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El grupo en la noche (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

El grupo se reunió en el cementerio, al pie de la vieja iglesia. La oscuridad de la noche fue rasgada por la luz de las velas que, con su vaivén, producían un misterioso oleaje de sombras.

Comenzó la narración de los cuentos y el recitado de los poemas. El terror flotó en el aire, para regocijo del grupo, y a través de las palabras comenzó su danza de claroscuros en aquella noche de brujas.

Pero en mitad de uno de los relatos, un aleteo repentino llamó la atención de los allí congregados. En lo alto de la iglesia, en el campanario, una figura se removió, como despertada por las palabras que llegaban desde abajo, y extraños sonidos acompañaron el movimiento.

—Vaya, hemos despertado a las cigüeñas –dijo alguien.

—Ese no es el aleteo de una cigüeña –respondió otra voz.

—Ni ese es su crotorar –añadió otra.

Manteniendo las miradas hacia lo alto de la torre, el grupo pudo apreciar la ondulación del aire a través de unas enormes alas negras y membranosas, desplegadas majestuosamente sobre sus cabezas.

Y tan entregados estaban a ese magnífico espectáculo, que no se percataron de que, abajo, alrededor del círculo de luz que habían trazado, las sombras de la noche que se extendían sobre las lápidas se hacían más profundas y se cernían sobre ellos, adoptando la forma de sus propias sombras, instantes antes de abalanzarse sobre sus propios cuerpos.




El año que viene (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Compraste ayer las lamparillas en el chino. Esta noche las encenderás, algunas en la mesa camilla de la sala, otras en la mesita baja del salón, frente a la tele. Las últimas las colocarás con mimo en la mesilla de la habitación, delante de la foto de bodas. Te dormirás con su luz parpadeante. Te horrorizan las calabazas con agujeros, los niños en la calle y su parafernalia. No entiendes lo de ‘trato o truco’, o como se diga.

Mañana comprarás un ramo de flores modestas en un quiosco a la entrada del cementerio. Te incorporarás a la riada de gente buscando a los suyos. Te costará encontrar el nicho, como cada año. Quitarás lo que quede de las últimas flores ajadas y colocarás el ramo de flores nuevas. Guardarás silencio unos segundos; quien te vea pensará que estás rezando. Saldrás del cementerio y al tomar el autobús, ya te habrás olvidado de mí. Hasta el año que viene.


La bibliotecaria (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

La bibliotecaria de “A Pena Forcada”, se encontraba recogiendo los libros prestados durante el aciago día. Estaba escrito que sería su último día en este mundo.

Ella ni siquiera podía intuir lo que a continuación iba a ocurrir en este apacible pueblo de casas blancas, rodeadas de hermosos jardines y vida sosegada. Donde los niños y niñas eran como una bandada de palomas en cuanto sonaba la campana que ponía fin a las clases.

La jornada había sido larga con algún que otro incidente extraño en ese pequeño pueblo. La bibliotecaria había sentido en los pasillos un suave murmullo de hojas al pasar e, incluso, en un momento del día, le pareció escuchar el entrechocar de espadas. La resultó del todo inaceptable que los muchachos se pusieran a jugar por los pasillos de su amada biblioteca. Se precipitó de forma silenciosa, para pillarles infraganti y, cuál no sería su sorpresa, al descubrir que eran dos libros los que habían entrado en combate el uno contra el otro. Los títulos de las obras eran significativos: Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas y Piratas, de Alberto Vázquez Figueroa. Así las cosas, en cuanto se percataron de que eran observados, cayeron pesadamente al suelo con un ruido sordo. Anonadada, los cogió entre sus manos y por más que les dio vueltas sin parar de observarles, no encontró ningún hilo que justificara lo que sus ojos habían visto. Algo más tarde, creyó escuchar voces de mujer pidiendo socorro. Acudió presta al lugar y se encontró flotando el libro de Maldad entre las flores, de Josefina J. Perdomo, nadie paraba cerca de ese pasillo y no entendía qué estaba pasando. Poco tiempo tuvo para seguir cavilando, pues de nuevo comenzó a escuchar gritos y latigazos cruzando el espacio y el sonido de lentos pasos arrastrando cadenas. Con los vellos de punta, se acercó despacito para coger desprevenido al o la causante de esos ruidos inaceptables en un espacio de culto al silencio como era ese. Cuando llegó al nuevo pasillo, sintió caer con ruido sordo e inoportuno, un nuevo libro, de forma fugaz y con el rabillo del ojo pudo darse cuenta de que nadie lo había sostenido en el aire y que cayó pesadamente él solo. El libro en cuestión era Mongo Blanco, de Carlos Bardem. Comenzó a sentir verdadero miedo, pero miraba en derredor y ninguna de las personas que estaban en ese momento dentro de las dependencias, parecía sentir ninguna cosa rara. No obstante, ella no podía ignorar todo lo que estaba ocurriendo en la biblioteca. Sumida en sus pensamientos, no vio a la muchacha que se le acercaba al mostrador, hasta que ya la tuvo encima llevándose un sobresalto. La preguntó qué era lo que deseaba y la chiquilla, casi balbuceante, la preguntó si había notado algo extraño en la sección de pintura. La bibliotecaria negó con la cabeza y con un gesto interrogativo, esperó a que la chica la comenzara a contar. Se la veía sumamente temerosa, con mucho reparo la comentó que las pinturas reproducidas en los libros estaban cobrando vida. Éstas estaban provocando graves altercados, ya que se estaban cruzando veleros con soldados, guerreando contra monstruos y dioses. La bibliotecaria la miró con pena, pues la entendía perfectamente pero no sabía cómo decirla que ella estaba igual de sorprendida y asustada.

