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El coronel y sus oxímoros (Frantz Ferentz)

Categoría: La caja negra

Hacía mucho tiempo que Pacho había dado su consentimiento a visitar el colegio de la profesora Rosaura cuando estuviese en Colombia.

Ella lo había conocido a él en una feria del libro infantil y juvenil en España que había seguido en línea. Le había encantado el taller que Pacho impartió sobre escrituras adhesivas, una técnica de creación literaria para adolescentes a partir de etiquetas de productos. Nunca se habría imaginado que de las instrucciones de uso, o de la composición de un producto doméstico se pudiese escribir un cuento. Además, el propio tallerista era escritor, de modo que Rosaura se quedó con el contacto de él y comenzaron una relación epistolar electrónica.

Durante varios meses, Rosaura trabajó con sus alumnos adolescentes las técnicas de Pacho y convenció a este para que le mandase PDFs con sus cuentos para que los leyesen sus estudiantes, los cuales los devoraban con fruición.

Rosaura era una magnífica animadora y mediadora. Pronto todos los cursos superiores del colegio estaban trabajando con las escrituras adhesivas. Salían cuentos de las cajas de galletas, de las etiquetas de las medias, de las instrucciones de uso de los tampones… Cualesquiera instrucciones escondían un cuento, solo era cuestión de encontrarlo.

— El 7 del próximo mes vuelo a Colombia para unos seminarios. Estaré una semana en Bogotá —anunció finalmente Pacho.

A Rosaura se le abrió el cielo.

— ¿Y el profe vendrá a visitarnos a mi colegio? —inquirió Rosaura.

— Claro, te lo prometí —respondió él.

Cuadraron fechas. En dos semanas acudiría al colegio Henry Tudor y tendría un conversatorio de dos horas con los chicos del colegio.

Ya en Colombia, Pacho intercambió con más frecuencia mensajes con Rosaura. Él le escribió preguntando si podrían verse antes. Ella le respondió que lo recogería en el hotel con un taxi y que además lo invitaría a almorzar.

— ¡Qué menos, profe! —respondió ella toda emocionada, pues por fin iba a conocer en persona a aquella fuente de inspiración.

Pero los planes cambiaron. La víspera del encuentro, Rosaura texteó a Pacho que el coronel mandaba un taxista de mucha confianza y un escolta a recogerlo al hotel.

«¿El coronel? ¿Un escolta?», inquirió Pacho en el mensaje de respuesta.

«Sí —respondió ella—, es que el rector de mi colegio es un coronel».

Pacho ya no podía echarse atrás. Había dado su palabra de que iría al colegio e iba a cumplirla. Su pasado de activista antimilitarista y pro-objeción de conciencia en su país quedaría debidamente oculto. Le había dicho a Rosaura que no era creyente, pese a que el colegio era religioso, pero que eso no era problema. No obstante, cuando supo del coronel, surgieron en su mente imágenes de militares bien armados y con la camisa desabotonada para mostrar sus pechos de lobo cargando un cristo de madera crucificado. Euangelium terroris armatum, le llamaban, uno de tantos oxímoros. Si el tal Cristo levantara la cabeza…

La mañana establecida, con puntualidad marcial, dos autos esperaban a Pacho a la puerta del hotel. Un hombrecillo menudo y con mascarilla —eran aún tiempos de pos-pandemia de covid— acudió rápidamente a recibir a Pacho. Le estrechó la mano mientras le decía:

— Profesor, buen día. ¿Cómo amaneció? ¿Ya desayunó? Reciba el más cordial saludo de mi coronel.

Aquel mi coronel resonó como un mazazo en la cabeza de Pacho. Era un paso más en dirección al abismo.

— Gracias, muy amable —respondió Pacho, preguntándose si es que accederían a una zona de guerra, por lo del escolta.

Finalmente, se montó en un taxi blanco, seguido por el auto del escolta del coronel. En el trayecto se toparon con lo esperable, con un trancón considerable en dirección sur. Pacho enseguida entendió lo del taxista de mucha confianza. Como también ocurría en Europa con ciertos taxistas, este escuchaba una emisora de extrema derecha que hacía llamados mal disimulados a montar un golpe de estado contra el presidente colombiano.

