realizados, todo termina de forma natural, dignamente, sin estridencias y contentos de haber conseguido bregar durante todos estos años. Nos queda el recuerdo, la memoria y la satisfacción por el esfuerzo realizado.
Aprovecho esta última participación para dar las gracias a mis compañeros del Globosonda por compartir juntos esta etapa tan enriquecedora a nivel personal. Además, también quería agradecer a varios periódicos digitales de Castilla-La Mancha que me hayan permitido compartir mis escritos con sus potenciales lectores a través de sus ediciones en la Red.
Seguro que de vez en cuando seguiré participando con mis ocurrencias a nivel individual, pero ahora, desde la Caja Negra del Globosonda, les digo, les decimos, adiós, adiós aaaadiós.
No es fácil decir, ¡hola! y quedarse callado, la inercia y la convención social empujan a continuar la frase, casi siempre con una interrogación: ¿qué tal estás?, o ¿cómo te va?, cuando la ocasión lo requiere, o con una exclamación: ¡ya estoy aquí!, a la que se puede añadir algún gesto teatrero; se me viene a la cabeza el gran Tamariz diciendo: ¡tachán!, al tiempo que imita el ademán del mejor violinista y su música al finalizar un truco. Hay multitud de holas, pero solo un adiós.
– Holas como las olas del mar, tranquilas o exaltadas, siempre con nosotros -escucho la voz de Tonejo, que calla para prender un cigarro.
Tonejo es un habitual en mis soliloquios; aparece en los recovecos de mi cabeza con la tranquilidad del que se sabe bienvenido, aunque a veces me lleve a disparatar y alejarme de mi propósito. Esta vez, rumio que viene para confundirme y hago como que no le escucho.
Hay multitud de holas, prosigo, pero solo un adiós de ley. Adiós, hasta pronto; adiós, hasta mañana, son un contrasentido -un sindiós, una mentirijilla, resuena la voz de Tonejo-. Adiós es palabra fuerte, grande, dramática, definitiva; da idea de final, de ruptura, de no retorno, se conjura con tono firme y rostro serio, nada puede empequeñecerla.
Este mes, la Caja Negra echa el cierre, baja la persiana, nos dice adiós. No es difícil imaginar un cortejo de juntaletras -esta vez escucho la voz de Rafa- y lectores que cargan con ella; un ataúd acharolado, lleno de cuentos, poemas, imágenes e ilustraciones, ilusiones y anhelos.
– ¿Quién dijo que la creación no pesa? -Tonejo, otra vez-.
El cortejo llega a la orilla de un lago acolchado de hierba, de aquellos en los que emergen las ninfas o las lamias, tanto da. Hay parlamentos, suspiros y lágrimas, como se le suponen a estos ceremoniales. Tras los epitafios, la Caja navega por las aguas tranquilas envuelta en silencio, hasta que se hunde. El grupo se disgrega, lento, pesado.
– Adiós, Caja, se te echará de menos -Tonejo pone las palabras, yo no puedo estar más de acuerdo.
En la ingravidez del adiós todo se suspende. El tiempo deja de correr y se agazapa, testigo inmóvil en la penumbra, observando —en silencio— cómo nuestras manos se sueltan como si nunca se hubieran buscado. Despedirse es, a veces, partirse en dos, dejar un trozo del cuerpo en la tierra que ya no se pisa. Y sin embargo, andamos, aunque algo de nosotros siga quieto, anclado en el umbral que dejamos atrás. Hay adioses que se pronuncian, y otros que se clavan sin palabras, como un peso entre los omóplatos, como un hueco en la mesa o una cama tendida por inercia, una puerta que se cierra con una lentitud extraña, como si dudara. Algunos adioses arden, como brasas bajo la piel. Otros enfrían, como una escarcha repentina en el alma. Pero todos abren un hueco, una pausa entre lo que fuimos y aquello que empieza a despuntar sin nombre, sin rostro aún. A veces el adiós no se dice, solo se insinúa: una distancia que crece sola, una mirada que ya no alcanza, un silencio que se hace hábito. Y sin embargo, el adiós es umbral. Un corte limpio, una herida que también es frontera. Una promesa aún sin forma, pero viva, latiendo, pidiendo su lugar en la página siguiente. Porque en todo lo que se va algo nuestro se transforma.Y en lo que dejamos atrás, aunque duela, aprendemos —a veces tarde— que soltar también es amar.
