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Heroica (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

…mira, cariño, no solo los bandidos ocultan parte de su rostro tras un pañuelo, ni el pañuelo se utiliza solo para atracar diligencias y bancos, también lo llevan los vaqueros para protegerse del polvo que levanta el ganado, acuérdate… Pues también los médicos utilizan la mascarilla como pañuelo, y los enfermeros, las enfermeras, las personas prudentes y responsables, para protegerse y protegernos… En realidad, la mascarilla es más parecida al antifaz del héroe que al pañuelo de las películas. Es como el reverso del antifaz, como su complementario… Te lo explico. El antifaz oculta la mitad superior del rostro y la mascarilla, la mitad inferior. Ambos ocultan la identidad y ambos se utilizan para hacer el bien, como héroes anónimos… Aunque, si me apuras, la mascarilla es mejor, porque solo con llevarla ya estamos salvando a alguien, y oculta mejor la identidad, ¿no crees? Y el gesto… A que no adivinas si me estoy riendo… ¿Lo ves? Ahora tú, venga… Nada, imposible, lo disimulas muy bien, cariño. Y fíjate en la cantidad de colores y de dibujos que pueden tener. Son mucho más divertidas que los antifaces… Menos el de Batman, de acuerdo… Y el del Capitán América, pero el de los cómics, con las alitas blancas a los lados, sí. Creo que las mascarillas ocultan más héroes que los antifaces, ¿no te parece? No se necesita más superpoder que el de ponérsela. ¿Crees que exagero? Bueno, tú dirás el esfuerzo que te supone llevarla tanto tiempo, lo que sientes al ponértela cada día, y al quitártela en casa, lo que ves en los demás, en mamá, en mí, en los abuelos… ¿No te sientes un héroe en cierto modo? Pues yo creo que sí… ¿Te estás riendo ahora? ¡Vaya, me has vuelto a engañar! Mira, ya hemos llegado. ¿Has visto lo chula que es la que lleva tu profe? Seguro que le ha costado más… Jajaj, claro, seguro que ha sido “más carilla”, te has acordado, qué ocurrencia la de tu madre, jajaj… Nos vemos luego… Si te reconozco, claro… ¡Ah! ¡Te has reído, lo sé!… Hasta luego, hijo, te quiero…


Debate en el parque (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Rodeada por mis amigos, mantenemos una distendida charla sobre el porqué de los castigos y la intensidad de los mismos. Si acaso son castigos o no lo son. En algo estamos todos de acuerdo, los bozales son un invento horrible para someternos a tortura cuando hacemos algo malo a los ojos de los humanos.

Habla en este momento un dogo (presa) canario; es marrón con rayas negras, sus ojos almendrados de un negro acerado, te miran intensamente, su cara parece enfadada, pero la intensidad y dulzura de su mirada dicen todo lo contrario. De pecho imponente y porte distinguido; su trufa negra parece un bombón dulce en medio de su aspecto agresivo. Refuerza su aspecto guerrero, las orejillas recortadas y enhiestas siempre moviéndose cual radar en busca de peligros.

Habla el dogo de su experiencia con los castigos.

–A mí -dice-, me ponen el bozal porque soy muy peligroso y si muerdo una presa, hasta que no arranco el trozo no paro y la gente me tiene miedo por ese motivo y así llevo el bozal de castigo en todos mis paseos. Los demás contertulios, instintivamente, damos un precavido paso atrás con ese temor de poder ser esa hipotética presa.

Tras él, toma la palabra un whippet negro con grandes manchas blancas, sus cuatro patas son blancas y pareciera que lleva puestos unos calcetines, se le ve nervioso, como danzando sobre sus cuatro largas y delgadas extremidades. Su figura es estilizada, casi rayando en la delgadez extrema, donde se marcan todas sus costillas y los huesos de la pelvis, pero el brillo de su pelo negro, demuestra que mantiene una alimentación adecuada. Su afilado hocico parece que vibra al tomar la palabra.

Parece asustada, pues se trata de una preciosa hembra, y pronta a salir corriendo, con esas nervudas patas larguísimas, aunque siempre parece que quiera huir de un posible cielo que se la puede caer encima.

–A mí me ponen el bozal porque persigo al gato y temen que le muerda. ¡Al gato! ¡Quien me hace la vida imposible con sus fuertes bufidos y sus afiladas uñas!

