Iniciación (Ismael Sesma)

Iniciación (Ismael Sesma)

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Tenías quince años recién cumplidos cuando te llamaron para trabajar. Habías presentado una instancia sin mayor pretensión que poder estar ocupado durante el verano y de paso, conseguir un dinerillo para tabaco, cervezas y, si se ponía a tiro, convidar a alguna chica de tu barrio. Decías convidar y cualquiera te entendía. Ahora ese verbo está moribundo, como aquel presente, desmoronado por los años y la modernidad.

Tuviste suerte y te seleccionaron.

– El lunes comienzas, te anuncian.

Llega el día. Cambias los pantalones cortos por el uniforme: camisa, chaqueta, corbata y pantalón largo. Los primeros días el traje te parece una cárcel. Pero te acostumbras.

Cambian los compañeros. En el Instituto son todos chicos y tienen tu edad, compartís una camaradería de tribu. En la oficina encuentras personas mayores, es chocante que algunos tengan la edad de tu padre. Hablan de fútbol y de chavalas. En eso las modas no cambian, muchos años después seguirán hablando de lo mismo. Y hay alguna mujer, como una anécdota a pie de página. Cuando ellas están delante, los varones cambian su impostura y sólo hablan de fútbol.

Donde antes había profesores, tutores o jefes de estudios, ahora aparecen los jefes. La jerarquía es diferente, en la oficina lo impregna todo de forma evidente y a la vez sutil. Mejor que sea así, cuando se torna explícita, es insensible y feroz.

Hasta en casa, notas que tu padre se dirige a ti con otra tonalidad, en la que vislumbras algo parecido al orgullo de sangre y al respeto. Como si de repente hubieras entrado en otro mundo. Su mundo.

Aprecias una expectativa de universos que días antes no existían, creciendo como un gusano en tu interior. Al principio no te das cuenta, pero tu niñez quedó allí, almacenada en un cajón de la cómoda (otra palabra a punto de morir), junto con los pantalones cortos, los bocadillos de croquetas y los partidos de fútbol eternos de los sábados en el descampado.

Y pasas de niño a adulto en un suspiro. Entonces, la adolescencia era un lujo sólo al alcance de los hijos de familia bien.

Imagen de Carlos Candel


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