Desde hace tiempo, aquella buhardilla necesitaba que, una vez más, ella volviera a abrir sus puertas. Había pasado tanto tiempo, que el polvo se había acumulado más de la cuenta. Los trastos viejos y los de nueva incorporación habían ocupado ya el espacio de paso y casi ni se podía entrar.
Era el momento de volver a pasar, decidir qué va a seguir guardando y de qué decide deshacerse. Era el momento de recolocar todo para dejar algo de espacio libre. Allí, entre cajas y otros enseres, encontró un libro viejo, de tapas blandas y oscuras, con marcas de humedad en los bordes. Intrigada, comenzó a leerlo. Poco a poco, comenzó a notar ciertas similitudes. Los nombres, escenas y recuerdos le transportaban hacía un lugar que, ella ya había visitado. Momentos que ya había experimentado. Sensaciones que ya antes había sentido. No recordaba haberlo escrito pero, sin embargo, aquel libro parecía contener su propia vida. Mientras avanzaba en la lectura, pudo darse cuenta de que cada vez que abría el libro, comenzaba a llover. Con cada recuerdo releído, el cielo respondía Primero eran lloviznas suaves, de las que humedecen los cristales, pero casi imperceptibles. Seguía avanzando y el cielo respondía con una lluvia fina y continua que duró horas hasta terminar rompiendo en una tormenta furiosa, truenos incluidos. Empezó a notar que, a medida que los capítulos avanzaban, las emociones que el libro despertaba en ella provocaban a su paso un clima más turbulento y tempestuoso. El libro también reaccionaba. Sus páginas se humedecían de nuevo, como si absorbieran el agua que se deslizaban por las ventanas de aquella buhardilla. La tinta se desteñía lentamente ante sus ojos, como si la historia quisiera volverse ilegible antes de que sus ojos pudieran volver a leerla. Aún así, sentía que no podía parar. A veces, lo cerraba con fuerza. Necesitaba darse una pausa, sentir que la vida seguía existiendo fuera de esas páginas. Bajaba entonces al salón para tumbarse un rato en su sofá. Se acurrucaba entre sus suaves cojines o bien, se sentaba en su rincón de arte, donde canalizaba y soltaba desde sus dedos y a través del pincel todas aquellas emociones y sensaciones que tras tiempo sumergidas habían vuelto a emerger. Abría las ventanas y, mirando al verde horizonte, respiraba.Cuando necesitaba regocijarse, jugaba a descubrir un universo diminuto o se entretenía con la magia de la alquimia que hacía reaccionar a sus papilas gustativas. Creaba nuevas sensaciones para su paladar y se embriagaba con nuevos aromas. Pero entonces, se acordaba del libro que, seguía en aquella buhardilla. Su presencia era algo que no podía explicar, algo que conectaba directamente con un compromiso interior. No quería, no podía, dejarlo sin terminar de leerlo. Y entonces volvía a subir. Sabía que para algunos capítulos necesitaría chubasquero, botas y paraguas. Deseaba dejar de tener miedo a la tormenta y permitirse empaparse entera. Dejarse mojar por las gotas de lluvia embravecidas que emanaban de aquel libro, al mismo tiempo que sus lágrimas recorrieran sus mejillas. Capítulo tras capítulo experimentó todo tipo de precipitaciones y eventos meteorológicos. El libro cada vez se humedecía más y la tinta desteñida dificultaba cada vez más su lectura. Parecía que, a medida que pasaba sus hojas, el propio libro intentaba impedirle que volviera a releer aquello que llevaba tiempo sin nombrarse. Un día, al final del capítulo, se encontró algo nuevo. Entre sus páginas se escondía una semilla. Pequeña, algo hinchada por