Un King Charles Cavalier Spaniel hembra, de pelaje tricolor da un paso majestuoso al frente, con esas bellas y etéreas plumas de suave pelo destacando de sus cuatro extremidades, sus largas orejas negras como guedejas recién peinadas y su larga cola elevada al viento con su jopo ondeando como una bandera.

-A mí, me ponen el bozal porque muerdo los tobillos de las personas de uniforme. Aborrezco los uniformes. ¡Son tan vulgares!

Un pincher muy pequeñito, de color marrón y negro, con sus lindas orejillas en alto y su cola apuntando al cielo toma la palabra:

-A mí, me lo coloca mi humana para que no me coma las cacas humanas del parque, pero ¡son tan deliciosas las heces de hombre!

Seguimos debatiendo sobre el mismo tema y dando cada uno su propia opinión, sin llegar a ninguna parte. Nos quedamos, al fin, todos callados y de repente, la bóxer marrón, de orejas largas y rabo cortado con la punta, como una canica negra y brillante, que siempre se sienta sobre las patas traseras (me dijeron que era porque de chiquitina, la cortaron mal en rabo y sufrió mucho por ello, aunque sus actuales humanos la cuidaron con mucho mimo, por eso se acostumbró a sentarse evitando el dolor) da un paso adelante y con la tranquilidad que la caracteriza su vejez, mira hacia arriba y comenta:

– ¿Entonces todos estos? -con un gesto de su hocico nos señala a los humanos y humanas que nos acompañan siempre y que son parte de nuestras familias– ¿Qué habrán hecho tan malo, para que a toda su especie, les hayan puesto los bozales al mismo tiempo? ¿Qué será eso tan atroz? Aunque, ellos no lo llaman bozal, lo llaman en su jerga, +carillas.



La cita prohibida (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Quedaron en un lugar oscuro, alejado de toda circulación. Un parque, entre unos arbustos, sobre la alfombra otoñal de fragmento olvidado y mal cuidado de césped, no era una opción válida. Llevaban siglos cerrados al tránsito, como urnas de Museo, escondiendo en su interior valiosos objetos inalcanzables y preciosos. La ciudad se había convertido en un coto privado para los policías de balcón, siempre alerta, buscando culpables, borrando cualquier vestigio de insubordinación. Los locales oscuros se habían transformado en trasteros, almacenes de dramas pasados y arañas. Se les había condenado al olvido. El interior de las casas era objeto de espionaje constante. Las cámaras de los móviles, televisores, ordenadores, alarmas, con sus radares antivirus, eran capaces de detectar el riesgo y la irresponsabilidad debajo de cualquier felpudo.

No quedaba otra que saltarse el toque de queda, desconfinar el miedo y salir a la calle. Aún a riesgo de ser capturados. Un joven o una joven, solos en mitad de la ciudad, eran, sin duda, sospechosos de algo. La juventud siempre lo era. Pero la razón que les movía era más fuerte que todo el miedo del mundo.

Alcanzó la calle más céntrica. Las farolas, cabizbajas, eran focos en plena noche. Se guardó de ellas. Igual que un caco a media noche, esos de los viejos cómics de la infancia, se deslizó furtivo a través de la oscuridad, cambiando antifaz por mascarilla. Algunas sirenas rompieron el mullido silencio de la noche, pero aún quedaban lejos de su lugar de encuentro. ¿Dónde esconderse cuando la ciudad es balcón y cámara? ¿Dónde cavar la trinchera para amarse con valor en mitad de la noche pandémica del mundo? Hasta ahora lo habían conseguido a distancia. La “generación online”, como se les llamaba, habían aprendido a vivir a través de la red. Estudiar a través de la red, trabajar a través de la red, colaborar a través de la red, jugar a través de la red, comunicarse a través de la red, follar a través de la red… ¡Maldita red que había conseguido enredarlo todo en sus redes!

El punto de encuentro no era más que un árbol. Uno viejo y abandonado en mitad de la ciudad que recordó mientras ella le preguntaba por un lugar apartado para verse a cara a cara por primera vez. El árbol de morera del que tantas veces arrancó hojas para sus gusanos, su pequeña granja de vida, ahora iba a servirle para cometer uno de los actos más subversivos que podían llevarse a cabo desde que el cronista Pedro Marín hubiera puesto en circulación sus estudios sobre la relación del contacto físico con la incidencia de transmisión del virus, posteriormente avalado también por el doctor Carlos Lapeña.

