Archivo por meses: abril 2021

Mi nombre es Revolución (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Hay quien dice que la ideología de tus padres marca la tuya propia, y puede que lleven razón. En mi caso, no sé si la decisión de mis padres de llamarme “Revolución” determinó mi voto, pero sí mi vida. Mis padres, fieles seguidores de personajes como el Ché, Ibárruri o Marcos, depositaron en mi nombre la esperanza de transformación que ellos apenas lograron soñar. Yo, por mi parte, viví aquel anhelo desde mi más tierna infancia con cierta desconfianza, con prudencia e incluso se podría decir que con algo de vértigo. Una carga demasiado pesada para una espalda tan tierna. No se pueden hacer una idea de lo difícil que puede llegar a ser la vida con ese nombre. No sé en qué estarían pensando. En la escuela, al recibirme el primer día en clase, los profesores no podían evitar dejarse llevar por el prejuicio que mi nombre tenía asociado desde el nacimiento, y solían relegarme a los últimos puestos de la clase, a ser posible lejos del resto, como si mi mera presencia pudiera contaminar los ánimos serviles de mis compañeros. Y lo peor era cuando se olvidaban de su significado y me nombraban en voz alta en plena clase: “¡Revolución!”. El resto de alumnos solía estallar en carcajadas y tirar los cuadernos al aire, desvirtuando el concepto mismo de la protesta. Y, claro, al final, el que terminaba en dirección, era yo.

Y qué decir de cuando la policía me pedía la documentación por cualquier control rutinario… No tardaban en echarse la mano a la pistola en lo que a todas luces se trataba de un acto reflejo provocado por mi nombre. De verdad que no sé qué razones llevarían a mis padres a ponerme un nombre tan pretencioso.

A la hora de buscar pareja tampoco ayudó mucho, pues nadie quería estar con alguien que parecía estar dispuesto a pasarse el día pegando tiros por ahí o a morir por las ideas. Quizás pudieran sentir un poco de curiosidad al principio, pero tarde o temprano se terminaban sintiendo que mi carácter tímido e inseguro más bien cuadraba con otro nombre: Decepción.

Con el tiempo aprendí a vivir con ello, trataba de enmascarar mi nombre con ridículas abreviaturas, sobre todo si se trataba de buscar trabajo. “Me llamo Rev” o “Mi nombre el Revo”. Pero al final siempre había alguien que descubría en algún papel mi auténtico nombre y terminaban por despedirme, no fuera a ser…

El caso es que, a pesar de que mis padres trataran de indicarme el camino correcto, yo nunca he encontrado el tiempo ni las fuerzas para hacer honor a mi nombre.


Revolución-a-medias (Eva Soria)

Categoría: La caja negra

Que el patio estaba revuelto, era un hecho.
El día internacional de las Pancartas se aproximaba, provocando la primera revolución entre los habitantes de la ciudad, ya que desde hacía años las mareas de protestas del pasado habían sido fagocitadas por las políticas de seguridad.
Ni juntas ni revueltas. Sin manifestaciones donde vomitar las necesidades del pueblo, verbalizadas en alas de tela y papel, las peticiones de un mundo más justo hibernaban.
Las autoridades habían informado sobre la colocación de las distintas pancartas propuestas por las múltiples asociaciones vecinales, culturales y políticas. Todo estaba listo para mostrar al mundo que las protestas y sus logros renacerían de nuevo como las flores en el asfalto sucio de la ciudad. Eso sí, solo tendrían un día.
Desde el amanecer y en estricto orden según la normativa, los vecinos y vecinas del lugar iban posicionándose en la gran explanada, templando las cuerdas vocales para que las palabras escritas no se sintieran solas, la rabia las acompañaba. Cada cartel se presentaba como algo distinto, único, original, con reivindicaciones distintas aunque en el fondo parecidas. Bajo la apariencia de cierta libertad, el evento se inauguró y con él, las antiguas mareas multicolores que solían recorrer la ciudad, se trasformaron en cientos de murales estáticos dispuestos a alterar, trasformar, despertar y sobre todo a concienciar a quien oprimido por la miseria levitaba para no pisarla. Aunque las peticiones eran diferentes, todas se unían por un eslabón común : R evolución. Y así, leíamos: Revolución musical, Revolución en las aulas, Revolución tecnológica, Revolución de pensamiento, Revolución sexual, Revolución social, Revolución animal y vegetal, Revolución electoral, Revolución feminista, Revolución inclusiva… Cada asociación concentraba sus fuerzas en el lema que estaba defendiendo sin reparar en las peticiones de las demás. Tan evidente era la falsa amalgama de aquellas consignas que al finalizar la única jornada reivindicativa de la que disponían, las revoluciones escritas en los distintos carteles se fueron desdibujando como si salieran del marco creado para ellas, para empezar a cavar de modo separado, cada una su propia tumba. Este parece ser el final de las revoluciones a medias, algo que las autoridades entendieron muy bien desde el comienzo.
Que nada nuevo estaba inventado, era otro hecho.


