Archivo por meses: mayo 2025

El año del diluvio (Rafael Toledo Díaz)

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Categoría: La caja negra

Me cuenta Juan Pedro que hace unos días, después del diluvio, cuando atravesaba el puente sobre el arroyo Humanejos camino del hospital, percibió una especial e íntima sintonía con la naturaleza. Apasionado me relata que fue un momento singular pues acababa de amanecer y los rayos del sol iluminaban las verdes hojas de los chopos, fresnos y olmos, y las higueras se manifestaban frondosas, mientras percibía sonidos del aleteo y de los trinos de los pájaros entre las ramas. Además, por su cauce discurría un regato de agua casi transparente.

Me dice que aquel instante de armonía le distrajo la mente frente a la preocupación de una inminente prueba médica. Al final concluyó el relato alegando las bondades de esta lluviosa primavera con la recurrente frase de que “el agua es vida”.

Pero a pesar de los intensos chaparrones con que nos han obsequiado las generosas borrascas, utilizar la palabra diluvio me pareció excesivo, aunque debo reconocer que le brillaban los ojillos cuando me lo contaba.

No obstante, y a pesar de su énfasis, a mí la palabra diluvio, como tantas otras cuestiones, me retrotraen a la infancia y, sobre todo, a algunos episodios de la historia sagrada que aprendíamos en el colegio de manera ingenua.

Sin apenas esforzarme, me vino a la memoria Noé rescatando a toda la fauna en una enorme barcaza; padre de la humanidad y seguramente el primer ecologista, del que se dice que plantó el primer viñedo.

Fue a partir de aquel episodio cuando el cuervo empezó a tener mala prensa pues, después de varias idas y venidas, fue la paloma la que trajo la rama de olivo en el pico. Y así como el olivo, árbol milenario y de origen mediterráneo, sigue conservando su prestigio, la paloma y los valores que representa se han deteriorado.

Son aves que siempre han simbolizado al Espíritu Santo y el emblema de la paz, pero ahora, con el aumento de los conflictos armados o la excesiva e incontrolada reproducción como animal urbano y contaminante, son plaga y apenas gozan de consideración.

Hace unos días y a través de la tele hemos vuelto a ver imágenes de la fumata del cónclave para elegir un nuevo Papa. Y allí, sobre el tejado de la Capilla Sixtina, en lugar de palomas, las protagonistas junto a la famosa chimenea han sido las gaviotas; bien es verdad que permanecían ajenas, indiferentes o ignorantes ante las supuestas influencias del misterio, palmípedas que simbolizan la libertad y que ahora, lejos del mar, buscan comida en los vertederos de las grandes urbes.

También en las antiguas escrituras y, volviendo al líquido elemento, tenemos a Moisés que, según dicen, su nombre significa salvado de las aguas. Un líder que separó las aguas del mar Rojo para que los israelitas lo atravesasen en busca de la tierra prometida.

Resultan impresionantes las escenas que el cine de Hollywood nos proporciona en esos largometrajes en cinemascope y tecnicolor que nos reponían cada Semana Santa o en Navidades.

Sorprende ver la enorme barcaza de Noé repleta de animales a la deriva dando tumbos en medio de la tempestad; o el desfiladero de paredes acuosas por donde discurrían las tribus de Israel acaudillados por Moisés empuñando su báculo o cayado. Ni inteligencia artificial ni nada, pura técnica de efectos especiales que nos dejaban pegados a la butaca del cine, estupefactos y boquiabiertos ante la grandiosidad de las imágenes.

Supongo que en algún momento tendré que contarle a mi nieta estas viejas leyendas tan fantásticas como imposibles. Si bien iré tratando de explicarle poco a poco las metáforas que existen en estos relatos bíblicos para que trate de entender.

Lo que no resulta fantástico, sino cada día más evidente, son los efectos del cambio climático. Es cierto que siempre hubo grandes periodos de sequía a los que sucedían algunos años generosos en lluvia, siempre menos, pero que aliviaban la sed de los campos. Ahora, los fenómenos se suceden con más rapidez y más extremos, y esas precipitaciones suelen ser a destiempo y muy localizadas o torrenciales generando catástrofe y tragedias.

No tendré que echar mano de la fantasía para contarle a la pequeña que los ríos de mi tierra son como arañazos en la llanura. Que apenas discurren, que son regueros intermitentes y sus cauces permanecen secos durante el estío. Pero que también ellos, tras el diluvio, el aguacero y la tormenta, son capaces de generar riadas y tragedias en algunas ocasiones.

