Archivo por meses: octubre 2020

Fermín, cabeza de vaca

Pobre Fermín, lo que tuvo que sufrir.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

pobre mamá, no hubo cesárea…

Desde el momento de su nacimiento su apariencia le marcó la vida y le cargó con una culpa de por vida.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

eres más feo que doscientas ranas…

Todos sabemos lo crueles que pueden llegar a ser los niños. Al pobre Fermín no paraban de acosarle desde la más tierna infancia.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

solo come hierba, rastrojos y pajas…

Todo era objeto de burlas y humillaciones. Chascarrillos graciosos para amenizar el recreo.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

nos quitas la luz de la mañana…

Pronto empezaron a adjudicársele también todo tipo de culpas y males.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

no da leche, sólo escupe babas…

Aunque algunos comprendieron su dolor, profesores y adultos cercanos, el peso de las humillaciones, en comparación, fue decisivo para su depresión.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

por mucho que muja no será nada…

Y al crecer, como en una profecía, se cumplieron todo tipo de rimas.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

oculta sus ubres, se encierra en su casa…

Finalmente no aguantó el acoso y poco a poco se fue refugiando en la red. El único lugar seguro donde desprenderse de su triste apariencia.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

no escondas tu jeta, sal de las zarzas…

Pobre Fermín, fue perseguido y capturado como un animal. Él tenía una deformidad externa, pero hay quienes la sufren interna, lo que es mucho más peligroso.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

pierde la carne, queda la rabia…

El final de Fermín es confuso. Hay quienes dicen que sufrió multitud de cortes en la piel que le llevaron a infección en la sangre, provocándole una dolorosa muerte en unos días.

“Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

vaga en la red, te busca y te mata…”

Pobre Fermín, ni tras su muerte le dejaron en paz. Su imagen grotesca perdura en la memoria colectiva y es usada para asustar a los niños que pasan mucho tiempo en Internet. Puede que sólo sea una leyenda, un terror infundado, puede que Fermín jamás fuera capaz de hacer daño a nadie, estoy convencido de ello. Pero yo sólo te aviso.

Cabeza de vaca, cabeza de vaca,

si ves esta imagen en tu pantalla,

cabeza de vaca, cabeza de vaca,

esconde los sesos debajo la almohada,

cabeza de vaca, cabeza de vaca,

oirás un mujido, después la cornada…


Lina, la administrativa

Soy empleada en una empresa de publicidad. Mi nombre es Lina, diminutivo de Catalina. Os podéis imaginar las chuflas en el colegio, y peor aún, en el instituto. Lo más bonito que me solían decir era: “¡Eh, Catalina! Cata esto”, señalando a su pantalón y desternillándose de risa, el chico y todos los amigos y amigas que le solían rodear. Fue un tiempo muy desagradable para mí y dejé de decir mi nombre completo.

Mi jefe es alguien egoísta y absorbente; tienes que estar disponible las 25 horas del día, sí, está bien escrito, para la empresa, el día tiene 25 horas que hay que dedicar en exclusiva. Cuando nos encerraron en casa, seguí trabajando, tanto, que me olvidé de comer, dormir, vivir y eso fue lo que me ocurrió, morí. Sí, pero mi sentido de la obligación me hizo seguir trabajando. Y aquí moro, entre cables de fibra óptica, megas, bytes y terabytes, esperando a que alguien asome a la Red y poder disfrutar de su espeluznante alarido al verme salir por la pantalla.


Los miedos de JJ

Hola, ¿qué tal? Me presento ante ustedes: Me llamo Jimeno Jiménez y desde hace unos cuantos años mis amigos me llaman cariñosamente JJ, o sea, jota, jota. Antes no me importaba, pero ahora que ya voy teniendo una edad no me gusta mucho que me llamen así.

Me piden que les cuente sobre mis miedos y yo, la verdad, es que apenas tengo qué decirles. Desde muy pronto supe convivir con ese sentimiento que aterroriza a mucha gente.

Cuando apenas levantaba un palmo del suelo, mis padres me responsabilizaron de un pequeño rebaño de cabras y ovejas. Allí, en aquella mísera sierra, solo y a oscuras en la choza oía cada noche el aullar a los lobos, lo que al principio me acojonaba un poco, pero me fui acostumbrando.

Cuando fui mayor me llevaron a la mili, pero yo no quería ir porque estaba muy a gusto en el pueblo. En aquel campamento de reclutas me comieron el coco y me apunté a la Legión. Allí, en aquel cuerpo, me dieron alguna que otra hostia, quizás sin merecerlas, pero nada de particular, ya saben, cosas de hombres. Más me dolió cuando me grabé en el brazo la frasecita típica “Amor de madre”. Aquello fue una encerrona, pues cuando me lo hicieron estaba un poco borracho y además, era cierto que no tenía mucha suerte con las mujeres.