Ella ya había llegado. Estaba apoyada en el tronco, como una venus recién retratada. Y le esperaba a él. Al verlo llegar contuvo el deseo, pero no pudo evitar contraer cada uno de los músculos de su cuerpo. Iban a verse en persona por primera vez, algo que ya nadie hacía. Él se acercó y dejó que le inundara la sombra del árbol bajo la sombra de la noche bajo la sombra del momento de la historia más oscura. Triplemente ocultos. Ambos se aproximaron y se miraron fijamente. Temblaban. Los ojos parecían más grandes, quizás más comunicativos, capaces de entenderse entre ellos. Por eso supieron lo que no habían acordado, pero que ambos habían tenido en las cabezas desde que decidieron romper la cuarentena. Se retiraron las mascarillas y cometieron el delito más penado: un beso.


Mutación tras la evolución (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

La evolución contenida de que hablaba el cronista Pedro Marín sufrió una rápida mutación en aquel municipio del sur. No sólo orejas, ojos y nariz habían evolucionado hacia una anatomía profiláctica, podríamos decir que “mascarilliforme”, de la que hablaba el autor, sino que también la boca había desarrollado una membrana filtrante retráctil, formada por millones de filamentos que constituían una tupida barrera, insalvable para las micropartículas de polvo, polen, aerosoles, virus… Cumplidora con las especificaciones UNE 0064 y 0065, sin duda, y reconocida como producto sanitario en el sentido de la Directiva 93/42 y del Reglamento UE / 2017/745, y como equipo de protección individual en el sentido del Reglamento UE / 2016/425, entre otras normativas nacionales e internacionales.

La membrana se desplegaba a conciencia en las situaciones pertinentes y se replegaba para permitir la ingesta de alimentos sin problema. Pero los besos… Los besos no estaban dispuestos a existir o no existir en función de las circunstancias, el peligro o la prudencia de cada cual. Los besos querían ser y estar permanentemente, en potencia y en acto, aristotélicos perdidos, y buscaron otros modos de darse, como el agua busca –y encuentra siempre– el modo de fluir. Y aparecieron bocas y lenguas, incluso pequeños dientes, en codos y en frentes, en pechos y en manos, en los sexos mismos, para el deleite de los cuerpos y la elevación de los espíritus.


Mascarillas o divertimento (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Porque no sé exactamente cómo titular este excéntrico y extraño texto que me ha venido a la mente, y es que no me lo ponen fácil mis compañeros del Globo Sonda cuando proponen un tema; éstos se creen que somos como los raperos que improvisan letras cuando se ponen a cantar.

Bueno, lo intentaremos. Empezaré diciendo que desde hace tiempo observo que, a medida que sumo años, tengo más dudas que certezas. Además debo añadir que me he vuelto un desconfiado, y también noto cómo aumenta mi desinterés sobre muchas cuestiones que me deberían importar.

Esas dudas que me surgen también cuestionan mi precaria fe. Si me acojo a la expresión popular de que la cara es el espejo del alma, el dilema se agrava aún más desde que llevo media cara tapada. Me sonrío pensando que ahora sólo tengo media alma, y esa mitad sigue siendo insegura y poco fiable. Si además me acojo a la copla en relación a los ojos, tampoco ando muy cierto: ojos verdes son traidores, azules son mentirosos, y añado que de los negros y acastañados tampoco termino de fiarme.

A pesar de lo que dicen y aconsejan, la mascarilla no me va bien, pero no, no me tilden de negacionista, que sólo quiero manifestar algunos reparos nimios sobre su uso.

Aparte del agobio, del olvido o de que no se me reconozca la voz, la telita de marras apenas me deja al descubierto las patas de gallo y mi incipiente alopecia. Ya ven, un desastre que, unido a la rareza del ambiente y el anuncio del otoño, me viene fatal para el estado de ánimo.

Aclaro, sin embargo, que sobre el atuendo no soy presumido, así que en ningún momento he tratado de comprarme mascarillas de colores o tuneadas, pero he visto en la calle a personajes que llevan este complemento obligatorio a juego con la ropa que lucen para la ocasión. Los supongo frente al espejo comparando la corbata con la mascarilla, dudando si les viene bien el color o el estampado de la tela que cubrirá la boca y la nariz, qué horror, qué pérdida de tiempo, qué tontería. Pero algunos y algunas lo hacen, e incluso seguro que hay un estudio de marketing sobre este comportamiento y de sus posibilidades para el consumo, porque ya todo es negocio o está en función de él.

