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Conflagración (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Torna reiteradamente el combate

imperecedero entre los grandes Colosos

enfrentados por milenios de pugnas.

El otoño incólume

con sus vientos del Oeste

fríos y borrascosos,

se enfrenta al despiadado invierno

vestido de glacial blancura.

La lucha es titánica y fluctúa

entre el céfiro y la nieve,

pero al fin el invierno,

cabalgando sobre

bestias pálidas y cerúleas

logra vencer nuevamente

ofreciendo una estampa

de escarcha y nieve

que nos entrega como ofrenda

cada nuevo diciembre.




Aprieta el botón, o lo que sea (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Poso el dedo índice sobre el lugar exacto de la pantalla táctil… Aprieto el botón, diríamos y todos nos entenderíamos, aun sin apretar nada, aun sin existencia de botón alguno… Como cuando decimos “tiro de la cadena” en un mundo sin cadenas de las que tirar, con cisternas que liberan el agua accionado una palanca o, ahora sí, apretando un botón… La pantalla cambia. Aparece una pantalla dentro de la pantalla. Ya estoy dentro, literalmente, dentro de la reunión, que es la pantalla de la reunión. Las pantallas dentro de la pantalla, a medida que se van sumando los invitados. Hasta dieciséis, todos los que somos. Con tanta gente en sus respectivas pantallas, se aprieta la pantalla, en otra aceptación de “apretar”. “De qué te ríes”, me pregunta Sandra, la administradora de la reunión, de la madre de todas las pantallas, la diosa apreturas. “yo no me estoy riendo, es mi pantalla la que ríe”, respondo muy serio, a pesar de que mi imagen ahí dentro sigue riéndose libremente. “Os voy a silenciar a todos”, anuncia Sandra, y vuelvo a reír imaginándola apretando el botón de los botones que deja mudos los micrófonos de los invitados. “¡Aprieta, Sandra, aprieta, aprieta, aprieta!”, exclamo cuando veo mi micrófono tachado con una barra oblicua. Río sin disimulo. Aprieto el botón de la risa, podría decirse. También podría apretar el botón del vídeo y desaparecer, pero no, para desaparecer es mejor mi plan. Sandra ha dado la palabra a Esteban, que nos felicita las navidades y nos desea blablabla con los décimos de lotería que ha comprado ya y cuya participación nos mandará mañana por whatsapp, la pantallita frenética del whatsapp. Apretando el botón del avioncito, supongo sin dejar de reír. No puedo dejar de reír y eso llama la atención de varios, que piden intervenir, tras apretar sobre el icono de la manita amarilla que pide la palabra, imagino. “De qué te ríes” pregunta Nerea, riendo. “Pareces tonto”, me ofende Azucena. “Me alegro de que estés tan contento, Carlos”, dice Joaquín, “Que alegría, tío. Adiós al bajón”. Como si pudiese apretarse un botón para eliminar esas cosas… Bueno, ellos sí que parece que tienen ese botón. Un botón para el aislamiento, para el miedo, la noche oscura del alma… Mientras hablan unos y otras, pido paso. Poso mi dedo en la manita amarilla y espero. Hablan de teletrabajo, de redes y ergonomía, de luces y de resultados, de pantallas, de botones. Por fin, Sandra me activa el micro. Imagino su manita posándose sobre el icono de mi micro para liberarlo de la barra oblicua y hacer posible la magia de mi voz. “Adiós, compañeros”, digo sin más. Y muestro la pistola, cuyo cañón introduzco en mi boca y cuyo gatillo aprieto, sí, aprieto meticulosamen


¡Feliz 1985! (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Lo que sucedió en la Nochevieja de 1985 pudo habernos cambiado la vida a mí y a mí familia. Y digo pudo porque aún hoy, 35 años después, sigue ocasionando en mi memoria una extraña sensación mezcla de frustración e insatisfacción, solo comparable a comprobar que el décimo de lotería que compraste en el bar en el que tomas café coincide a la perfección con el gordo de Navidad, salvo por la última cifra.

Aquella noche yo tenía ocho años recién cumplidos. Mamá se encontraba ultimando detalles en la cocina y papá no paraba de deambular de acá para allá colocando una mesa que transformaba el paisaje familiar apenas unas horas al año. De repente, el amplio salón que mis progenitores guardaban con escrupuloso celo solo para visitas especiales el resto del año, se desnudaba ante nosotros como una realidad incuestionable: era tan pequeño que al poner la mesa del comedor en el centro ya casi no había espacio para pasar por detrás de las sillas. En un rato estaríamos saboreando los suculentos manjares que invadían nuestros paladares como si fueran un año bisiesto, solo en contadas y programadas ocasiones.

