Archivo por meses: abril 2025

La pereza y sus sinónimos (Rafael Toledo Díaz)

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Categoría: La caja negra

En estos días de una lluviosa y destemplada primavera las musas están indolentes, desaparecidas o se las lleva el viento. Por eso, ante el reto propuesto por mis compañeros del Globosonda y la ausencia de ideas, se me ocurrió solicitar ayuda a mi amiga Irene.

Ella es una persona sensata, discreta, juiciosa y prudente, aunque si me apuran, un poco reservada, sin embargo, reconozco que te desarma con un abrazo. Pero por todos los condicionantes referidos desistí al momento y, además, sospecho que no tiene tiempo para fruslerías y, tras el arrebato inicial, definitivamente abandoné el empeño.

Pero no me resigno, y aunque me da reparo recurrir a Ramona, creo que mi vecina, a pesar de su frivolidad, puede sacarme del atolladero. Porque ella es más locuela, dicharachera, desenfadada y algo cotilla. Vamos, la antítesis de Irene, pero como tampoco pretendo escribir un ensayo, con un par de ocurrencias que me sugiera quizás pueda salir del apuro. Por otra parte, seguro que dispone de más tiempo.

Como es habitual, nos hemos citado en el bar del Mercadito para tomarnos un café. Y así, aprovechando que ya hemos pedido, le digo por lo bajinis que me sugiera ideas sobre pereza.

Ramona se muestra sorprendida y me dice que ella no sabe mucho de música y no le gusta mucho ese cantante flaco que siempre lleva sombrero y barba y que presume de ser amigo de Sabina. No, no, le digo, la cosa no va de Leiva y su pasado con Pereza, me refiero a la pereza como pecado capital.

Jolines chico, me dice, me habías asustado. Aunque no sé qué decirte pues como todo está tan secularizado, esto de los pecados ya no se lleva y, aunque esté incluido entre los capitales como pone en el catecismo, la cosa no creo que sea para tanto; y me aclara, no te diría lo mismo sobre la envidia.

Sin embargo, Ramona acepta el reto y la noto que busca alguna historia o chascarrillo tratando de ayudarme. Ella, que también es manchega y de un pueblo cercano al mío, comparte tradiciones, costumbres y conductas más propias del pasado siglo.

Mira, a ver si te sirve esto que te voy a contar: De pequeña nunca entendí que a muchos varones de mi entorno le disculpasen ciertos comportamientos malsanos solo porque fuesen capaces de llevar un sueldo a casa. Podías ser un golfo, pendenciero o borracho, pero lo que no se perdonaba es que fueses un vago o poco trabajador. Vamos, un gandul de toda la vida. Todo se disculpaba si al final del mes o la semana entregabas el salario a la parienta.

Sin embargo, no había la misma condescendencia con las mujeres, porque a pesar de ser hacendosa y decente, a poco que salieses a comprar el pan desaliñada, con la bata guateada y los rulos, o no habías barrido la puerta a primera hora, enseguida eras el cotilleo del barrio y te tildaban de guarra. Vamos, que siempre me ha indignado ese comportamiento tan machista e intransigente como injusto. Menos mal que hemos evolucionado, al menos por estos lares donde todos somos más anónimos.

Asiento, y le comento que tiene toda la razón, que esa fea costumbre también la he conocido en aquellos años y nunca la entendí ni la acepté por maniática y parcial.

El razonamiento de Ramona es oportuno e interesante, pero le sugiero que continuemos con otros sinónimos de pereza para ver si puedo ampliar el punto de vista. Y así, apurando el café, le comento que me preocupan la desidia, la dejadez y la apatía social que nos envuelve últimamente, sobre todo a nivel reivindicativo.

Le cuento que, si mal no recuerdo, la última gran manifestación en nuestra ciudad fue cuando demandábamos la construcción de un hospital, y ya ha llovido desde entonces. También le aclaro a Ramona que el propósito y la planificación de la reivindicación estuvo liderado principalmente por los dirigentes locales, eso sí, arropados por las entidades sociales de la villa. En fin, que los vecinos solo tuvimos que poner las pancartas en los balcones, asistir a las concentraciones y agitar las banderolas en la Puerta del Sol.

Apurando la taza, ambos compartimos la idea de que poco a poco nos han ido desactivando o desmovilizando socialmente, y que ya apenas nos queda espíritu crítico y los pocos que aún perseveran son mayores y están al borde de la desgana. Mira si no las últimas convocatorias para exigir una sanidad o educación pública de calidad, apenas cuatro gatos y eso que nos va el futuro en ello.

