El año del diluvio (Sandra García Arias)

El año del diluvio (Sandra García Arias)

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Categoría: La caja negra

Desde hace tiempo, aquella buhardilla necesitaba que, una vez más, ella volviera a abrir
sus puertas. Había pasado tanto tiempo, que el polvo se había acumulado más de la
cuenta.
Los trastos viejos y los de nueva incorporación habían ocupado ya el espacio de paso y casi
ni se podía entrar.


Era el momento de volver a pasar, decidir qué va a seguir guardando y de qué decide
deshacerse. Era el momento de recolocar todo para dejar algo de espacio libre.
Allí, entre cajas y otros enseres, encontró un libro viejo, de tapas blandas y oscuras, con
marcas de humedad en los bordes.
Intrigada, comenzó a leerlo. Poco a poco, comenzó a notar ciertas similitudes. Los
nombres, escenas y recuerdos le transportaban hacía un lugar que, ella ya había visitado.
Momentos que ya había experimentado. Sensaciones que ya antes había sentido.
No recordaba haberlo escrito pero, sin embargo, aquel libro parecía contener su propia
vida.
Mientras avanzaba en la lectura, pudo darse cuenta de que cada vez que abría el libro,
comenzaba a llover.
Con cada recuerdo releído, el cielo respondía
Primero eran lloviznas suaves, de las que humedecen los cristales, pero casi
imperceptibles. Seguía avanzando y el cielo respondía con una lluvia fina y continua que
duró horas hasta terminar rompiendo en una tormenta furiosa, truenos incluidos. Empezó
a notar que, a medida que los capítulos avanzaban, las emociones que el libro despertaba
en ella provocaban a su paso un clima más turbulento y tempestuoso.
El libro también reaccionaba. Sus páginas se humedecían de nuevo, como si absorbieran
el agua que se deslizaban por las ventanas de aquella buhardilla.
La tinta se desteñía lentamente ante sus ojos, como si la historia quisiera volverse ilegible
antes de que sus ojos pudieran volver a leerla.
Aún así, sentía que no podía parar.
A veces, lo cerraba con fuerza. Necesitaba darse una pausa, sentir que la vida seguía
existiendo fuera de esas páginas.
Bajaba entonces al salón para tumbarse un rato en su sofá. Se acurrucaba entre sus suaves
cojines o bien, se sentaba en su rincón de arte, donde canalizaba y soltaba desde sus
dedos y a través del pincel todas aquellas emociones y sensaciones que tras tiempo
sumergidas habían vuelto a emerger.
Abría las ventanas y, mirando al verde horizonte, respiraba.Cuando necesitaba regocijarse, jugaba a descubrir un universo diminuto o se entretenía
con la magia de la alquimia que hacía reaccionar a sus papilas gustativas. Creaba nuevas
sensaciones para su paladar y se embriagaba con nuevos aromas.
Pero entonces, se acordaba del libro que, seguía en aquella buhardilla. Su presencia era
algo que no podía explicar, algo que conectaba directamente con un compromiso interior.
No quería, no podía, dejarlo sin terminar de leerlo.
Y entonces volvía a subir.
Sabía que para algunos capítulos necesitaría chubasquero, botas y paraguas. Deseaba
dejar de tener miedo a la tormenta y permitirse empaparse entera. Dejarse mojar por las
gotas de lluvia embravecidas que emanaban de aquel libro, al mismo tiempo que sus
lágrimas recorrieran sus mejillas.
Capítulo tras capítulo experimentó todo tipo de precipitaciones y eventos meteorológicos.
El libro cada vez se humedecía más y la tinta desteñida dificultaba cada vez más su lectura.
Parecía que, a medida que pasaba sus hojas, el propio libro intentaba impedirle que
volviera a releer aquello que llevaba tiempo sin nombrarse.
Un día, al final del capítulo, se encontró algo nuevo.
Entre sus páginas se escondía una semilla. Pequeña, algo hinchada por la humedad, medio
germinada.
Al pasar la página no había nada escrito, ningún otro capítulo, ninguna frase final. Sólo esa
semilla. Parecía que había estado allí por mucho tiempo, esperando a que la descubriera.
La sostuvo entre sus dedos un buen rato, observándola, fantaseando sobre qué podría
germinar de aquella pequeña semilla. Luego, bajó al jardín.
Allí, justo en el centro de la parcela, cavó con sus manos desnudas un pequeño y profundo
agujero. Mientras, el cielo comenzó a oscurecerse. Sintió como una brisa con intenso
aroma a petricor penetró profundamente en su interior, haciendo bailar sus vibrisas.
Cuando terminó de cubrir la semilla con tierra, la primera gota cayó.
Después la segunda, luego la tercera. Al cabo de un par de minutos comenzó el gran diluvio.
La lluvia cayó de manera abundante durante toda la noche. Ella no quiso buscar refugio. Se
sentó junto al agujero recién cubierto y observó cómo el agua lo empapaba todo, incluida
ella.
Permaneció allí, calada hasta los huesos. El barro salpicaba su cuerpo entero que
temblaba más y más. La sensación de sentir la ropa manchada y pegada a su cuerpo era
muy desagradable. El ruido atronador retumbaba en sus oído, pero no tenía miedo, esta vez
no.Abrió los ojos, yacía entre sus mullidas y confortables mantas. La luz penetraba por la
ventana de su dormitorio con una claridad nueva. No recordaba en qué momento entró de
nuevo al cobijo de su hogar, pero su ropa aún estaba húmeda y sucia.
Se asomó a la ventana. Todo el jardín estaba cubierto de barro, hojas y charcos. Bajó las
escaleras con sus pies descalzos. Se acercó como pudo al lugar exacto en el que creía
recordar haber sembrado la semilla.
Y allí, entre el fango, un nuevo brote despuntaba.
Solitario. Verde. Frágil. Vivo.