Mi hermano mayor abandonó el cuarto de baño, bien perfumado, y puso la televisión con prisa, como si el hecho de hacer las cosas más rápido pudiera adelantar el tiempo y terminar así de una vez con un ritual que había empezado a detestar y que sólo era para él un tedioso previo a la verdadera fiesta: salir con los amigos a emborracharse toda noche para empezar el año con la escasa seriedad y falta de equilibrio que se merecía. Al fin y al cabo, cada año se sucedía como en un alambre en mitad de la nada, a punto de derramarnos sobre el suelo del mundo, tal y como anunciaría la televisión unos segundos después en un extraño mensaje que poco se parecería al tradicional discurso del rey, por entonces, pre-emérito.

-¡Mamá! ¡Papá! -escuché gritar a mi hermano desde el mismo sofá en el que me escondía tras un tebeo para no afrontar mi responsabilidad de intendencia en el apoyo familiar- ¡Mirad esto! ¡Rápido!

No pude evitar levantar la cabeza y salir de mi escondite, al tiempo que mis padres acudían con desgana a la llamada.

-¿Qué pasa, hijo? Espero que sea importante, que tengo muchas cosas que hacer aún -rezongó mamá.

En la televisión aparecían cuatro personas en primer plano. Como ya he mencionado, no era el rey, ni los presentadores de las campanadas, ni siquiera los cómicos que nos hacían despedir el año entre risas. Las personas que había en la pantalla me resultaban tan familiares como los protagonistas de cualquiera de mis películas favoritas. Pero no, no era ninguno de ellos.

-¿Hola? ¿Se me escucha? -repetía una y otra vez uno de ellos, el más centrado- ¿Me veis? No sé qué pasa con esto, no funciona bien… Salimos nosotros…

Había dos personas delante, sentadas, con aspecto de tener alrededor de setenta años, que miraban de una forma extraña, distinta a los presentadores del telediario. Aquellas personas parecían mirarnos a nosotros, aunque con cierta curiosidad.

-Papá… es que no has encendido la cámara -decía uno de los hombres que se situaban inmediatamente detrás-. Nos ven, pero nosotros a ellos no.

Al ver su rostro sentí un escalofrío sobrecogedor. Aquel hombre era exactamente igual a mi hermano, sólo que con más arrugas, más grasa y menos pelo. Y el otro… el otro se parecía a…

-¡Que sí! Que le he dado al botón éste… ¡Que estamos ahí! ¿No lo ves?

La primera que empezó a comprender lo que estaba sucediendo fue mi madre que, al contemplar a la mujer que se mantenía sentada en silencio al lado del anciano se pensó reflejada en un espejo. Un espejo que devuelve una imagen con vida propia, distinta a la original, más madura, más capaz de tomar decisiones. De repente, empezó a sentirse mareada y necesitó tomar asiento. Todos la ayudamos a recomponerse.

-¿Pero me oís o no? -sonaba por detrás.

Tampoco querría extenderme mucho en este punto, ya podréis imaginaros el shock que sufrimos, pero salvado el momento de desconcierto comprendimos lo que estaba sucediendo ante nosotros. La cosa es que aquellas personas que aparecían en televisión en un nuevo y moderno canal desconocido para nosotros por entonces éramos nosotros mismos, sólo que 35 años más tarde, es decir, en el año 2020. Cuando ellos, a su vez, descifraron lo que estaba ocurriendo, nos contaron que en su época, el futuro, los teléfonos tendrían incorporada una televisión con la que ver a las personas con las que hablaras. ¡Qué locura!

-Y no es que celebremos las Navidades así, por videoconferencia -aclaró el más mayor de todos-, eso no es lo normal.

Entonces nos contaron algo inverosímil: estaban sufriendo una pandemia.

-¿No sabéis lo que es una pandemia? -preguntó la anciana, es decir, mi mamá- Es normal, yo tampoco lo sabía hasta ahora.

Tras la explicación pertinente profundizaron un poco en la situación que estaban viviendo.

