Desde hace tiempo, aquella buhardilla necesitaba que, una vez más, ella volviera a abrir sus puertas. Había pasado tanto tiempo, que el polvo se había acumulado más de la cuenta. Los trastos viejos y los de nueva incorporación habían ocupado ya el espacio de paso y casi ni se podía entrar.
Era el momento de volver a pasar, decidir qué va a seguir guardando y de qué decide deshacerse. Era el momento de recolocar todo para dejar algo de espacio libre. Allí, entre cajas y otros enseres, encontró un libro viejo, de tapas blandas y oscuras, con marcas de humedad en los bordes. Intrigada, comenzó a leerlo. Poco a poco, comenzó a notar ciertas similitudes. Los nombres, escenas y recuerdos le transportaban hacía un lugar que, ella ya había visitado. Momentos que ya había experimentado. Sensaciones que ya antes había sentido. No recordaba haberlo escrito pero, sin embargo, aquel libro parecía contener su propia vida. Mientras avanzaba en la lectura, pudo darse cuenta de que cada vez que abría el libro, comenzaba a llover. Con cada recuerdo releído, el cielo respondía Primero eran lloviznas suaves, de las que humedecen los cristales, pero casi imperceptibles. Seguía avanzando y el cielo respondía con una lluvia fina y continua que duró horas hasta terminar rompiendo en una tormenta furiosa, truenos incluidos. Empezó a notar que, a medida que los capítulos avanzaban, las emociones que el libro despertaba en ella provocaban a su paso un clima más turbulento y tempestuoso. El libro también reaccionaba. Sus páginas se humedecían de nuevo, como si absorbieran el agua que se deslizaban por las ventanas de aquella buhardilla. La tinta se desteñía lentamente ante sus ojos, como si la historia quisiera volverse ilegible antes de que sus ojos pudieran volver a leerla. Aún así, sentía que no podía parar. A veces, lo cerraba con fuerza. Necesitaba darse una pausa, sentir que la vida seguía existiendo fuera de esas páginas. Bajaba entonces al salón para tumbarse un rato en su sofá. Se acurrucaba entre sus suaves cojines o bien, se sentaba en su rincón de arte, donde canalizaba y soltaba desde sus dedos y a través del pincel todas aquellas emociones y sensaciones que tras tiempo sumergidas habían vuelto a emerger. Abría las ventanas y, mirando al verde horizonte, respiraba.Cuando necesitaba regocijarse, jugaba a descubrir un universo diminuto o se entretenía con la magia de la alquimia que hacía reaccionar a sus papilas gustativas. Creaba nuevas sensaciones para su paladar y se embriagaba con nuevos aromas. Pero entonces, se acordaba del libro que, seguía en aquella buhardilla. Su presencia era algo que no podía explicar, algo que conectaba directamente con un compromiso interior. No quería, no podía, dejarlo sin terminar de leerlo. Y entonces volvía a subir. Sabía que para algunos capítulos necesitaría chubasquero, botas y paraguas. Deseaba dejar de tener miedo a la tormenta y permitirse empaparse entera. Dejarse mojar por las gotas de lluvia embravecidas que emanaban de aquel libro, al mismo tiempo que sus lágrimas recorrieran sus mejillas. Capítulo tras capítulo experimentó todo tipo de precipitaciones y eventos meteorológicos. El libro cada vez se humedecía más y la tinta desteñida dificultaba cada vez más su lectura. Parecía que, a medida que pasaba sus hojas, el propio libro intentaba impedirle que volviera a releer aquello que llevaba tiempo sin nombrarse. Un día, al final del capítulo, se encontró algo nuevo. Entre sus páginas se escondía una semilla. Pequeña, algo hinchada por la humedad, medio germinada. Al pasar la página no había nada escrito, ningún otro capítulo, ninguna frase final. Sólo esa semilla. Parecía que había estado allí por mucho tiempo, esperando a que la descubriera. La sostuvo entre sus dedos un buen rato, observándola, fantaseando sobre qué podría germinar de aquella pequeña semilla. Luego, bajó al jardín. Allí, justo en el centro de la parcela, cavó con sus manos desnudas un pequeño y profundo agujero. Mientras, el cielo comenzó a oscurecerse. Sintió como una brisa con intenso aroma a petricor penetró profundamente en su interior, haciendo bailar sus vibrisas. Cuando terminó de cubrir la semilla con tierra, la primera gota cayó. Después la segunda, luego la tercera. Al cabo de un par de minutos comenzó el gran diluvio. La lluvia cayó de manera abundante durante toda la noche. Ella no quiso buscar refugio. Se sentó junto al agujero recién cubierto y observó cómo el agua lo empapaba todo, incluida ella. Permaneció allí, calada hasta los huesos. El barro salpicaba su cuerpo entero que temblaba más y más. La sensación de sentir la ropa manchada y pegada a su cuerpo era muy desagradable. El ruido atronador retumbaba en sus oído, pero no tenía miedo, esta vez no.Abrió los ojos, yacía entre sus mullidas y confortables mantas. La luz penetraba por la ventana de su dormitorio con una claridad nueva. No recordaba en qué momento entró de nuevo al cobijo de su hogar, pero su ropa aún estaba húmeda y sucia. Se asomó a la ventana. Todo el jardín estaba cubierto de barro, hojas y charcos. Bajó las escaleras con sus pies descalzos. Se acercó como pudo al lugar exacto en el que creía recordar haber sembrado la semilla. Y allí, entre el fango, un nuevo brote despuntaba. Solitario. Verde. Frágil. Vivo.