Reconozco que algunas veces el uso de la tela que oculta mi rostro me viene de perlas, tanto para pasar desapercibido, como para ignorar a quien no me interesa. Si alguien me recrimina por no saludar, ya tengo preparada la respuesta: Uy, perdona, si no te había reconocido, como llevas la mascarilla... Bueno, confieso que alguna vez me puedo despistar, pero son las menos, cuando lo hago es adrede, porque soy muy observador.

Esto de la mascarilla forma parte del camuflaje urbano, porque, debemos reconocerlo, siempre queremos ocultar algo para no dar demasiada información al prójimo. En eso yo soy un desastre, siempre me tiene que avisar mi santa, ella que tiene esa fina intuición femenina me dice: “opina sobre tiempo, no hables demasiado que lo cuentas todo, que das demasiadas explicaciones hasta en lo que escribes”.

Y lleva toda la razón, no es bueno exhibirse demasiado. Cuento demasiado, pero a la vez transijo en exceso. Pero así nos va a muchos, toleramos y consentimos tanto que algunos avispados consiguen beneficios sobre nuestra amable conducta, ¿políticos acaso? Bueno no sean tan mal pensados, que seguro que hay muchos más gremios que también se aprovechan de nuestra paciencia y moderación.

Mascarilla es un vocablo tan empleado en esta época que podía ser elegida como la palabra del año, seguro que por su reiteración es una buena candidata. No hay más que escuchar los informativos, la discusión sobre la mascarilla sale a cada instante y, ocupa tanto tiempo en los noticieros, que le hace la competencia a la información política.

Vean si no, frente a términos como coalición, gobierno, oposición, partidos, presupuestos, leyes, democracia, querellas, decretos, corrupciones, portavoces, jueces, senadores o diputados…, frente a esta demostración de vocabulario está ahora la mascarilla. Y lo hace desarrollando todas sus posibilidades de funciones y modelos.

A nadie nos suena extraño que la mascarilla nos protege del virus, previene el contagio y que su uso es obligatorio en muchísimos espacios y lugares. Las hay con filtro, de tela, lavables, quirúrgicas, higiénicas, de barrera y, algunas, hasta con bandera incluida. También hay modelos de diferentes tipos y normalizados, como las FFP con diversa numeración que parecen una serie de electrodomésticos en función de su protección medioambiental.

Entre la política y la pandemia, escuchar a mediodía tanta información tan aparente como tan vacua, en lugar de producirme interés, me lleva a un sopor que me induce al sueño.

Y es que lo reconozco, tengo que mirarme esto de las dudas y la falta de interés. A ver si tengo que tomar alguna pastilla, quizás necesite tragar algún mejunje que, aunque no pueda curarme, al menos me alivie esta apatía. Porque estoy del coronavirus hasta la mascarilla, perdón, hasta la coronilla. Y esto me preocupa también un poco, porque esa parte de mi cabeza empieza a estar peligrosamente despoblada y no sé cómo protegerla. Bueno, pensándolo bien, llega el otoño y ya tengo por ahí preparado el sombrero que, aunque no me protege del maldito virus, siempre me sirve para disimular la presumible calvicie.


Evolución contenida (Pedro Marín)

Categoría: La caja negra

Por alguna extraña circunstancia, el proceso de transformación se dio a una velocidad del todo inusual.

Primero fue la parte posterior de las orejas. Ahora una piel gruesa y algo resbaladiza permitía que se deslizaran las cuerdas o gomas evitando heridas y rozaduras.

La nariz, ansiosa por abandonar la protección de ese recubrimiento adicional, creó unas membranas permeables compuestas por un tejido esponjoso que actuaba de filtro.

En el entorno de los ojos se desarrollaron una serie de músculos que favorecían la gesticulación, consiguiendo así una mayor expresividad en la parte superior del rostro que compensaba la parte que quedaba cubierta por la mascarilla.

Una prominencia suave y blandita, con una acumulación de terminaciones nerviosas apareció en el exterior del codo.

Desarrollamos una capacidad de valoración perimetral, casi milimétrica, que nos permitía en todo momento calcular la distancia a un posible sujeto de riesgo.

