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Epístola (Javier González Serrano)

Categoría: La caja negra

Querido y estimado tío Emilio:

El pasado 4 de agosto se declaró un incendio en la Sierra de Guadarrama. La misma que tantas veces he recorrido y que tú conocías sobradamente cuando luchabas para proteger Madrid de la intolerancia y la barbarie. Trinchera inútil que puso tus alpargatas de pobre miliciano camino del exilio. Lo peor fue el recibimiento, ¿verdad? Qué te voy a contar. Campo de prisioneros en Francia, bajo vigilancia de la Wehrmacht, arropado con tu roída manta de miliciano pobre. Tarjeta del campo con dirección Bustillo 27, Tetuán de las Victorias, Madrid… Y se esfumaron todas las novedades sobre tu paradero. La abuela te buscó por todas las rendijas posibles en una España imposible. Jugó con fuego preguntando a quienes volvieron al cabo de los años y un estafador de esperanzas, bajo cuerda de un dinero que no tenía, le enseñó que tu periplo aventurero dio con tu chaqueta de miliciano en la gigante Rusia. Mi padre nunca perdió la esperanza de encontrarte y mantuvo vivo tu recuerdo. Tanto que junto a mi hermano emprendí un estéril viaje al país del Zar Yeltsin. La abuela y papa murieron sin saber de nada ti.

El pasado 9 de agosto se declaró un incendio dentro de mí. El BOE publicaba la lista de 4427 republicanos españoles que murieron en el campo de concentración de Mauthausen-Gusen de las 35 posibles formas de morir que ofrecían sus verdugos. Y justo ahí, después de 80 años de búsqueda, estabas tú, asesinado el 21 de Diciembre de 1941 a la triste edad de 24 años. Deportado a los campos de no retorno a petición expresa del cuñadísimo del dictador. Todas las preguntas tenían una única respuesta encerrada a cal y canto en el registro civil central. Han hecho falta, querido tío, 40 años de democracia para saberte enterrado en una fosa repleta de seres humanos declarados apátridas sin derecho a ser esquela mortuoria.
Por aquí las cosas parecen muy distintas a las de antes, pero solo parecen. Tu verdugo fue enterrado con honores en un pétreo y ciclópeo mausoleo levantado por esclavos vencidos. Y ahí sigue. Sus herederos ideológicos y financieros campan por parlamentos de todo tipo buscando carroña en la que mecerse de nuevo. Y tú, Emilio Granados Murias, vuelves a casa en forma de archivo para recordarme que quedan muchos incendios que apagar en esta España, en este mundo donde la pasividad y la indiferencia carcomen las esperanzas.

Odio al fuego (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Las llamas emergieron violentas, como enormes garras, desde el corazón del Incendio. Devoraban todo cuanto encontraban a su paso, como siempre lo hacen. A su paso, iban dejando un manto humeante de cenizas grises y negras. Nada escapaba a su fiereza. Los habitantes del pueblo contemplaban paralizados el látigo rojizo que azotaba sus bosques. De vez en cuando se miraban unos a los otros de reojo, pero nadie hacía nada por sofocar las llamas. Allí no había héroes, ni bomberos, ni rescatadores, ni nada que pudiera o tuviera intención alguna de acabar con aquel desastre… El Incendio estaba desatado y no iba a encontrar ya oposición alguna a su ardiente destrucción. Cuando las llamas alcanzaron el pueblo y ya no tenían nada de lo que alimentarse, uno de los vecinos presentes, abandonó la línea de fuego. Todos los presentes lo vieron cruzar el umbral de su casa y perderse en el confortable hueco que no tardaría en ser engullido junto al resto de casas. Al rato apareció portando varios objetos. Álbumes de fotos viejas, marcos descoloridos, diapositivas cubiertas de polvo… Caminó decidido hacia el fuego y lanzó todo con rabia, tras la mirada perpleja de todos sus vecinos, que habían pensado que, tal vez, hubiera ido en busca de algún cubo de agua o una manguera. Los objetos no tardaron en perderse en el interior del Incendio. Inmediatamente después, otra vecina corrió decidida a su casa y extrajo de ella un buen puñado de ropas apolilladas para arrojarlas también al olvido eterno de las llamas. Con aquellos dos inesperados gestos descubrieron que el Incendio avanzaba sólo si tenía cosas que devorar. De manera que no tardaron en abandonar el lugar el resto de vecinos, para regresar después con objetos de todo tipo, recuerdos del pasado, para que las llamas hicieran su trabajo. Y así, uno tras otro, vaciaron sus casas de rencor, miedo y malos recuerdos. Y así fue como el Incendio, una vez más, les ofreció un nuevo comienzo. Y sólo después, se extinguió, hasta el verano siguiente.