Llovía. Llovía y llovía. La alegría de los primeros momentos dio paso a cierta sensación de hartazgo y a un evidente desasosiego cargado de indefensión, más tarde.
La ciudad se limpió, desde luego, pero de tan limpia empezó a cambiar. Era como si el agua se llevase no solo la mierda, sino el tiempo.
En las alcantarillas no empezaba el mar, sino el olvido.
Viejas pintadas afloraron en muros y fachadas, contra los extranjeros, los maricones, proclamando la ciudad zona nacional, cruces gamadas, puntos de mira… “Con la que está cayendo”, dijo Lucas, sin mucha gracia. “Ya te digo”, añadí yo.
Lo más llamativo ocurrió en la Calle del Empedrado.
La casa en ruinas de la derecha parecía rejuvenecer, se mostraba cada día más lustrosa y se hicieron visibles los colores y signos de su antigua época de esplendor. Rojo y azul, un yugo con flechas en haz, la inscripción: Fuerza Nueva.
“Pero ¿La lluvia es reaccionaria?”, pregunté para mostrar mi extrañeza, “¿riega y nutre las ideas neonazis en alza?, ¿abona el odio?”.
“¿No se supone que es purificadora?”, intervino Lucas.
No esperamos las respuestas, ni a que escampara, porque la casa cada día que pasaba se mostraba más nueva, como reconstruida, y nos daba miedo. No podía ser.
La intervención fue rápida y eficaz.
En tres noches redujimos a escombros la casa. En dos noches despejamos el solar. En una dejó de llover y la ciudad volvió a su rutina encharcada.
La recorrimos de cabo a rabo en busca de indicios insultantes, pero no encontramos ninguno. Entendimos, con cierto alborozo, que habíamos extirpado la matriz tumoral y nos felicitamos.
Ahora, si la ciudad duraba más limpia o aliviada o escarmentada se tendría que ver con el tiempo y sus inclemencias…
Tonejo fumaba en caladas cortas, reconcentradas, que metía muy dentro y dejaba escapar con la lástima del que se desprende de algo que cree poseer y quiere mantener cerca porque es valioso. Veo cómo fumamos; él serio, concentrado, mientras yo practico volutas divertido, alrededor de una mesa llena de botellines en las tardes interminables del principio del verano, cuando solo se escucha el ruido de los niños, las chicharras y el acelerón de alguna moto inoportuna; cuando el aire parece condensarse y adquirir una cualidad espesa y ligera, como la espuma que corona el vaso de cerveza.
Tonejo esboza historias falsas que yo escucho con silencio y recogimiento; en esas fábulas, barrocas y exageradas, de buenos y malos intercambiables, casi siempre aparece el rojo -de sangre, de carmín, rara vez de rosa roja- y suelen terminar bien. No como la vida, nos decíamos ya entonces. Nunca pontificaba, aunque hubiera podido hacerlo, leía con atención cualquier cosa que caía en sus manos, desde los libros que compraba y atesoraba, hasta los prospectos de las medicinas, que también atesoraba; era un hipocondríaco de manual. Solo alguna vez, animado por el alcohol y la charla colectiva, endurecía el tono y la mirada y se permitía decir: los cuatro jinetes del Apocalipsis son tres: egoísmo y codicia; todos le entendíamos. Amaba sus libros y sus vinilos por encima de su propia familia; los trataba con el afecto que se profesa a lo inaudito, era renuente a dejarlos salir de casa, había orillado alguna amistad por un libro prestado y no devuelto. Rememoro las caminatas en las tardes frías de otoño, a paso tranquilo, siguiendo un recorrido hipnótico por repetido, a ratos en silencio, como si el tiempo y el alrededor importaran poco, aislados y ensimismados en los propios pensamientos. Hasta que Tonejo se detiene y dice, yo retomo la marcha y apostillo, él se vuelve a detener y remacha, yo discrepo; como la seda hacendosa que encapsula la oruga, caminar y charlar se convierten en la única tarea importante hasta que volvemos al silencio. Silencio y charla, parada y marcha, el yin y el yan. Al despedirnos, se acercaba y me abrazaba despacio, con tiento, como regateando ese afecto que nos teníamos de largo y que era la envidia del resto del grupo. Cada mochuelo, a su olivo y hasta mañana, nos decíamos. Y era verdad, hasta que dejó de serlo. Tonejo murió aquel año que llovió tanto, que parecía que Noe y su arca estaban a punto de aparecer. Ahora, la paloma hubiera muerto a perdigonadas, fantaseo que me dice; yo asiento y seguimos el camino en silencio.
Y la sequía se hizo carne y descendió como reina de muerte, con el sol por cetro y la sed por corona. Se enseñoreó de la tierra herida, caminaba invicta, altiva, inexorable, montando orgullosa sobre la espalda reseca de la meseta agrietada. Nadie pudo alzar espada contra ella. Por años, la esperanza se volvió polvo, los días, un incendio inmóvil, las noches, un suspiro quebrado. Pero llegó… aquel mítico año, el año en que tembló el destino, en que el cielo por fin rompió su silencio. Y llovió. Oh, llovió. Con furia de siglos contenidos, con lágrimas de antiguos dioses, con la voz profunda de la redención. Y brotaron los árboles como si despertaran de un sueño de piedra. Los pantanos, antes calaveras de barro, se vistieron de azules eternos. Las flores estallaron en una sinfonía de mil colores, como si el mundo, al fin, recordara cómo respirar. Ese fue el año inmortalizado, el año de las leyendas, el glorioso, el invencible… Año del diluvio.
Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestra web. Si sigues utilizando este sitio asumiremos que estás de acuerdo.Vale