No obstante, y para relajar el tema, le refiero a mi vecina que, aunque “descuido” también equivale a pereza según el diccionario, no estoy muy de acuerdo, porque un despiste lo puede tener cualquiera, a no ser que esa distracción sea intencionada.

Despidiéndonos hacemos bromas sobre el asunto y ella me dice que le dan pereza muchas cosas, pero sobre todo ponerse a planchar. Yo le cuento que mi asignatura pendiente es quitar el polvo cada día, que en eso mi santa es muy maniática y siempre está dándome la brasa.

Espero haberte ayudado, me dice. Asiento con la cabeza y le aseguro que al menos tengo para rellenar una página y media. Y, por favor, no te olvides recalcar que evitamos enfrentarnos a tanta arbitrariedad refugiándonos en la apatía, en la desidia y la dejadez. Ramona enfatiza que eso es más lamentable y desolador que la desgana personal o doméstica.

Salimos a la calle y compruebo que otra vez vuelve a llover, menos mal que esta primavera no es perezosa en lluvias, que luego el verano se hace eterno y, ante el calor y la galbana, uno no tiene ganas de nada, ni siquiera de escribir.

Dibujo de Carmen Marcos Guardiola

Los aranceles y tal… (Maite Martín-Camuñas)

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Categoría: La caja negra

En la Casa Blanca, con ceño fruncido,

Trump declara la guerra, con ego encendido.

“¡Aranceles!”, exclama, con voz de trueno,

“¡Que los vinos foráneos, paguen su veneno!”.

Pero, ¡oh, ironía!, su despensa está vacía,

ni un solo huevo encuentra, ¡qué triste agonía!

Los huevos americanos, han desaparecido,

y Trump, desesperado, se siente frustrado.

“¡Europa!”, exclama, con súplica fingida,

“¡Envíenme huevos, mi alma abatida!”.

Los huevos europeos, con su porte elegante,

y acento afrancesado

se burlan del líder, con risa resonante.

“¡Aranceles!”, le gritan, con voz burlona,

“¡Pague el doble, señor, o se queda sin yema!”.

Trump, con el rostro rojo, de rabia y sudor,

paga el precio exigido, ¡qué amarga lección!

Y así, en la tierra del Tío Sam, una historia se cuenta,

un líder sin huevos, que al mundo atormenta.

Con aranceles y huevos, una extraña ironía,

que deja a todos perplejos, con una sonrisa.


HIPÉRBOLE FINAL SOBREIMPRESA EN BILLETE DE UN DÓLAR (Carlos Lapeña)

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Categoría: La caja negra

Un día, las tarifas oficiales determinantes de los derechos a pagar por los productos y servicios importados se dispararon. Y fue el principio del fin del principio del fin del pri… Primero fue un gobierno, luego otro, después otro. Todos. De repente, todo se encareció tanto que no hubo compras. No hubo ventas. Se pidió, primero. Se robó, después. Se arrebató. Se mató, por fin. Hubo alianzas. Y miedos. Se alzaron más muros. Se abrieron más zanjas. Se minaron más campos. No hubo ya Este y Oeste. Norte y Sur. Hubo amigos y enemigos. Enemigos. Muchos enemigos. Todos los enemigos. Solo yo me fío de mí. Solo yo me fío. Solo yo. Solo. Yo. Millones de solos. Millones de yoes. Una sola idea. La verdad. La vida. Subsistir. Todo vale para subsistir. Para sobrevivir. Supervivir. Hasta la contradicción. Hasta la aniquilación. El olvido… Y de repente, un día, la semilla. De pronto el germen. Y renacer. Revivir. Repetir. Ser capital. Ser mercado. Ser.


Ni tan mal (Ismael Sesma)

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Categoría: La caja negra

Ramona se empeñó en adoptar un gato; decía que quería otra presencia viva en casa. Dice: Además, he leído que las mascotas aumentan la inmunidad de sus dueños y favorecen su convivencia.

Fuimos a la protectora y elegimos uno de cara simpática, que parecía pintado en blanco y negro a brochazos. Ramona se empeñó en llamarlo Aranceles.

Digo: Aranceles no es nombre de animal y además es un plural.

Dice: Tu madre se llamaba Ángeles y solo era una; tocapelotas, pero una.

Pienso: Ya te encargabas tú de sacar lo peor de mi madre. Pero no digo nada.

Al principio, Aranceles se escondía cuando yo aparecía en el salón y solía elegir para sestear una pieza de la casa distinta a la que yo ocupara. Con el tiempo, su comportamiento cambió y llegó un momento en que me lo encontraba a cada paso que daba: de hecho, en ocasiones me parecía que había más de un gato en casa.