En las manos, el contacto con cualquier sustancia infecciosa, provocaba una reacción inmediata que consistía en un picor intenso, que desaparecía una vez eliminado, bien por la acción de un hidrogel o de un lavado jabonoso.

Sin embargo, ningún cambio se produjo en la boca. Labios y lengua mantuvieron su constitución original. Era necesario que los besos se mantuvieran intactos.


Cloaca de ballena (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El interminable tubo transita implacable la oscuridad como moderno estómago de ballena. Contiene menos aire que humanidad. Se dirige al fin del día ensombrecido por la penumbra matinal. Las ventanas ofrecen un fantasmagórico espectáculo, la transición hacia la mañana, como un atajo hacia la tarde que nunca llega. Quién pudiera regresar a casa, ya. El vagón alberga una multitud somnolienta de cuerpos enmascarados apilada de pie. Les falta el aire, supuran cansancio en señal de protesta a través de sus axilas alzadas, a pesar de las horas, a pesar de la ducha y el café aguado de súper de extrarradio.

Cata observa las nubes teñidas de morado y piensa en subida de salarios que nunca llega. No vino a este país para vivir peor que en la aldeíta, pesebre de moscas. Un telón oscurece aún más la mañana. Acaban de llegar a la estación, tan tarde como de costumbre. El estómago de la ballena regurgita ansiedad y miedo. Cata sale a la vía, aún tiene que coger un autobús y caminar dos kilómetros antes de llegar a su destino. La señora se enfada si llega tarde. La mascarilla abriga, pero no da de comer.

El interior del vehículo parece la entraña de otro animal herido y la pesadumbre diaria es su alimento. Se tapan la boca, no por no hablar, sino por costumbre. El virus mata, pero la bilis almacenada en las tripas en los días del miedo no se silencia con telas, sólo se enmascara, y no tardará en traspasar el umbral de los colmillos. Cata lo sabe, siente su amargor en las manos, repletas de costras a causa del desinfectante y la lejía, a pesar de los guantes. La señora cree poder controlar la enfermedad y la suciedad en su casa a costa de la piel de las manos de Cata. Es el precio de vivir en el sur. De pronto ve un autobús en sentido contrario. Su mirada se cruza un instante entre las cabezas de los pasajeros con la del conductor. Va vacío a esas horas. La homeostasis de la ciudad se produce sólo en una dirección en función de las horas. Cata se siente sangre fresca en tránsito al corazón. A la vuelta, ese cuerpecillo desvalido suyo requerirá diálisis. La manilla de su reloj parece hecha de plumas. Llegará tarde y puede que se lo descuenten del sueldo. Ya puede despedirse Mario, su hijo, del móvil. Tendrá que esperar al próximo mes. Pero no se lo dirá hasta el sábado, que es cuando le ve. Se marcha de casa antes de que se levante y, cuando regresa, ya se ha encerrado en su cuarto hasta el día siguiente. Últimamente ha engordado. Puede que haya dejado de ir al instituto. En cuanto llegue a la casa, le llamará para despertarlo.

Consigue emerger de la bestia cinco minutos antes de su hora. Si se apura, en diez o quince a lo sumo estará en la casa. Puede que no la regañen mucho. El sol aún no ha salido, pero la claridad ya ha empezado a desvelar la longitud de las sombras. Cata las teme como a nada en este mundo. Ella apenas proyecta sus rencores, pero una ligera mancha asoma ahí abajo a sus pies como un retazo de rebeldía incontenible.

La señora tiene prisa, hoy le toca visita a la madre aparcada en la residencia, por lo que posterga la bronca para más tarde con un “ya hablaremos” y un gesto de garra, como quien arroja el anzuelo a un río repleto de peces. El dolor está al acecho bajo la superficie del poder que le confiere su posición social. Ni siquiera se molesta en ponerse la mascarilla, aunque a la empleada la obliga, se le presupone la convivencia con personas de riesgo.

En la televisión las noticias escupen la verdad: “los barrios del sur se han relajado y los contagios han aumentado en estas zonas…”. El virus no se transmite por el aire, piensa Cata, sino por la pobreza, mientras se desviste en el cuartito de cambio. De repente, surge un estornudo que no puede contener y su estrépido tiene cierto rumor de daga. Cae en la cuenta de que esta mañana, en el vagón, sintió más calor que de costumbre. Y que, al levantarse, lo hizo un poco más fatigada de lo habitual.

