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Fronteras, lindes y franjas (Rafael Toledo Díaz)

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Categoría: La caja negra

Dos anécdotas en el tiempo me sirven para acometer el tema propuesto por El Globosonda para empezar un nuevo año. Aunque les confieso que no resulta una tarea fácil, pues cada vez el reto es más difícil y complicado, y más para un servidor que siempre se apoya en alguna realidad concreta.

Pero ahí vamos, intentando compartir con los posibles lectores algunas curiosidades, datos y reflexiones personales. Al menos que el atrevimiento y las ganas no decaigan.

Les cuento: En aquellos años finales de los sesenta el horario escolar en el centro donde cursábamos FP se alargaba hasta la mañana del sábado, unas horas donde podías elegir las actividades más acordes con tus inquietudes.

Disciplinas deportivas, coro, aeromodelismo, música y la confección de una revista eran entre otros los quehaceres de gran parte del alumnado en aquellas jornadas. Si tuviese que hacer una comparación, seguramente eran más amenas que las actuales clases extraescolares.

Todavía recuerdo el logotipo de una modesta revista o boletín que se fotocopiaba y grapaba a mano. El profesor encargado de tutelar tal actividad, al contrario de su rigor y disciplina en las clases de tecnología, era mucho más afable y compartía junto a nosotros la curiosidad a través de la redacción de noticias.

Tal era el estímulo que “Rho” (decimoséptima letra del alfabeto griego y mote asignado al profesor) nos infundía con sus propuestas que aquella disciplina se convirtió en un modelo de didáctica que nos gustaba. Junto a él y buscando informaciones de interés aprendimos muchos conceptos sin la rigidez de los textos y los exámenes. Concretamente hubo un trabajo o reportaje sobre los países africanos que se habían independizado de las potencias colonizadoras, pues en la década de los sesenta se constituyeron diecisiete nuevas naciones en África. Un informe que nos permitió, aunque fuese a grandes rasgos, conocer sus fronteras, su economía, sus costumbres, etc. Buscar documentación sobre el cambio de modelo que suponía la descolonización y la fijación de fronteras en el continente africano fue todo un reto, pero nos supuso un aprendizaje y una visión del mundo que, hasta ese momento, era muy limitado.

Ahora, en estos días, vuelvo a echar un vistazo a ese complejo mapa y observo fronteras trazadas por largas lineas rectas, sobre todo aquellas que discurren por los grandes desiertos, aparte de otras más quebradas y zigzagueantes. Límites tan reales como imaginarios que, a pesar de todos los impedimentos inimaginables, son permeables al tránsito de personas. Fronteras y franjas que siguen atravesando cualquier ser humano buscando un futuro mejor.

La segunda anécdota seguramente es más desenfadada, pero totalmente cierta. Acabada esa primera etapa de FP y sin visos de continuar los estudios por razones que no vienen a cuento explicar, el nuevo desafío era encontrar empleo.

La vendimia fue una oportunidad para empezar mi vida laboral. Bien es cierto que para un bisoño la recolección de la uva era una labor bastante dura. En tales faenas no es recomendable que te asignen de pareja a un señor mayor, porque el desafío se complica. Ante un novato, su experiencia confirmará que eres incapaz de igualarle, pues te agotará su facilidad para cortar racimos. Este buen hombre al acabar cada liño solía decir de coletilla: “Bueno está”.

Pues bien, en un despiste suyo e intentando competir con su destreza, empecé a vendimiar una cepa cercana. Cuál no sería mi sorpresa cuando la voz del manijero me avisó de que aquella cepa correspondía a una viña distinta. Por eso me explicó que justo al lado debíamos dejar sin vendimiar otra de nuestro majuelo para evitar el conflicto con el otro propietario.

Rural landscape with vineyards field. Languedoc-Roussillon, France

Ahora, y a vista de dron, es muy fácil divisar las lindes de las diferentes parcelas por el alineado de sus plantas, de los barbechos, de los olivares o de la tierra sembrada de cereal. Desde la altura se puede contemplar una gama de colores y tonalidades bien diferenciadas. Otra cosa distinta era mi bisoñez, pues mi torpeza anulaba la capacidad de distinguir cualquier linde, considerando que solo era capaz de divisar un mar de pámpanas y racimos en filas interminables. Debo decir, sin embargo, que de aquella primera y única vendimia, aparte del lógico dolor de riñones guardo gratos recuerdos. Aquel mes estuvo salpicado de risas, de compañerismo, de buen trato y, obviamente, supuso cobrar mi primer sueldo.

