Archivo por meses: junio 2025

Adiós (Carlos Gamarra)

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Categoría: La caja negra

Nos vamos despidiendo en voz muy baja, como quien se retira de un paisaje que amó sin condiciones ni promesas y al que no espera nunca regresar.

Aquí quedó la huella de los días, la tinta compartida en cada encuentro, los sueños que tejimos con palabras y el fuego que encendía las miradas.

No es duelo ni derrota lo que duele, es ver cómo se apagan los instantes, cerrar sin ceremonias la palabra y oír cómo el silencio nos separa.

A quienes nos leyeron y creyeron, gracias por acompañar esta aventura. Hoy cerramos las páginas del grupo, mas no el amor que dimos al crear.


El año del diluvio (Sandra García Arias)

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Categoría: La caja negra

Desde hace tiempo, aquella buhardilla necesitaba que, una vez más, ella volviera a abrir
sus puertas. Había pasado tanto tiempo, que el polvo se había acumulado más de la
cuenta.
Los trastos viejos y los de nueva incorporación habían ocupado ya el espacio de paso y casi
ni se podía entrar.


Era el momento de volver a pasar, decidir qué va a seguir guardando y de qué decide
deshacerse. Era el momento de recolocar todo para dejar algo de espacio libre.
Allí, entre cajas y otros enseres, encontró un libro viejo, de tapas blandas y oscuras, con
marcas de humedad en los bordes.
Intrigada, comenzó a leerlo. Poco a poco, comenzó a notar ciertas similitudes. Los
nombres, escenas y recuerdos le transportaban hacía un lugar que, ella ya había visitado.
Momentos que ya había experimentado. Sensaciones que ya antes había sentido.
No recordaba haberlo escrito pero, sin embargo, aquel libro parecía contener su propia
vida.
Mientras avanzaba en la lectura, pudo darse cuenta de que cada vez que abría el libro,
comenzaba a llover.
Con cada recuerdo releído, el cielo respondía
Primero eran lloviznas suaves, de las que humedecen los cristales, pero casi
imperceptibles. Seguía avanzando y el cielo respondía con una lluvia fina y continua que
duró horas hasta terminar rompiendo en una tormenta furiosa, truenos incluidos. Empezó
a notar que, a medida que los capítulos avanzaban, las emociones que el libro despertaba
en ella provocaban a su paso un clima más turbulento y tempestuoso.
El libro también reaccionaba. Sus páginas se humedecían de nuevo, como si absorbieran
el agua que se deslizaban por las ventanas de aquella buhardilla.
La tinta se desteñía lentamente ante sus ojos, como si la historia quisiera volverse ilegible
antes de que sus ojos pudieran volver a leerla.
Aún así, sentía que no podía parar.
A veces, lo cerraba con fuerza. Necesitaba darse una pausa, sentir que la vida seguía
existiendo fuera de esas páginas.
Bajaba entonces al salón para tumbarse un rato en su sofá. Se acurrucaba entre sus suaves
cojines o bien, se sentaba en su rincón de arte, donde canalizaba y soltaba desde sus
dedos y a través del pincel todas aquellas emociones y sensaciones que tras tiempo
sumergidas habían vuelto a emerger.
Abría las ventanas y, mirando al verde horizonte, respiraba.Cuando necesitaba regocijarse, jugaba a descubrir un universo diminuto o se entretenía
con la magia de la alquimia que hacía reaccionar a sus papilas gustativas. Creaba nuevas
sensaciones para su paladar y se embriagaba con nuevos aromas.
Pero entonces, se acordaba del libro que, seguía en aquella buhardilla. Su presencia era
algo que no podía explicar, algo que conectaba directamente con un compromiso interior.
No quería, no podía, dejarlo sin terminar de leerlo.
Y entonces volvía a subir.
Sabía que para algunos capítulos necesitaría chubasquero, botas y paraguas. Deseaba
dejar de tener miedo a la tormenta y permitirse empaparse entera. Dejarse mojar por las
gotas de lluvia embravecidas que emanaban de aquel libro, al mismo tiempo que sus
lágrimas recorrieran sus mejillas.
Capítulo tras capítulo experimentó todo tipo de precipitaciones y eventos meteorológicos.
El libro cada vez se humedecía más y la tinta desteñida dificultaba cada vez más su lectura.
Parecía que, a medida que pasaba sus hojas, el propio libro intentaba impedirle que
volviera a releer aquello que llevaba tiempo sin nombrarse.
Un día, al final del capítulo, se encontró algo nuevo.
Entre sus páginas se escondía una semilla. Pequeña, algo hinchada por la humedad, medio
germinada.
Al pasar la página no había nada escrito, ningún otro capítulo, ninguna frase final. Sólo esa
semilla. Parecía que había estado allí por mucho tiempo, esperando a que la descubriera.
La sostuvo entre sus dedos un buen rato, observándola, fantaseando sobre qué podría
germinar de aquella pequeña semilla. Luego, bajó al jardín.
Allí, justo en el centro de la parcela, cavó con sus manos desnudas un pequeño y profundo
agujero. Mientras, el cielo comenzó a oscurecerse. Sintió como una brisa con intenso
aroma a petricor penetró profundamente en su interior, haciendo bailar sus vibrisas.
Cuando terminó de cubrir la semilla con tierra, la primera gota cayó.
Después la segunda, luego la tercera. Al cabo de un par de minutos comenzó el gran diluvio.
La lluvia cayó de manera abundante durante toda la noche. Ella no quiso buscar refugio. Se
sentó junto al agujero recién cubierto y observó cómo el agua lo empapaba todo, incluida
ella.
Permaneció allí, calada hasta los huesos. El barro salpicaba su cuerpo entero que
temblaba más y más. La sensación de sentir la ropa manchada y pegada a su cuerpo era
muy desagradable. El ruido atronador retumbaba en sus oído, pero no tenía miedo, esta vez
no.Abrió los ojos, yacía entre sus mullidas y confortables mantas. La luz penetraba por la
ventana de su dormitorio con una claridad nueva. No recordaba en qué momento entró de
nuevo al cobijo de su hogar, pero su ropa aún estaba húmeda y sucia.
Se asomó a la ventana. Todo el jardín estaba cubierto de barro, hojas y charcos. Bajó las
escaleras con sus pies descalzos. Se acercó como pudo al lugar exacto en el que creía
recordar haber sembrado la semilla.
Y allí, entre el fango, un nuevo brote despuntaba.
Solitario. Verde. Frágil. Vivo.