la humedad, medio germinada. Al pasar la página no había nada escrito, ningún otro capítulo, ninguna frase final. Sólo esa semilla. Parecía que había estado allí por mucho tiempo, esperando a que la descubriera. La sostuvo entre sus dedos un buen rato, observándola, fantaseando sobre qué podría germinar de aquella pequeña semilla. Luego, bajó al jardín. Allí, justo en el centro de la parcela, cavó con sus manos desnudas un pequeño y profundo agujero. Mientras, el cielo comenzó a oscurecerse. Sintió como una brisa con intenso aroma a petricor penetró profundamente en su interior, haciendo bailar sus vibrisas. Cuando terminó de cubrir la semilla con tierra, la primera gota cayó. Después la segunda, luego la tercera. Al cabo de un par de minutos comenzó el gran diluvio. La lluvia cayó de manera abundante durante toda la noche. Ella no quiso buscar refugio. Se sentó junto al agujero recién cubierto y observó cómo el agua lo empapaba todo, incluida ella. Permaneció allí, calada hasta los huesos. El barro salpicaba su cuerpo entero que temblaba más y más. La sensación de sentir la ropa manchada y pegada a su cuerpo era muy desagradable. El ruido atronador retumbaba en sus oído, pero no tenía miedo, esta vez no.Abrió los ojos, yacía entre sus mullidas y confortables mantas. La luz penetraba por la ventana de su dormitorio con una claridad nueva. No recordaba en qué momento entró de nuevo al cobijo de su hogar, pero su ropa aún estaba húmeda y sucia. Se asomó a la ventana. Todo el jardín estaba cubierto de barro, hojas y charcos. Bajó las escaleras con sus pies descalzos. Se acercó como pudo al lugar exacto en el que creía recordar haber sembrado la semilla. Y allí, entre el fango, un nuevo brote despuntaba. Solitario. Verde. Frágil. Vivo.
Llovía. Llovía y llovía. La alegría de los primeros momentos dio paso a cierta sensación de hartazgo y a un evidente desasosiego cargado de indefensión, más tarde.
La ciudad se limpió, desde luego, pero de tan limpia empezó a cambiar. Era como si el agua se llevase no solo la mierda, sino el tiempo.
En las alcantarillas no empezaba el mar, sino el olvido.
Viejas pintadas afloraron en muros y fachadas, contra los extranjeros, los maricones, proclamando la ciudad zona nacional, cruces gamadas, puntos de mira… “Con la que está cayendo”, dijo Lucas, sin mucha gracia. “Ya te digo”, añadí yo.
Lo más llamativo ocurrió en la Calle del Empedrado.
La casa en ruinas de la derecha parecía rejuvenecer, se mostraba cada día más lustrosa y se hicieron visibles los colores y signos de su antigua época de esplendor. Rojo y azul, un yugo con flechas en haz, la inscripción: Fuerza Nueva.
“Pero ¿La lluvia es reaccionaria?”, pregunté para mostrar mi extrañeza, “¿riega y nutre las ideas neonazis en alza?, ¿abona el odio?”.
“¿No se supone que es purificadora?”, intervino Lucas.
No esperamos las respuestas, ni a que escampara, porque la casa cada día que pasaba se mostraba más nueva, como reconstruida, y nos daba miedo. No podía ser.
La intervención fue rápida y eficaz.
En tres noches redujimos a escombros la casa. En dos noches despejamos el solar. En una dejó de llover y la ciudad volvió a su rutina encharcada.
La recorrimos de cabo a rabo en busca de indicios insultantes, pero no encontramos ninguno. Entendimos, con cierto alborozo, que habíamos extirpado la matriz tumoral y nos felicitamos.
Ahora, si la ciudad duraba más limpia o aliviada o escarmentada se tendría que ver con el tiempo y sus inclemencias…
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