Estos dos chascarrillos que quizás hayan despertado una sonrisa del lector me conducen a una realidad mucho más triste. Me refiero ahora al enésimo conflicto entre Israel y Palestina en la franja de Gaza.

En cualquier atlas o en cualquier plano, las fronteras de Gaza se parecen a aquellas tan lineales que contaba sobre los nuevos países africanos. Su superficie es casi un rectángulo con uno de sus lados bordeado por el Mediterráneo. En aquel lugar del mapa habitan dos pueblos, dos creencias, distintas costumbres, diferentes tradiciones, dos formas de entender la vida y un solo territorio colmado de fronteras que tratan de compartir.

Las tristes imágenes que nos llegan a través de los medios reflejan la magnitud de la tragedia sobre una lucha desigual. Ciudades destruidas, amasijos de hierro y hormigón, demasiados muertos y heridos, un mar de lágrimas, enfermedades, hambre y miseria fruto de la violencia desatada.

Este eterno conflicto me conduce a evocar recuerdos de mi niñez y adolescencia. Noticias en la radio e imágenes en blanco y negro de la “Guerra de los Seis Días” con el carismático militar y ministro de Defensa israelí, me refiero a Moshé Dayan, un personaje tan reconocible por su parche en el ojo izquierdo como por su habilidad y estrategia frente a los países Árabes.

También de Golda Meir -de actualidad ahora por una película-, de su cara de abuela enfadada con el mundo, de su fortaleza política y habilidades negociadoras. Ella, que también supo de la contienda bélica por la guerra del Yom Kipur. Y más lejanos en el tiempo la guerra de Biafra o las hambrunas y los conflictos en el Congo Belga al inicio de su independencia.

Desde el principio de los tiempos y a través de la historia, el control y la defensa de límites y fronteras ha generado infinidad de conflictos entre los pueblos. Pero frente a esta realidad incuestionable se opone una evidencia manifiesta, porque ningún litigio de esta índole se ha resuelto totalmente con la violencia y el uso de la fuerza.

En la actualidad, y a pesar de los poderosos, del dinero, de los intereses evidentes y ocultos, todas las disputas pendientes solo tendrán solución desde la generosidad, el diálogo y la negociación.

Cierto que puede parecer una propuesta demasiado ingenua, por supuesto; y porque es simple, franca y porque requiere hacer un gran esfuerzo de humanidad, son muchos los que tratan de ridiculizarla. Pero ante tamaña tragedia, quizás sea la única opción por la que debían y deberíamos apostar.


Quinquillero (Carlos Candel)

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Quinqui, le llaman. Y suena a desprecio, como quien dice que vales menos que lo que nadie quiere. ¡Quinquillero, rey de la chatarra! Como un tintineo metálico constante en su cabeza. ¡Manos sucias, que te huele el aliento a alicate! Sube la cuesta a duras penas con el carro cargado y el cigarrillo constantemente encendido prendido al labio inferior, herrumbre en los dientes.

