El hombre parado en la plaza (Javier González)

El hombre parado en la plaza (Javier González)

Categoría: La caja negra

(Está parado en el centro de la plaza de la iglesia vieja. Tiene la mirada perdida, rebosada de temor. Ha salido a pasear y su memoria ha vuelto a ser blanca, virginal. No sabe dónde se encuentra. Busca en todas direcciones con la esperanza de encontrar un mínimo recuerdo al que agarrarse. La angustia se refleja en el vidrio de sus ojos cansados)

NIÑO – (Después de mirar al hombre detenidamente) Si, si, si, si…Eres tú, eres tú. (Se abraza al hombre que no consigue salir de su letargo). ¡Qué casualidad! Vives en la misma ciudad que yo. Eres tú, eres tú.

HOMBRE – No grites. Las voces altas me asustan.

NIÑO – ¿Estas asustado? ¿Por mis gritos?

HOMBRE – Me asusto con facilidad.

NIÑO – Porque eres tú, ¿verdad?

HOMBRE – ¿Y quién soy yo?

NIÑO – Tú eres el señor de la foto.

HOMBRE – ¿De qué foto?

NIÑO – La foto que hay en mi libro de cuentos favorito. Cada noche leo uno y cuando los termino todos vuelvo a empezar de nuevo. Y de todos ellos el que más me gusta es… (El hombre le interrumpe)

HOMBRE – ¿Cuentos? Por qué me hablas de cuentos.

NIÑO – Hablo de tus cuentos. Los leo en el cole, en casa, en la playa. Me acompañan a todos los lados.

HOMBRE – ¿No te equivocas de persona?

NIÑO – No. Tú eres el de la foto. No puedes ser otro. Eres el cuentista. El de verdad, ¿no?

HOMBRE – Tú lo sabes mejor. Yo no me recuerdo.

NIÑO – Qué cabeza tienes.

HOMBRE – Se vacía muy rápido.

NIÑO – ¿Podrías contarme uno de tus cuentos antes de que se vaciara del todo?

HOMBRE – No puedo. Lo siento.

NIÑO – Imposible. Sabes muchos cuentos. Has escrito miles, millones… ¿No te caigo bien?

HOMBRE –Para mí eres como un viento templado y suave. Soy yo el que no recuerda nada de lo que dices.

NIÑO – ¿Ni de uno siquiera?

HOMBRE – No sabría decirte ni mi nombre.

NIÑO – ¿De verdad?

HOMBRE – En mi estado no se puede mentir.

NIÑO – Todos los mayores mienten.

HOMBRE – No se volver a casa. A lo mejor tengo hijos. O nietos como tú. Soy, según tú, un cuentista que no sabe empezar un cuento. No puedo mentirte porque no tengo mentiras.

NIÑO – De todos, tú eres mi favorito.

HOMBRE – Siento mucho que nos conozcamos en un mal día.

NIÑO – ¿Estás enfermo?

HOMBRE – Si…o…es posible.

NIÑO – Me gustaría tanto que me contaras un cuento.

HOMBRE – Ya no son míos.

NIÑO – ¿Te los robaron?

HOMBRE – Ahora son tuyos.

NIÑO – ¿Míos?

HOMBRE – Los conoces al dedillo.

NIÑO – ¿Puedo contarte uno de tus cuentos?

HOMBRE – Debo encontrar el camino a casa.

NIÑO – Yo te ayudo. Dime el nombre de tu calle y le preguntamos a mi papa donde está.

HOMBRE – No lo sé con certeza. Mi memoria desaparece y aparece a su antojo. Ahora debe estar de viaje.

NIÑO – Pues mientras llega nos sentamos en un banco y te cuento el que más me gusta.

HOMBRE – Me encantaría. (Se sientan)

NIÑO – Podría ir a tu casa por las tardes para leerte. Así sería tu cuentista particular.

HOMBRE – Puede que no te recuerde.

NIÑO – Entonces volveríamos a empezar desde el principio. “Erase una vez un hombre parado en el centro de la plaza de la iglesia….”


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