Archivo por meses: agosto 2019

Mar (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Imponente ola
cubierta de encrestada espuma
que viene a fornicar con la roca
preñada de cangrejos
….que la pinzan los pezones 
con sexo de moluscos
que palpitan vivos entre la arena
…..y se acerca como lengua y lame
el agua tentadora
…celosa de la pasión de las olas
marchitandose por un sol
que la acalora y la deja sumida 
…..en la tristeza de un atardecer
que envidia la aurora
porque huye la Luna
……tras la luz transgresora
de una ola insolente
que se lanza contra la roca 
….yacente sobre la arena de la mar 
esperando la llegada de la Luna…
….mientras esta ansía 
el retorno de un sol
que traerá la aurora.

Todo Mediterráneo (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Mi nombre es Tsè Chiang. Vivo a orillas del Mediterráneo, el océano más grande del planeta. Mis padres dicen que bajo sus aguas se esconden grandes secretos de antiguas aventuras de otros seres humanos. Incluso hay quienes aseguran que allá abajo contienen la respiración ciudades enteras, a la espera de volver a emerger algún día. Aunque apenas queda vida en él, mi familia y yo seguimos subsistiendo gracias a sus aguas. La sal es hoy la moneda de cambio que utilizan los comerciantes nómadas. Aún contiene algunas trazas de plástico, pero ya podemos consumirlo sin riesgos para nuestra salud. Esta mañana, mientras revisaba la barrera de piedra que separa el océano de nuestras instalaciones, he visto algo flotando a lo lejos. Las olas lo empujaban una y otra vez contra las rocas. Era un fósil plástico. Antiguamente se encontraban muchos en las zonas costeras. Hoy son una rareza. Sé que estuvieron prohibidos en todo el mundo antes de la Primera Gran Inundación. Pero algunos quedaron flotando como boyas tóxicas a la deriva durante siglos antes de degradarse y hundirse. Algunos estudios científicos determinaron que se usaron para almacenamiento de agua dulce. Tras la Segunda Gran Inundación, cuando alguien encontraba alguno, era preciso avisar a los cuerpos de seguridad del plástico. Estos se encargaban de tomar las medidas pertinentes antes de proceder a su apertura. Se les dio el nombre de fósiles plásticos, a pesar de que no superaban el milenio de edad, debido a que en muchos casos habían quedado atrapados en su interior organismos de otras épocas. Casi siempre muertos, pero en el caso de algunos patógenos, habían logrado sobrevivir e incluso multiplicarse en un estado de semiletargo. De ahí que fuera peligroso abrirlos sin precaución. Pero en el interior de este fósil creo que solo hay un pedazo de papel enrollado. El plástico está algo deformado y cubierto de algas, tal vez por eso haya resistido tanto tiempo el efecto del sol y el agua, pero en algunas partes aún se puede adivinar el contenido de su interior. Y a juzgar por su peso, no contiene ningún líquido. De manera que me he decidido a abrirlo. En el extremo superior he encontrado un elemento redondo de una tonalidad más oscura que debía de utilizarse como tapón, pero ahora está completamente pegado al resto del envase por el calor y la proliferación de algas. Así que he tenido que romperlo. No ha sido fácil. A pesar de los años, el plástico era más flexible y resistente de lo que pensaba. Me he ayudado de una pequeña navaja que utilizo para cortar cuerda, con mucho cuidado de no romper el contenido. El papel estaba algo amarillento por la permanente exposición a la luz, pero se conservaba en buen estado. Alguien lo había enrollado previamente para poder introducirlo en el interior. Y para mi sorpresa, también lo había escrito. El idioma usado es el mismo que yo hablo, el español. El idioma que usaban los antiguos habitantes de España. Mi madre me dijo que vivían muy lejos de China, y que su país se sumergió bajo las aguas del Mediterráneo tras la Tercera Gran Inundación. Su economía era bastante pobre por aquel entonces, a pesar de haber sido un imperio, pero su idioma había conseguido imponerse contra todo pronóstico como el idioma del planeta. El ya desaparecido chino que hablaron mis antepasados debía de ser demasiado complejo y con innumerables dialectos incomprensibles entre sí. “Me llamo Julio y tengo 11 años”, comienza el texto, fechado en “algún día de 2111”, justo un año después de la Tercera Gran Inundación. En él, el pequeño cuenta que ha huido junto a su familia de una guerra que está asolando su país, España. No sabía que España hubiera estado en guerra, de manera que he preguntado a mis padres sobre ello y me han respondido que ésta se desembocó como consecuencia de las migraciones producidas en el continente tras la Primera Gran Inundación. Como consecuencia, se aprobó en