Sin título (Sandra García Arias)

Sin título (Sandra García Arias)

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Categoría: La caja negra

Decidió dar un giro de ciento ochenta grados a su vida.
Se acabaron los ultraprocesados. Leería las etiquetas y se prometió cocinar con lo que la generación de su abuela hubiera reconocido como comida real.
Dormiría ocho horas, o más si el cuerpo era lo que así le pedía, sin pantallas dos horas antes de acostarse, sin café después de la cena y con la luz cálida que recordaba a las fogatas con las que nuestros ancestros alumbraban y mantenían el calor en sus refugios.
Se movería, se estiraría, entrenaría la fuerza y caminaría bajo el sol y no debajo de los fluorescentes de la oficina.
Prometió no responder ni un correo más fuera de su horario laboral, ni responder el teléfono cada vez que sonara ni volver a tener tendinitis en el dedo por scrollear por tiempo indefinido.
Visualizó su salud mental como si de un jardín sereno se tratase. Con menos ruido estridente, menos culpa, más pausas y más momentos con eco donde el respirar se sintiera como un soplo de aire fresco y no un esfuerzo por seguir manteniéndose en pie.
Imaginó un lugar donde se rodease de personas cuyos vínculos aportan luz y enriquecen su vida en lugar de cargar con más piedras su mochila.
Pensó su plan mientras pedía comida rápida, revisaba las polémicas que se habían creado en los chats de grupos del móvil en la cama y programaba la alarma para dormir un total de seis horas.
Suspiró y murmuró con convicción hacia sí mismo.
—Bueno…pero hoy no. Mañana.


Abandono ausente (Maite Martín-Camuñas)

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Categoría: La caja negra

En la cima del abandono,
la mente se rinde a un sueño plomizo,
una dicha tibia, casi febril, en el sopor
de esta inercia que invita a delirar
con la imagen inmóvil del cristal,
empañado y distante.
Tu piel, apenas un eco lejano en el aire,
deja su olor suspendido,
un recuerdo marchito,
mientras las caricias de tus manos
se disuelven, olvidadas, desvanecidas,
en aquel rincón donde la sombra respira,
pesada y eterna.
Todo sigue ahí,
grabado a fuego lento en los ojos del alma,
como un fuego tenue,
casi extinto, en la brisa
de un amanecer que ya no recuerda
su nombre ni su hora,
ni el calor de su abrazo.
Y yo, demasiado lenta,
demasiado tarde, varada en la orilla del tiempo,dejando que la pereza me impida
buscar tu huella
en el fondo del mar,
donde el olvido es insondable.

Campesinos perezosos, Abraham Bloemaert.

Como si bebiera (Carmen Paredes)

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Categoría: La caja negra

Como si bebiera

en largos tragos

pócimas de no sé qué

calcino gran parte del día

con recorridos viscosos

tomo aire

exhalo y evaporo

esta sed tan rara
des
   pe
     re
       za
         da.

arrojo por la escalera

letargos y vacíos

Se enciende la imaginación
y otra vez su punzada


El noble arte de no hacer (Carlos Sánchez Pérez)

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Categoría: La caja negra

El mundo ruge, insiste, y yo respiro,
mi chihuaua ronca sueños en mi vientre.
Hoy salvo el universo desde el sofá,
he huido del reloj como un cobarde.

He conquistado el reino del bostezo,
he negociado treguas con el cielo.
Mis planes para hoy: mirar la nada
y quizá acariciar un par de nubes.

El tiempo pasa lento, y sosegado,
y yo me disuelvo en la pereza.
Qué importa si el planeta sigue en marcha,
yo he encontrado un sofá que me comprende.

Ser sabio es aceptar que no hace falta
correr detrás de cosas que se escapan.
La gloria está en dejar que pase el día

sin más batalla que alcanzar el mando.


Ahora se llama procrastinar (Ismael Sesma)

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Categoría: La caja negra

Procrastinar, palabra de moda. Según la RAE, viene del latín procrastinare: aplazar, posponer o diferir. Retrasar los quehaceres, vaya. Antes hablábamos de pereza; entonces los mayores entonaban la salmodia de la pereza a la primera de cambio; se ve que había que estar siempre en marcha, aunque no se conociese el camino a seguir, ni el final del viaje. Pereza se asociaba con ser un gandul, casi siempre como insulto, aunque la gandulería se observase a veces con alguna simpatía racial; para gustos, los colores.