El pirómano – Feria de coplas (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Ay, qué bonito está el bosque
con la luz de los incendios,
con sus pinos, con sus robles
y con tos sus bichos dentro.

Feria de coplas.

Yo soy pirómano, y qué.
Me pone cachondo el fuego.
Me la casco viendo el humo
y el cuerpazo de bomberos.

Feria de coplas.

Anoche, cuando dormía,
Tuve un sueño muy bonito.
El pitillo tras el polvo
quemó tu monte… y el mío.

Feria de coplas.

La Mari ya no me quiere.
Se ha fugado con el Jose
a su pueblo y yo, en venganza,
le he prendío fuego al monte.

Feria de coplas.

Si el humo señala el fuego
que embellece los paisajes.
también llevará a la casa
quemá del Jose, malaje.

Feria de coplas.

Pero, Jose, qué coño haces,
deja en paz ese mechero
y el bidón de gasolina.
Que era broma, hombre… ¡Quieto!

Feria de coplas.


Rito (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

un viento débil restaura
otra vez las formas 
despierta la palabra
respira el humo
los relojes devuelven los instantes  
de las tardes sin noche
donde nos comimos
este incendio no cesa
y abrasa el pedestal
sobre el que reposa 
la estatua del futuro


Carmen Paredes
Agosto/2019     

Ruina (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

La sombra viajera de las llamas
retuerce la noche 
Los adobes blasfeman 
y por el cielo se expanden las cenizas

Como voraz vegetariano
el incendio avanza con premura
y el almuecín del viento oculta los ruidos
del crepitar de los árboles 

Se queman las raíces del sembrador de poemas
y el bosque cansado
deja de luchar

Carlos Gamarra
Septiembre 2019

Árboles sin Ramas (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Desgarra ver tu faz arbórea
huir hacia el firmamento,
eclipsando las estrellas,
las luciérnagas que te acompañan.
¿Dónde las Dríades que te habitan?
¿Dónde los  trinos de las aves?
¿Dónde el águila orgullosa?
De mis fanales brotan mares
y mi talle viste de cuervo los ropajes.
Hoy se produjo un magnicidio
que devoró tus carnes.
Huyó la vida de tu regazo.
Aniquilaron la savia de los recios troncos,
cien años necesitaron,
para ostentar su belleza.
Las fuentes dejaron de  gorjear sus clamores.
¿Dónde mis fuentes?
¿Estarán mis ofrendas en el círculo de piedras?
¿Cubrirán tus níveas cumbres
los negros esqueletos de tu fronda?
¿Tapizará el verde de la primavera
los cuerpos inmolados que te habitaron?
La vida arrebatada será….
como todo en mi sierra.
¿Dónde irá mi alma cuando mi cuerpo descanse?

Mar (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: Mediterráneo

Imponente ola
cubierta de encrestada espuma
que viene a fornicar con la roca
preñada de cangrejos
….que la pinzan los pezones 
con sexo de moluscos
que palpitan vivos entre la arena
…..y se acerca como lengua y lame
el agua tentadora
…celosa de la pasión de las olas
marchitandose por un sol
que la acalora y la deja sumida 
…..en la tristeza de un atardecer
que envidia la aurora
porque huye la Luna
……tras la luz transgresora
de una ola insolente
que se lanza contra la roca 
….yacente sobre la arena de la mar 
esperando la llegada de la Luna…
….mientras esta ansía 
el retorno de un sol
que traerá la aurora.

Todo Mediterráneo (Carlos Candel)