Cuando se acercó la hora de cerrar y las pocas personas que quedaban en las salas fueron saliendo, se dispuso a recoger en su carrito los libros olvidados sobre las mesas. Fue en ese momento en el que el miedo la paralizó por completo. Sus piernas se negaban a responder, sus ojos estaban al borde de salirse de sus cuencas, los pelos del cuerpo estaban tiesos como escarpias, la voz se la congeló dentro de su garganta, no daba crédito a lo que sus ojos veían. Ella nunca quiso creer en las leyendas de su tierra, pero allí la tenía y sabía lo que venían a reclamar, era la temida y siempre odiada, Santa Compaña, con sus velas y candiles, con su arrastrar de pies y cadenas. Se pararon a mirarla en su camino, y pudo descubrir decenas de cuencas vacías que se clavaban en su persona. Quiso caminar para atrás y tropezó con el estante del Diccionario Enciclopédico de la Lengua Castellana de Espasa Calpe (actualizado). El estante se volcó atrapándola debajo. Aún sus ojos estaban abiertos desmesuradamente cuando el peso de los libros impidió que el aire entrara en sus pobres pulmones. Se levantó con mucha dificultad, horrorizada, pensando que se había salvado por los pelos. Pero al mirar hacia el suelo, intentando valorar el estropicio, observó con espanto su propio cuerpo sin vida en el suelo. Tan sólo podían verse parte de sus piernas y las medias rotas que, poco a poco se teñían del rojo de su sangre, a juego con sus lindos zapatos de tacón. El resto de su cuerpo se hallaba sepultado por todos los libros; su corazón, el cual no latía, se negaba a procesar lo que su mente se negaba a aceptar. No tuvo tiempo de perderse en disquisiciones mentales, porque un lazo invisible, la obligaba a acercarse al grupo de muertos que seguían recorriendo la librería. Ella era la última en la macabra fila, y observaba con incredulidad cómo la cabecera había traspasando las gruesas paredes de piedra.

Cada 31 de Octubre, aprovechando que los velos entre los mundos se debilitan, la Santa Compaña traspasa este mundo de los vivos para reclamar a las almas que han de acompañarles por toda la eternidad. Pasean por calles, bosques y plazas de todos los pueblos del mundo, sin descanso en el Otro Mundo, el de los Muertos.

La bibliotecaria, ya era parte de la Santa Compaña y, de su mano izquierda brotó un candil de tenue luz amarilla. Ésta, completamente sometida a sus nuevas cadenas, siguió obedientemente al resto de la fila.


En el cementerio (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Suena el toque de queda
y el valle de la muerte se despoja
de ilusiones y lamentos
Quedan frágiles recuerdos de algunos nombres

Allí descansan su cabeza
los ricos en buenas sepulturas
los pobres en sencillos nichos
algunos odiaron y amaron mucho

La soledad de las fosas
se agudiza en el ocaso
y los huéspedes desprevenidos
sufren más en su aislamiento

Tarde o más bien temprano
nos tocará a todos
el último paseo bajo tierra
o hacia las brasas eternas



Carlos Gamarra
Noviembre 2019

En el cementerio (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Aquel “vusca” con v era un disparate tan grande que clamaba al cielo por encima de los cipreses. Por eso, cuando decidieron darle la vuelta a la lápida porque ya le faltaban demasiadas letras al epitafio, grabaron en la otra cara del mármol el poema rectificado que la abuela le escribió al abuelo. Así, al corregir el error ortográfico quedamos en paz con la escritura.

Hay silencio, quietud, paz y sosiego, condiciones contemplativas que siempre se asocian con la muerte. En algún momento ese estado casi místico era sobresaltado por el zurear de las palomas que revoloteaban alrededor de los cipreses, eso, y el soplador mecánico del empleado de la limpieza del camposanto.

