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Lo visible (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

Lo visible
empieza por la lengua
toma la dirección después de salir
hacia la sonrisa o el grito
                 se confunden
entre la realidad o los sueños
                  en la desconexión
hacia un lugar  que no tiene límites
el agujero encuentra su vacío 


                                   Carmen Paredes
                                        Enero/2020

Disfraz (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

El mundo es una gran máscara que se oculta de sí mismo
				(C. Gamarra)

Me gusta la gente sin careta
que muestra sus ojos
con mirada serena
y parpadeo natural

El antifaz esconde secretos
virtudes y defectos
también dolor

Máscaras de miedo
arruinadas por el deseo
y la soledad

A veces máscaras de luto
cárcel de emociones 
y piel de lágrimas

Las máscaras que ríen no curan la tristeza

	Carlos Gamarra
	Febrero 2020

Tasa de carbono (Carlos Candel)

Categoría: Calentura Global

Madrid, 20 de enero de 2045

A quien corresponda,

Cuando el gobierno impuso la famosa tasa de la huella de carbono y prohibió que una persona generase más de 2 toneladas al año pensamos que habíamos ganado, que el planeta y con él, todas las especies, incluidas las personas, estábamos salvados. Pero nada más alejado de la realidad. El problema no había hecho nada más que empezar.

Llevábamos al menos una década, desde que aparecieran las primeras calculadoras en la web, tratando de buscar la manera de controlar de manera eficiente el control de la huella de carbono de cada una de las personas. No era una tarea sencilla, pues había que tener en cuenta multitud de factores: el gasto energético de una vivienda, el número de personas que vivían en ella, el agua consumida, lo que gastaba en ropa, libros o comida una persona, el número de trayectos que hacía alguien en un año y el medio de transporte utilizado…

Todos y cada uno de los movimientos de las personas debían de ser monitorizados a través de una aplicación móvil que, tal y como sucedió antiguamente con el Documento de Identidad, era de uso obligatorio. Estos datos pasaban a una enorme base de datos y eran tratados y revisados por el Ministerio de Medio Ambiente y Sostenibilidad Ecológica. Nadie escapaba a su control, bajo la amenaza de pena de cárcel para aquellos intrépidos que desearan burlar el seguimiento de su huella. No fue fácil hacer que la población mundial se sometiera a este procedimiento, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades con las que contaban algunos territorios. Falta de recursos tecnológicos, infraestructuras, coordinación entre ministerios… Pero la gente no tardó en hacer uso de la aplicación móvil con soltura.

Incluso comenzaron a competir unos con otros. Por supuesto, este nivel de restricciones no fue instaurado de la noche a la mañana, sino que se ejecutó de manera procesal. Primero se redujo la tasa a 5 toneladas anuales, después a 4… Y así, poco a poco, nos fueron convenciendo de que era imprescindible reducir nuestros consumos. Y, de alguna manera, nos permitían someter a nuestro criterio en qué queríamos reducirla. De esta forma, había personas que redujeron su huella de carbono aparcando para siempre su coche, pero preferían seguir consumiendo carne. Otros, dejaron de lado las compras masivas de ropa y comida, prefiriendo invertir su tasa en un viaje en avión al año.

El problema emergió cuando ni siquiera las dos toneladas de CO2 anuales eran suficientes para frenar el cambio climático. La gente comenzó a cuestionar los hábitos de sus vecinos y amigos.

  • ¿Para qué necesitas viajar en avión? El impacto es mucho mayor que el de la bicicleta -decían algunos.
  • Pero quién eres tú para hablarme de sostenibilidad, ¿acaso eres consciente de la huella de carbono que genera comer tanta carne como la que tú y tu familia consumís cada día?

No tardamos en embarcarnos en una espiral de críticas que terminaron desbordando la paz y cohesión social. Los primeros disturbios no se hicieron esperar con la llegada de las primeras sequías. Unos meses más tarde, se desató la Gran Guerra Global (GGG).

Y, ahora, estoy aquí, sentado escribiendo estas líneas frente a mi ordenador, y ni siquiera me atrevo a enviaros este email, porque su envío nos costaría 19 gramos de CO2 más y ya casi he alcanzado mi límite mensual.

En fin, qué más da… (INTRO).

¡¡¡¡HA ALCANZADO USTED EL MÁXIMO DE EMISIONES PERMITIDAS!!!!