Categoría: Mediterráneo

Mi nombre es Tsè Chiang. Vivo a orillas del Mediterráneo, el océano más grande del planeta. Mis padres dicen que bajo sus aguas se esconden grandes secretos de antiguas aventuras de otros seres humanos. Incluso hay quienes aseguran que allá abajo contienen la respiración ciudades enteras, a la espera de volver a emerger algún día. Aunque apenas queda vida en él, mi familia y yo seguimos subsistiendo gracias a sus aguas. La sal es hoy la moneda de cambio que utilizan los comerciantes nómadas. Aún contiene algunas trazas de plástico, pero ya podemos consumirlo sin riesgos para nuestra salud. Esta mañana, mientras revisaba la barrera de piedra que separa el océano de nuestras instalaciones, he visto algo flotando a lo lejos. Las olas lo empujaban una y otra vez contra las rocas. Era un fósil plástico. Antiguamente se encontraban muchos en las zonas costeras. Hoy son una rareza. Sé que estuvieron prohibidos en todo el mundo antes de la Primera Gran Inundación. Pero algunos quedaron flotando como boyas tóxicas a la deriva durante siglos antes de degradarse y hundirse. Algunos estudios científicos determinaron que se usaron para almacenamiento de agua dulce. Tras la Segunda Gran Inundación, cuando alguien encontraba alguno, era preciso avisar a los cuerpos de seguridad del plástico. Estos se encargaban de tomar las medidas pertinentes antes de proceder a su apertura. Se les dio el nombre de fósiles plásticos, a pesar de que no superaban el milenio de edad, debido a que en muchos casos habían quedado atrapados en su interior organismos de otras épocas. Casi siempre muertos, pero en el caso de algunos patógenos, habían logrado sobrevivir e incluso multiplicarse en un estado de semiletargo. De ahí que fuera peligroso abrirlos sin precaución. Pero en el interior de este fósil creo que solo hay un pedazo de papel enrollado. El plástico está algo deformado y cubierto de algas, tal vez por eso haya resistido tanto tiempo el efecto del sol y el agua, pero en algunas partes aún se puede adivinar el contenido de su interior. Y a juzgar por su peso, no contiene ningún líquido. De manera que me he decidido a abrirlo. En el extremo superior he encontrado un elemento redondo de una tonalidad más oscura que debía de utilizarse como tapón, pero ahora está completamente pegado al resto del envase por el calor y la proliferación de algas. Así que he tenido que romperlo. No ha sido fácil. A pesar de los años, el plástico era más flexible y resistente de lo que pensaba. Me he ayudado de una pequeña navaja que utilizo para cortar cuerda, con mucho cuidado de no romper el contenido. El papel estaba algo amarillento por la permanente exposición a la luz, pero se conservaba en buen estado. Alguien lo había enrollado previamente para poder introducirlo en el interior. Y para mi sorpresa, también lo había escrito. El idioma usado es el mismo que yo hablo, el español. El idioma que usaban los antiguos habitantes de España. Mi madre me dijo que vivían muy lejos de China, y que su país se sumergió bajo las aguas del Mediterráneo tras la Tercera Gran Inundación. Su economía era bastante pobre por aquel entonces, a pesar de haber sido un imperio, pero su idioma había conseguido imponerse contra todo pronóstico como el idioma del planeta. El ya desaparecido chino que hablaron mis antepasados debía de ser demasiado complejo y con innumerables dialectos incomprensibles entre sí. “Me llamo Julio y tengo 11 años”, comienza el texto, fechado en “algún día de 2111”, justo un año después de la Tercera Gran Inundación. En él, el pequeño cuenta que ha huido junto a su familia de una guerra que está asolando su país, España. No sabía que España hubiera estado en guerra, de manera que he preguntado a mis padres sobre ello y me han respondido que ésta se desembocó como consecuencia de las migraciones producidas en el continente tras la Primera Gran Inundación. Como consecuencia, se aprobó en la antigua Europa la creación de un enorme muro que impidiera el paso a los inmigrantes. España, por su orografía, era el lugar ideal para construir el muro que sirviera de barrera. Una barrera que impidió el paso a todos, incluso a los españoles. Un muro que, tras la Segunda Gran Inundación dejó de ser útil, sobre todo porque quedó sumergido bajo el agua. “Necesito ayuda urgente, a quien pueda escucharme…”, continúa explicando en la carta que él mismo ha introducido en el objeto que en esas fechas ya debía de estar prohibido, al que nombra “botella”. “Abandonamos la costa de Cuenca el 21 de agosto de 2108 subidos en una balsa hinchable, junto a otras noventa y siete personas…”, explica para más tarde relatar que buscaban llegar hasta la costa checa en un viaje que debía durar varios días y que muy poca gente lograba acabar con vida. “A los dos días de navegación se nos acabó el combustible y quedamos a la deriva…”. El niño describe más tarde, en un par de líneas, que la siguiente noche naufragaron a causa de una terrible tormenta. “Escuchaba las voces de mi familia pidiendo ayuda y yo estaba tan asustado que ni siquiera podía gritar…”, decía. En la oscura noche cerrada, luchando contra un mar furioso, tuvo la suerte de toparse con los restos de la balsa. Un pedazo de goma de unos tres metros de largo que se había desgajado del resto de la embarcación a causa del oleaje y los tirones de los pasajeros y que ahora se mantenía a duras penas a flote. Otros siete náufragos también consiguieron alcanzarla y subirse, entre ellos, su padre. Para el resto era demasiado tarde, les habían perdido la pista. Después de dos días estaban al borde de la deshidratación. Sin agua que beber, tres de los ocupantes de la balsa, fallecieron. Un día más tarde chocaron contra el borde de lo que parecía ser una isla. Solo que esta isla no estaba hecha de piedra y arena, sino de desperdicios flotantes que las corrientes habían conducido, lo mismo que a ellos, hasta el centro mismo del Mediterráneo. Aún así era un lugar donde poder descansar y buscar alimento y agua. El padre de Julio trató de tomar tierra, pero sus pies se hundieron entre los restos de plástico, botellas y bolsas que formaban la línea costera de la isla. Estaba tan débil que fue incapaz de regresar a la balsa y murió ahogado. Otros dos náufragos lo intentaron también y sufrieron la misma suerte. Los otros dos murieron a causa de la falta de agua durante la noche. Julio se quedó sólo. Estaba al límite de sus fuerzas, semiinconsciente, cuando chocó contra una superficie dura. Miles de plásticos se habían ido amontonando y fundiendo unos sobre otros por el efecto del sol, formando una plataforma de varios kilómetros de longitud. En ella pudo sobrevivir hasta que escribiera esta carta, bebiendo el contenido que aún se almacenaba en el interior de las botellas y pescando algún pez con trampas de plástico. También encontró materiales útiles que secó al sol, como en pedazo de papel que ahora yo sostenía entre mis manos y un lapicero de madera con el que consiguió escribir la carta. Incluso pudo construirse una cabaña que le protegiera del frío, el sol o la lluvia. Quizás nunca llegara a las hoy inexistentes costas de la República Checa y lo más probable es que nadie acudiera en su ayuda, puesto que su desesperada llamada ha sido recogida por mí, hoy, más de quinientos años después de que la escribiera, en las costas de este nuevo continente. O puede que aquel pequeño fuera un pionero, nuestro nuevo comienzo, el inicio de todo. Mis padres me han hablado de esa isla de plástico derretido. Siempre pensé que se trataba de una antigua leyenda. Un cuento para niños. Al final de la misma se explica cómo cantidades enormes de desperdicios se fueron uniendo a ella hasta formar un nuevo continente, el único que consiguió mantenerse a flote tras la Última Gran Inundación, cuando el Mediterráneo lo cubrió todo al fin. Cuando el Mediterráneo lo era todo. Un continente formado en su totalidad por plástico. Árboles de plástico, edificios de plástico, bicicletas de plástico… Un continente que ahora conocemos, en honor al sumergido país sobre el que supuestamente nos encontramos, con el nombre de China.