Porque no obedezco (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

al tiempo recorrido
camino de espaldas
entre remolinos de broza
paulatina
y oscilante
avanzo 
como quien cree 
que no hace nada

Orar (Javier González)

Categoría: La caja negra

(El escenario es una celda a la que accede una presa y su verdugo. Ella va esposada. En la estancia hay dos asientos. El verdugo la indica el asiento de la izquierda, él se sienta frente a ella pero no la mira)

MUJER: ¿Te vas a quedar aquí?

HOMBRE: Sí.

MUJER: (Con ironía) Encerrado en esta tumba sombría con su víctima. Pobre infeliz.

HOMBRE: (Sin mirarla) Aprovecha este tiempo que te queda para orar.

MUJER: ¿Y tú?

HOMBRE: Yo no tengo cuentas que rendir. Solo soy un verdugo que cumple con su obligación.

MUJER: ¿No te inquieta estar delante de la persona que has de asesinar? (Silencio)

HOMBRE: (Después de un rato y sin mirarla a la cara) Un verdugo no es un asesino. Es el trabajo con el que me gano el pan.

MUJER: ¿Cómo nombras a quien mata inocentes?

HOMBRE: (Cortando de raíz) No gastes tu tiempo. La oración te redime y te reconforta. Deja las preguntas para los sabios.

MUJER: Yo soy inocente.

HOMBRE: No es lo que dicen los jueces.

MUJER: (Sin justificarse) No maté, ni robé, ni humillé, ni falté a nadie.

HOMBRE: Yo no hago las leyes.

MUJER: Pero las ejecutas ¿Verdad?

HOMBRE: Ya te dije que… (Le interrumpe)

MUJER: Que es el trabajo con el que te ganas el pan. (Silencio)

HOMBRE: Hazme caso. Ponte a bien y prepárate para dejar este mundo.

MUJER: Ya estoy a bien, por eso no te preocupes.

HOMBRE: (La mira por primera vez a la cara) Eres muy orgullosa.

MUJER: ¿Te molesta?

HOMBRE: No juzgo.

MUJER: Ponte en mi lugar por un momento ¿Qué harías?

HOMBRE: Estaría callado.

MUJER: Repasando en silencio una oración que te consuele.

HOMBRE: Seguramente. (Silencio)

MUJER: ¿Conoces muchas?

HOMBRE: ¿El qué?

MUJER: Oraciones.

HOMBRE: Las justas. ¿Y tú?

MUJER: Algunas.

HOMBRE: Pues úsalas.

MUJER: ¿Y tú que harás mientras?

HOMBRE: Callar y esperar.

MUJER: A que llegue la orden de mi ejecución.

HOMBRE: Sí. (Silencio)

MUJER: Imagino que sabes por qué estoy aquí.

HOMBRE: Te dije antes que yo no juzgo. (Silencio)

MUJER: ¿Para qué sirven las oraciones?