Inclemencias quizá metereológicas (Carlos Lapeña)

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Categoría: La caja negra

Llovía. Llovía y llovía. La alegría de los primeros momentos dio paso a cierta sensación de hartazgo y a un evidente desasosiego cargado de indefensión, más tarde.

La ciudad se limpió, desde luego, pero de tan limpia empezó a cambiar. Era como si el agua se llevase no solo la mierda, sino el tiempo.

En las alcantarillas no empezaba el mar, sino el olvido.

Viejas pintadas afloraron en muros y fachadas, contra los extranjeros, los maricones, proclamando la ciudad zona nacional, cruces gamadas, puntos de mira… “Con la que está cayendo”, dijo Lucas, sin mucha gracia. “Ya te digo”, añadí yo.

Lo más llamativo ocurrió en la Calle del Empedrado.

La casa en ruinas de la derecha parecía rejuvenecer, se mostraba cada día más lustrosa y se hicieron visibles los colores y signos de su antigua época de esplendor. Rojo y azul, un yugo con flechas en haz, la inscripción: Fuerza Nueva.

“Pero ¿La lluvia es reaccionaria?”, pregunté para mostrar mi extrañeza, “¿riega y nutre las ideas neonazis en alza?, ¿abona el odio?”.

“¿No se supone que es purificadora?”, intervino Lucas.

No esperamos las respuestas, ni a que escampara, porque la casa cada día que pasaba se mostraba más nueva, como reconstruida, y nos daba miedo. No podía ser.

La intervención fue rápida y eficaz.

En tres noches redujimos a escombros la casa. En dos noches despejamos el solar. En una dejó de llover y la ciudad volvió a su rutina encharcada.

La recorrimos de cabo a rabo en busca de indicios insultantes, pero no encontramos ninguno. Entendimos, con cierto alborozo, que habíamos extirpado la matriz tumoral y nos felicitamos.

Ahora, si la ciudad duraba más limpia o aliviada o escarmentada se tendría que ver con el tiempo y sus inclemencias…



El año del diluvio (Carlos Gamarra)

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El año del diluvio

El cielo se rajó sin despedirse,
las nubes descendieron como un juicio,
no hubo señal de tregua ni presagio,
solo el temblor callado de los muros.

Las aguas se llevaron los relojes,
también la voz del árbol y del campo,
los nombres se disuelven en el barro,
y el eco ya no sabe a quién responde.

Un niño sin palabras ve la lluvia,
su rostro no pregunta ni recuerda,
en él caben la noche y la promesa,
como en un cuenco lleno de abandono.

Después del mar quedó solo la espera,
el barro moldeado por la ausencia,
y un sol que no calienta ni consuela,
testigo de un naufragio sin sentido.