-¡No sabéis qué situación se ha provocado! A todos lados tenemos que ir con mascarilla, guardando distancias de seguridad, y eso de darnos besos y abrazos… ¡ni en broma! ¡Pero si hemos estado varios meses sin poder vernos con otros familiares! ¡Y lo que nos queda aún! Hasta que salga la vacuna nanai. Dicen que ya casi está lista, pero también que puede convertirte en un robot o no sé qué…

-¡No les digas eso, papá, que es un bulo!

-Sí, sí, bulo, ya verás… Yo me la pondré porque me quedan dos telediarios, pero si yo fuera vosotros… -negó con la cabeza para después volver a dirigirse a nosotros- ¡Y nos os podéis ni imaginar las colas que tenemos que aguantar para comprar, que parece que estemos en época de racionamiento! Y lo de las vacaciones, iros olvidando de ellas, no se puede salir de Madrid -parecía casi estar disfrutando dándonos el parte de lo que nos esperaba vivir, como si alcanzara cierto consuelo sabiendo que nosotros aún tendríamos que pasar por lo mismo que él.

Mis padres, mi hermano y yo, los de 1985, escuchábamos absortos aquella increíble conversación de nuestros yoes del futuro, que aún duró un rato más. Lo que nos decían sonaba bastante aterrador. La primera víctima joven de las medidas de seguridad implantadas a causa del virus en el año 2020 fue mi hermano de 1985, que esa noche terminó por quedarse en casa y no emborracharse con sus amigos, con tal de terminar de escuchar aquel relato de ciencia ficción. Aquella noche nos sentimos como los vecinos de Nueva Jersey escuchando en la radio a Orson Wells narrar “La guerra de los mundos”, sólo que esta historia era de verdad. Cuando nos despedimos no supimos muy bien qué decir, pero aquella noche ninguno de nosotros durmió.

-Bueno, nos tenemos que despedir, que el cacharro éste dice que ya se han acabado los 40 minutos gratuitos… ¡Disfrutad de la vida vosotros que podéis! ¡No lo olvidéis!

A la mañana siguiente, durante el desayuno, nos limitamos a ingerir un café como almas en pena. La llamada del futuro aún perduraba en nuestras mentes.

-Tenemos que hacer algo -dijo al fin papá.

Y tras ello, reveló toda una serie de planes y propuestas para que, llegado el momento, no sufriéramos la separación y el dolor que a todas luces iba a provocar el virus. Al menos nos quedaba el consuelo de que ninguno de nosotros íbamos a morir en esa ocasión, de lo contrario no nos mostraríamos en pantalla en el 2020. Pero papá se había pasado la noche en vela ideando estrategias que más bien parecían huidas.

-Tenemos que ahorrar y comprarnos una casa lo más lejos posible, apartada de todo y de todos. Plantar nuestros alimentos para no depender de nadie. Excavaremos un pozo para el agua y llenaré la casa de baterías para la luz. Pero tenemos que hacerlo antes de que suceda lo de la pandemia esa. Aún tenemos 35 años para ello. Pero no podemos contarle a nadie lo sucedido. Nos tomarían por locos.

Aquella misma mañana, delante de un vaso de café ya frío, todos acordamos encaminar nuestras vidas y nuestros esfuerzos hacia el horizonte común que papá había dibujado para todos. Y así lo hicimos, al menos durante los primeros años. Pero lo cierto es que, tal vez por cobardía, miedo o comodidad, nunca logramos traspasar la barrera de los sueños. Con el tiempo tendimos a pensar que algo nos había sentado mal aquella noche, que aquella visión era producto de una alucinación colectiva o de unas uvas pasadas. Y en poco más de un año terminamos por no volver a hablar de ello. Hicimos como si no hubiera sucedido. Nada en nosotros, salvo los nervios que atormentaban a papá cada Nochevieja frente al televisor antes de la cena, hacía sospechar que un día, aquel aparato nos había conectado con el futuro y nos había alertado de los riesgos a los que estaríamos sometidos en unos años.

Hoy, 35 años después, preparamos la cena de Nochevieja, otra vez. Nadie dice nada, pero no hemos sido capaces de cocinar nada. Deambulamos por la casa nerviosos, como quien espera una visita importante. La mesa está vacía, en el mismo salón de entonces. Por alguna extraña razón, ni mi hermano ni yo hemos sido capaces de independizarnos. Todos en esta casa tenemos la misma idea en la cabeza, que nos ha perseguido durante años. Esta noche veremos a nuestros yoes de hace 35 años. Todo ha sucedido como decían. La pandemia, el confinamiento, las medidas, los móviles y las videollamadas…

-¿Qué vamos a decirles? -explota mamá al final.