El colegio no se veía desde fuera. Los muros, rematados en concertinas, ocultaban el lugar desde la calle. Un gran portón metálico se abrió y el taxi penetró, pero antes entró el auto del escolta, quién rápidamente descendió para recibir a Pacho a la puerta del taxi.

— Profesor, mi coronel lo está esperando.

En ese momento, apareció Rosaura. Lo abrazó afectuosamente, mientras le decía:

— Profe, por fin nos conocemos personalmente.

Pacho pensó que tendría algún tiempo para hablar con ella, le había traído libros para regalarle, le había hecho una estupenda impresión, pero antes había que saludar al coronel.

El coronel era un tipo con cara de calamar, con la boca ligeramente desequilibrada, donde una parte del labio inferior colgaba levemente. Todo su cabello era blanco, bien rasurado por los bordes. Su cabeza era casi cuadrada, sus ojos menudos, aún más empequeñecidos por las lentes de miopía, con lo cual era muy difícil que su mirada fuese penetrante, atemorizadora, por lo que era claro que tenía que servirse de otros medios para imponerse. Ahí entraba en juego su abrigo militar, recio, marrón, pesado, aunque sin galones, que hacía creer que tenía dos veces más cuerpo del que realmente tenía. Además, en la mano izquierda llevaba un reloj de oro, mientras que en la derecha lucía dos pulseras también de oro (o al menos lo parecían).

— Bienvenido, profesor —saludó él todo regio—. Tome asiento.

Rosaura también se sentó. El coronel preguntó a Pacho si quería un tinto, pero este lo rechazó con toda la suavidad que le fue posible. Luego, de improviso, se dirigió a Rosaura y le espetó:

— Profesora, continúe con la preparación del evento y regrese cuando esté todo listo.

— Si, coronel.

Por un momento, Pacho creyó que se dirigiría a ella como sargenta o algún otro rango militar.

Ella salió obediente, se diría que incluso sumisa. Pacho se quedó a solas con el coronel en su oficina, un lugar pensado para el trabajo, con mesa de reuniones. Lo cierto es que Pacho no reparó demasiado en el lugar, solo quería irse de allí y perder de vista a aquel tipo.

Pero no. El coronel tenía otros planes. El coronel quería deslumbrar al visitante con su dilatada experiencia, que no era precisamente docente. El coronel empezó a querer empatizar con el visitante contándole como había pasado unos años magníficos de su carrera en España formándose, contando, por ejemplo, cómo funcionaban los ascensos en un país y en el otro, siempre ponderando al ejército español, lo cual revolvía las tripas de Pacho. El coronel, que solo hablaba de lo militar, explicó que se había pensionado veinte años atrás y que ahora gobernaba aquel colegio con el fin de crear en aquel espacio un punto de innovación pedagógica. Tal cual.

Y el culmen fue cuando el coronel mostró a Pacho una fotografía en la que Juan Carlos I le daba la mano tras entregarle un diploma. Juan Carlos I, el exrey exiliado, millonario a base de comisiones, mujeriego enfermizo y amigo de delincuentes empresariales y bancarios, así lo veía Pacho.

En medio de todos aquellos recuerdos, el coronel se interrumpía constantemente para responder mensajes del celular. Incluso la secretaria entró dos veces para recibir el visto bueno de una carta a un abogado, según explicó.

Pacho aprovechó para textear y pedirle a Rosaura que lo sacase de allí. Ella acudió rauda. Entró en la oficina y rescató efectivamente a Pacho justificándolo como que quería mostrarle las instalaciones. El coronel accedió con un gesto de la mano, algo más importante atraía su atención.

Finalmente, Pacho abandonó la oficina. Accedió al patio de entrada y entonces sí se fijó en los edificios. Como era de esperar, el colegio tenía estructura de cuartel. Desde la calle no se veía nada porque no había realmente edificios como tales. Todo el recinto escolar se componía de barracones, lo cual acentuaba las semejanzas entre el colegio y un cuartel. Era menos regio, ciertamente, pero la estructura era equiparable.