Ministerio de Sostenibilidad y Medio Ambiente


Carta a los reyes (Ismael Sesma)

Categoría: Calentura Global

Queridas Majestades:

Lo primero, querría disculparme por la ausencia de correspondencia de los últimos años. Es bien sabido que a la entrada en la adolescencia, la mayoría de nosotros sufrimos una crisis de fe respecto de vuestros poderes, de la que la mayoría no nos reponemos jamás. En mi caso, el mandaros esta carta se sitúa por encima de la fe, más cercano a la idea de caridad con el prójimo en la que tanto me han insistido mis mayores desde pequeño y que espero que hagáis vuestra para conmigo, una vez más.

Como sin duda sabréis, el próximo 6 de Enero, vuestro día, nos reuniremos toda la familia en casa de mis padres. Como ellos tuvieron a bien tener nueve hijos, que a su vez nos hemos casado, tenido hijos, separado, vuelto a casar y enviudado, cada uno según la vida le ha ido llevando, nos reuniremos, si las cuentas no me fallan, 39 personas, niños incluidos.

En la comida estará Concha, mi cuñada. Como siempre, a pesar de que hace años dejó atrás los cuarenta estará radiante, por encima de sus líneas de expresión faciales, que disimulará con el maquillaje, y el lógico descuelgue de diversas partes de su anatomía, que remediará gracias a las habilidades de camuflaje de la ropa femenina. Aparecerá con sus ojos fulgentes, el pelo bermejo y su escote altivo: mi princesa.

Durante la comida mantendré la compostura, pero luego, cuando la reunión se relaje y los niños den rienda suelta a la expansión de su ilusión por los juguetes, me situaré en algún rincón apartado y la miraré como se mira aquello que se ansía poseer y es inalcanzable. A escondidas de todos, sobre todo de su marido, que para mayor abundamiento es mi hermano, sufriré rendido de deseo hacia mi Concha.

Por supuesto, nunca la he hecho partícipe de mi anhelo, aunque para la inteligencia femenina casi nada pasa desapercibido. Tengo para mí que ella sospecha algo desde hace tiempo y me deja hacer.

Y dado que uno va entrando en la fase definitiva de la vida, en la que los recuerdos tienen más peso que los objetivos, me atrevo a pediros algo que sólo es posible se produzca como efecto de vuestra probada magia. Os pido un empujón que favorezca el encuentro con Concha; un acercamiento íntimo que culmine en un revolcón de apoteosis (para el que creo no necesitar de vuestra ayuda) y quede ahí, como un secreto compartido entre los dos. Sin desgarros de familia, sin matrimonios rotos, sin compromisos. Un rato de solaz incomparable para el disfrute de los cuerpos.

Nada más y nada menos. En la esperanza de que vuestros probados poderes hagan posible este deseo procaz y desesperado, me despido de vosotros.


Andante fogoso (Javier González)

Categoría: Calentura Global

Me encontré en el parque, juro que no adrede, espiando la conversación entre dos niñas y dos niños que discutían sobre un quinto en discordia. Por ignorar sus nombres, los identifico como A, B, C y D. He aquí la transcripción completa sin omitir palabra.

A – No.

B – Sí.

C – Pero si estaba…

D – Viajando sin parar.

A – ¿Durante tres años? Imposible.

B – Tres años, sí.

C – No.

D – A lo mejor sí.

A – Seguro que no.

B – Te digo que sí.

C – Sospecho…

D – ¿Qué?

A – Que ha estado tres años encerrado en casa de sus abuelos.

B – Que no, cabezota.

C – Antes has dicho que sí.

B – Que no ha estado en casa de sus abuelos.

D – ¿Y el viaje?

B – Te digo que sí.

A – ¿Y tú como lo sabes?

B – He ido a verle.

C – ¿Adónde?

B – A su casa. Dónde si no.

D – Lo que nos lleva a que no estaba con sus abuelos.

B – Estaba de viaje.

A – ¿Tres años? Imposible.

B – Llegaron hace tres días.

C – ¿Quiénes?

B – Él, sus padres y su hermana.

D – ¿Se fueron todos juntos?

B – ¿Tú qué crees? Es menor, no puede viajar solo.

A – ¿Y ha cambiado mucho después de tres años fuera?

C – ¿Sigue hablando nuestro idioma?

D – ¿Ha traído alguna mascota rara?

B – Pues…Francamente. Ha regresado muy quemado.

A,C,D – ¿Quemado?

B – Visitando un volcán al que creían dormido. De repente, por sorpresa, se encendió y un trocito de lava le cayó en el dedo gordo del pie izquierdo.

A,C,D – ¿Y se lo quemó?

B – Hasta la uña. En Australia, la de lejos muy lejos, la fuerza del sol es tan grande que le ha dejado la nariz…

A,C,D – Quemada.