Rebusca en los contenedores, al pie de la basura, en el borde de la ciudad, a la orilla del mundo. Como una avispa, piensa. Todo el mundo le huye, todo el mundo le teme, pero nadie le mira a la cara. Anda, llévate eso, que se va a oxidar y me lo va a poner to perdío… Para eso sí que me quieren, ¿verdad? Anda, vente a recogé esta chatarra que pesa una jartá… Ahí sí que me buscan. ¡Carroñero! ¡Y a mucha honra! A ver, ¿qué haríais vosotros sin mí? ¡Pero si soy el rey del reciclado! Aquí no tiés na que arramplar, quinqui, arrastra tu culo lejos como el sucio sudor de tu frente desciende por tu fea cara, pero no te quiero vé cerca, ¡que me espanta la clientela! La quincalla no llora, la quincalla no protesta, la quincalla es muda, la quincalla es fría y dura. Es la ventaja. Joder, ¿otra vez por aquí, Quinquillero? Ya viniste la semana pasada, ¡no hay nada para ti! Y como una avispa vuela con su carro lejos, blandiendo insultos como aguijones afilándose al viento. Su vocabulario es también el sobrante, el que ha ido recogiendo del suelo cuando se cae de la boca de la gente, las palabras que nadie quiere. En la casa del juez recoge una báscula vieja. En la del panadero, un microhondas averiado. En la de la carnicera, cuchillos desgastados. Todo le sirve a quien ha acostumbrado a vivir con lo justo. ¿Na más me das eso, con to lo que pesa? Vaya, y luego soy yo el que arrampla. ¿Usté sabe lo que pagan por un kilo déso? ¡Casi me cuesta! Y dé gracia a que me lo llevo. En la casa del cirujano… en la casa del cirujano… ¡Vaya! Entre los restos de la poda… ¡No puede ser lo que veo! ¿Será el humo del cigarro? Sí… es lo que pienso… ¡Un bebé recién parío! Con sus uñitas recién forjadas y, en la mantita, la sombra, o más bien el positivo de ella, de un nombre. Al principio lo ha confundido con una estatura de metal, de esas que tienen los ricos. Esta carne no se paga. Hay que vé, qué cosas más raras tira la gente. ¿A ti tampoco te quieren? ¡Tan quitao hasta el nombre! El bebé hace un puchero, aclamando consuelo. Calla, calla, no te ponga así, donde caben siete, caben ocho. ¿Cómo te voy a dejá aquí? Los márgenes son muy duros. Te llamaré Quin.


Baratija (Carmen Paredes)

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Categoría: La caja negra

bañada de purpurina

en su falso brillo

encabeza la recua

y se pasea

con sonrisa triunfal

grita e insulsa

cuando el roce de la verdad

deja a la vista

su fondo gris y opaco

y en palabrería feriante

se vende a quien como ella

son quincalla


Bujería (Maite Martín-Camuñas)

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En un pequeño rincón de maravillas ocultas,
donde los sueños y el encanto se cruzan
se alza la quincalla, mágica y reluciente,
un mundo de bujería que siempre sorprende.

En sus estantes repletos de objetos diversos,
juegan los hilos de la fantasía sin vueltas,
llaveros danzando y dijes trastornados,
mientras las gemas y abalorios hacen ruido.
Collares y pulseras, pendientes y anillos,
en cascadas brillantes, como fuegos artificiales,
adornan nuestros cuerpos con su brillo radiante,
impregnado de magia nuestro caminar continuo.
En el mundo de la quincalla todo es permitido,
la imaginación vuela y no hay nada invisible,
las llaves maestras para abrir puertas secretas,
amuletos protectores para las almas danzantes.
La quincalla nos acoge en su abrazo suave,
nos invita a soñar, a creer en lo fabuloso,
pues en cada pequeño objeto cegador,
hay un mundo lleno de embeleso fascinante.


Metálica pesadilla (Carlos Lapeña)

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Pienso quincalla y veo general,

veo montón de insignificancias relucientes

y pesadas, veo un camino

de migas de pan hacia el abismo

regido por las leyes del imán

y el magnetismo.

Pienso quincalla y cada letra

se adhiere a la de al lado, a la de arriba,

a la de abajo, de detrás y de delante,

y se forma un amasijo

de metal, fragmentos, piezas,

pequeñas y brillantes

insignificancias

que elevan la basura a los altares

y dignifican

la sobra y el fragmento,

la joya,

baratija,

chatarra

mineral,

la masa fragmentaria de la tierra,

el duro componente

de un sueño pesado y movedizo.

Pienso quincalla y a sus órdenes,

mi general difunto y pútrido,

mi máquina oxidada,

mi caja de herramientas,

el yunque, la maza y el soplete,

la lima besadora de rebaba y ese polvo

que anida en los pulmones

y debajo de las uñas.

Pienso quincalla y me despierto

y la montaña ha crecido

y las partículas tiemblan

con un temblor vibrante e imperceptible

que me envuelve y endurece

y me convierte en eso

que fue quizá robot,

quizá electrodoméstico, medalla,

quizá solo desguace,

nacimiento.