El profesorado no se veía especialmente feliz. Probablemente muchos de ellos trabajaban allí, porque no tenían un sitio mejor. Rosaura se los iba presentando uno a uno. Entre ellos estaba doña Virginia, la esposa del coronel.

— Profe, esta es doña Virginia.

Era una mujer que podría parecer invisible, ya en edad de jubilación, como su esposo, anodina y blanqueada por el maquillaje. El detalle que más llamó la atención de Pacho al darle la mano es que era como sacudir un pez muerto. En fin, aquella era la coronela, pero nadie la llamaba así.

Para sorpresa de Pacho, los chicos se le fueron acercando, lo saludaban con mucho afecto, pero también con timidez, según recorría el recinto escolar.

El acto de presentación, en realidad un conversatorio con Pacho, se hizo en una cancha al aire libre de fútbol sala adaptada como salón de actos, donde el paso de los buses por la calle a veces hacía imposible la comunicación. Pacho se llevó un buen sabor de boca del acto, salvo el inicio y el final, que fue abierto y cerrado por el coronel con dos discursos vacuos sobre valores y formación. De todos modos, el coronel estuvo presente durante las dos horas del conversatorio, en primera línea. A ratos, cabeceaba, realmente aquellas conversaciones literarias lo aburrían.

El almuerzo fue en el club militar, a pocas cuadras del colegio. Pacho tuvo que aguantarse las ganas de salir huyendo. No podría evitarlo ni aunque fingiese una peritonitis. Llegaron allí en el Mercedes privado de lujo del coronel, con chofer propio, que siempre lo esperaba en el patio del colegio-cuartel.

Cuánto oxímoron, pensaba Pacho. Primero, un educador, militar; luego, un amante de lo lúdico (así lo definía Rosaura), militar; a continuación, un rector de colegio, militar. Todo lo que había visto del rector era un oxímoron tras otro, como si fuese una cualidad del cargo, una contradicción en términos con galones invisibles.

En el almuerzo se demostró aún más la nula capacidad del coronel de seguir una conversación sobre temas educativos más allá de valores caducos. Él participaba nuevamente hablando de sus recuerdos en la milicia, ante los que Pacho asentía y Rosaura asentía mecánicamente.

Después del almuerzo, Pacho se despidió de Rosaura y del coronel, de este en su oficina lo despidió educadamente. Pero Pacho notó en la mirada del militar que el profesor no era de los suyos. Era de los otros.

Por fin, Pacho abandonó el recinto con el mismo taxista de la mañana, esta vez sin escolta, el cual lo llevó a la plaza Bolívar.

Dos días después, Pacho tomaba el avión de regreso a España sin poder quitarse de la cabeza al coronel y sus oxímoros. Había sido una experiencia que tenía que reconocer que lo había marcado. Había estado en muchos colegios en varios países del mundo, pero nunca se había encontrado un rector o director de colegio militar.

Ya en el aeropuerto de Madrid, Pacho se encontró con que le habían manipulado el candado de la maleta. De hecho se lo habían roto. Enseguida la abrió para comprobar si estaba todo. No faltaba nada, pero todo estaba revuelto. No obstante, había algo que él no había metido en la maleta. Se trataba de un sobre con una foto. No recordaba haberse hecho aquella foto, pero aparecía con el coronel en la oficina del militar. Ambos se daban la mano y parecían entenderse perfectamente, como si el mismo Pacho fuese también parte del oxímoron. Solo más tarde se dio cuenta de que el sobre llevaba algo escrito: «De parte del coronel».


Camino de vuelta (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

En el mar, las miguitas de pan se las comen los peces. Borran toda posibilidad de regreso. Y la superficie es un espejo que, una vez atravesado, detiene el tiempo para siempre.

En el mar se desdibujan todos los senderos. No hay señales que recuerden la travesía. Quienes lo atraviesan saben que no regresarán. Al menos no por ahí. Mamá siempre dice que cuando eliges otro camino de vuelta ya nunca serás el mismo. Puede que ése sea el motivo de no querer regresar. No es el dinero, ni las fronteras, ni la ausencia de familia. Es el terror que anuncia el desarraigo en el reflejo de estas profundas aguas. Un regresar que refleja la otra cara del espejo: la partida, la huida, el hasta luego e, incluso, el adiós.