Somos conscientes de que nada de lo que nos dijeron sirvió para nada, que no hemos sido capaces de transformar nuestras vidas. De alguna forma, sentimos que les hemos fallado. De manera que… ¿qué podríamos decirles? Pues exactamente lo mismo que ellos nos dijeron a nosotros.

-Puede que esta vez sean capaces de hacer algo -dice mi hermano sin demasiado optimismo en su voz.

Asentimos, aunque no muy convencidos. Hablará papá, como sucedió entonces. Él será el encargado de establecer la conexión.

-¿Y a quién llamo? -pregunta nervioso.

Somos conscientes de que no tiene ni idea de manejar la situación. Los móviles no son lo suyo. Yo mismo he organizado la reunión en la aplicación con la tía Mari. Le he dicho que se conecte antes de la cena, sobre las nueve.

-Pincha aquí, papá -le señalo un botón digital de color azul en la pantalla, sin poder evitar que me tiemble el dedo.

La imagen parpadea. Niebla como la que se apoderaba de los televisores en aquella época. Está funcionando. ¡Vamos a verles!

-¿Hola? ¿Se me escucha? -pregunta papá. No está haciendo el papel, le sale de forma natural.

Al otro lado la imagen cobra nitidez. Pero esta vez no hay cuatro personas, como esperábamos. Sólo hay dos hombres. Sus rostros desprenden aún más pesimismo que los nuestros, ellos no fingen. En seguida los reconocemos. Somos mi hermano y yo, pero mucho más mayores. Unos setenta años o más. Me tranquiliza ver que llegaré a viejo.

-Sí, os escuchamos perfectamente, querida familia.

Un brillo de ilusión les conmueve al ver a mis padres frente a la pantalla. Papá y mamá aún no han asumido la sorpresa. Les está costando comprender lo que sucede.

-Escuchad, sabemos que el mensaje que os dimos hace 35 años no sirvió de nada.

Sus palabras nos avergüenzan.

-Pero no os lamentéis ahora, no es importante. Aún estáis a tiempo de cambiar las cosas. Nos ponemos en contacto con vosotros desde el 2050.

El que habla es mi hermano. Encadena las palabras con dificultad, emocionado. No están en casa. Tras ellos sólo hay oscuridad. Parecen nerviosos.

-El coronavirus no es nada en comparación con lo que está por llegar. Si las medidas de seguridad os parecen una putada, esperad unos años y veréis…

-¿Va a venir otro virus peor? ¡Lo sabía! -grita mamá entre atormentada y aliviada- ¡Por eso no estamos ahí! ¡Madre mía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Mi hermano y yo, los del futuro, nos miramos.

-No, no es por otro virus, estate tranquila, mamá.

-Y entonces, ¿de qué estáis hablando?

-Del cambio climático.

En este momento papá se levanta con premura tirando a su paso la silla.

-¿Qué haces, papá? ¿Dónde vas? -pregunta mi hermano sorprendido por su violenta reacción.

-A subir la calefacción, que tengo frío…

Estamos a punto de estallar a reír o a llorar, no lo sabemos bien. ¿Cómo es posible que hable de contaminar más si nuestros yoes del futuro nos están alertando precisamente del cambio climático?

-…total… ¡para lo que me queda en este convento!



Volver a los diecisiete (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

Volver a los diecisiete

después de vivir un siglo

es como descifrar signos

sin ser sabio competente

Violeta Parra

Brindemos

Brindemos antes

con quienes compartimos vida

Ay las redes como enredan

y siempre yo tan loca

¿por qué respondiste?

ahora cara a cara

y tanto o no por decir

en este zoom zoom zoom

que nos mueve

hacia lo que nunca se fue


Zoom, zoom, zoom (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Ramón ya ha preparado la mesa del salón para cenar. Se ha esmerado un poco, sabe que para Carmen estos días eran siempre especiales, más incluso cuando su hijo marchó al extranjero y se quedaron solos. Como cada Nochebuena, ha acercado su foto de boda a la mesa, ha llenado dos copas y ha brindado por su hijo. Desde el retrato, Carmen escucha.

– Otras navidades solos. No, no hace falta que me lo digas, Rubén ha puesto la videoconferencia, pero se me hace tan cuesta arriba que me feliciten la noche a media tarde. ¡Claro que sé que tenemos un puñado de horas de diferencia con Japón! Y que ahora estará durmiendo. Pero chica, me gustaría poder compartir la cena con él aunque solo fuera desde la pantalla.