la antigua Europa la creación de un enorme muro que impidiera el paso a los inmigrantes. España, por su orografía, era el lugar ideal para construir el muro que sirviera de barrera. Una barrera que impidió el paso a todos, incluso a los españoles. Un muro que, tras la Segunda Gran Inundación dejó de ser útil, sobre todo porque quedó sumergido bajo el agua. “Necesito ayuda urgente, a quien pueda escucharme…”, continúa explicando en la carta que él mismo ha introducido en el objeto que en esas fechas ya debía de estar prohibido, al que nombra “botella”. “Abandonamos la costa de Cuenca el 21 de agosto de 2108 subidos en una balsa hinchable, junto a otras noventa y siete personas…”, explica para más tarde relatar que buscaban llegar hasta la costa checa en un viaje que debía durar varios días y que muy poca gente lograba acabar con vida. “A los dos días de navegación se nos acabó el combustible y quedamos a la deriva…”. El niño describe más tarde, en un par de líneas, que la siguiente noche naufragaron a causa de una terrible tormenta. “Escuchaba las voces de mi familia pidiendo ayuda y yo estaba tan asustado que ni siquiera podía gritar…”, decía. En la oscura noche cerrada, luchando contra un mar furioso, tuvo la suerte de toparse con los restos de la balsa. Un pedazo de goma de unos tres metros de largo que se había desgajado del resto de la embarcación a causa del oleaje y los tirones de los pasajeros y que ahora se mantenía a duras penas a flote. Otros siete náufragos también consiguieron alcanzarla y subirse, entre ellos, su padre. Para el resto era demasiado tarde, les habían perdido la pista. Después de dos días estaban al borde de la deshidratación. Sin agua que beber, tres de los ocupantes de la balsa, fallecieron. Un día más tarde chocaron contra el borde de lo que parecía ser una isla. Solo que esta isla no estaba hecha de piedra y arena, sino de desperdicios flotantes que las corrientes habían conducido, lo mismo que a ellos, hasta el centro mismo del Mediterráneo. Aún así era un lugar donde poder descansar y buscar alimento y agua. El padre de Julio trató de tomar tierra, pero sus pies se hundieron entre los restos de plástico, botellas y bolsas que formaban la línea costera de la isla. Estaba tan débil que fue incapaz de regresar a la balsa y murió ahogado. Otros dos náufragos lo intentaron también y sufrieron la misma suerte. Los otros dos murieron a causa de la falta de agua durante la noche. Julio se quedó sólo. Estaba al límite de sus fuerzas, semiinconsciente, cuando chocó contra una superficie dura. Miles de plásticos se habían ido amontonando y fundiendo unos sobre otros por el efecto del sol, formando una plataforma de varios kilómetros de longitud. En ella pudo sobrevivir hasta que escribiera esta carta, bebiendo el contenido que aún se almacenaba en el interior de las botellas y pescando algún pez con trampas de plástico. También encontró materiales útiles que secó al sol, como en pedazo de papel que ahora yo sostenía entre mis manos y un lapicero de madera con el que consiguió escribir la carta. Incluso pudo construirse una cabaña que le protegiera del frío, el sol o la lluvia. Quizás nunca llegara a las hoy inexistentes costas de la República Checa y lo más probable es que nadie acudiera en su ayuda, puesto que su desesperada llamada ha sido recogida por mí, hoy, más de quinientos años después de que la escribiera, en las costas de este nuevo continente. O puede que aquel pequeño fuera un pionero, nuestro nuevo comienzo, el inicio de todo. Mis padres me han hablado de esa isla de plástico derretido. Siempre pensé que se trataba de una antigua leyenda. Un cuento para niños. Al final de la misma se explica cómo cantidades enormes de desperdicios se fueron uniendo a ella hasta formar un nuevo continente, el único que consiguió mantenerse a flote tras la Última Gran Inundación, cuando el Mediterráneo lo cubrió todo al fin. Cuando el Mediterráneo lo era todo. Un continente formado en su totalidad por plástico. Árboles de plástico, edificios de plástico, bicicletas de plástico… Un continente que ahora conocemos, en honor al sumergido país sobre el que supuestamente nos encontramos, con el nombre de China.


El mismo mar (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

EL MISMO MAR

Foto: Organización Internacional para las Migraciones

En la playa, de arena como polvo de oro y agua de todos los azules, los veraneantes ejercían al sol y bajo las sombrillas, jugando a palas, construyendo castillos efímeros, paseando entre la espuma derretida… De pronto, un niño —quizá una niña— llamó la atención de sus padres señalando con el dedo hacia el horizonte.

—¡Mirad allí! ¡Se está acercando!