Más tarde, y cuando me tuve que ir del pueblo, más que miedo tuve recelo. Era un cambio muy grande irme a la capital y no sabía si iba a acostumbrarme. Después, durante treinta y tantos años, tuve pavor a que me atrapase la rutina, y les digo esto, porque durante ese tiempo estuve apretando tornillos en una cadena de montaje, todo el día bajo la luz artificial de los fluorescentes, menuda condena.

Ahora con los años me he vuelto un tipo duro, de esos que dicen que están de vuelta de todo, que muy pocas cosas les importa. Sin embargo, en esta mañana luminosa, tengo pánico a entrar en la habitación donde tengo el ordenador y al encender el aparatejo, me entra un sudor frío. No sé por donde empezar, tecleo asustado un día más.

Resulta que estoy a punto de jubilarme en cuanto cumpla los años, pero ahora, con la dichosa pandemia, todo el papeleo se gestiona por Internet. A mí esto me viene grande, tengo la mesa llena de papeles, de nóminas, de claves y de certificados. La vida laboral me da error y no consigo cita ni a la de tres. El otro día, hasta lo intenté a las cuatro de la madrugada pero al final, desistí.

Este quilombo me está quitando el sueño, me duele la cabeza y apenas tengo hambre, vamos, que estoy de los nervios. Nunca tuve tal miedo como ahora, me siento desvalido y no sé cómo salir de este oscuro túnel.

Mis amigos me recomiendan que vaya a una gestoría porque esta situación de impotencia me está quitando la salud, y sobre todo me dicen que ni se me ocurra ver una peli inglesa que se llama: Yo, Daniel Blake.


Bonifacio Isla Tamudo, comercial

Mi nombre es Bonifacio Isla Tamudo, BIT para los amigos, y he trabajado como comercial durante muchos años, hasta mi imprevisto final.

Desde que se propagó la pandemia y se asentó la alerta sanitaria, he participado en unas cuatrocientas veinte videorreuniones, unas seis al día, noches incluidas, durante los siete días de la semana.

Confieso que descubrí, con gran placer, la bondad de esa nueva forma de trabajo, formación y relación tanto profesional como humana, que me liberaba al fin del yugo insoportable del contacto físico y de la compañía presencial, tan repulsivas para mí.

Tanto he disfrutado de esa modalidad de relación virtual, que no he sido capaz de contenerme, de vivir en equilibrio, de no abusar, y, para asombro de propios y extraños, morí. Morí de sobredosis… de “tele-sobredosis”, podríamos decir, y como penitencia por mi falta de mesura he sido condenado a vagar eternamente por la red y el aire, de zoom en zoom, de meet en meet, de skype en skype, como alma digital en pena, hasta el fin de los tiempos, que, por otro lado, no tardarán mucho.


Sainete sin cara 2 (Javier González)

Categoría: La caja negra

(Control de la guardia civil. Un guardia uniformado para un coche)

GUARDIA – Pare el coche.

HOMBRE – ¿A qué se debe el interruptus?

GUARDIA – Lleva usted mascarilla.

HOMBRE – Usted también. ¿Algún problema?

GUARDIA – La suya es muy sugerente y original.

HOMBRE – Gracias. ¿Eso es todo?

GUARDIA – ¿Cuánto le ha costado?

HOMBRE – Es la más carilla del mercado, pero merece la pena.

GUARDIA – Percibo cierto azogue en su compostura. No tiene por qué preocuparse por un control rutinario.

HOMBRE – Oh, no. Son las carillas. Hacía una eternidad que no las comía.

GUARDIA – ¿Acaso no le gustan?

HOMBRE – Me enloquecen pero suelen minar de nebulosas mi bajo vientre.

GUARDIA – Le entiendo. Mi madre siempre me alertaba “¡No comas más carillas que vas a explotar!”.

HOMBRE – A mí me queda poco. ¿Puedo emprender la marcha?

GUARDIA – ¿No recuerda que fui yo quien le paró en carnavales por llevar una máscara sugerente y original?

HOMBRE – Es cierto… Qué coincidencia. Primero por la máscara y luego por la mascarilla.

GUARDIA – No hay azar en este encuentro. La única verdad es que le he buscado con tesón.

HOMBRE – ¿Y?

GUARDIA – Le amo.

HOMBRE – Tengo que coger un vuelo a Oregón. ¿Podrá esperarme?