Entonces, coge fuerzas y se dispone a comenzar su tarea. Descansar no es una opción. Observa la enorme estancia que le espera, burlona, a sabiendas de que hoy será un día más duro de lo habitual. El techo parece más amenazante y cercano que nunca, se vislumbra el derrumbe. Pero no pasa nada, los de los barrios del sur están acostumbrados a los ácidos del estómago de la ballena. Sonríe y se plancha el vestido con las manos. Acto seguido agarra el plumero con una mano y se lleva la otra a la cara buscando una goma detrás de la oreja. Busca la vajilla de plata en la vitrina de cristal, que le dedica un destello para reclamar su atención mientras queda a la espera. “Hoy trabajaré sin mascarilla”, se dice a sí misma y estornuda estrepitósamente. Ni siquiera se toma la molestia de cubrirse la boca con el codo. La tele tiene razón, los pobres siempre han sido unos irresponsables.

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Por qué no te callas o la importancia de ser monarca (Eva Soria)

Categoría: La caja negra

Laura salía enfadada y lloriqueando de su habitación. El plan era desolador: deberes, trabajos, dudas que no conseguía resolver y una redacción que tenía que entregar a primera hora de la mañana, según la fecha fijada en el Classroom. La redacción de esa semana tenía un título
ajeno a los intereses de Laura: “Por qué no te callas o la importancia de ser monarca”. Sin ideas, ni ganas de tenerlas pidió ayuda a su madre para intentar afrontar con algo más de optimismo semejante tarea. No hizo falta navegar por internet para buscar historias de reyes y reinas, ni siquiera endeudar su tiempo con trabajos copiados. Una antigua grabación de la
abuela, relatando una vieja historia apareció oportunamente en el móvil de su madre.

Érase una vez un país muy, muy cercano en el que una vez al año el monarca acompañado de sus fieles consejeros se reunía en la sala magna de palacio con los representantes de los distintas comarcas de todo su territorio. Según el Manual del buen rey, este tenía que mostrarse cercano aunque distante al mismo tiempo, tenía que mostrar interés por las quejas y peticiones de tan solemnes representantes, aunque no entendiera las
necesidades de ninguno de ellos, pero sobre todo tenía que mostrar que era absolutamente necesario para toda su corte . Cada representante , de uno en uno , debía postrarse ante su excelencia, cumpliendo así el estricto protocolo de palacio para poder ser escuchado.

– Mi señor, mi comarca se muere de hambre, los hombres, mujeres, niñas y niños no pueden alimentarse porque casi todo su ganado es recaudado para menesteres de palacio….
– Mi señor , en mi aldea la mayor parte de sus habitantes deben dormir en las frías calles porque sus casas al no poder pagarlas, han sido requisadas para menesteres de palacio..
– Mi señor, en mi poblado apenas hay habitantes porque mueren al no poder acceder a los medicamentos que su excelencia custodia en palacio….
– Mi señor,…
Cada vez que los representantes del pueblo transmitían sus peticiones dando por finalizado su turno, el rey en su sillón aterciopelado, con la mirada perdida en el horizonte y sin pronunciar palabra, señalaba con su elegante y real mano al mejor bufón de la corte, quien con ademán solemne gritaba “ ¿Por qué no te callas?, estos no son quehaceres de palacio”…
Y así, uno a uno salía de aquel majestuoso salón, sabiendo que a pesar de no haber podido solventar las penurias de su pueblo, el monarca al menos los había escuchado, siguiendo las normas del Manual del buen rey. La próxima vez serían menos arrogantes con su señor. ¡ Larga vida al rey !


Cachivaches I: Selectómetro (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El presente artefacto fue utilizado durante los primeros años del siglo pasado como medio de investigación de calidad para determinar la personalidad, gustos e intereses de los ratones de laboratorio mediante un sencillo sistema de pregunta-respuesta por estímulos asociados. A los ratones se les ofrecían tres opciones diferentes, fundamentalmente vinculadas a la alimentación, introducidas previamente en cada una de las tres ventanas. Las distintas opciones eran el resultado de una pregunta que los investigadores lanzaban a los ratones de manera simbólica. El ratón seleccionaba su preferencia, ‘A’, ‘B’ o ‘C’, introduciéndose a través de la ventana correspondiente y la válvula escaneadora situada justo encima determinaba en cuestión de un segundo si dicha decisión respondía, en efecto, al deseo e intereses del pequeño animal. Acto seguido, una pequeña luz instalada encima de la ventana ofrecía en color rojo un negativo o en verde el positivo.

