Archivo de la categoría: La caja negra

Indagación (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

En los museos
mucho pintor y poca pintora
mucho escultor y poca escultora
En librerías y bibliotecas
mucho escritor y poca escritora
En empresas 
mucho jefe y poca jefa
En el cine y el teatro
mucho director y poca directora
En los países
mucho presidente y poca presidenta
Por las calles
pocas placas con nombres de mujer
En las aulas
mujeres muchas mujeres
Por el mundo
mujeres que viajan
mujeres que investigan
mujeres que llevan alimento y vida
a poblados enteros
En el cuento 
dónde están Caperucito, Blanconieves, Ceniciento
y el doncello salvado de las garras del dragón 
dónde el brujo engañoso
dónde Juana Sinmiedo y  La Sastrecilla valiente
dónde tarzanas   espadachinas y capitanas
Mujeres silenciadas que no derrotadas

                                                     Carmen Paredes
                                                         Marzo/2020

Libertad (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El silencio de la casa no es, como muchos dirán, el sabor del olvido. No pasa ni un solo día en el que Marina no recuerde a su difunto marido. Ese silencio sabe más a soledad, a la cruda realidad de que, en realidad, no somos más importantes que el aleteo de una mariposa en mitad de un inmenso campo de trigo. Estamos solos en esto, eso ya lo ya sabe Marina desde que él murió.

Tal vez por esa razón contrató a Amina. Se la recomendó su hija, y aunque al principio no lo veía claro, acostumbrada como estaba a hacérselo todo ella misma, tenía que reconocer que había sido un acierto. Aunque solo fuera porque su deambular por la casa rompía con una sutileza encantadora el silencio que tanto había detestado durante los primeros años de viudedad. Le gusta esa chica. Es ordenada y muy educada.

– Amiga, cariño, tú vales mucho, ¿por qué dejas que alguien decida por ti?

– No entiendo por qué dices eso, Marina.

– Me refiero a tu velo, ¿nunca te lo quitas?

– Pues… no. Nadie me obliga, lo llevo porque quiero.

Eso es lo que dicen todas, se calla Marina, aunque su sonrisa le delata. Las mujeres alienadas siempre cuidan de molestar a los hombres con sus comentarios.

– Se lo digo en serio, lo hago porque quiero. Es mi decisión. Mi marido no se mete en eso.

Desde el espejo del baño, que a estas alturas es el único testigo de su vejez desnuda, repasa los últimos vestigios de lo que un día fueron unos labios carnosos. La ausencia galopa por el pasillo, pero eso no es razón para seguir sintiéndose deseable. Tal vez las manchas de algunas moras jamás terminen de borrarse, pero no por ello hay que privarse de otras moras. También se coloca con cuidado los pechos dentro del sostén. Hace poco más de un año entró por primera vez en un quirófano para operarse unos pechos que habían dejado de hacerla sentir orgullosa de sí misma.

– Y que me diga alguien que no tengo derecho a hacerlo.

Suena el timbre. Extraño a esas horas. Amina hace dos horas que se marchó. Tal vez se le haya olvidado algo. Al otro lado de la mirilla reconoce el contorno inconfundible de su hija Clara. Más extraño aún. Ella solo pisa su casa con alevosía y premeditación. Al abrir la puerta percibe la presión. Su hija llora desconsolada. Lo primero que pasa por la cabeza de Marina es la posibilidad de una ruptura sentimental o un despido fulminante. Tal y como están las cosas…

– ¿Qué te ha ocurrido, cariño?

Clara muestra un sobre en una mano, lo que desconcierta aún más a su madre. ¿Hacienda? ¿La policía? No se le ocurre nada en lo que su hija pueda estar metida que le provoque tal dolor.

Coge el sobre. Lo primero que mira es el remitente. En él hay un sello del hospital. El corazón le da un vuelco de golpe. No puede ser. Su hija…¿enferma? En seguida comprueba, para su alivio, que no se trata de nada de eso. Son los resultados de unas pruebas de fertilidad.

– No sabía que…

Clara asiente. Se le percibe algo de vergüenza en el rostro.

– No podremos tener hijos, mamá.

Marina sabía que Agustín y ella llevaban tiempo intentándolo. De hecho, alguna vez incluso bromeó con ellos sobre los riesgos de un embarazo tardío. Pero jamás pensó que la cosa hubiera ido tan lejos. Clara nunca le comentó nada en relación a dificultad alguna.