Mi amigo invisible (Ismael Sesma)

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Tonejo fumaba en caladas cortas, reconcentradas, que metía muy dentro y dejaba escapar con la lástima del que se desprende de algo que cree poseer y quiere mantener cerca porque es valioso. Veo cómo fumamos; él serio, concentrado, mientras yo practico volutas divertido, alrededor de una mesa llena de botellines en las tardes interminables del principio del verano, cuando solo se escucha el ruido de los niños, las chicharras y el acelerón de alguna moto inoportuna; cuando el aire parece condensarse y adquirir una cualidad espesa y ligera, como la espuma que corona el vaso de cerveza.

Tonejo esboza historias falsas que yo escucho con silencio y recogimiento; en esas fábulas, barrocas y exageradas, de buenos y malos intercambiables, casi siempre aparece el rojo -de sangre, de carmín, rara vez de rosa roja- y suelen terminar bien. No como la vida, nos decíamos ya entonces. Nunca pontificaba, aunque hubiera podido hacerlo, leía con atención cualquier cosa que caía en sus manos, desde los libros que compraba y atesoraba, hasta los prospectos de las medicinas, que también atesoraba; era un hipocondríaco de manual. Solo alguna vez, animado por el alcohol y la charla colectiva, endurecía el tono y la mirada y se permitía decir: los cuatro jinetes del Apocalipsis son tres: egoísmo y codicia; todos le entendíamos. Amaba sus libros y sus vinilos por encima de su propia familia; los trataba con el afecto que se profesa a lo inaudito, era renuente a dejarlos salir de casa, había orillado alguna amistad por un libro prestado y no devuelto. Rememoro las caminatas en las tardes frías de otoño, a paso tranquilo, siguiendo un recorrido hipnótico por repetido, a ratos en silencio, como si el tiempo y el alrededor importaran poco, aislados y ensimismados en los propios pensamientos. Hasta que Tonejo se detiene y dice, yo retomo la marcha y apostillo, él se vuelve a detener y remacha, yo discrepo; como la seda hacendosa que encapsula la oruga, caminar y charlar se convierten en la única tarea importante hasta que volvemos al silencio. Silencio y charla, parada y marcha, el yin y el yan. Al despedirnos, se acercaba y me abrazaba despacio, con tiento, como regateando ese afecto que nos teníamos de largo y que era la envidia del resto del grupo. Cada mochuelo, a su olivo y hasta mañana, nos decíamos. Y era verdad, hasta que dejó de serlo. Tonejo murió aquel año que llovió tanto, que parecía que Noe y su arca estaban a punto de aparecer. Ahora, la paloma hubiera muerto a perdigonadas, fantaseo que me dice; yo asiento y seguimos el camino en silencio.


Y la sequía se hizo carne (Maite Martín-Camuñas)

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Categoría: La caja negra

Y la sequía se hizo carne
y descendió como reina de muerte,
con el sol por cetro
y la sed por corona.
Se enseñoreó de la tierra herida,
caminaba invicta,
altiva, inexorable,
montando orgullosa
sobre la espalda reseca
de la meseta agrietada.
Nadie pudo alzar espada contra ella.
Por años, la esperanza se volvió polvo,
los días, un incendio inmóvil,
las noches, un suspiro quebrado.
Pero llegó…
aquel mítico año,
el año en que tembló el destino,
en que el cielo por fin rompió su silencio.
Y llovió.
Oh, llovió.
Con furia de siglos contenidos,
con lágrimas de antiguos dioses,
con la voz profunda de la redención.
Y brotaron los árboles
como si despertaran de un sueño de piedra.
Los pantanos, antes calaveras de barro,
se vistieron de azules eternos.
Las flores estallaron
en una sinfonía de mil colores,
como si el mundo, al fin,
recordara cómo respirar.
Ese fue el año inmortalizado,
el año de las leyendas,
el glorioso,
el invencible…
Año del diluvio.


El año del diluvio (Rafael Toledo Díaz)

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Me cuenta Juan Pedro que hace unos días, después del diluvio, cuando atravesaba el puente sobre el arroyo Humanejos camino del hospital, percibió una especial e íntima sintonía con la naturaleza. Apasionado me relata que fue un momento singular pues acababa de amanecer y los rayos del sol iluminaban las verdes hojas de los chopos, fresnos y olmos, y las higueras se manifestaban frondosas, mientras percibía sonidos del aleteo y de los trinos de los pájaros entre las ramas. Además, por su cauce discurría un regato de agua casi transparente.