A partir de este momento el artefacto emanaba a través de un agujero un diagnóstico en forma de voz masculina: “¡El sujeto desea compañía!”, “¡El sujeto prefiere la comida dulce!”, “¡El sujeto aspira a ser famoso!”, “¡El sujeto no sabe lo que quiere!”…

En algunos casos, cuando la luz indicadora ofrecía un rojo, la máquina devolvía en un cajetín instalado en el lateral derecho una medicina autorreguladora en forma de cápsula. Dicho medicamento se le ofrecía a los animales confusos, con dificultades para decidir o cuyas selecciones iban en contra de su propio beneficio. Una vez hubo un ratón que prefería comer matarratas a un pedazo de queso. Hay que tener en cuenta que en los experimentos para los que eran requeridos estos animales era fundamental su salud mental y que las capacidades de decisión no estuvieran anuladas de alguna forma.

Sólo en contadas ocasiones, en las que un individuo, tras haber sido tratado en varias ocasiones con la medicina autorreguladora y no habiendo obtenido resultados favorables, se utilizaba la manivela correctora, que ponía en funcionamiento una serie de cuchillas trituradoras en el interior de la ventana para acabar con la vida del indeseable animalito, al que se consideraba defectuoso o desechable, sin dolor o al menos lo más rápidamente posible.

Evidentemente, este método de investigación fue denunciado por multitud de asociaciones animalistas y fue retirado de los procesos de calidad de los laboratorios.

Sin embargo, hace poco menos de un par de años, un pequeño grupo de investigadores politólogos determinaron que este sencillo sistema bien podría valer para determinar la coherencia o incoherencia con la que las personas afrontan sus propias decisiones, y en este sentido, la máquina podría ser muy valiosa para analizar si las decisiones que tomamos las personas están contaminadas por otros factores que podrían incluso llegar a perjudicarnos.

En este sentido, realizaron un pequeño experimento inicial en el que tomaron como punto de partida una muestra inicial de 500 personas. En el experimento se simulaba un reféndum sobre la monarquía, en el que se ofrecían las siguientes respuestas:

A) Me considero monárquico/a.

B) Me considero republicano/as.

C) No soy ni monárquico/a ni republicano/a.

En este caso, las personas únicamente debían introducir el índice derecho para que las válvulas escanearan la preferencia.

Los resultados del experimento resultaron inquietantes:

  • Un 25 % de los encuestados respondieron A, un 25 % B y el 50 % restante C.
  • En el caso de los participantes que respondieron A, un 90 % de estos recibieron un indicador luminoso de color verde y el 10 % rojo. El diagnóstico fue, en términos generales, común: “Necesita decidir”.
  • El 80 % de los que seleccionaron la ventana B recibieron un indicador luminoso de color rojo y el 20 % restante verde. En esta ocasión, los diagnósticos más relevantes fueron el siguiente: “Al sujeto le cuesta comprender la pregunta” o “Le resulta difícil ceder” y en algunos casos, sobre todo los relacionados con el 20 %, “No le gusta tomar decisiones”.
  • En ambas situaciones la máquina ofreció una pastilla autorreguladora que recondujo la respuesta en el 69 % de los casos hacia la A en un segundo intento y en un 30 % al tercero. Con el 1 % restante, con los que no parecía funcionar la medicación autorreguladora, se desestimó la posibilidad de usar la manivela correctora, como es lógico, y se consideró que los participantes mostraban un alto nivel de contaminación externa, perfectamente desestimable para la muestra.
  • Sin embargo, en el caso de los que seleccionaron la ventana C, en el 100 % el indicador luminoso no ofreció ningún color y del agujero de diagnóstico surgió una voz que decía: ¡¿Por qué no te callas?! Tampoco se generó medicina autorreguladora alguna. En su lugar, un diminuto hilillo de humo que terminaba ennegreciendo la pared del lateral derecho de la máquina.

Con el último de los sujetos encuestados la máquina sufrió un cortocircuito que terminó por romper el cable de corriente y dejar el Selectómetro completamente inservible.


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