Inclemencias quizá metereológicas (Carlos Lapeña)

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Categoría: La caja negra

Llovía. Llovía y llovía. La alegría de los primeros momentos dio paso a cierta sensación de hartazgo y a un evidente desasosiego cargado de indefensión, más tarde.

La ciudad se limpió, desde luego, pero de tan limpia empezó a cambiar. Era como si el agua se llevase no solo la mierda, sino el tiempo.

En las alcantarillas no empezaba el mar, sino el olvido.

Viejas pintadas afloraron en muros y fachadas, contra los extranjeros, los maricones, proclamando la ciudad zona nacional, cruces gamadas, puntos de mira… “Con la que está cayendo”, dijo Lucas, sin mucha gracia. “Ya te digo”, añadí yo.

Lo más llamativo ocurrió en la Calle del Empedrado.

La casa en ruinas de la derecha parecía rejuvenecer, se mostraba cada día más lustrosa y se hicieron visibles los colores y signos de su antigua época de esplendor. Rojo y azul, un yugo con flechas en haz, la inscripción: Fuerza Nueva.

“Pero ¿La lluvia es reaccionaria?”, pregunté para mostrar mi extrañeza, “¿riega y nutre las ideas neonazis en alza?, ¿abona el odio?”.

“¿No se supone que es purificadora?”, intervino Lucas.

No esperamos las respuestas, ni a que escampara, porque la casa cada día que pasaba se mostraba más nueva, como reconstruida, y nos daba miedo. No podía ser.

La intervención fue rápida y eficaz.

En tres noches redujimos a escombros la casa. En dos noches despejamos el solar. En una dejó de llover y la ciudad volvió a su rutina encharcada.

La recorrimos de cabo a rabo en busca de indicios insultantes, pero no encontramos ninguno. Entendimos, con cierto alborozo, que habíamos extirpado la matriz tumoral y nos felicitamos.

Ahora, si la ciudad duraba más limpia o aliviada o escarmentada se tendría que ver con el tiempo y sus inclemencias…



El año del diluvio (Carlos Gamarra)

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Categoría: La caja negra

El año del diluvio

El cielo se rajó sin despedirse,
las nubes descendieron como un juicio,
no hubo señal de tregua ni presagio,
solo el temblor callado de los muros.

