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Naturaleza cambiante (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

En vano ya busco amigos en el parque

ni a mi perrita Vilma por allí

Se ven algunos hombres mayores

llevando a sus nietos de la mano

El parque del Oeste te absorbe sin querer

Se nota en el aire un incipiente otoño

los tonos amarillos amenazan al verde

y se escucha un eco de ausencias

En la media luz de la tarde las caras se desvanecen

los niños marchan hacia sus casas

el cansancio moral recorre la ciudad

y la soledad ilumina el mundo para los poetas

Agosto mes de amores inseguros

comienza a protestar al ver llegar septiembre

Es el fin del verano y con la noche

llega la lluvia de los años y sus huellas


Malos tiempos para la anarquía (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Son malos tiempos,

muy malos tiempos, para la anarquía.

La crisis sanitaria

causada por el SARS-CoV 2

(ten arrestos y mete esa palabra

en un poema, me retaron),

que ha generado olas

y más olas de incertidumbre,

también ha provocado dos certezas.

Una. Para hacer lo correcto

en nuestro día a día

necesitamos órdenes,

prohibiciones, sanciones,

preciosos anestésicos sociales

que facilitan la obediencia

y canalizan breves

actos de rebeldía.

Y dos. La anarquía se aprende,

es un proceso educativo

incrustable desde la escuela

y desde la familia,

como se incrusta la lectura

o el amor a mamá.

Son malos tiempos para la anarquía

y es más necesaria que nunca

por eso mismo.


Ya era hora (Javier González)

Categoría: La caja negra

Por fin. Ya era hora. La caja negra se libera de sus férreas ataduras temáticas. Habemus papa. ¿Tanto costaba? Mes tras mes peleando con la inventiva para escribir sobre temas de cuyos títulos hoy prefiero no acordarme. Ahora puedo soltarme la melena, cabalgaré por la imaginación. Daré rienda suelta al vocabulario para hablar de lo que me salga de las mismísimas libertades. Libraré mi mente de encabezados cerrados y herméticos y si quiero hablar de María Martillo, lo haré, o de los dedos gordos del pie o del blanqueamiento anal o de la importancia de ser un agapornis.

Por fin. Ya era hora. Habemus papa. ¿Tanto costaba? De sus férreas ataduras temáticas se libera la caja negra. Cabalgaré por las melenas de la imaginación soltada. Y si quiero hablar de lo esto o de lo otro, pues lo hago y en paz. Como si quiero hablar de los pies de los agapornis.

¿Tanto costaba?… Por fin…Habemus papa…Ya era hora. Con lo fácil que hubiese sido dejar libertad absoluta para hacer de cada mes un paraíso del vocabulario donde escribir sobre… Lo hermoso que es… O las maravillas de… O lo tonto que fue…

Habemus papa. ¿Tanto costaba? Ya era hora. Por fin… Pongo a dios por… Me refiero a… ¡Ya sé!… No… ¿Por qué no?… Porque no… ¿Y por qué no?… Se van a enterar… O a lo mejor no… ¡Ya lo tengo! Y si no lo entienden que se… No, que está muy trillado… Es más original si… O no.

Propongo como tema para la próxima caja negra: La libertad tabernaria, Ayuso o abuso.


Un equilibrio necesario (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Por más que intento buscar en la memoria, ya no me acuerdo de aquel maestro de primaria. Sin embargo, sí recuerdo con nitidez aquellas explicaciones sobre la importancia de los valores y las variaciones del pensamiento. En su intento por motivarnos, aquel buen hombre utilizaba una aproximación a la parábola asociando la endeblez de los árboles jóvenes con la flexibilidad del pensamiento. Nos contaba que un árbol joven podía moverse de un lado a otro en función de la dirección del viento debido al escaso grosor de su tronco. Él comparaba esa elasticidad del cimbreo con nuestra infancia y adolescencia, una etapa repleta de cambios, tanto físicos, como emocionales que se suceden a través del aprendizaje.