Los padres, primero, y casi todos los veraneantes, después, observaron el horizonte. Lo que parecía una pequeña mancha oscura sometida al caprichoso vaivén de las olas, se fue agrandando, matizando, hasta convertirse en una embarcación repleta de personas… Mejor dicho, se reveló como una larga franja roja compuesta por decenas de chalecos salvavidas, enmarcada entre dos franjas oscuras, marrones casi negras, formadas por la borda de la embarcación y las cabezas de las personas que iban en ella.

Desde la playa no se apreciaba la inestabilidad ni la precariedad del conjunto, sino un lento avanzar hacia la costa en una plácida y benévola mañana de verano. Desde la embarcación la percepción era bien distinta, seguramente, y el miedo a la zozobra se amplificaba con la pavorosa mirada de los pasajeros al agua, conjurando su poder destructor sobre quienes, seguramente, no sabían nadar.

La escena, terrible y dramática en sí misma, adquirió dimensiones fantásticas cuando se tuvo constancia de que era la misma escena en los dieciocho países bañados por ese mismo mar, la misma escena con la misma embarcación acercándose y las mismas personas abordo, a la misma hora, con el mismo final incierto.


Medite Erróneo (Javier González)

Categoría: La caja negra

(Padre e hijo se hallan pescando en la mar a una hora indeterminada y en una orilla cualquiera. Están solos. Ni un alma a su alrededor. Dos sillas plegables, una cesta de mimbre de grandes dimensiones, dos cajas con aperos de pesca, la caja del padre triplica el tamaño de la del hijo y dos cañas acordes a la jerarquía familiar componen el mobiliario de la escena. El hijo mira, con simulado reojo, el rictus hierático del padre que en el tiempo perdido ha pescado algo de brisa marina y dos botellas de agua mineral.) (Decidido a dar un golpe de timón a su suerte, el experto pescador desecho el uso de la descocada veleta y la sustituyo por recios plomos de soberbia castrense aferrados de un solo bocado al sedal. Atravesó una pieza de carnaza de gran tamaño en el anzuelo y lo lanzó a los cuatro vientos con mano experta)

PADRE – Es hora de pescar como Dios manda. (La mirada del hijo sigue clavada en el horizonte) No te he o…

HIJO – Como Dios manda, padre. (Cruzan la mirada en el silencio)

PADRE – Hijo. Los hombres están y las cosas son. Y no hay viceversa. ¿Comprendes? (Sentenció con su voz más firme)

HIJO – Si padre. (Respondió con su voz más rutinaria)

PADRE – ¿Si padre? ¿Si padre? A ver. Que acabo de decir.

HIJO – Que los hombres están y las cosas son. Y no hay viceversa.

PADRE – ¿Y?

HIJO – Que los hombres son y…

PADRE – ¿Qué haces?

HIJO – ¿No quiere que lo repita?

PADRE – Pues no.

HIJO – ¿Entonces?

PADRE – (Con la frente arrugada y el calor en las mejillas) No has entendido nada. Nunca entiendes nada. Siempre mirando al frente como las estatuas de sal. No hablas, solo respondes, como una mujer y tú eres un hombre… ¿Por qué tú, eres un hombre? ¿Verdad?

HIJO – (Sin cambiar el gesto) Soy un hombre, padre.

PADRE – Soy un hombre padre, soy un hombre padre. (Repitiendo la frase con desprecio). Escucha bien. Los hombres están y las cosas son. Los hombres han estado, están y estarán donde deben estar, ese es su destino. A no ser que desvíen su camino por abandonar su condición original. ¿Entiendes?… Y todo lo que rodea al hombre se consideran cosas. Una mesa, un trueno, una bala, un delfín o un loco son cosas y son como son. Nada ni nadie debe cambiarlas. ¿Entiendes? (El chico no responde) ¿Entiendes?

HIJO – Entiendo.

PADRE – Por ejemplo. Todo lo que hay en el mar es producto de mar.

HIJO – ¿Incluidas las dos botellas que ha pescado?

PADRE – Incluidas. Si estaban en el mar es que son productos del mar. Y debemos tratarlas como tales.

HIJO – ¿Entonces vamos a asarlas junto a las sardinas que pesquemos?

PADRE – Las vamos a asar en tu cara después de la ostia que te voy a plantar por burlarte de las palabras sagradas de un padre.

HIJO – Disculpe padre, no era mi intención.

PADRE – Cierto. Jamás tienes intenciones. Eres obtuso como tu madre. No andas, te dejas llevar. Pero tu padre, que es un hombre, esta donde debe estar y velare, día y noche para corregir tus maneras bobaliconas y tus gestos de figura de cera… (Silencio sepulcral, tan solo roto por el sonido del mar) ¿Y?