– Lo siento mucho, cariño -dijo, tratando de empatizar con su hija-. Pero no te preocupes, ahora hay muchas opciones.

Clara la miró, ojos abiertos como platos.

– ¿A qué te refieres, mamá? Ya hemos probado la inseminación, y no ha habido manera.

– No, hija, no me refería a eso. La hija de una amiga, que tampoco podía, pagó a una chica…

– Pero, ¿qué dices, mamá? ¿Gestación subrogada?

– Bueno, ella lo llamó vientre de alquiler o algo así.

– Peor me lo pones. ¿Tú sabes que eso es ilegal?

– Aquí, en España. Pero en otros países… Esta chica se fue a Rumanía. Y dice que muy bien. Que la chica que lo hizo estaba encantada.¿En serio te lo has creído? ¿Cuánto le pagaron a esa desgraciada?

– ¿Y eso qué más da? Estas chicas no son unas niñas. Nadie las obliga a hacer lo que hacen. Son libres para elegir lo que quieran, ¿no crees?


Genésis (Javier González)

Categoría: La caja negra

DOCTOR – ¡Muy bien!…Tome aire…fuerte…Suéltelo dentro de la bolsa…Perfecto. Ahora relájese en el diván y cuéntemelo.

DIOS – ¿Por dónde empezar?

DOCTOR – Muy fácil. Por el principio.

DIOS – Convendrá conmigo que la eternidad es un tanto tediosa.

DOCTOR – Yo no comulgo con nada. Vaya al grano, por dios.

DIOS – Solo quería darle un aire nuevo a mi existencia. Divertirme un rato, olvidarme de la rutina. ¿Comprende?

DOCTOR – Se supone.

DIOS – Todo se complicó por un simple juego. Un poco de música. Una luz aquí, un reflejo allá. Rayos simétricos. Me gustó y formé un juego de esferas. Pero me fijé en una especialmente y ya no pude parar. La di luz y tinieblas para contrastar. Como en toda fiesta que se precie se derramó bebida y al fregar se quedó el cielo de la esfera al descubierto.

DOCTOR – No le entiendo.

DIOS – A mí también me cuesta, créame. Al líquido le llamé Mar, en homenaje a la hermana de un antiguo compañero, y la parte seca, de cuyo nombre no quiero acordarme, la decoré con distintas hierbas. En la hora que se me ocurrió plantarlas.

DOCTOR – ¿Es botanofóbico?

DIOS – No, soy adicto a sustancias psicotrópicas. Bebí y fume porque esa es mi sal. Confieso que me vine arriba. Puse un foco ámbar y otro azulado que iluminaban la esfera según iba rotando. De pronto salieron miles, millones de pájaros de mi cabeza y al orinar surgieron peces de todos los colores y tamaños. Tanto esplendor me llevó a la gloria. De mis poros y orificios nacieron las bestias de cuatro patas, las de cien y las de sin. Para entonces, el universo me daba vueltas. Tantas, que las arcadas vinieron a mí a modo de hecatombe bíblica. (Pausa)

DOCTOR – ¿Por qué se para?

DIOS – Hay recuerdos que me producen vacíos.

DOCTOR – ¿Gases?

DIOS – No. Vacíos. Como le decía, las arcadas eran cada vez más fuertes. No tuve por más que vomitar. De entre mis despojos biliares, afloró un bípedo y peludo hombre. Seguía muy mareado y decidí cerrar los ojos, como siempre hago para resolver mis problemas. Al despertar, todo había cambiado en la esfera. El sujeto vomitado se había apoderado de los mandos y hacía y deshacía a su antojo. Contraataqué poniendo en la esfera a un ser bípedo más sensible, cordial y adecuado a la armonía celestial. Pero fue demasiado tarde. El peludo se extendió como una plaga incurable y esclavizó mi propuesta.

DOCTOR – ¿Ha terminado?

DIOS – Que opina.

DOCTOR – No se alarme. Su caso no es grave. Un tiempo de Prozac y como nuevo. ¿Un whisky?

DIOS – Con dos hielos.


Vómitos (Cuento con moraleja de Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Que los acontecimientos se disparasen a partir de las conmemoraciones del 8 de Marzo, debería haber dado alguna pista sobre el origen del mal y su tipología; pero nadie, al parecer, estableció la relación hasta que la epidemia fue innegable.