B – Y pelada. Cuando hicieron escala en Amazonas de la selva, se declaró un gigantesco incendio y casi acaban como morcillas de barbacoa. Al huir se tropezó y se…

A,C,D – Quemó.

B – Las manos. Desde entonces usa guantes. Al llegar a Pekín, de la China, confundieron el humo por niebla y salieron a correr, como hacen todos los días, para oxigenar los pulmones que por cierto acabaron…

A,C,D – Quemados.

B – Les ha quedado una tosecilla crónica. En Tokio le dejó alucinado la cantidad de letreros luminosos que hay. Tantos que no podía dejar de mirarlos. Todavía ve pequeños puntitos negros y…

A,C,D – Quemaditos.

B – Cuando fueron al Polo de arriba…

A – Menos mal, un sitio fresquito.

C – Menudo descanso.

D – Por lo menos se aliviaron.

B – Haciendo un selfie, el hielo, inesperadamente, se rompió y dejó a toda la familia posada en un iceberg, el cual emprendió rumbo a la nada. Cuando los rescataron, al cabo de unos dos días, tenían todos la cara…

A,C,D – Quemada.

A – ¿Qué os parece si vamos mañana a la piscina?

C – Por favor.

D – Anuncian que mañana entra una súper ola de calor.

A – Le podíamos invitar y así nos cuenta sus aventuras.

B – No creo que quiera. Dice que no saldrá a la calle hasta que llegue el invierno.

C – Él se lo pierde.

D – ¿Seguro?

El silencio se adueña de los cuatro que emprenden camino hacía algún lugar desconocido para mí. Un lugar que a buen seguro tendrá su lado caliente.


Caliente final (Carlos Lapeña)

Categoría: Calentura Global

Acercó la mano a la tierra. 
La posó con cuidado sobre ella. 
En efecto, estaba caliente. 
Muy caliente. 
Miró al hombre y con su mirada le dio la razón. 
Él se agacho y posó sus dos manos sobre la tierra. 
Ella lo imitó. 
Sus ojos viajaron de las manos a sus ojos. 
No fue necesaria la voz, articular palabra. 
Se despojaron de la ropa, toda. 
Se tumbaron sobre la tierra caliente. 
Se abrazaron. 
La temperatura de la tierra era también la temperatura de sus cuerpos. 
Se activaron los besos, las caricias y los sexos. 
El sudor de sus cuerpos fue también el sudor de la tierra.
Y el orgasmo fue la explosión.


El contador de historias (Carlos Candel)

Categoría: Cuentistas

El viejo contador de historias abandonó la ciudad. Nadie se dio cuenta de ello, porque nadie quería escuchar. En su última actuación le resultó imposible elevar su voz por encima del bullicio que el resto de vecinos estaban armando. Cada uno con su propio cuento, cada uno con su propia historia. Un ensordecedor ruido que lo convertía todo en silencio.

El contador de historias dejó atrás el empleo que tantas satisfacciones le había procurado gran parte de su vida. Envió su currículum a otros lugares, pero nadie quería contratar a un viejo narrador. Así que se vio obligado a trabajar como repartidor de paquetería en una conocida marca de ventas online. A su edad, y cargado con una enorme caja a la espalda, navegó desorientado por nuevas ciudades. Antes desgastaba su garganta, ahora la suela de sus zapatos. No alcanzaba a entender el motivo por el que el mundo había cambiado tanto. Años atrás sus historias eran ávidamente digeridas por los curiosos ojos de la infancia. Cuentos transmitidos de generación en generación que se perderían en la soledad de este nuevo mundo sordo. Pensó en escribirlos y divulgarlos a través de la red, pero en seguida descartó la idea. Si la gente había perdido la capacidad de escuchar, mucho más la de leer. Y, además, siendo honesto consigo mismo, no es lo mismo contar que escribir, y a él lo único que se le daba bien era contar las historias que antes le había escuchado a otros.

Pero un día llamó a la puerta de una casa. Le abrió un pequeño. El viejo se sorprendió de que ningún adulto lo recibiera. El anfitrión de la casa no tendría más de cinco años. El viejo narrador llevaba a su espalda un paquete para él. Se lo entregó y esperó a que, allí mismo, el niño lo abriera entusiasmado. Era un libro. Uno de cuentos. El niño no dijo nada, tan sólo miró al repartidor con una amplia sonrisa en la cara. Sus ojos le recordaron al anciano las miradas de aquellos niños y niñas que tanto habían disfrutado de sus historias. Durante unos segundos se miraron sin decirse nada, hasta que, finalmente, el pequeño le ofreció el cuento al repartidor. Por un momento, el contador de historias temió que el niño quisiera devolverlo, que no quisiera aquel libro. Pero después escuchó su tímida voz diciéndole:

-¿Me lo cuentas?