GUARDIA – Clavado como un faro en este punto kilométrico.

(Arranca el coche)


Telones de acero (Eva Soria)

Categoría: La caja negra

TODO ESTABA BAJO CONTROL. Sentada en el banco de colores difuminados por el paso del tiempo, leía la biografía del viejo profesor y pedagogo judío. La descripción del gueto de Varsovia y de sus infames muros removió las asentadas capas del recuerdo. Por un instante los olores, el griterío de calles peatonales, los coloridos carteles publicitarios, invitando a la ingesta de cultura y el deseo de vivir, estremecieron de nuevo los cimientos de un pasado que yacía desde hacía años bajo los escombros del olvido. Desde el banco observaba tímidamente la avenida, devorada por los telones de acero que custodiaban como un cerbero insomne los bares y comercios de la zona. Locales que se acostumbraron a la agónica llamada del cierre parcial o total de sus puertas. La vieja galería de la esquina era la única que se mantenía abierta y no era extraño, ya que se adaptó al cambio perverso de las costumbres sociales, que con tanto sigilo se perpetró desde despachos parapetados por el supuesto bien social. Las tiendas que sostenían con tesón hercúleo la apertura ininterrumpida de la galería, eran las que se dedicaban a la venta de mascarillas y de libros basados en el estudio de los efectos del uso y abuso de estas en la fisionomía humana. El amplio repertorio de lecturas del pasado se redujo a tesis, análisis, investigaciones y estadísticas sobre el único objeto de culto que había enmascarado el rostro y estrangulado sus sentidos. Ahora, la firma de estudiosos de mascarillas se había convertido en todo un acontecimiento social, en realidad el único. Custodiados por drones que tomaban la temperatura y medían distancias de seguridad entre los asistentes, el espectáculo estaba servido. Sin embargo, ni siquiera el control de las llamadas fuerzas del estado podía impedir la existencia del mercado negro y sus codiciadas ofertas, donde cronistas como Pedro Marín o científicos como Carlos Lapeña traspasaban las fronteras delo permitido, para desenmascarar el verdadero secreto de tanta parafernalia. El resto de tiendas estaba destinado a un solo objetivo, aprovisionar a la población de todo tipo de mascarillas. La infinidad de modelos había dejado atónitos a los antisistema del momento. Dibujos minimalistas, reproducciones de obras de arte, mascarillas con micrófonos, con emisoras oficiales incorporadas, mascarillas con sabores, con olores, con sonidos, de distinto tacto… Todas, absolutamente todas, cumplían una función indiscutible, la de sepultar el instinto más preciado del ser humano, aunque ya después de tantos años recluida en ese gueto bajo la dictadura de la ignominia, no recordaba cuál era. Como cada tarde los helicópteros sobrevolaban la ciudad y miles de pasquines como hojas de otoño cubrían la avenida, recordando las nuevas medidas de seguridad: aislamiento envuelto con nuevos telones de acero.


La máscara (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Manolo era un buen tipo. Amigo de sus amigos, podías contar con él lo mismo para un roto que para un descosido. Y fue un cachondo toda su vida, encontraba el lado bueno en casi cualquier situación. Cuando nos reuníamos en torno a unas cervezas o una partida de mús, siempre buscaba el momento de obsequiarnos con una ráfaga de chistes, de esos que tienen siempre una doblez inesperada que te hace sonreír, aunque no quieras.

Los íntimos estuvimos en su velatorio: control de acceso, aforo, mascarilla obligatoria, hidrogeles, turnos para entrar y dedicarle unos momentos de recuerdo recogido. Yo, a la salida, como un homenaje a su persona, recordé uno de sus chistes favoritos:

– Se abre el telón y aparecen tres camas. La cama de hierro tiene un letrero que pone 2.000 pesetas. En la de bambú el letrero anuncia 1.000 pesetas. Por último, en la cama de madera el cartel pone 800 pesetas. Se baja el telón. Ahora, Manolo haría una parada teatral, que yo no os puedo imitar, y preguntaría: ¿Cómo se llama la película?

– ¡La máscara de hierro! -contestamos todos a coro y nos reímos como si fuese la primera vez.

Nos despedimos de lejos, casi sin tocarnos. Volví a casa pensando en Manolo, su optimismo irracional, y las máscaras reales y simbólicas que la realidad nos obliga a colocarnos, una encima de otra, hasta que nadie, ni nosotros mismos nos reconocemos.