Tú y yo no seremos los mismos. Cada una de nuestras células habrá cambiado. Serán otros los que atraviesen de nuevo ese muro que separa el hoy del ayer, el norte del sur, la comprensión de la confusión, el “ya no hay nada que hacer” de la esperanza, el yo que se fue del yo que seré. Porque una sola cosa permanece inmutable en este partir, que es también regresar, infinito de los hombres (y mujeres): el muro.


Hermanos (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Al llegar el ocaso, reajustó los parámetros de los paneles solares y chequeó la estanqueidad de las tres capas aislantes que recubrían el módulo. Todo el mantenimiento no automatizado estaba terminado. El resto era cosa de HAL, el ordenador omnipresente, mayordomo y policía a partes iguales. Suyas eran esas rutinas que realizaba con precisión de relojero suizo.

Consultó su reloj y se sentó en el pupitre de comunicaciones. La transmisión desde la Tierra estaba a punto de comenzar. La demora hacía imposible mantener una conversación, pero al menos podrían verse y reconocerse. Ajustó la pantalla y tras el aviso de rigor, apareció con cierta nitidez el rostro de Elsa. Recorrió con los dedos el ovalo de su cara, repasó sus labios, hizo amago de retirar su pelo castaño de la frente, en un gesto tantas veces repetido en el pasado y ahora tan inútil como el escalofrío que le acompañó.

La transmisión fue difícil, ni desde el control terrestre, ni desde el módulo marciano hubo forma de eliminar una molesta banda de interferencia. Poco importaba. Bastaba con ojear detrás de su mirada para saber que sus caminos se separaban. La certeza le dolió.

Después del accidente y la muerte de sus compañeros de misión, había quedado aislado en la zona de investigación del asentamiento en la superficie de Marte. Tenía comida abundante, un amplio programa de experimentos por concluir, y casi nulas posibilidades de un retorno a casa. En esas condiciones, pedirle a Elsa que esperase, como una nueva Penélope, tenía poco sentido. Buscó cercanías en su rostro, apenas habló y se despidió con una sonrisa amarga, cuando agotaron el periodo de transmisión y la pantalla difuminó por completo el rostro de su mujer.

La siguiente transmisión, le anunciaron, quedaba reservada para una nueva evaluación psicológica. Desde la Tierra estaban preocupados, habían detectado algunos cambios de comportamiento en sus rutinas, sus tonos de voz y algunos parámetros de la telemetría del sueño. Pero, sobre todo, les alarmó la frecuencia con que se encerraba en el módulo de los animales. Tras el accidente, el circuito cerrado de visión llegaba sólo a la porción central del módulo. Para el control terrestre, el cubículo de experimentación era un agujero negro.

Si hubiesen podido, habrían observado como el explorador metía sus manos en las jaulas y permanecía allí inmóvil, a la espera de los roedores las olisquearan y jugasen con ellas. Unidos por la temperatura corporal, la piel, la sangre; casi hermanos.

Se asomó al escueto ventanal del módulo. La oscuridad era casi absoluta. Consultó su reloj, se puso su traje térmico y la escafandra. La noche marciana le ofreció su quietud, fría, rotunda. El cielo aportaba una miríada de destellos, que esta vez le parecieron una suerte de caspa cósmica. Ubicó la Tierra, apenas una mínima canica sin brillo en mitad de ninguna parte. Allí había quedado su vida futura, hipotecada por el accidente.

Cenó algo ligero y programó una vieja película del Oeste. Se explayó en los cielos abiertos y las llanuras recorridas por cabezas de ganado, que esforzados vaqueros cubiertos de polvo llevaban de un lugar a otro. Fumaban, reían, se retaban y bebían café. Soñó que estaba en un vagón de metro atestado, apenas podía moverse. Aspiraba la mezcolanza de olores, idiomas y conversaciones.

La mañana siguiente, recolectó comida y agua, y las transportó al módulo de experimentación. En uno de los viajes, observó que HAL había lanzado una transmisión de alarma a la misión en Tierra. No hacía falta ser un prodigio de la ingeniería para darse cuenta de que su comportamiento se apartaba de los algoritmos programados. Ser impredecible no era tolerable para aquella inteligencia de microprocesadores. Una vez dentro del modulo, bloqueó las quejas de HAL, abrió las puertas de las jaulas y se mezcló con los animales.