Los vómitos repentinos y violentos que afectaban, aunque no exclusivamente, a la práctica totalidad de los varones mayores de 12 años, no tenían una causa justificada. Ninguna prueba, ningún análisis, mostraba una explicación clínica del fenómeno.

Y el registro de situaciones tampoco arrojaba luz sobre elementos comunes o significativos que pudiesen explicar por qué, de repente, un grupo de cinco tíos en un bar, un par de transeúntes camino del trabajo, un grupo de viajeros en el tren de cercanías, un conductor solitario en su automóvil, cincuenta estudiantes de derecho en el aula magna de la facultad…, por qué, repetimos, esos hombres en circunstancias tan distintas vomitaban, tras una o dos arcadas, y arrojaban lo ingerido al frente, hubiese lo que hubiese al frente, sin apenas posibilidad de controlar la dirección o el ángulo de lo arrojado.

En el mejor de los casos, el vómito se producía una sola vez y el infectado recuperaba la normalidad fisiológica; pero en otras ocasiones, en la mayoría, tras unos segundos de extrañeza compartida, los infectados recuperaban la actividad o conversación o situación previa al vómito y volvían a vomitar.

Tuvieron que pasar varios meses hasta que alguien apuntó en la dirección correcta y dio con el motivo (y por lo tanto con la posible solución) de la extraña epidemia. Fue, lógicamente, una mujer quien dedujo que para solucionar el problema no había que fijarse en los individuos infectados, sino en su circunstancia. Así, se descubrió que el grupo de tíos en el bar estaba contando chistes, los dos transeúntes se habían cruzado con una compañera de trabajo, el grupo de viajeros compartía espacio con dos mujeres de raza negra, el conductor había tenido un incidente con una conductora, los cincuenta estudiantes estaban encantados con la catedrática de derecho constitucional…

El informe provisional concluía: sólo hay que saber qué pasa por sus cabezas… Pero el informe definitivo fue más allá y concluyó, sin ninguna duda: no, sólo cambiando lo que pasa por sus cabezas (y algunas bocas) dejarán de vomitar.


Qué son patriarcadas (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Patri va por la calle y se encuentra con un zurullo, grande marrón y pastoso, y un reguero de huellas marrones partiendo de su centro, al observarlo, Patri siente que se le sube una arcada por la garganta. Eso es una Patri-arcada. Una muchacha va por la calle con una falda cortita, con vaqueros, con pantalón del chándal, contenta y moviendo sus caderas como lo que corresponde, como una mujer joven y feliz. De repente un grupo de hombres al verla, se creen con el derecho de decirla:

– ¡Ehh, tía buena, vente pá acá que te voy a dar lo que andas buscando! – ¡Acércate bombón que te la voy a meter…! – Anda guapetona, dame un besito.

Eso, eso son ¡PATRIARCADAS!

Imagen creada por Bake Gómez y Celia Vicente Avilés

Patriarcadas (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

¡Uf! Vaya palabrejas que se gastan estos del Globosonda, rara rara, vamos que ni siquiera el ingenioso Luís Piedrahita en su espectáculo “El castellano es un idioma loable, lo hable quien lo hable” se atrevería con un vocablo como éste.

Y sin embargo ahí vamos, intentando desafiar este reto tan caprichoso como atrevido. De momento tengo dos posibilidades a desarrollar, y más cuando se acerca marzo y la celebración del Día de la Mujer Trabajadora. Por eso, y porque “patriarcadas” se parece demasiado a “patriarcado”, voy a exponer un razonamiento que no anda muy alejado de la realidad.

Es verdad que el tema de la reivindicación de la mujer es delicado y debemos abordarlo de frente y sin complejos. Ellas son tan importantes o más que nosotros, en esta nueva sociedad las mujeres siguen siendo el motor de muchos de nuestros roles y, sin embargo, no alcanzan las cuotas de poder o representación que deberían. Ahora les exigimos que además de sus habituales tareas que trabajen fuera del hogar, que cuiden a nuestros mayores y que sigan pariendo etc… Por eso viene a cuento separar el encabezado de este texto “patriarcas” y “arcadas”, arcadas ante el comportamiento de muchos hombres que no asumen a la mujer como igual, que ordenan, que controlan, que exigen, que acosan y maltratan a sus parejas hasta llegar al asesinato. Llevamos muy pocos meses del año y ya son un montón de mujeres asesinadas por la violencia machista, una lacra que no conseguimos reducir a pesar del intento con las nuevas leyes sobre el género.