Ramón se interrumpe, nota que una lágrima asoma en sus ojos. Se gira con rudeza para que su mujer no la vea. Se limpia.

– Aunque si quieres que te diga mi verdad, hay una cosa que no se me quita de la cabeza. Este año estamos igualados a otras muchas familias, que solo se van a poder ver por el invento este del zoom.

Ramón se detiene, mira la foto y parece escuchar a su mujer.

– Si, llámame lo que quieras. Pero qué quieres que te diga, esta noche me siento un poco menos mal que otras navidades. Igualado en mi soledad; mal de muchos,….

El rostro de Carmen se ha endurecido y su mirada le envía un reproche.

– No te enfades, son cosas de un viejo cascarrabias.

Ramón coge la segunda copa, la choca contra la primera, ya vacía y hace un gesto de brindis hacia la fotografía. Da un respingo.

– ¡Venga, a cenar! He comprado un poco del jamón ese que tanto te gustaba.


Zoom zoom zoom (Javier González)

Categoría: La caja negra

A – (Hurgando su móvil) ¿Estáis ahí?… No se debió conectar nadie aún… (Suena el silencio) ¿Hola?… ¿Habré confundido el código? … Espero y si no le dan por… (Se conecta otro)

B – ¿Hola?

A – Hola.

B – ¿Solo estamos los dos?

A – Por poco tiempo. ¿Hola? (Se conecta otro)

C – Aleluya. No me dejaba entrar.

B – ¿Quién?

C – El conserje digital que no admite un fallito.

A – Es un enlace.

C – Pues el enlace digital que debe estar liberado.

D – ¿Me conecto tarde?

A – Todavía estamos aterrizando.

D – Alguno habrá pidiendo pista.

B – O dando vueltas.

C – O perdido.

E – (Se conecta) Ho… me… la…(Se corta el audio continuamente)

B – No te escuchamos bien.

E- Su pu… (Gesticula como un gorila enjaulado)

A – Salte y vuelve a conectarte.

E – ¿Qu…?

F – Lo siento. Me dio el mal del galgo Lucas.

D – No se te ve.

F – ¿No fastidies?

C – Es igual, para lo que hay que ver.

F – No lo entiendo.

A – Tienes que darle a vídeo.

F – ¿Qué vídeo?

B – Debajo de la imagen.

F – No veo nada.

E – Ho… ¡Voy a ha…r …to!

C – Se oye entrecortado.

B – ¿Hola? He perdido la imagen. ¿Hola? ¿Me escucháis?

A – Si os parece comenzamos.

D – Falta un contacto.

A – Si estábamos todos.

C – Ha desaparecido.

F – ¿Me veis ahora?

D – No es indiscreción, pero la cámara apunta a una persona que no eres tú.

F – ¡Coño! (Tira el móvil)

B – ¿Hola?

E – …la. ¿Ya se … …ye? … …ta los ..jo…es.

A – Te vemos aunque te escuchamos fatal.

C – Vocaliza bien y así te leemos los labios.

E – Me …is … …er el …

B – ¿Hola?

D – ¿Dónde te habías metido?

B – Y yo que sé.

F – ¿Me veis bien ahora?

A – Se acaba el tiempo.

C – ¿Ya?

D – Pues nada. Feliz Navidad

TODOS – ¡Zoom, zoom, zoom!

E – ¿Hola? ¿Ahora me escucháis bien? ¿Hola? No os veo.


Zoom (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Por fin llega diciembre anunciando que muy pronto terminará este 2020. El año que está a punto de finiquitar ha sido sin duda el más raro de nuestra época, pues a pesar de que siempre hubo guerras y catástrofes, nunca nos había sucedido nada como esta pandemia que asola el planeta.

Evidentemente lo más trágico está siendo la cantidad de fallecidos, pero también los enfermos que luchan por sobrevivir y, para más inri, los contagios no paran de aumentar en todos los países. Pero además, supone un desastre para la economía mundial. Si a esto le añadimos el desconcierto, el desconocimiento, la desinformación, la imprevisión y la alteración del orden de las cosas, el caos está asegurado.

El Covid 19 y sus secuelas nos ha cambiado la manera de entender la vida y, sobre todo, está modificando la forma de relacionarnos.