El regresado (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Dicen las crónicas que regresó delgado, gris y viejo, apenas la sombra del joven rollizo y luminoso que partió hacía apenas un año. Que bajó del tren como las hojas caen de los árboles, ondulante y errático, y que se quedó en el andén pasmado un buen rato, como esas mismas hojas se quedan en el suelo, quietas pero vibrantes, hasta la llegada de una ráfaga de viento o la escoba del barrendero. Dicen que respiró hondo y echó a andar, sin mirar a nadie, sin mirar nada más que el camino que lo conduciría hasta su casa; que su aparente fragilidad también lo dotaba de una extraña ligereza que hacía de su caminar la coreografía sutil de una danza nueva. Dicen que no tuvo que detenerse en ningún cruce, que no dio un traspiés ni un giro brusco, que su avance era un fluir ligero y armonioso. Incluso hay quien asegura haber escuchado una hermosa y triste melodía a su paso, una melodía con aroma a lirios y crisantemos, aseguran.

La mañana de otoño era soleada, guardaba la memoria del verano reciente y permitía aún calzar sandalias y vestir manga corta. Él no, él calzaba las botas y vestía el traje reglamentario, aunque no portaba ningún petate, ninguna bolsa. Cuando llegó a su calle, ralentizó un poco el paso, hasta que finalmente se detuvo a escasos metros de la puerta de su casa. Allí permaneció un buen rato, ensimismado, quizá –y esto es especulación– dando tiempo a que la memoria se desperezase y permitiese a los recuerdos ordenarse y tensarse para aflorar en el momento preciso, cuando tocase el pomo, abriese la puerta, oyese el sonido de la voz, sintiese el tacto del espacio doméstico, observase los muebles, los objetos, oliese el perfume de la vida anterior, besase su boca… Quizá lo que hacía era armarse de valor, de otro valor distinto al mostrado en el frente, un valor mucho más esquivo, porque aquí no parecía necesario, nadie lo demostraba, no estaba en el ambiente… Quizá lo que pasaba era que necesitaba sentir la guerra también aquí para tener el valor de volver a casa y no morir en el instante mismo de cruzar el umbral. Quizá, ya puestos, no se atrevía a entrar en casa, porque sería como renacer sin haber muerto, un privilegio que tantos y tantos no podrían ya nunca jamás disfrutar. Imposible saberlo con certeza.

Dicen las crónicas que varias horas después, al anochecer, dio media vuelta y echó a andar calle abajo, hacia las afueras, y que continuó caminando por el campo y el mundo. Que ha sido visto en los lugares más dispares y remotos, indiferente a los peligros y las inclemencias. Dicen que busca otra guerra, quizá la misma en otra parte, que le devuelva el joven rollizo y luminoso que fue, vivo o muerto.


Circuito (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

El árbol del tiempo

extiende sus ramas 

donde se mecen las llaves de los días

y hasta el suelo

se deslizan 

sobre el camino de la memoria 

abren y cierran momentos

que andrajosos o engalanados

retornan



La necesidad de la diáspora (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

El éxodo y las migraciones han sido siempre una constante en la historia de la humanidad. Ante la pobreza y las penurias de los pueblos la única alternativa posible para conseguir mayores recursos era desplazarse a otro lugar, a una nación diferente o a otro continente.

Este fenómeno ha sido más grande o más visible en determinadas épocas de la historia reciente. Aquí, en nuestro país, territorio de tránsito y de puente entre Europa y África, sabemos bien del drama que supone el éxodo, pues el Mediterráneo y el océano son testigos mudos de esta desdicha. Las vallas, las fronteras…, nada es ajeno a nuestro conocimiento.

Sin embargo, una vez establecidos aquellos que buscaban un futuro mejor, tarde o temprano suelen hacer el camino contrario. Es verdad que el regreso suele realizarse en condiciones más cómodas, seguramente ya documentados y con trabajos precarios o fijos en los países de acogida.