Ante esta afrenta que nos avergüenza, la solución nunca es contundente ni rápida, la propuesta segura para vencer esta salvaje sinrazón viene a través de la educación. Educar en igualdad utilizando la tolerancia, admitiendo la diversidad, respetando la libertad del otro. No será fácil pero ese es el camino para reducir esas cifras escandalosas de asesinatos y maltrato.

Por eso me dan arcadas el comportamiento machista de muchos de nosotros, angustia ante la falta de sensibilidad, ansia ante la escasez de medidas para garantizar su seguridad. Arcadas ante la obstaculización para acceder a los puestos de responsabilidad en las empresas o en los estamentos públicos y vómito ante una violencia que debería sonrojarnos.

Como todos los vocablos, “Patriarcadas” también puede tener otros significados diferentes pero con reflexiones parecidas. Esta palabra podría también estar compuesta de “patria” y “arcadas”, un tema que nos puede dar bastante juego.

Patria es un término que, según quien lo pronuncie o quien se apropie de su significado, puede muy bien definir determinadas ideologías. Primero reconozcamos que es una expresión caduca, la izquierda utiliza más la palabra “país” para definir a la nación. La derecha, sin embargo, la utiliza para sacar a relucir valores que empiezan a pasar de moda en un mundo globalizado.

En aras de la patria se escudan algunos para seguir conservando valores de antaño que a veces son injustos y retrógrados. Exhiben o se apropian de símbolos y lanzan discursos sobre el territorio y sus fronteras, sobre la familia, palabras amañadas sobre los bienes, la hacienda y la riqueza. Luego lo mío lo tendré a buen recaudo y sólo reparto las migajas de lo público.

Son muchos los que se las dan de patriotas enarbolando la bandera, pero esconden la declaración de la renta. Por eso me dan arcadas también este fraudulento patrioterismo que insufla odio y discriminación, que margina, que manipula y que se adueña de los símbolos de todos. La defensa del concepto patria, nación o país siempre serán nuestras acciones. Si somos solidarios, si somos tolerantes, si pagamos nuestros impuestos, en definitiva si somos honrados con los demás y con nosotros mismos tendremos una sociedad mejor.

Ya ven, una palabra inventada y dos acepciones posibles o distintas, pero que analizadas con sentido común nos invitan a la misma reflexión.

Fdo: Rafael Toledo Díaz



El patriarcado de Dios, el caudillo y el marido (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Fueron años muertos
donde los colegios rezumaban nacional-catolicismo
y la esterilidad es el castigo a las pecadoras
que tratarán como sea de tener hijos

El pater familias busca el sustento en la calle
y la mujer queda confinada en la casa
como madre y educadora
para más gloria de Dios

 Los niños varones pasan a ser hombres
y adelantan a la madre en el escalafón
Pronto se contrapone el deseo 
de rebelión y resignación en la mujer

Así hemos llegado hasta ahora
donde la mujer ha subido peldaños
pero se sigue quedando 
	en mitad de .la escalera


Carlos Gamarra
Marzo 2020

Máscaras (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Seguramente el gran dramaturgo que fue Paco Nieva se inspiró en los carnavales de su pueblo manchego de nacimiento para recrear después, en sus bocetos, el vestuario de los excéntricos personajes de sus obras, muchos de ellos puro esperpento. No dudo en absoluto, estoy realmente convencido de que fue así.

Y es que en esto de disfrazarnos, el ingenio, la infancia y el lugar de origen influyen e importan más de lo que podemos sospechar, y digo esto último, porque no es lo mismo una chirigota de Cádiz o Tenerife, que los peliqueiros y cigarróns gallegos o los joaldunak de Euskadi.

La imaginación para confeccionar un disfraz es primordial, no siempre hubo bazares o tiendas de chinos para poder conseguir una indumentaria adecuada para el carnaval.