Las aguas se llevaron los relojes,
también la voz del árbol y del campo,
los nombres se disuelven en el barro,
y el eco ya no sabe a quién responde.

Un niño sin palabras ve la lluvia,
su rostro no pregunta ni recuerda,
en él caben la noche y la promesa,
como en un cuenco lleno de abandono.

Después del mar quedó solo la espera,
el barro moldeado por la ausencia,
y un sol que no calienta ni consuela,
testigo de un naufragio sin sentido.


Mi amigo invisible (Ismael Sesma)

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Categoría: La caja negra

Tonejo fumaba en caladas cortas, reconcentradas, que metía muy dentro y dejaba escapar con la lástima del que se desprende de algo que cree poseer y quiere mantener cerca porque es valioso. Veo cómo fumamos; él serio, concentrado, mientras yo practico volutas divertido, alrededor de una mesa llena de botellines en las tardes interminables del principio del verano, cuando solo se escucha el ruido de los niños, las chicharras y el acelerón de alguna moto inoportuna; cuando el aire parece condensarse y adquirir una cualidad espesa y ligera, como la espuma que corona el vaso de cerveza.

Tonejo esboza historias falsas que yo escucho con silencio y recogimiento; en esas fábulas, barrocas y exageradas, de buenos y malos intercambiables, casi siempre aparece el rojo -de sangre, de carmín, rara vez de rosa roja- y suelen terminar bien. No como la vida, nos decíamos ya entonces. Nunca pontificaba, aunque hubiera podido hacerlo, leía con atención cualquier cosa que caía en sus manos, desde los libros que compraba y atesoraba, hasta los prospectos de las medicinas, que también atesoraba; era un hipocondríaco de manual. Solo alguna vez, animado por el alcohol y la charla colectiva, endurecía el tono y la mirada y se permitía decir: los cuatro jinetes del Apocalipsis son tres: egoísmo y codicia; todos le entendíamos. Amaba sus libros y sus vinilos por encima de su propia familia; los trataba con el afecto que se profesa a lo inaudito, era renuente a dejarlos salir de casa, había orillado alguna amistad por un libro prestado y no devuelto. Rememoro las caminatas en las tardes frías de otoño, a paso tranquilo, siguiendo un recorrido hipnótico por repetido, a ratos en silencio, como si el tiempo y el alrededor importaran poco, aislados y ensimismados en los propios pensamientos. Hasta que Tonejo se detiene y dice, yo retomo la marcha y apostillo, él se vuelve a detener y remacha, yo discrepo; como la seda hacendosa que encapsula la oruga, caminar y charlar se convierten en la única tarea importante hasta que volvemos al silencio. Silencio y charla, parada y marcha, el yin y el yan. Al despedirnos, se acercaba y me abrazaba despacio, con tiento, como regateando ese afecto que nos teníamos de largo y que era la envidia del resto del grupo. Cada mochuelo, a su olivo y hasta mañana, nos decíamos. Y era verdad, hasta que dejó de serlo. Tonejo murió aquel año que llovió tanto, que parecía que Noe y su arca estaban a punto de aparecer. Ahora, la paloma hubiera muerto a perdigonadas, fantaseo que me dice; yo asiento y seguimos el camino en silencio.


Y la sequía se hizo carne (Maite Martín-Camuñas)

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Categoría: La caja negra

Y la sequía se hizo carne
y descendió como reina de muerte,
con el sol por cetro
y la sed por corona.
Se enseñoreó de la tierra herida,
caminaba invicta,
altiva, inexorable,
montando orgullosa
sobre la espalda reseca
de la meseta agrietada.
Nadie pudo alzar espada contra ella.
Por años, la esperanza se volvió polvo,
los días, un incendio inmóvil,
las noches, un suspiro quebrado.
Pero llegó…
aquel mítico año,
el año en que tembló el destino,
en que el cielo por fin rompió su silencio.
Y llovió.
Oh, llovió.
Con furia de siglos contenidos,
con lágrimas de antiguos dioses,
con la voz profunda de la redención.
Y brotaron los árboles
como si despertaran de un sueño de piedra.
Los pantanos, antes calaveras de barro,
se vistieron de azules eternos.
Las flores estallaron
en una sinfonía de mil colores,
como si el mundo, al fin,
recordara cómo respirar.
Ese fue el año inmortalizado,
el año de las leyendas,
el glorioso,
el invencible…
Año del diluvio.


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