Pero yo me pregunto: ¿Qué razón les asiste para querer volver al lugar de origen? Y seguramente hay muchas respuestas posibles. Necesitan regresar a las raíces, a la infancia, volver a reencontrarse con la familia que quedó allá o para descansar unos días en su tierra nativa para, después, otra vez a seguir buscándose la vida entre culturas ajenas y costumbres diferentes.

Ahora quizás sea menos visible por el estado de las autopistas o autovías, pero en la década de los 70 y 80 del pasado siglo, cuando todavía en España las carreteras nacionales dejaban mucho que desear, el fenómeno del retorno vacacional de millones de magrebíes que trabajaban en los países europeos era fácilmente reconocible.

Veíamos coches y furgonetas cargados hasta límites increíbles, algunos mecánicamente precarios y a punto para el desguace, incapaces de acometer las pendientes que la orografía presentaba, automóviles emitiendo humo como chimeneas rodantes circulaban durante el periodo estival buscando el sur. Se rumoreaba que algunos adquirían esos viejos vehículos para hacer el último viaje y muchos de estos cacharros se quedaban en el continente africano.

Familias enteras viajaban apelotonadas en viajes que duraban varios días, no en vano algunos atravesaban varios países para llegar al destino, interminables horas conduciendo con calor y poca comida para alcanzar el ferry que les permitía atravesar el Estrecho.

Pero una desmedida fuerza interior les motivaba para aguantar los enormes inconvenientes, la ilusión de volver a ver a sus mayores, a su familia, a reencontrarse con los viejos hábitos y, por qué no, a presumir de su nuevo estatus ante aquellos que no se atrevieron a marcharse.

La emigración de nuestro país no fue igual, cuando muchos de los nuestros decidieron irse a los países centro-europeos lo hicieron en tren o en viejos autobuses, con pesados abrigos de paño y maletas de cartón.

La publicidad del NO-DO nos contaba que eran felices porque llenaban los teatros para ver a las folclóricas y a los coros y danzas que el Régimen les enviaba para consolarlos de la morriña, porque añoraban el terruño y deseaban volver cuanto antes.

Con lo ahorrado durante años, algunos volvieron y montaron pequeñas empresas y humildes negocios, otros se quedaron y formaron sus familias allí. Ahora, y con el tiempo, sabemos que no todo fue jauja, que muchos vivieron en barracones cercanos a las fábricas donde trabajaban, que laboraron jornadas de muchas horas y que pasaron grandes calamidades y mucho frío.

Sin embargo, la idea del retorno, la ilusión de la diáspora siempre estuvo en su mente, un ideal que les permitía tener conexión con la familia, con la infancia, con el paisaje austero y monótono de campos de cereal, de olivos y viñedos, pero que ellos idealizaban en la distancia.

Evidentemente, para retornar a un lugar, primero debes salir. Supongo que, como muchos otros jóvenes de aquella época, mi salida fue menos osada. Ni siquiera cambié de país, solo de comarca y de ciudad. Sin embargo, al contrario que otros, los primeros retornos a la tierra natal me causaban dolor, me había sentido desdeñado. ¿Pero por quién? Un sentimiento difuso porque no encontraba culpables, imaginaba haberme auto-desterrado de un territorio donde había sido feliz. Pero el tiempo restaña las heridas que provoca el resentimiento. Retornar fue menos traumático que partir y, poco a poco, tras cada viaje de vuelta, llegó el sosiego y la reconciliación.


Retorno (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

No sé por qué me gusta la noche
si Nectis no me habla
pero era la madre de Anubis 
y se la perdonaba todo

Cuando el sueño es profundo
ves a los murciélagos pasar
y te preguntas donde irán?

Son inofensivos
pero asustan con sus trajes negros
y retornan a su hogar

En esas noches sin luna
ya se intuye la espuma de septiembre
que nos ofrece el fruto de sus higueras

El verano guerrero se subleva
y no quiere abandonarnos
pero el otoño retorna inexorable

Retorno al olvido (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Recuerdo aquellos besos malogrados
Entre las sombras del albor.
Teníamos exiguas primaveras y
Oleajes de deleite en las pupilas.
Resplandeciente madrugada del
Nosto amargo de inviernos pincelados en mi pelo
Océanos de distancia entre tu lozanía y mi declinar. 