Contra pereza, diligencia, proclamaba el catecismo que manejábamos, tan presente como las flores a María en el Mayo florido, el frío en los inviernos de Madrid y las ganas de comer jamón de York o yogures sin estar enfermo. El catecismo, digo, el libro más leído y celebrado, obligatorio para formar ciudadanos de bien, cargados de valores en el pecho henchido, orientados cara al sol y en danza por rutas imperiales para cumplir el destino que por clase tocaba. De El Quijote, si había suerte, te hacían leer algunos pasajes en el colegio en castellano antiguo; quizás para que aborrecieses la lectura. Malpensado, siempre.

Cada vez que escuchaba diligencia al señor cura en clase de Religión, de forma invariable mi imaginación me llevaba a la que salía en la película de John Ford, o cualquiera de aquellas que asaltaban los indios o los forajidos en las películas del oeste que celebraba en el cine Capri, con mi padre, o en las matinales de los salesianos, después de cantar aquello de ‘como brotes de olivo en torno a tu mesa, señor’ y echar algún rezo como justiprecio para entrar a la proyección. Diligencias, persecuciones, disparos, flechas, alguna dama aterrada y varios blancos malafeitados de pañuelo al cuello y gatillo fácil, dispuestos a acabar con aquellos desharrapados. Aquella sí que era una vida interesante, peligrosa pero interesante, pensaba yo al verlos, no como la nuestra, que el mayor peligro era que te atropellase el trolebús y para eso había que ser un poco tonto o andar muy despistado. Es lo que le pasó a Jandro, un vecino nuestro algo mayor, que salió disparado desde el patio adoquinado de una casa contigua detrás de su balón de reglamento, no lo vio venir y lo atropelló; se empotró contra el trolebús, que hubo algún pasajero que bajó con ganas de echarle la bronca al gracioso que había golpeado el vehículo y se encontró con el panorama de Jandro inmóvil como un pajarito. Entonces, un balón de reglamento era un deseo universal; todos lo habíamos soñado, los veíamos en las tiendas, algunos incluso lo habíamos tenido en las manos, era un tesoro solo al alcance de los hijos de las familias más pudientes. Pudiente, otra palaba para el descabello.

Jandro era el hijo de los porteros de una casa próxima; sus padres se llamaban Alejandro y Alejandra y en el barrio los conocíamos como los Alejandros, claro. Iban juntos a todos lados, cuando el profesor de Ciencias hablaba de los insectos sociales, yo pensaba en los Alejandros; no por insectos, sino por sociales. Según decían los documentales, los insectos sociales son organizaciones complejas en las que cada individuo tiene su misión, que cumple con diligencia. En sincronía, como los Alejandros, vaya.

De las pocas cosas que Jandro hacía sin sus padres, aparte de ir al colegio, la principal era jugar al fútbol con aquel balón de reglamento. Lo había heredado de Arturo, el primogénito de los del principal primero derecha de su casa. La familia de Arturo no era como las nuestras, baste decir que Arturo tenía criada y su edificio, ascensor y calefacción. La familia de Arturo se mudó a un sitio que decían era una ciudad residencial y solo se llegaba en coche propio o en un autobús directo. Al cambiarse de casa, Arturo, con su mejor intención, le regaló el balón a Jandro; el balón que acabó con su vida.

Según decían los mayores, la familia de Arturo se pudo trasladar a un barrio mejor porque su padre, aparte de fumarse unos puros que yo solo había visto en las películas del oeste, era un trabajador incansable, odiaba a los gandules y la ociosidad, nunca procrastinaba en apretar a sus empleados, alargarles los horarios o regatearles alguna gratificación. Un empresario diligente, en suma, de aquellos de calzado a medida, sastre de confianza, donativo en el cestillo de la misa dominical, suscripción al ABC, jamón de York y huevo hilado en la mesa. Un triunfador, vaya. El resto éramos como los indios de aquellas películas.


La pereza y sus sinónimos (Rafael Toledo Díaz)

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Categoría: La caja negra

En estos días de una lluviosa y destemplada primavera las musas están indolentes, desaparecidas o se las lleva el viento. Por eso, ante el reto propuesto por mis compañeros del Globosonda y la ausencia de ideas, se me ocurrió solicitar ayuda a mi amiga Irene.

Ella es una persona sensata, discreta, juiciosa y prudente, aunque si me apuran, un poco reservada, sin embargo, reconozco que te desarma con un abrazo. Pero por todos los condicionantes referidos desistí al momento y, además, sospecho que no tiene tiempo para fruslerías y, tras el arrebato inicial, definitivamente abandoné el empeño.

Pero no me resigno, y aunque me da reparo recurrir a Ramona, creo que mi vecina, a pesar de su frivolidad, puede sacarme del atolladero. Porque ella es más locuela, dicharachera, desenfadada y algo cotilla. Vamos, la antítesis de Irene, pero como tampoco pretendo escribir un ensayo, con un par de ocurrencias que me sugiera quizás pueda salir del apuro. Por otra parte, seguro que dispone de más tiempo.