No me equivocaba, Aranceles se había desdoblado. Tuve dudas hasta que una mañana le vi reflejado en el espejo de la habitación, al tiempo que estaba subido en mi cama. Aranceles Uno estaba conmigo, viendo cómo me vestía, mientras que Aranceles Dos cruzaba el pasillo para entrar en la cocina, donde se escuchaba canturrear a Ramona.

Desde entonces, pasé a observar la realidad que se me ofrecía desde el espejo. No me sorprendió demasiado ver que su reflejo me devolvía a otro yo de mí mismo; digamos Manolo Dos, que mientras yo estaba en la habitación ocupaba el resto de la casa como si fuese suya.

Convivimos los cinco juntos pero no revueltos durante algún tiempo, hasta que una noche me quedé en el salón viendo la tele. Ramona se acostó.

Dice: Estoy cansada, ahí te quedas. Buenas noches.

Digo: Hasta mañana. Que descanses.

Al rato me pareció escuchar ruidos y me asomé a la habitación. Ramona estaba dormida y todo era silencio. Azorado, recoloqué el espejo contra la cama y la habitación se llenó de jadeos, susurros y algún grito. Desde el otro lado, Ramona y Manolo Dos protagonizaban una escena de sexo desacomplejado y jovial, con la que deseé identificarme, aunque tenía poco que ver conmigo.

Pienso: Quizás cuando Ramona habló de tener otra presencia en casa se refería a esto. La realidad se ha escindido y Ramona ha decidido quedarse con Manolo Dos. No se lo reprocho, en el sexo no hay comparación. Y luego: Quizás Ramona puso al gato un nombre plural para que la realidad se desdoblase; quizás estaba cansada de nuestra vida prosaica y ha encontrado el mecanismo en algún libro de divulgación que tanto le gustan.

Aquella noche dormí en la habitación de los invitados. Soñé con una cadena de montaje en la que se apilaban Aranceles y Manolos a la espera de ser embalados y distribuidos. Cuando desperté, Ramona no estaba.

Pienso: Decir que Ramona no está es quedarme muy corto; en casa no hay nada de ella, ni siquiera su olor.

Desde entonces, Aranceles Uno y yo vivimos solos. He alquilado la habitación de los invitados a una productora de porno. Pagan muy bien y en ocasiones me dejan estar en los rodajes; otro ejemplo de realidad alternativa, como Ramona y Manolo Dos al otro lado.

En cuanto puedo, desplazo el espejo por toda la casa y los observo a su través. Ramona cada vez está más guapa y Manolo Dos parece un marido cariñoso, atento y un atleta sexual, como muchos de los trabajadores del porno que actúan en la habitación de los invitados. Aranceles Dos asoma alguna vez, me mira como si me viese, y me ignora.

Tengo la idea recurrente de sacrificar a Uno (ahora le llamo así, por acortar), para ver si así se recompone la realidad y Ramona y yo volvemos al estado anterior; la echo de menos. Pero no me decido.

Pienso: Si volviésemos atrás, quizás sería yo el amortizado.

Me imagino a Uno muerto y yo perdiendo consistencia, hasta diluirme en el vacío. Y razono que, en realidad, a este lado tampoco estamos tan mal.


Aranceles (Carlos Gamarra)

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Categoría: La caja negra

Por las fronteras cruzan las ideas,
pero el metal se queda en los umbrales,
una barrera impone su silencio
y pone precio al aire respirado.

No es libre el mar si pesan las aduanas,
ni canta el trigo bajo reglamento,
ni vuela el arte sin sellos ni cifras,
ni sueña el vino fuera de su tierra.

Se alza el papel con cifras invisibles,
más fuerte que el acero y las espadas;
una balanza dicta su sentencia
y un puerto calla bajo su tarifa.

Los aranceles no frenan el paso,
tan solo lo retardan con preguntas,
y al otro lado, el mismo sol resiste,
espera que lo dejen ser moneda.

Los barcos llegan con contenedores llenos,
mercancías que cruzan océanos vastos.
En cada puerto, una tarifa se impone,
coste adicional dictado por leyes.

Naciones establecen estas reglas,
pretenden regular el flujo de bienes.
Un arancel que puede alterar precios,
impactando mercados y producción local.

Debates se intensifican en salas de gobierno,
se busca proteger industrias nacionales.
Economías intentan encontrar equilibrio,
entre abrirse al mundo o cerrar sus filas.

Los efectos se sienten en tiendas y hogares,
donde el costo de vida se puede elevar.
Así, cada país maneja su estrategia,
navegando la economía global con cautela.



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