Esta necrópolis a la que me refiero es un lugar que, aunque apartado de la ciudad, es uno de los espacios mejor cuidados de la villa. Para llegar a este recinto alejado del pueblo hay que recorrer un par de kilómetros, un paseo que, en mi infancia, estaba flanqueado a ambos por lados por moreras y acacias; árboles que daban sombra a calzadas como esta en la llanura manchega.

Espontáneamente y sin pensar declaramos que la muerte nos iguala, pero no es cierto. En el cementerio de mi ciudad hay estatus bien diferenciados. En los nuevos patios hay enormes mamotretos graníticos, panteones que pugnan por sobresalir del entorno, sepulturas de lujo para vecinos humildes. Lugares donde la ostentación, el orgullo y la arrogancia sirven para reivindicar la ridícula vanidad de los deudos ante la muerte del pariente, entierros de primera para una vida de tercera. Esta petulancia pueblerina está tan asumida que ya ni siquiera es criticada, se acepta como algo natural y lógico.

En este cementerio, como en tantos otros, podemos comprobar el paso del tiempo o de las épocas en función de las modas fúnebres. En los patios más antiguos las gran mayoría de sepulcros son de piedra. Luego después vinieron las lápidas de mármol blanco, una época que abarca periodos de finales de los sesenta, hasta casi los ochenta del pasado siglo y, ahora; enormes tumbas de granito en una amplia gama de grises y negros. Cruces, cruces y más cruces para una sociedad cada vez más laica, pero la tradición sigue y la costumbre perdura y se impone.

Cuando era pequeño, en los primeros días de noviembre, si hacía bueno, visitábamos el cementerio. En aquel tiempo apenas tenía algún pariente enterrado allí, era como ir de excursión. La mayor osadía u ocurrencia consistía en subir por una estrecha escalera a las tapias que delimitaban el osario. Desde la altura podías contemplar un revoltijo de cráneos, fémures y húmeros amontonados. Por entre los huesos y de forma sigilosa se deslizaba de vez en cuando alguna culebra. Una mezcla de asco y temor sacudía nuestras mentes infantiles, tanto, que por la noche, y en sueños, recordando la tétrica visión podías tener una horrible pesadilla.

También había un recinto anexo al que llamaban “el corralillo” un nombre despectivo para denominar el lugar donde enterraban a los suicidas y a los no católicos. Allí reposaban los restos de los protestantes o evangélicos, y también daban sepultura a los musulmanes que, casualmente, habían podido fallecer por accidentes de tráfico.

En aquellos años en el día de los difuntos no se había mercantilizado el tema de las flores y los socorridos ramos y centros. Los ornamentos florales de la época eran muy simples, sobre las tumbas y arrancadas de los arriates de los patios y corrales se colocaba la popularmente llamada “flor del hacha” o “cresta de gallo”, las dalias o los crisantemos.

Aunque en el municipio era costumbre, nunca entendí por qué después de la salida del templo, ningún familiar directo acompañaba al coche fúnebre que transportaba al fallecido para su enterramiento. Me sorprendía, porque no era lo que veíamos en las películas americanas. En el cine o en la tele las familias participaban en los funerales echando puñados de tierra a la fosa, dando discursos o escuchando las canciones que, en vida, le gustaban al difunto.

Supongo que aquí, asumimos con naturalidad que el cuerpo es solo materia, lo que importa en nuestra cultura cristiana es la supuesta espiritualidad del alma, algo intangible que solo pueden comprender los creyentes.

Años más tarde, esas costumbres, como las del duelo, se han ido transformando o perdiendo. Ya no se observa en los funerales actuales la rigidez del protocolo, formalidad donde el orden de parentesco asigna el lugar de los allegados en el duelo. Además, ahora es habitual que algún hijo o nieto del finado se acerque al camposanto y asista al acto concreto de la inhumación.

En muchas de nuestras ciudades existe un equilibrio poblacional, pero a pesar del ahorro de terreno que suponen las incineraciones y los columbarios, cada cierto tiempo, los ayuntamientos necesitan adquirir parcelas para ampliar los cementerios.

Ahora que tanto se habla de las regiones deshabitadas, del permanente debate sobre la España vaciada, los camposantos de estos pueblos son los lugares que más crecen. Allí reposan los lugareños, pero también muchos de los que emigraron. Aquellos vecinos que se fueron buscando un futuro mejor, vuelven a la tierra donde nacieron para reposar eternamente junto a sus ancestros.

Cuando ocasionalmente vuelvo a mi ciudad natal, no siempre, pero de vez en cuando visito su necrópolis. Ahora mi itinerario entre las tumbas del camposanto se hace cada vez más largo y penoso, ya son muchos de los míos los que reposan allí, y sus fotos empiezan a estar descoloridas.