Para terminar esta extraña e insólita temporada mis compañeros del Globosonda han elegido como tema del mes la palabra ZOOM, un anglicismo más de los que invaden nuestro idioma, un vocablo que tiene su sinónimo en castellano, y que no es otro que: TELEOBJETIVO.

Esto de nombrar la tele me viene fenomenal porque, cuando me la dijeron, mi mente inconscientemente me llevó al pasado. Lo primero que me evocó ZOOM es una televisión en blanco y negro, de pronto empecé a recordar programas musicales y un magnífico ballet de la época de los setenta del pasado siglo que se llamaba igual.

El adelantado que utilizó este novedoso recurso de la técnica fue el rumano Valerio Lazarov, su nombre junto a aquellos jóvenes bailarines del ballet Zoom están unidos de forma indisoluble a la historia de la televisión.

Aquel realizador y productor utilizaba con destreza el objetivo zoom y el desplazamiento dinámico de la panorámica de las imágenes. Confieso que a mí no me gustaba tanta celeridad en las atrevidas coreografías, y les contaré el porqué. En aquellos años aguantábamos resignados represiones de todo tipo, tanto políticas como morales. Ante tantas prohibiciones y tabúes, mis ojos adolescentes pretendían vencer las limitaciones recreándome en las minifaldas y las largas piernas de las bailarinas al ver aquellos programas en la tele. Pero con la originalidad de su innovación, aquel tipo no le daba tregua a mis deseos voluptuosos; porque con aquella velocidad y aquel ritmo no había manera de concentrar la mirada en la pantalla. Ahora, atemperadas las hormonas por el paso del tiempo, reconozco su valía y su atrevimiento novedoso.

La segunda parte de la trilogía que supone el zoom, desde mi punto de vista, es la cuestión fotográfica, una afición que apenas he desarrollado. Aparte del poco interés por este hobby, debo añadir mi dificultad sobre cómo utilizar correctamente este botón o palanca de la cámara fotográfica.

Todavía recuerdo el gran enigma o la gran sorpresa que suponía revelar el carrete de fotos después de un viaje o a la vuelta de las vacaciones. Podía haber salido completo el microfilme sí, pero en cuántas imágenes habría acertado con el dichoso dispositivo. Instantáneas desenfocadas y borrosas las más, en unas pocas destacaba demasiado el suelo, y en otras había excesivo cielo. Retratos con rostros demasiado cercanos y, en las demás, apenas imperceptibles por la gran distancia. Aquella situación era casi siempre decepcionante porque muy pocas fotos podían salvarse del desastre.

Y como no hay dos sin tres, ahora con esto de la pandemia y la distancia social se han abierto nuevas posibilidades a través de modernas aplicaciones tecnológicas como son Zoom, Meet o Teams. Estos formatos audiovisuales nos permiten video-llamadas o participar en reuniones tipo chat para así evitar el contacto y el posible contagio.

Reconozco que también llevo muy mal este tipo de reuniones virtuales, la pantalla del móvil me resulta demasiado pequeña para albergar unos cuantos rostros enmarcados en cuadradillos. Por cierto, siempre me ha resultado muy curioso el encuadre de los conferenciantes, los fondos del decorado siempre suelen tener libros, cuadros, plantas o elegantes cortinas para reafirmar estilos que seguramente son irreales, cuando no falsos.

Cuando por fin consigues entrar en la reunión después de haber tocado en mil iconos, se supone que comienza el diálogo o la conversación, micro abierto o cerrado, ecos por todas partes, guirigáis en el coloquio porque nos pisamos el turno de palabra, en fin, un desaguisado que no me anima a emplear este tipo de comunicación. En un momento paso de la alegría inicial al ver a amigos y compañeros que hacía tiempo que no había visto, al ligero dolor de cabeza que me provoca el galimatías y el cacareo en el que suele convertirse la charla. Esto del zoom nunca podrá igualarse con una buena tertulia en la sobremesa o en la merienda, o simplemente tomando unas cañas con los amigos ¡dónde va a parar!

Aunque tengamos que seguir utilizándolo cada vez más, a mi esto del ZOOM no me mola mucho, pero tal y como está el patio habrá que esperar hasta que podamos volver a relacionarnos como antes.

Sinceramente no sé por qué relaciono al zoom con la llegada del próximo año, tan cercano y a la vez tan lejano en expectativas, o será quizás porque aunque sean diferentes conceptos ambos me provocan el mismo sentimiento de inquietud y desasosiego.


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