Para gustos mascarillas (David Ruiz del Portal)

Categoría: La caja negra

Si las mascarillas tuvieran un mundo propio, si fuesen extraterrestres que pueblan un planeta de otro sistema solar, no distarían mucho de los seres humanos…

Habría mascarillas educadas, pulcras y limpias, perfectas. Siempre en su sitio, bien vestidas, elegantes, que aguantan con la corbata hasta el final (Ya sea en bodas, comuniones, o eventos que ahora no se pueden celebrar).

Habría (cómo no) mascarillas insolentes, vagas, a medio poner. Mal vestidas, vamos. Eso sí, sonrientes con un par de narices. Burlándose tal vez de sus semejantes porque se sienten superiores a la hora de no dejarse llevar.

Habría unas cuantas (o muchas, vete tú a saber) que no se lavan. Amarillentas, repletas de polvo. Que huelen fatal. Incluso que vuelven a su sitio tras pegarse una buena pateada por el suelo. ¿Pero vamos a ver, en qué piensan, joder?

También las habría azules, rojas, amarillas y verdes… ¡patriotas! De todos los colores y formas. Incuso con cicatrices de Joker, a modo de casco imperial… ¡qué horrendas por Dios! Todas ellas hechas a mano, con retales que sólo sirven para adornar.

Las habría metidas en cajas, encerradas en unos grandes almacenes por temas burocráticos. Tal vez porque se venden caras, las jodías, ¡coño! Y por eso no todas pueden permitirse salir a pasear.

Aunque también estarían las que se regalan. Publicistas, sí señor. Tatuadas con logos inteligibles: que si Carrefous, Iberio o Bunkia, esa “caja” que tanto dio que hablar. Algunas son bonitas, muy monas, pero de poco sirven, pues por ellas todo se cuela: las babas, el aliento, los insultos y eso que en nuestro planeta tan por culo da.

La lista sería muy larga, pues mascarillas hay como humanos en la Tierra. De todas las razas y formas de pensar. Algunas creen que todo esto es inventado, que si la covid es por el 5G o yo qué sé… y otras, en cambio, están tan acojonadas que hasta llevan filtros anti vapor nuclear.

Yo, si fuese mascarilla en ese planeta, ni tanto ni tan calvo. Un término intermedio. Vestiría unicamente para salir. Cinco lavados las buenas, un uso las de papel. Ocho horas las de pico pato, ¡y a la basura las que regala Yasssstel! Luego, en mi casa, desnudo con todo colgando. ¡Porque sí, porque yo lo valgo…!

…Y la lejía manda, claro.

Si es que, para gustos, mascarillas.


El coro (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Asisto a los ensayos de un coro, nos reunimos al aire libre. En su mayoría somos mujeres, sólo dos hombres destacan en el grupo, o no destacan, pues se integran completamente. Uno de ellos es el guitarrista y director del coro, el otro un recién llegado.

Tras el gran parón de la pandemia, todas están exultantes con el reencuentro.

En el parque donde nos reunimos, hay un Auditorio que tiene a su entrada, una escalinata formada por algunos peldaños, amplia y dispuesta en cuatro alturas. Ese es el escenario elegido por todo el grupo, pues alberga la distancia obligatoria y, al mismo tiempo, la posibilidad de verse las caras. Comienzan a cantar, algunas sentadas en los escalones y otras de pie. Sus ensayos están henchidos de emoción, alegría y reencuentro. Sus caras permanecen casi ocultas por las fastidiosas, pero imprescindibles mascarillas, ese complemento indeseado que estrangula las expresiones de los hermosos rostros de los integrantes de este improvisado coro.

Sus risas embozadas visten de alegría la tarde que, poco a poco, va agonizando. Como protagonista absoluta, en un lado del espontáneo círculo, se halla una mujer, con el busto garboso sobre su silla de ruedas, ella es la verdadera protagonista de este encuentro, ya que la enfermedad la abordó fuertemente y sus compañeras quieren hacerla un merecido homenaje. Vista allí, con su hermoso y elegante perfil, cubierta por un turbante llevado con la elegancia que dan las muchas tablas que la adornan, me da una mezcla de emociones, entre entristecidas y admirativas por vislumbrar esta belleza madura, rota por los desalientos de la vida. Llena de vitalidad con deseos de superación y ganas de elevar su voz al infinito en un clamor de vida.


Imágenes sin rostro (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Ocultan la cara

con ojos relucientes y pestañas alargadas

labios escondidos

Los embozados se unen para protestar

pero Dios no les escucha

La noche atropella la luz.

que cansada se tiende en el suelo

No hay ruido en la ciudad

Un ansia recorre las calles

y de las casas sale música triste

Las hojas del otoño empiezan a caer

y comienza a salir el sol

entre mascarillas


El Twitter del Globo