Claro, el niño aún no había aprendido a leer. No todo estaba perdido en aquel ruidoso mundo.


El hombre parado en la plaza (Javier González)

Categoría: Cuentistas

(Está parado en el centro de la plaza de la iglesia vieja. Tiene la mirada perdida, rebosada de temor. Ha salido a pasear y su memoria ha vuelto a ser blanca, virginal. No sabe dónde se encuentra. Busca en todas direcciones con la esperanza de encontrar un mínimo recuerdo al que agarrarse. La angustia se refleja en el vidrio de sus ojos cansados)

NIÑO – (Después de mirar al hombre detenidamente) Si, si, si, si…Eres tú, eres tú. (Se abraza al hombre que no consigue salir de su letargo). ¡Qué casualidad! Vives en la misma ciudad que yo. Eres tú, eres tú.

HOMBRE – No grites. Las voces altas me asustan.

NIÑO – ¿Estas asustado? ¿Por mis gritos?

HOMBRE – Me asusto con facilidad.

NIÑO – Porque eres tú, ¿verdad?

HOMBRE – ¿Y quién soy yo?

NIÑO – Tú eres el señor de la foto.

HOMBRE – ¿De qué foto?

NIÑO – La foto que hay en mi libro de cuentos favorito. Cada noche leo uno y cuando los termino todos vuelvo a empezar de nuevo. Y de todos ellos el que más me gusta es… (El hombre le interrumpe)

HOMBRE – ¿Cuentos? Por qué me hablas de cuentos.

NIÑO – Hablo de tus cuentos. Los leo en el cole, en casa, en la playa. Me acompañan a todos los lados.

HOMBRE – ¿No te equivocas de persona?

NIÑO – No. Tú eres el de la foto. No puedes ser otro. Eres el cuentista. El de verdad, ¿no?

HOMBRE – Tú lo sabes mejor. Yo no me recuerdo.

NIÑO – Qué cabeza tienes.

HOMBRE – Se vacía muy rápido.

NIÑO – ¿Podrías contarme uno de tus cuentos antes de que se vaciara del todo?

HOMBRE – No puedo. Lo siento.

NIÑO – Imposible. Sabes muchos cuentos. Has escrito miles, millones… ¿No te caigo bien?

HOMBRE –Para mí eres como un viento templado y suave. Soy yo el que no recuerda nada de lo que dices.

NIÑO – ¿Ni de uno siquiera?

HOMBRE – No sabría decirte ni mi nombre.

NIÑO – ¿De verdad?

HOMBRE – En mi estado no se puede mentir.

NIÑO – Todos los mayores mienten.

HOMBRE – No se volver a casa. A lo mejor tengo hijos. O nietos como tú. Soy, según tú, un cuentista que no sabe empezar un cuento. No puedo mentirte porque no tengo mentiras.

NIÑO – De todos, tú eres mi favorito.

HOMBRE – Siento mucho que nos conozcamos en un mal día.

NIÑO – ¿Estás enfermo?

HOMBRE – Si…o…es posible.

NIÑO – Me gustaría tanto que me contaras un cuento.

HOMBRE – Ya no son míos.

NIÑO – ¿Te los robaron?

HOMBRE – Ahora son tuyos.

NIÑO – ¿Míos?

HOMBRE – Los conoces al dedillo.

NIÑO – ¿Puedo contarte uno de tus cuentos?

HOMBRE – Debo encontrar el camino a casa.

NIÑO – Yo te ayudo. Dime el nombre de tu calle y le preguntamos a mi papa donde está.

HOMBRE – No lo sé con certeza. Mi memoria desaparece y aparece a su antojo. Ahora debe estar de viaje.

NIÑO – Pues mientras llega nos sentamos en un banco y te cuento el que más me gusta.

HOMBRE – Me encantaría. (Se sientan)

NIÑO – Podría ir a tu casa por las tardes para leerte. Así sería tu cuentista particular.

HOMBRE – Puede que no te recuerde.

NIÑO – Entonces volveríamos a empezar desde el principio. “Erase una vez un hombre parado en el centro de la plaza de la iglesia….”


Cuentistas (Carmen Paredes)

Categoría: Cuentistas

 
 
 
 Que narran de confín a confín
 historias y simulan
 la voz de los animales
 maúllan  mugen  berrean
 ladran  relinchan  grajean  
 también cantan a veces
 y representan con sus mismos errores
 cuando los humanizan  
 
 
 
 
                                                     Carmen Paredes
                                                         Dic/2019 

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