Imagínense a un crío ataviado con una enagua, un palo de sarmiento y una careta de cartón, una criatura aporreando la puerta de la casa de su abuela y diciendo la manida frase carnavalesca: <<A que no me conoces>>, <<a que no me conoces>>, anteponiendo la palabra “abuela” con la inocencia propia de la infancia. Así pasó, cuando inmediatamente fue reconocido, el chasco fue supremo, en un pispás la magia del disfraz y del engaño acabó en frustración y lloriqueo al saberse descubierto.

Aquel episodio tragicómico le marcó tanto, que nunca más volvió a disfrazarse. Bien es verdad que, en la adolescencia, participaba de la bulla popular en los prohibidos carnavales de la época franquista, pero que en su pueblo se saltaban a la torera.

De aquel tiempo también guarda un recuerdo oscuro sobre los típicos mascarones manchegos. Hombres que, envueltos en una simple colcha y un antifaz, recorrían las calles algo ebrios, su silueta misteriosa amparada bajo la luz mortecina de las farolas, infundían más temor que otra cosa.

Pero él nunca renunció a la máscara y su utilidad, sobre todo en el teatro. Lugar donde el engaño y la ficción son terreno abonado para el disfraz, pero esa atracción personal siempre la ha mantenido como espectador; porque el miedo al ridículo quedó marcado en la infancia y en ese episodio referido anteriormente.

Hay que reconocer que, para transitar por la vida diaria, debemos utilizar alguna que otra careta para sobrevivir en el complicado mundo de las relaciones humanas. Un cierto grado de fingimiento u ocultación forma parte de la negociación en el diálogo, en los afectos y en la comunicación con el semejante. Muchas veces no somos lo que parecemos o al contrario, nos protegemos con una máscara para disfrazar nuestra realidad, y prescindir de esa coraza depende de nuestro comportamiento o de cómo exteriorizamos la sociabilidad o la timidez.

Con curiosidad observa como las redes sociales se han convertido en un gran carnaval. Estupefacto ante la máscara colectiva que nos ponemos, sorprendido quizás, porque él mismo participa en este supuesto engaño colgando fotos de su mejor perfil. Espacios virtuales donde tratamos de contar historias de vidas felices, aventureras u ociosas, biografías donde no cabe el fracaso.

Quizás máscaras para sobrevivir en tiempos difíciles, posiblemente para democratizar la comunicación sin sentirnos perdedores. Porque mucho de lo que sucede en las redes tiene que ver más con el fingimiento y la apariencia, que con la vida real.

No hay más que observar en la pantalla a algunos influencers y youtubers de moda y su estrafalaria estética y comportamiento.

Pero como no termina de comprender esta extravagancia en las redes, puestos a elegir, prefiere el disparate y el ingenio de Francisco Nieva. Sus láminas y bocetos de trajes y máscaras son una clara demostración de creatividad, ilustraciones para la memoria que son el testimonio del último barroco.

Dibujo de Paco Nieva

Máscaras (Maite Martín Camuñas)

Categoría: La caja negra

Comencé a correr, correr sin saber muy bien qué me impulsaba a hacerlo. Al llegar a la plaza de la Virgen, sentí tras de mí pasos siguiéndome, pero cuando me paraba a escucharlos, estos paraban también, volviendo a sonar cuando yo iniciaba la marcha, estaban allí, retumbando en los recovecos de la plaza, agazapados en la oscuridad, acechando. Volví a correr con frenesí, me bebía las baldosas de la glorieta en mi huida. Colgadas de las esquinas de los edificios farolas indolentes vomitaban su escasa luz de gas que se extinguía en cuanto entre farola y farola, crecían las sombras que me engullían plagadas de sonidos y estertores. Mi respiración se iba acelerando al mismo ritmo que la falta de aire hacía arder mis pulmones, mis pupilas se iban dilatando entre el terror y la falta de oxigeno llegando a mi cerebro. Al escapar nuevamente de las fauces de la oscuridad, me apoyé en una pared bajo la protección de la mortecina luz y me fui deslizando hasta el suelo por desfallecimiento de mis doloridos músculos. Entonces aparecieron dos caras infernales de semblantes distorsionados y luciferinos. Se acercaron por ambos lados provocando un loco galopar de mi maltrecho corazón.

¡Máscaras! Una idea se abrió paso en mi mente calenturienta, ¡Máscaras! ¡Es martes de carnaval!

Y mis ojos se fueron cerrando lentamente…


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