HIJO – Gracias por su dedicación, padre.

(Parece que la serenidad vuelve a la escena. El padre se levanta de su trono plegable de color verde)

PADRE – Voy a evacuar los orines acumulados. Vigila la caña.

(Alejándose unos metros, el padre obra una fuerte y vigorosa meada que deja indiferente al hijo. En ese mismo instante, la caña del padre se cimbrea dando señales de una posible captura.)

HIJO – Padre. Parece que algo ha picado en su caña.

PADRE – Cámbiate a mi sitio y si vuelve a tensarse el sedal coge la caña y tira con fuerza.

(Nada más efectuar el traslado, la caña vuelve a cimbrearse con más fuerza. El hijo, obedeciendo al padre que no podía parar la micción, tiro con fuerza para clavar el anzuelo en la boca de la presa.)

HIJO – (Apenas puede sostenerse en pie por la fuerza ejercida por el pez) Padre. No aguanto más. Parece que pescó un tiburón.

PADRE – (Volviendo con rapidez a su puesto). Déjame a mí (coge la caña) Suerte que eran aguas menores, sino ya hubiésemos perdido la pieza.  Leches como tira. Vete preparando la cesta.

(Fue largo el tira y afloja hasta que el pescador dominó a la bestia que rendida se dejó arrastrar por las aguas de un mar turquesa. El chico se metió en el agua con la cesta para facilitar los últimos metros de una captura que serviría para ridiculizarlo en todos los mentideros. El padre sudaba gotas de orgullo en su frente mientras trazaba mentalmente el relato que usaría para contar su penúltima hazaña.)

HIJO – Aguante. Ya queda poco.

PADRE – Cállate, imbécil.

(El muchacho palideció al ver que una mujer de piel azabache se había tragado el anzuelo. Sus ropas eran livianas y respiraba bocanadas de desesperación)

HIJO – ¡Quieto padre! Ha pescado a una mujer.

PADRE – (Sin hacer caso del hijo) Buena pieza. Tirare de ella hasta la orilla, no se nos vaya a soltar.

HIJO – (Corriendo hacia su padre)  ¿No me oye? Le digo que ha pescado una mujer.

PADRE – No entiendes nada. Nunca entiendes nada. Todo lo que sale del mar es producto de mar, soplagaitas.

HIJO – (Ayudando a la mujer a soltarse del anzuelo) Pero no ve que no es un pez. (Intenta reanimarla) Aún respira, menos mal.

PADRE – (Levantando fácilmente el cuerpo delgado de la mujer) Coge el móvil y saca la foto con el trofeo. Nunca se deben olvidar las tradiciones.

HIJO – Hay que llamar a una ambulancia.

PADRE – (Desenvaina su machete de pesca) Saca la foto.

HIJO – (Mirando el cuchillo) Enseguida.

(El padre agarra a la mujer del cuello y la abre la boca como si fueran agallas. Sonríe orgulloso)

HIJO – Ya está. Ahora llamemos a una ambulancia.

PADRE – Todavía colea (Corta la garganta de la mujer de un certero tajo) Así no sufre. (La deja caer y vuelve a preparar la caña para lanzarla de nuevo al mar).

HIJO – Padre, la ha mata… (Le interrumpe el padre)

PADRE – Los productos del mar se degüellan para que suelten toda la sangre. En casa le sacaremos las tripas y a la barbacoa.

HIJO – (Se sienta en su silla abatido) Era una muj…

PADRE – No lo olvides. Los hombres están y las cosas son. Las cosas sirven al hombre. Las mesas, los relojes, las vacas y como no, los peces. Todo lo que sale del mar es producto de mar. ¿Entiendes?

HIJO – Entiendo.

(Padre e hijo continúan con su día de pesca, sin mirarse, esperan que el atardecer tiña de color el mediterráneo y marque el final de su jornada donde las cosas son como son y nadie las quiere cambiar)



Fugaz amistad en el Mediterráneo (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

 

(Retazos de mi vida)

La segunda piel del neopreno apretaba
y Céfiro nos enviaba sus vientos del Oeste
Aquello pudo ser una señal
pero teníamos ganas de bucear

Bajamos despacio con temor
Las gorgonias se quejaban del fuerte oleaje
los peces se escondían en los corales
y las rayas se enterraban en la arena

Poseidón nos zarandeaba
y una estrella de mar salió a nuestro encuentro
avisándonos del peligro

Nadamos sumergidos
Mi botella se agotó
y me salvó la vida el belga

Nos despedimos con un abrazo

Nunca supe su nombre

Carlos Gamarra

Agosto 2019


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