Sus cauces se reconocen por las norias, por los cañizales y otras plantas que necesitan humedad, aunque cada vez existe menos vegetación de ribera en sus márgenes.

Supongo que tendré que hacer un esfuerzo de memoria para contarle que, alguna vez, entre el cerro de San Cristóbal, más conocido como el cerro de San Blas y el de la Cocinilla discurrió la Cañada del Alamillo, que tan buenos recuerdos me trae, tantos, que estoy deseando que sea mayor para explicarle mis tardes de juegos y meriendas para poder contrastar su infancia con la mía.

Arroyo Humanejos

Sin título (Sandra García Arias)

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Categoría: La caja negra

Decidió dar un giro de ciento ochenta grados a su vida.
Se acabaron los ultraprocesados. Leería las etiquetas y se prometió cocinar con lo que la generación de su abuela hubiera reconocido como comida real.
Dormiría ocho horas, o más si el cuerpo era lo que así le pedía, sin pantallas dos horas antes de acostarse, sin café después de la cena y con la luz cálida que recordaba a las fogatas con las que nuestros ancestros alumbraban y mantenían el calor en sus refugios.
Se movería, se estiraría, entrenaría la fuerza y caminaría bajo el sol y no debajo de los fluorescentes de la oficina.
Prometió no responder ni un correo más fuera de su horario laboral, ni responder el teléfono cada vez que sonara ni volver a tener tendinitis en el dedo por scrollear por tiempo indefinido.
Visualizó su salud mental como si de un jardín sereno se tratase. Con menos ruido estridente, menos culpa, más pausas y más momentos con eco donde el respirar se sintiera como un soplo de aire fresco y no un esfuerzo por seguir manteniéndose en pie.
Imaginó un lugar donde se rodease de personas cuyos vínculos aportan luz y enriquecen su vida en lugar de cargar con más piedras su mochila.
Pensó su plan mientras pedía comida rápida, revisaba las polémicas que se habían creado en los chats de grupos del móvil en la cama y programaba la alarma para dormir un total de seis horas.
Suspiró y murmuró con convicción hacia sí mismo.
—Bueno…pero hoy no. Mañana.


Abandono ausente (Maite Martín-Camuñas)

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Categoría: La caja negra

En la cima del abandono,
la mente se rinde a un sueño plomizo,
una dicha tibia, casi febril, en el sopor
de esta inercia que invita a delirar
con la imagen inmóvil del cristal,
empañado y distante.
Tu piel, apenas un eco lejano en el aire,
deja su olor suspendido,
un recuerdo marchito,
mientras las caricias de tus manos
se disuelven, olvidadas, desvanecidas,
en aquel rincón donde la sombra respira,
pesada y eterna.
Todo sigue ahí,
grabado a fuego lento en los ojos del alma,
como un fuego tenue,
casi extinto, en la brisa
de un amanecer que ya no recuerda
su nombre ni su hora,
ni el calor de su abrazo.
Y yo, demasiado lenta,
demasiado tarde, varada en la orilla del tiempo,dejando que la pereza me impida
buscar tu huella
en el fondo del mar,
donde el olvido es insondable.

Campesinos perezosos, Abraham Bloemaert.

Como si bebiera (Carmen Paredes)

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Categoría: La caja negra

Como si bebiera

en largos tragos

pócimas de no sé qué

calcino gran parte del día

con recorridos viscosos

tomo aire

exhalo y evaporo

esta sed tan rara
des
   pe
     re
       za
         da.

arrojo por la escalera

letargos y vacíos

Se enciende la imaginación
y otra vez su punzada


El noble arte de no hacer (Carlos Sánchez Pérez)

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Categoría: La caja negra

El mundo ruge, insiste, y yo respiro,
mi chihuaua ronca sueños en mi vientre.
Hoy salvo el universo desde el sofá,
he huido del reloj como un cobarde.

He conquistado el reino del bostezo,
he negociado treguas con el cielo.
Mis planes para hoy: mirar la nada
y quizá acariciar un par de nubes.

El tiempo pasa lento, y sosegado,
y yo me disuelvo en la pereza.
Qué importa si el planeta sigue en marcha,
yo he encontrado un sofá que me comprende.

Ser sabio es aceptar que no hace falta
correr detrás de cosas que se escapan.
La gloria está en dejar que pase el día

sin más batalla que alcanzar el mando.


