Crónicas desde la terraza (Rafael Toledo Díaz)

Crónicas desde la terraza (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Y ahora, cuando vamos a por la sexta semana de confinamiento, a un conocido locutor de radio se le ocurre decir que en estos días estamos más blanditos. Seguramente lleva razón, ya son muchas jornadas encerrados en casa y, a ratos, tengo sensaciones encontradas. Hay momentos en los que me entretengo con tareas rutinarias y actividades varias, otros decaigo y me dejo caer en el sillón, aburrido, y cierro los ojos dejando que pasen las horas sin más.

Y como en el poema de Ángel González “Cumpleaños” pero cambiando los versos, digo: “Yo lo noto: cómo me voy volviendo menos cierto, confuso pero más sensible o más atento”. Me he vuelto más observador a los cambios meteorológicos, pues nunca antes había percibido la primavera así y ahora tengo la sensación de que ésta es especialmente lluviosa y lógica

Como ando tan sensiblero, en pleno chaparrón primaveral, diviso la calle vacía y me acuerdo de la vieja canción de Luís Pastor “Aguas abril” y sigo tarareando… flores en mayo. Mientras tanto la naturaleza disfruta de una tregua porque algo estábamos haciendo mal.

Esta mañana, entre nube y nube, he salido una vez más a la terraza y, desde allí, he vuelto a ver a mi vecina Ramona. Iba cargada hasta las trancas, encima del carro llevaba otra bolsa que hacían difícil su manejo. Supongo que tanta cantidad de comida es para reponer la despensa. Desde la calle observa mi presencia en la baranda y me señala su mascarilla tuneada, me pregunta si me gusta y yo asiento con la cabeza y le digo que tenemos que hablar. Ella con un gesto me dice que luego me llamará por teléfono y a viva voz me grita que ahora está muy ocupada.

Con esto del aislamiento llevaba muchos días sin verla porque su piso da a otra calle paralela al bulevar, me alegra verla bien aparentemente.

Es un lujo en estos días tener un patio, un jardín o una simple terraza. En algunos momentos la recorro de punta a punta como esos presos que, obsesionados, recorren el patio de la prisión. No puedo quejarme, otros están mucho peor, y no, esta crisis no nos iguala como bien explica mi amigo Carlos Candel en un excelente artículo titulado: “El virus de la desigualdad”.

A pasos largos recorro las baldosas observando lo mucho que han crecido los tiestos e inicio un sermón laico: “Bienaventurados los que tienen patio o terraza porque ellos podrán relajarse un poco más”, hago unas cuantas flexiones y miro distraído cómo crece la incipiente higuera en su maceta.

Ya por la tarde espero la llamada de mi vecina, menos mal que ha respetado la cabezadita de después de comer y, puntual, suena el teléfono. Uf casi una hora de reloj ha durado la conversación, tanto, que a ratos, he tenido que cambiar el auricular de oreja porque no me ha dado tregua. Noto que, a pesar de sus quejas, está bien, porque no ha parado de hablar, aunque su discurso sea sobre lo mal que lo está pasando.

Bueno, hemos charlado de todo, me ha entrado por su preocupación principal, porque en la empresa donde trabaja su marido han hecho un ERTE y me dice que no sabe cómo se las van a arreglar y aclara que menos mal que no pagan alquiler. También apostilla que la crisis económica y la ruina que se nos viene encima es “minina” y que, como siempre, pagaremos los mismos.

Me extraña que en su plática apenas me haya hablado de los políticos, pero por sus comentarios deduzco que opina que todos son iguales. Ramona puede adolecer de una cierta cultura, pero no se le escapa nada. Por eso, cuando ve en la tele que unos han criticado como publicidad la foto donde posa un presidente regional ante la llegada de los respiradores retenidos en Turquía, y que días después los otros repetían la misma foto de su presidenta recibiendo el material sanitario llegado de China, se pregunta que quiénes son mejores, porque criticar es lo más fácil. Seguramente todos lo hacen mal, o todos hacen lo que pueden, pero no es momento de tú o yo, es momento de arrimar el hombro y de eso los ciudadanos nos damos cuenta.

No me sorprende que Ramona especule sobre las teorías conspirativas, esa sospecha entra en su concepto del chismorreo global, aunque por lo que me dice creo que anda un poco desconcertada. Primero estaba convencida de que el enfrentamiento comercial entre americanos y chinos había desembocado en una guerra vírica, y digo que está descolocada porque a cada rato de la conversación cambia de culpable y apenas opina sobre nuestra maltratada Europa, y además porque en ningún momento tiene en cuenta las opiniones de los científicos que saben de esto.

Aunque tampoco es que los medios aclaren mucho sobre lo que realmente nos acontece; hay un exceso de noticias y comunicados que solo trae desinformación y hastío. La tele y la prensa no se ponen de acuerdo y cada cual arrima el ascua a su sardina. Unos pretendiendo magnificar la catástrofe añadiendo el morbo de las imágenes de ataúdes y hospitales, y otros, convirtiendo el confinamiento en una verbena de balcones y memes estúpidas.

En lo poco que me deja hablar le digo que a mí me preocupa el futuro y la posible falta de libertad individual, yo que no ando muy allá con las nuevas tecnologías, no acabo de comprender el seguimiento a través de aplicaciones, sí, eso del código QR y la supuesta localización de los portadores del virus, y me responde riendo que en la edad media los leprosos iban con una campanilla para avisar a los viandantes.

Creo que no hay término medio en las informaciones, por eso le refiero que veo poca tele y apenas informativos. Pero a pesar de nuestras diferencias sobre el tema, mi vecina y yo coincidimos en reconocer que el número de muertos a causa del Covid-19 es muchísimo mayor que el que reflejan las estadísticas, que quizás nunca sepamos la cifra exacta, y eso es muy triste.

Me canso de tanto charloteo pero confieso que no sé cómo cortarla, Ramona cuando coge carrerilla sobre una materia, te desborda. Pero las ocho de la tarde es un buen pretexto para terminar la conversación y le apuro para que termine diciéndole que tenemos que salir al balcón para aplaudir. Así cerramos esa hora que ha sido casi un monólogo suyo pero bueno, la pobre, a falta de chismorreo, se ha desahogado conmigo.

En la terraza también a mí me sale la vena cotilla pues asomo la cabeza para ver cuántos vecinos aplauden y me voy a la esquina para controlar a los de la otra calle. Observo que algunos siguen con el pijama de ayer, que no se han acicalado para salir a aplaudir, yo al menos me he cambiado de chándal. Compruebo que la fuerza de los aplausos decaen al paso de los días, menos mal que algún vecino aplaude con castañuelas y algunos se van de madre sacando las vuvuzelas del baúl de los recuerdos. Admito que mi vecindario es un poco frío y no creo que salgamos en ninguna tele, somos un poco estirados y no veo a ningún artista en los balcones, solo gente que ya empieza a estar aburrida y cansada del confinamiento.

Por el bulevar baja puntual el tranvía que acompaña nuestros aplausos tocando la campana, es como un ritual al acabar la tarde. Y siempre, siempre cuando volvemos al salón mi santa y yo nos decimos: Un día más y un día menos para que esto acabe…


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