Pero aunque admito con naturalidad este sentimiento tanático y el culto a la muerte de los manchegos. Yo, a pesar de la distancia, a mis muertos los llevo siempre en la memoria.

Fdo: Rafael Toledo Díaz


La muerte de Teresa Bodevil

Teresa Bodevil era una lectora incomprendida, como muchos otros. Sabía que todos los lectores tenían sus manías, pero… dudaba de que fueran tan raras como la suya. Ella disfrutaba con los relatos tétricos. Relatos de esos que te hacen pasar varias noches en vela, vigilando tus alrededores por si ocurre algo paranormal. Es algo normal, ¿no? Muchas personas disfrutan con relatos o películas de terror. Pero es que Teresa había cogido como costumbre ambientar sus lecturas en sitios fúnebres. Tan fúnebres como el propio cementerio. Todas las noches de luna llena planeaba su velada nocturna. Entraba al cementerio media hora antes del cierre y se dedicaba a recoger las flores y coronas estropeadas de los difuntos. Así, pasaba desapercibida, pues el guardia de seguridad pensaba que era parte del personal de limpieza y la dejaba la llave antes de irse.

Cuando todo el personal se iba, ella escogía la tumba perfecta, dependiendo del libro que escogiera esa noche, encendía un par de velas, colocaba las flores que había recogido a su alrededor y comenzaba su lectura.

Una noche, mientras leía, escuchó un ruido extraño cerca. Ella ya estaba pensando que el sonido se debía a Hermenegildo, el protagonista de la lectura de aquella noche, que tenía como hobby desenterrar el cadáver de los muertos y echarse unos bailes con ellos. El sonido comenzó a escucharse cada vez con más frecuencia. Teresa comenzaba a asustarse, pensaba que Hermenegildo se acercaba. Pero el sonido cesó de pronto. Y, cuando pensaba que había parado del todo, escuchó un gran estruendo justo detrás de ella y se encontró con la estatua de Bécquer, que se abalanzaba encima suya.

Así murió Teresa Bodevil y ahora vaga por las calles de Parla, junto a la Santa Compaña, conociendo a los verdaderos personajes de sus relatos tétricos.


Muerte de Emmanuel le Batteur

Me presento…bueno, la verdad, no sé si he elegido la mejor palabra tratándose de un muerto, porque… ¿un muerto puede presentarse?, ehhh…ah, quizá,… ¿no existe la expresión estar de cuerpo presente?…bueno, vamos a dejar esta parte que me lio y voy al grano.

Me llamo (llamaba) Emmanuel le Batteur, ascendiente de un conocido músico español, mundialmente conocido. Entre mis pasiones se encontraban la poesía y la música.

Yo tocaba el tambor en una banda de música. Nuestra especialidad era el desfile, tocábamos cualquier pieza y casi con los ojos cerrados.

Recuerdo aquella tarde con alegría y un pequeño dolor. Nos contrataron para un acto militar. Los temas que tocábamos me los sabía al dedillo y me aburrían enormemente. Era para estas ocasiones, para las que llevaba entre las partituras algún librillo de versos escondido, que aprovechaba para leer mientras que marcaba el contrapunto con mi tambor. Esa tarde me abstraje demasiado, y es que ese poeta, aunque sólo era conocido por los de su pueblo (no sé si por todos) algún despistado más y por mí, escribía de una forma sublime, era un virtuoso de la palabra. Su nombre creo recordar era Charles le Rocher. Y en esa lectura andaba cuándo mis compañeros rodearon la zanja provocada por la rotura de una tubería y yo no, por lo que caí, con la mala suerte de atravesarme el corazón y parte de un pulmón con la baqueta de mi tambor. Al menos, fue rápido y morí antes de darme cuenta que me había destrozado la cara con el saliente de esa tubería de hierro oxidada. Me hubiera parecido una faena tanto estropicio, porque aunque no era una belleza, tenía un aspecto muy apañado.

Bueno, si obvio los dolores previos, fue una muerte entre mis pasiones, por lo que en agradecimiento a este hecho, he decidido sumarme a esta Santa Compaña, eso sí, con mi tambor.


La muerte de Ludovico Infausto Lagarregui

Ludovico Infausto Lagarregui. Desaconsejado social. Desde antes de producirse su nefasta dentición ya era un vulgar y obsesivo lector de todo relato, cuento, novelita o novelón, manifiesto, articulo o prospecto en el que se hablara de trenes, o transcurriera en trenes, o la historia fuera sobre raíles. De tanto leer su culo se hizo vagón y el su alma pendió de una catenaria. Murió misteriosamente arrollado por un tren en su propia casa. Su cadáver, cuando lo encontraron, estaba atravesado por las ruedas del AVE Madrid – Sevilla. Nunca deja descansar en paz.


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