Como es habitual, nos hemos citado en el bar del Mercadito para tomarnos un café. Y así, aprovechando que ya hemos pedido, le digo por lo bajinis que me sugiera ideas sobre pereza.

Ramona se muestra sorprendida y me dice que ella no sabe mucho de música y no le gusta mucho ese cantante flaco que siempre lleva sombrero y barba y que presume de ser amigo de Sabina. No, no, le digo, la cosa no va de Leiva y su pasado con Pereza, me refiero a la pereza como pecado capital.

Jolines chico, me dice, me habías asustado. Aunque no sé qué decirte pues como todo está tan secularizado, esto de los pecados ya no se lleva y, aunque esté incluido entre los capitales como pone en el catecismo, la cosa no creo que sea para tanto; y me aclara, no te diría lo mismo sobre la envidia.

Sin embargo, Ramona acepta el reto y la noto que busca alguna historia o chascarrillo tratando de ayudarme. Ella, que también es manchega y de un pueblo cercano al mío, comparte tradiciones, costumbres y conductas más propias del pasado siglo.

Mira, a ver si te sirve esto que te voy a contar: De pequeña nunca entendí que a muchos varones de mi entorno le disculpasen ciertos comportamientos malsanos solo porque fuesen capaces de llevar un sueldo a casa. Podías ser un golfo, pendenciero o borracho, pero lo que no se perdonaba es que fueses un vago o poco trabajador. Vamos, un gandul de toda la vida. Todo se disculpaba si al final del mes o la semana entregabas el salario a la parienta.

Sin embargo, no había la misma condescendencia con las mujeres, porque a pesar de ser hacendosa y decente, a poco que salieses a comprar el pan desaliñada, con la bata guateada y los rulos, o no habías barrido la puerta a primera hora, enseguida eras el cotilleo del barrio y te tildaban de guarra. Vamos, que siempre me ha indignado ese comportamiento tan machista e intransigente como injusto. Menos mal que hemos evolucionado, al menos por estos lares donde todos somos más anónimos.

Asiento, y le comento que tiene toda la razón, que esa fea costumbre también la he conocido en aquellos años y nunca la entendí ni la acepté por maniática y parcial.

El razonamiento de Ramona es oportuno e interesante, pero le sugiero que continuemos con otros sinónimos de pereza para ver si puedo ampliar el punto de vista. Y así, apurando el café, le comento que me preocupan la desidia, la dejadez y la apatía social que nos envuelve últimamente, sobre todo a nivel reivindicativo.

Le cuento que, si mal no recuerdo, la última gran manifestación en nuestra ciudad fue cuando demandábamos la construcción de un hospital, y ya ha llovido desde entonces. También le aclaro a Ramona que el propósito y la planificación de la reivindicación estuvo liderado principalmente por los dirigentes locales, eso sí, arropados por las entidades sociales de la villa. En fin, que los vecinos solo tuvimos que poner las pancartas en los balcones, asistir a las concentraciones y agitar las banderolas en la Puerta del Sol.

Apurando la taza, ambos compartimos la idea de que poco a poco nos han ido desactivando o desmovilizando socialmente, y que ya apenas nos queda espíritu crítico y los pocos que aún perseveran son mayores y están al borde de la desgana. Mira si no las últimas convocatorias para exigir una sanidad o educación pública de calidad, apenas cuatro gatos y eso que nos va el futuro en ello.

No obstante, y para relajar el tema, le refiero a mi vecina que, aunque “descuido” también equivale a pereza según el diccionario, no estoy muy de acuerdo, porque un despiste lo puede tener cualquiera, a no ser que esa distracción sea intencionada.

Despidiéndonos hacemos bromas sobre el asunto y ella me dice que le dan pereza muchas cosas, pero sobre todo ponerse a planchar. Yo le cuento que mi asignatura pendiente es quitar el polvo cada día, que en eso mi santa es muy maniática y siempre está dándome la brasa.

Espero haberte ayudado, me dice. Asiento con la cabeza y le aseguro que al menos tengo para rellenar una página y media. Y, por favor, no te olvides recalcar que evitamos enfrentarnos a tanta arbitrariedad refugiándonos en la apatía, en la desidia y la dejadez. Ramona enfatiza que eso es más lamentable y desolador que la desgana personal o doméstica.

Salimos a la calle y compruebo que otra vez vuelve a llover, menos mal que esta primavera no es perezosa en lluvias, que luego el verano se hace eterno y, ante el calor y la galbana, uno no tiene ganas de nada, ni siquiera de escribir.

Dibujo de Carmen Marcos Guardiola

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