Almas gemelas
Libres de desasosiego

Oscuras 
Lágrimas quedaron enredadas entre los
Verdes líquenes
Ignorando las deserciones
Deseando el retorno al amor 
Olvidado por eternidades de adioses.

Bomba de calor (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Los tres vimos cómo papá salía del coche. Mamá había tratado de impedírselo, pero él lo hizo por sorpresa y ninguno pudimos hacer gran cosa. Llevábamos dos días encerrados en el vehículo, en la segunda planta de aquel garaje. Otros vecinos habían hecho lo mismo, pensando que las temperaturas no serían tan altas allí abajo y que allí podrían poner en funcionamiento el aire acondicionado de sus coches, pero a estas alturas la mayoría se habían marchado. Cualquiera sabría qué había sido de ellos. “Salir más allá de la puerta del garaje es un suicidio”, había dicho papá cuando decidimos meternos en el coche y encender el aire acondicionado, con al esperanza de que la ola de extrema de calor pasara cuanto antes. Cuando las máquinas de aire acondicionado dejaron de funcionar a causa de las excesivas temperaturas la televisión y la radio dejaron de emitir e Internet se cayó por completo.

Papá boqueaba como un pez fuera del agua y se llevaba las manos a la garganta. El aire parecía abrasarle los pulmones. Apenas estuvo unos segundos fuera, el tiempo suficiente para dejarle mudo. Tardó varios minutos en recuperar el aliento. Mi hermana se echó a llorar. No la culpé, todos pensamos que no lograría abrir la puerta de nuevo y entrar en el coche. Yo mismo creí que se desmayaría y que no podríamos hacer nada por él. Por suerte, aún tuvo fuerzas suficientes para abrir la puerta y mamá tiró de su brazo para agilizar un poco el tránsito. Después cerró la puerta tras de sí, con toda la fuerza que le fue posible. El calor había entrado en el coche y nos costó un rato poder respirar con normalidad. Allí afuera el aire parecía consumirse como un bosque en llamas. Gracias a la bombona del abuelo íbamos inyectando un poco de oxígeno en el habitáculo. Teníamos suerte.

“Se acaba el gasoil, sin él no hay aire acondicionado”, sentenció mi padre en cuanto estuvo preparado para hablar. “Tendremos que salir en busca de una gasolinera”. El abuelo se negó. Le recordó que él mismo había aseguro que era un suicidio, pero mamá logró calmarlo recordándole que nosotros disponíamos de su bombona.

“Será cuestión de cinco minutos, lo suficiente para llenar el depósito y regresar de nuevo aquí. Con un poco de suerte, en unos días este calor habrá cesado”, explicó papá. “¿Y por qué no esperamos a la noche?”, insistió el abuelo. “¡No hay tiempo!”, gritó papá, perdiendo la paciencia. Papá le cedió el puesto a mamá. “Deberás hacerlo tú, yo me encuentro demasiado débil”.

El tiempo parecía detenido afuera. Un color sepia lo inundaba todo, y los árboles se habían secado. Sus hojas, muertas, cubrían el suelo por todas partes, descubriendo las pocas sombras que había en el barrio. Sudábamos y nos deshidratábamos rápido. Aún teníamos varias garrafas que mamá había previsto antes de bajar.

La gasolinera no quedaba lejos y mamá avanzó todo lo rápido que pudo, sorteando coches que habían quedado parados en cualquier parte. Evitamos mirar su interior. Algunas casas ardían aquí y allá. En seguida percibimos el aumento de temperatura. Papá cubría como podía el cristal para que no entrara el sol, y el abuelo, mi hermana y yo hacíamos lo que podíamos con unas mantas en las ventanas de atrás. Al llegar a la gasolinera mamá detuvo el coche y pareció desplomarse sobre el volante. Tuve miedo por ella, pensé que se había desmayado, pero no fue así. Entonces, todos recordamos lo que la televisión llevaba avisando desde hacía meses. En la gasolinera lucía uno de los carteles que anunciaba uno de los mensajes más duros que he leído en mi vida: “Debido a los actuales problemas de abastecimiento les comunicamos que en esta estación no hay diésel”.


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