HOMBRE: Para dar gracias o para pedir perdón. Algunos calman la conciencia y otros simplemente encuentran refugio en sus palabras.

MUJER: ¿Y tú? ¿Pides perdón o das las gracias?

HOMBRE: Harías mejor si le dedicaras tus últimos momentos a tu propia vida y no a la mía.

MUJER: Yo doy las gracias.

HOMBRE: Pues hazlo.

MUJER: (Se arrodilla frente al verdugo. Cierra los ojos) Doy gracias por haber amado al ser más dulce que brotó en medio de este bosque de estúpidos e intolerantes para que yo conociera la felicidad que aflora de la piel. Doy gracias por ser amada, por llenar sus manos con mi cuerpo, por dejar sus caricias grabadas en mis cabellos. Gracias a la fortuna que me puso frente a la mujer que me devolvió a la vida con su mirada, con sus besos. No hay día que no retorne al roce de su piel aunque no la tenga presente. Sus pechos de marfil coronados por dos pétalos de rosa, sus caderas infinitas, sus gemidos en medio de la tempestad. Por todo ello doy gracias, una y otra vez.

HOMBRE: ¿Eso es todo?

MUJER: Podría seguir y no parar, pero prefiero guardarme lo mejor para mi sola. (Vuelve a sentarse)

HOMBRE: Como quieras.

MUJER: Eres impasible. Crees con tu fe ciega que debería pedir perdón, ¿verdad?

HOMBRE: Yo solo soy el verdugo. Tu verás lo que haces. Pero creo que la disculpa allana el camino al cielo.

MUJER: (Con firmeza) ¿Al cielo? ¿De qué cielo me hablas? ¿Y a quién debo pedir perdón, según tú? ¿Por qué debo hacerlo? No maté a nadie, no robé, no estafé, no traicioné, no mentí, no levanté testimonios falsos contra nadie, no golpeé, no violé, no coloqué bombas ni martiricé. Solo amé y fui amada. Solo viví y por eso soy condenada. ¿Debo acaso pedir perdón por todo lo que no hice? ¿Tengo, no obstante, que solicitar clemencia por ejercer mi derecho a ser feliz?

HOMBRE: (Duro) Has ofendido.

MUJER: ¿A quién?

HOMBRE: (Echándoselo en cara) A tu familia, a tus vecinos, a tus amigos. Has ofendido a la autoridad que vela por nuestras costumbres y creencias. Has rebasado los límites de la decencia y has dado el peor de los ejemplos.

MUJER: ¿Y tú? ¿De qué eres ejemplo? ¿Quién según tú es ejemplar? ¿Por qué he de justificar mis días y mis noches si solo me pertenecen a mí? ¿Me condenan a morir solo por ser un mal ejemplo? Ten cuidado, verdugo, abres una horquilla muy amplia en la que cabemos todos.

HOMBRE: Pero tú estás en el lugar de los condenados.

MUJER: Bien que te alegras.

HOMBRE: Te he repetido varias veces que yo no juzgo.

MUJER: Cierto. No me acordaba que no sientes ni padeces, solo ejecutas órdenes como un autómata.

HOMBRE: Me gano el pan honestamente.

MUJER: ¿Y cómo vas a hacerlo esta vez?

HOMBRE: ¿El qué?

MUJER: Te ganarás el pan con la soga, el hacha, el garrote.

HOMBRE: La orden es que tu cabeza quede cercenada y separada de tu cuerpo.

MUJER: ¿Por alguna razón en especial?

HOMBRE: Separar tu cabeza llena de lujuria y pecado liberara tu cuerpo. Cada parte será arrojado en un lugar distinto.

MUJER: Cuantas molestias por una simple mujer. (Pausa) ¿Y ella? ¿También será decapitada? No me han dejado hablar con nadie desde mi detención. Fuimos juzgadas por separado. No la he vuelto a ver y necesito saber de ella.

HOMBRE: No soy su verdugo.

MUJER: (Rogando) Pero algo sabrás. Te lo suplico.