Despertar.


Quincalla (Carlos Gamarra)

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Quincalla o pacotilla son palabras

que describen cosas pequeñas

que pueden ser muy diversas

llenas de color y gracia

.

Son objetos cotidianos

que nos alegran los ojos

con sus brillos y destellos

y sus formas tan distintas.

.

Puede ser un llavero

un anillo

o un colgante

donde relucen sin pudor.

.

Así entre baratijas

la quincalla es un poema vivo

de objetos brillantes

donde la magia florece.

.

En un rincón de la vida

donde el tiempo baila entre lunas

surge la historia de una baratija

tesoro modesto que el alma custodia

.

En cajas humildes su encanto resuena

pequeñas joyas sencillas

tesoros escondidos

guardan secretos todo el año

.

Así en la danza de lo trivial

la quincalla se alza victoriosa

Guardiana de memorias

en su simplicidad trae un gran decoro

.

Que en la trama de lo pequeño

siempre reside la belleza

y el encanto oculto

Oh quincalla eres vibrante


Reloj de arena (Ismael Sesma)

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Quincalla otorga, decía Ezequiel a los parroquianos en cuanto había ocasión, mientras pesaba legumbre o bacalao y calculaba el precio de cabeza, con precisión de científico nuclear. Ezequiel era el tendero de mi calle. Ultramarinos y Coloniales, ponía en el toldo que desplegaba a medía mañana en cuanto el sol amenazaba con fundirle el cristal de su pequeño escaparate, en el que había un revoltijo de quincalla comestible, abigarrada, que solo una mirada atenta podía descomponer.

A Ezequiel le gustaba jugar con el lenguaje; cuando terminaba su jornada iba a La Alcazaba, el bar de mi calle, que de moruno solo tenía el nombre, pedía un vinandia y Ramón y Felipe, los camareros, le entendían sin dudar: un vino tinto de frasca, peleón, de a perra gorda, como decía mi abuelo, recordando sus tiempos mozos. Otros solo necesitaban hacer un gesto con la mano y la traducción también era instantánea: rellena el vaso.

Yo iba poco al bar, entonces no eran sitios ni para niños ni para mujeres; gichas o muetas de banderamen, en el lenguaje de Ezequiel. Cuando nos llevaban, tenía que compartir una Mirinda de naranja y unas patatas fritas con mis dos hermanos; aunque tocábamos a poco, aquello era una fiesta mayor. La única mujer que entraba sola era Reme, una vecina de al lado de mi casa. Ezequiel la llamaba la Mirinda. La llamaba así porque decía que era una estirada. Yo tardé tiempo en entenderlo porque en mi calle no había gente estirada, mas bien todo lo contrario, marchábamos todos contraídos por el frío y la pobreza. Reme tenía un hijo, Paquito, al que motejaban el quincallero. Paquito en realidad era un ratero de poca monta que hurtaba todo lo que se le ponía por medio y luego llevaba el producto a un perista de barrio bien, que le hacía precio de revoltillo. Cuando Paquito estaba en la cárcel, su madre nos decía que estaba de viaje.

Pocos años después, remodelaron el barrio y mi calle desapareció. Tiraron todas las casas, levantaron el adoquinado y durante unos meses solo quedó una montonera de escombros; quincalla de yeso, ladrillos e historias de todos nosotros. A la mayoría nos dieron pisos a estrenar unas calles mas allá; llegamos en tropel y durante unos meses fuimos los nuevos, aunque éramos indistinguibles del resto de vecinos de la barriada, ellos y nosotros la quincalla del escalafón social. La Alcazaba desapareció con la calle; en los nuevos bares no había tinto de frasca, mis padres nos ponían dos cocacolas y patatas fritas para los tres. Paquito subió varios escalones en el mundo del hampa y llevó a su madre a un barrio en el que Reme se pudo estirar; la única vez que volvió por el barrio Ezequiel dijo: por ahí viene la Marquesona. Luego llegaron noticias de que Paquito estuvo de viaje mucho tiempo. El nuevo local de Ezequiel ya tenía un escaparate digno de ese nombre, en el que había un sitio para cada producto; en el toldo solo ponía Ultramarinos y Ezequiel comenzó a hablar como un vendedor.



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