Me dice que aquel instante de armonía le distrajo la mente frente a la preocupación de una inminente prueba médica. Al final concluyó el relato alegando las bondades de esta lluviosa primavera con la recurrente frase de que “el agua es vida”.

Pero a pesar de los intensos chaparrones con que nos han obsequiado las generosas borrascas, utilizar la palabra diluvio me pareció excesivo, aunque debo reconocer que le brillaban los ojillos cuando me lo contaba.

No obstante, y a pesar de su énfasis, a mí la palabra diluvio, como tantas otras cuestiones, me retrotraen a la infancia y, sobre todo, a algunos episodios de la historia sagrada que aprendíamos en el colegio de manera ingenua.

Sin apenas esforzarme, me vino a la memoria Noé rescatando a toda la fauna en una enorme barcaza; padre de la humanidad y seguramente el primer ecologista, del que se dice que plantó el primer viñedo.

Fue a partir de aquel episodio cuando el cuervo empezó a tener mala prensa pues, después de varias idas y venidas, fue la paloma la que trajo la rama de olivo en el pico. Y así como el olivo, árbol milenario y de origen mediterráneo, sigue conservando su prestigio, la paloma y los valores que representa se han deteriorado.

Son aves que siempre han simbolizado al Espíritu Santo y el emblema de la paz, pero ahora, con el aumento de los conflictos armados o la excesiva e incontrolada reproducción como animal urbano y contaminante, son plaga y apenas gozan de consideración.

Hace unos días y a través de la tele hemos vuelto a ver imágenes de la fumata del cónclave para elegir un nuevo Papa. Y allí, sobre el tejado de la Capilla Sixtina, en lugar de palomas, las protagonistas junto a la famosa chimenea han sido las gaviotas; bien es verdad que permanecían ajenas, indiferentes o ignorantes ante las supuestas influencias del misterio, palmípedas que simbolizan la libertad y que ahora, lejos del mar, buscan comida en los vertederos de las grandes urbes.

También en las antiguas escrituras y, volviendo al líquido elemento, tenemos a Moisés que, según dicen, su nombre significa salvado de las aguas. Un líder que separó las aguas del mar Rojo para que los israelitas lo atravesasen en busca de la tierra prometida.

Resultan impresionantes las escenas que el cine de Hollywood nos proporciona en esos largometrajes en cinemascope y tecnicolor que nos reponían cada Semana Santa o en Navidades.

Sorprende ver la enorme barcaza de Noé repleta de animales a la deriva dando tumbos en medio de la tempestad; o el desfiladero de paredes acuosas por donde discurrían las tribus de Israel acaudillados por Moisés empuñando su báculo o cayado. Ni inteligencia artificial ni nada, pura técnica de efectos especiales que nos dejaban pegados a la butaca del cine, estupefactos y boquiabiertos ante la grandiosidad de las imágenes.

Supongo que en algún momento tendré que contarle a mi nieta estas viejas leyendas tan fantásticas como imposibles. Si bien iré tratando de explicarle poco a poco las metáforas que existen en estos relatos bíblicos para que trate de entender.

Lo que no resulta fantástico, sino cada día más evidente, son los efectos del cambio climático. Es cierto que siempre hubo grandes periodos de sequía a los que sucedían algunos años generosos en lluvia, siempre menos, pero que aliviaban la sed de los campos. Ahora, los fenómenos se suceden con más rapidez y más extremos, y esas precipitaciones suelen ser a destiempo y muy localizadas o torrenciales generando catástrofe y tragedias.

No tendré que echar mano de la fantasía para contarle a la pequeña que los ríos de mi tierra son como arañazos en la llanura. Que apenas discurren, que son regueros intermitentes y sus cauces permanecen secos durante el estío. Pero que también ellos, tras el diluvio, el aguacero y la tormenta, son capaces de generar riadas y tragedias en algunas ocasiones.

Sus cauces se reconocen por las norias, por los cañizales y otras plantas que necesitan humedad, aunque cada vez existe menos vegetación de ribera en sus márgenes.

Supongo que tendré que hacer un esfuerzo de memoria para contarle que, alguna vez, entre el cerro de San Cristóbal, más conocido como el cerro de San Blas y el de la Cocinilla discurrió la Cañada del Alamillo, que tan buenos recuerdos me trae, tantos, que estoy deseando que sea mayor para explicarle mis tardes de juegos y meriendas para poder contrastar su infancia con la mía.

Arroyo Humanejos

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