HOMBRE: (Lo piensa antes de hablar) Su familia tiene dinero.

MUJER: Entonces vivirá.

HOMBRE: Lejos, pero vivirá.

MUJER: (Imitando a un juez severo) A los delitos de ser mujer y demonio se le añade el agravante de ser pobre.

HOMBRE: Cada uno tiene que saber de dónde procede. No todos pueden estar en el mismo sitio ni tener las mismas cosas. Así nacemos y así morimos. Mezclarse no es buen destino.

MUJER: ¿De veras lo crees?

HOMBRE: (Pausa) Ya queda poco. Deberías orar de verdad.

MUJER: Tengo suerte. Ella vivirá lejos pero enjaulada para que no vuelva a cometer la imprudencia de ser como es. Enterrada en una vida donde las horas pasaran sin esperanza hasta que el reloj se pare. Obligada a ser otra persona, obediente y sumisa. (Pausa) ¿Tienes hijos?

HOMBRE: Tres. Dos varones y una hembra.

MUJER: ¿Los quieres mucho?

HOMBRE: Rezo todos los días para que nada malo les ocurra y que crezcan dentro del orden y las buenas maneras.

MUJER: ¿Saben a qué te dedicas?

HOMBRE: Todavía son pequeños para entender. (Suena un timbre ronco y seco) Es la señal, debemos marcharnos. (Se levanta)

MUJER: Que tengas suerte verdugo.

HOMBRE: ¿Por qué me deseas suerte?

MUJER: Para que nunca tengas a ninguno de tus hijos frente a ti en esta sala. (Aguantan la mirada. Él la coge del brazo y se la lleva).


Arenga (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Pero qué mierda de revolución es esta, camaradas.

Dónde están los gritos de amenaza y de terror.

Dónde las proclamas.

Cómo vamos a convencer sin un buen orador.

Cómo vamos a vencer sin un disparo siquiera al aire.

Una explosión.

Qué ha pasado con los uniformes.

¿Y el himno?

¡No me jodáis!

¿Dónde está la bandera?

Cómo no tener bandera.

Cómo no aprovechar una buena bandera para ondearla al viento.

Al viento del aire nuevo de una nueva era.

¿Y los desfiles?

¿Y la sangre?

¿El escarmiento?

¡Esto no puede ser!

¡Dejad de trabajar, cabrones!

¡Oídme bien!

¡Urge hacer una asamblea!

¡Tomar decisiones importantes antes de hacer nada!

¡Soltad la azada!

¡Guardad el grano!

¡Dejad en paz la tierra!

Hay muchas decisiones que tomar.

Mucho que organizar.

Mucho por hacer.

Una asamblea.

Una comisión para la asamblea.

Un grupo de trabajo para la comisión para la asamblea.

¿Es que no lo veis?

¡Necesitamos un líder, camaradas!

¡Votemos quién es el líder!

¿Por qué no hacéis caso?

¿Por qué seguís trabajando?

¿Nadie dirige esto?

¿Y cómo sabemos si vuestro trabajo es como debe ser?

¿Quién lo dice?

¡Estamos perdiendo el norte!

¡Necesitamos un líder, camaradas!

¡Yo me ofrezco!

¡Me sacrifico!

¿Por qué me miráis así?

¿Pero qué vais a



Revolución: pendiente (Ismael Sesma)

Categoría: Uncategorised

Tragicomedia en un acto.

Dos jubilados contemplan a unos obreros, mientras conversan.

-A: Revolución.

– B: Comenzamos fuerte; concepto manoseado.

– A: En serio, ¿algo más?

– B: Estas conversaciones nunca son en serio.

– A: ¡Por una vez!

– B: Antes se escribía siempre con mayúscula.

– A: ¿Y ahora?

– B: ¡Si Marx levantase la cabeza!

– A: ¿Qué diría?

– B: Hablaría de la plusvalía, que mueve el mundo, supongo.

– A: Algo diría del proletariado.