El mismo mar (Carlos Lapeña)

Categoría: Mediterráneo

EL MISMO MAR

Foto: Organización Internacional para las Migraciones

En la playa, de arena como polvo de oro y agua de todos los azules, los veraneantes ejercían al sol y bajo las sombrillas, jugando a palas, construyendo castillos efímeros, paseando entre la espuma derretida… De pronto, un niño —quizá una niña— llamó la atención de sus padres señalando con el dedo hacia el horizonte.

—¡Mirad allí! ¡Se está acercando!

Los padres, primero, y casi todos los veraneantes, después, observaron el horizonte. Lo que parecía una pequeña mancha oscura sometida al caprichoso vaivén de las olas, se fue agrandando, matizando, hasta convertirse en una embarcación repleta de personas… Mejor dicho, se reveló como una larga franja roja compuesta por decenas de chalecos salvavidas, enmarcada entre dos franjas oscuras, marrones casi negras, formadas por la borda de la embarcación y las cabezas de las personas que iban en ella.

Desde la playa no se apreciaba la inestabilidad ni la precariedad del conjunto, sino un lento avanzar hacia la costa en una plácida y benévola mañana de verano. Desde la embarcación la percepción era bien distinta, seguramente, y el miedo a la zozobra se amplificaba con la pavorosa mirada de los pasajeros al agua, conjurando su poder destructor sobre quienes, seguramente, no sabían nadar.

La escena, terrible y dramática en sí misma, adquirió dimensiones fantásticas cuando se tuvo constancia de que era la misma escena en los dieciocho países bañados por ese mismo mar, la misma escena con la misma embarcación acercándose y las mismas personas abordo, a la misma hora, con el mismo final incierto.


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