Ahora se llama procrastinar (Ismael Sesma)

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Categoría: La caja negra

Procrastinar, palabra de moda. Según la RAE, viene del latín procrastinare: aplazar, posponer o diferir. Retrasar los quehaceres, vaya. Antes hablábamos de pereza; entonces los mayores entonaban la salmodia de la pereza a la primera de cambio; se ve que había que estar siempre en marcha, aunque no se conociese el camino a seguir, ni el final del viaje. Pereza se asociaba con ser un gandul, casi siempre como insulto, aunque la gandulería se observase a veces con alguna simpatía racial; para gustos, los colores.

Contra pereza, diligencia, proclamaba el catecismo que manejábamos, tan presente como las flores a María en el Mayo florido, el frío en los inviernos de Madrid y las ganas de comer jamón de York o yogures sin estar enfermo. El catecismo, digo, el libro más leído y celebrado, obligatorio para formar ciudadanos de bien, cargados de valores en el pecho henchido, orientados cara al sol y en danza por rutas imperiales para cumplir el destino que por clase tocaba. De El Quijote, si había suerte, te hacían leer algunos pasajes en el colegio en castellano antiguo; quizás para que aborrecieses la lectura. Malpensado, siempre.

Cada vez que escuchaba diligencia al señor cura en clase de Religión, de forma invariable mi imaginación me llevaba a la que salía en la película de John Ford, o cualquiera de aquellas que asaltaban los indios o los forajidos en las películas del oeste que celebraba en el cine Capri, con mi padre, o en las matinales de los salesianos, después de cantar aquello de ‘como brotes de olivo en torno a tu mesa, señor’ y echar algún rezo como justiprecio para entrar a la proyección. Diligencias, persecuciones, disparos, flechas, alguna dama aterrada y varios blancos malafeitados de pañuelo al cuello y gatillo fácil, dispuestos a acabar con aquellos desharrapados. Aquella sí que era una vida interesante, peligrosa pero interesante, pensaba yo al verlos, no como la nuestra, que el mayor peligro era que te atropellase el trolebús y para eso había que ser un poco tonto o andar muy despistado. Es lo que le pasó a Jandro, un vecino nuestro algo mayor, que salió disparado desde el patio adoquinado de una casa contigua detrás de su balón de reglamento, no lo vio venir y lo atropelló; se empotró contra el trolebús, que hubo algún pasajero que bajó con ganas de echarle la bronca al gracioso que había golpeado el vehículo y se encontró con el panorama de Jandro inmóvil como un pajarito. Entonces, un balón de reglamento era un deseo universal; todos lo habíamos soñado, los veíamos en las tiendas, algunos incluso lo habíamos tenido en las manos, era un tesoro solo al alcance de los hijos de las familias más pudientes. Pudiente, otra palaba para el descabello.

Jandro era el hijo de los porteros de una casa próxima; sus padres se llamaban Alejandro y Alejandra y en el barrio los conocíamos como los Alejandros, claro. Iban juntos a todos lados, cuando el profesor de Ciencias hablaba de los insectos sociales, yo pensaba en los Alejandros; no por insectos, sino por sociales. Según decían los documentales, los insectos sociales son organizaciones complejas en las que cada individuo tiene su misión, que cumple con diligencia. En sincronía, como los Alejandros, vaya.

De las pocas cosas que Jandro hacía sin sus padres, aparte de ir al colegio, la principal era jugar al fútbol con aquel balón de reglamento. Lo había heredado de Arturo, el primogénito de los del principal primero derecha de su casa. La familia de Arturo no era como las nuestras, baste decir que Arturo tenía criada y su edificio, ascensor y calefacción. La familia de Arturo se mudó a un sitio que decían era una ciudad residencial y solo se llegaba en coche propio o en un autobús directo. Al cambiarse de casa, Arturo, con su mejor intención, le regaló el balón a Jandro; el balón que acabó con su vida.

Según decían los mayores, la familia de Arturo se pudo trasladar a un barrio mejor porque su padre, aparte de fumarse unos puros que yo solo había visto en las películas del oeste, era un trabajador incansable, odiaba a los gandules y la ociosidad, nunca procrastinaba en apretar a sus empleados, alargarles los horarios o regatearles alguna gratificación. Un empresario diligente, en suma, de aquellos de calzado a medida, sastre de confianza, donativo en el cestillo de la misa dominical, suscripción al ABC, jamón de York y huevo hilado en la mesa. Un triunfador, vaya. El resto éramos como los indios de aquellas películas.


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