– B: Que todos nos creemos clase media, y así nos va.

– A: ¿Y pendiente?

– B: Lo por venir.

– A: El porvenir.

– B: Lo deseable.

– A: Un futurible.

– B: Y a usted, ¿qué le sugiere?

– A: Un colgante.

– B: Con pocos asideros.

– A: Pendiente de un hilo, ¿no se dice así?

– B: Es una frase hecha.

– A: Y que por la fuerza de la gravedad, se desbaratará.

– B: ¡Qué negativo está usted!

– A: La pendiente de una cuesta arriba.

– B: ¿No podría ser cuesta abajo?

– A: Si fuese hacia abajo, no sería un futurible.

– B: La gravedad otra vez, ¿no?

– A: Claro, cuesta escalar el muro.

– B: ¿Hasta hacerlo imposible?

– A: Yo no lo hubiera dicho mejor.

– B: Entonces, ¿no hay salida?

– A: Cada uno con la suya.

– B: Grave conclusión para una mañana tan clara.

– A: Ya sabe aquello de ‘un pesimista en un optimista bien informado’.

– B: Sí que estamos oscuros los dos.

– A: Puedo convidarle a una cerveza.

– B: ¿Para compensar?

– A: Y de paso, charlar por charlar.


Gorriones y obreros (Fernando Ferro)

Categoría: La caja negra

Los gorriones y los obreros son los primeros que reciben la luz del día.

Los astros, nombrados insensibles,

agradecen así su belleza y su esfuerzo.

El día que Mao Zedong permitió que el Heredero del Celeste Imperio barriera solo

las calles de Beijing,

se acabó el sentido de la Revolución.

Habrá que intentarlo de nuevo,

abandonando la soberbia.


Turbulencias humanas (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Hay que castigar las cadenas del pasado 
y abrir las sombras que nos impiden correr
a la libertad

Nos robaron la luz de la jornada
un lunes en el Congreso
y participamos en una guerra con mentiras

Por ineptitud homicida 
un buque partido 
pintó de negro el mar

Las pensiones se reducen 
Hay copago y recortes en sanidad
El sudor del pueblo rescata bancos

Triplican  el IVA cultural
y las fosas con los muertos
aún en tierras olvidadas

Se niega la realidad 
y se persigue al discrepante
Los corruptos siguen confinando la democracia

Es obligatoria
              la revolución pendiente

La hora es ahora (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Aquella mañana al salir a la calle descubrí un aire diferente, algo se presentía en el entorno, algo que hizo que mi piel se erizara como si una corriente eléctrica me hubiera atravesado desde los pies a la cabeza o de la cabeza a los pies, que en ese momento me daba lo mismo. Miré a uno y otro lado, pero la gente que compartía espacio parecía ajena a lo que yo intuía que estaba pasando. Al final, contagiada por la indiferencia que me rodeaba, me encogí mentalmente de hombros y tomé la dirección del metro que me llevaría hasta mi puesto de trabajo. Trabajo mal pagado pero necesario para subsistir.

Al entrar en las dependencias del metropolitano, tuve la misma sensación que al salir de casa, noté como si la gente fuera más ligera internamente. Aunque mantuviera su mirada fija en los ya imprescindibles terminales telefónicos.

Esta vez en lugar de sacar mi Smartphone y unirme al conjunto de gente ensimismada en sus mundos ilimitados y diversos, preferí sentarme y observar las reacciones del resto de los viajeros. Con el rabillo del ojo pude ver unos movimientos imperceptibles al otro lado del vagón, pero en cuanto volví la vista, desapareció todo rastro de agitación, chasqueando la lengua por la decepción volví la vista hacia mi derecha, pero en ese giro me quedé prendada de los ojos de una chavala que también observaba a su alrededor y que en ese momento me miraba fijamente.

Sin mediar palabra y en respuesta a una resolución ahogada, ambas nos pusimos de pie y comenzamos esta revolución que las urbanitas tenemos pendiente con el porvenir.


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