El contador de historias (Carlos Candel)

El contador de historias (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El viejo contador de historias abandonó la ciudad. Nadie se dio cuenta de ello, porque nadie quería escuchar. En su última actuación le resultó imposible elevar su voz por encima del bullicio que el resto de vecinos estaban armando. Cada uno con su propio cuento, cada uno con su propia historia. Un ensordecedor ruido que lo convertía todo en silencio.

El contador de historias dejó atrás el empleo que tantas satisfacciones le había procurado gran parte de su vida. Envió su currículum a otros lugares, pero nadie quería contratar a un viejo narrador. Así que se vio obligado a trabajar como repartidor de paquetería en una conocida marca de ventas online. A su edad, y cargado con una enorme caja a la espalda, navegó desorientado por nuevas ciudades. Antes desgastaba su garganta, ahora la suela de sus zapatos. No alcanzaba a entender el motivo por el que el mundo había cambiado tanto. Años atrás sus historias eran ávidamente digeridas por los curiosos ojos de la infancia. Cuentos transmitidos de generación en generación que se perderían en la soledad de este nuevo mundo sordo. Pensó en escribirlos y divulgarlos a través de la red, pero en seguida descartó la idea. Si la gente había perdido la capacidad de escuchar, mucho más la de leer. Y, además, siendo honesto consigo mismo, no es lo mismo contar que escribir, y a él lo único que se le daba bien era contar las historias que antes le había escuchado a otros.

Pero un día llamó a la puerta de una casa. Le abrió un pequeño. El viejo se sorprendió de que ningún adulto lo recibiera. El anfitrión de la casa no tendría más de cinco años. El viejo narrador llevaba a su espalda un paquete para él. Se lo entregó y esperó a que, allí mismo, el niño lo abriera entusiasmado. Era un libro. Uno de cuentos. El niño no dijo nada, tan sólo miró al repartidor con una amplia sonrisa en la cara. Sus ojos le recordaron al anciano las miradas de aquellos niños y niñas que tanto habían disfrutado de sus historias. Durante unos segundos se miraron sin decirse nada, hasta que, finalmente, el pequeño le ofreció el cuento al repartidor. Por un momento, el contador de historias temió que el niño quisiera devolverlo, que no quisiera aquel libro. Pero después escuchó su tímida voz diciéndole:

-¿Me lo cuentas?

Claro, el niño aún no había aprendido a leer. No todo estaba perdido en aquel ruidoso mundo.


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