En sus clases nos refería que, cuando somos unos imberbes, y como algo natural, estamos abiertos a los diferentes pensamientos, así, y de repente, podemos ir a un extremo opuesto sin importarnos la contradicción, cambiamos de ideas con una naturalidad asombrosa y en un espacio muy corto de tiempo.

Aquel educador ponía en valor la inocencia y la flexibilidad del razonamiento frente al rigor y la terquedad que demostramos cuando hemos alcanzado la edad adulta, una época donde el posicionamiento ideológico es ya asumido como algo natural.

Sin embargo, no debemos confundir la renuncia de los valores y principios que deberíamos haber alcanzado con la madurez con la común rectificación para solventar las dificultades que la existencia plantea.

Difícilmente podemos transitar por la vida sin cambiar de opinión, eso es algo natural y aceptado en el desarrollo personal. Pero si somos demasiado frívolos con la honestidad y la moralidad que hemos logrado tras nuestro aprendizaje, en algún momento la conciencia nos dará un toque de atención y nos llamará al orden, porque aunque pretendamos engañarnos, siempre somos conscientes de las desviaciones de nuestra conducta.

No todo el mundo tiene claro este concepto y, sin embargo, se da como forma natural. Algunos, sin llegar a expresar la seguridad total de sus principios aceptan una fórmula intermedia, es decir, no saben exactamente lo que quieren, pero sí saben lo que no quieren, lo hacen por convicción o por intuición, pero al menos no son arrastrados por la moda que el momento propone.

Personalmente asumo con serenidad que se acerca el otoño de mi existencia, quizás por eso echo la vista atrás y considero que, gracias al aprendizaje y las experiencias que la vida me ha presentado, he conseguido tener un criterio propio. Sin embargo muchas veces echo de menos la flexibilidad y el atrevimiento de la infancia.

Tratando de justificarme, confieso que, a pesar de que mis venas y mis articulaciones empiezan a endurecerse, hay otros elementos que me hacen frágil. Mis inseguridades, mis recelos, mis dudas, mi decadencia física o mi dualidad emocional entre mi ciudad natal y la de residencia, son mis disimulados miedos los que al menos me facilitan cambiar de opiniones de vez en cuando. Es entonces cuando me acuerdo de aquellas enseñanzas y añoro la ingenuidad de cuando era niño. No, no me regodeo en ello, pero tampoco renuncio a esa debilidad que necesita del afecto de los míos para seguir buscando la sensatez en mis acciones y mi conducta, aunque sea realizando cambios en mi pensamiento.

Ayer fui fuerte e insensible, hoy puedo ser tierno y quejica; ayer fui ausente y hoy puedo ser cercano; ayer fui extrovertido y lenguaraz, hoy prefiero ser cauto y discreto. Durante mucho tiempo fui demasiado pragmático y ahora me complace la bohemia, y si en algunos momentos fui hosco, ahora necesito la caricia y el abrazo. También antes pensaba que el mundo podía cambiar, hoy me apena comprobar que todo continua igual, y no me resigno.

Por eso ahora, y antes de que se acabe mi tiempo y el certero leñador hunda el hacha en mi reseca y quebradiza corteza, solo procuro proteger de tormentas y vendavales, de aguaceros y pedriscos a ese tierno arbolito que crece alrededor y a la sombra de mi presencia. Una vida que perpetuará mi estirpe y suspiro porque algún día sea fuerte y afortunada sin perder esa fragilidad a la que siempre invitan la libertad, el amor y la belleza.


Noche de viento (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Aquí todo es salvaje, hasta las moscas te muerden con tal furia, que hacen sangrar la herida.

El viento ulula por las lonas de la tienda de campaña como si quisiera barrerla del paisaje, barrerme a mí del paisaje y así eliminar todo rastro de mi intolerable presencia humana.

Al atardecer, cuando el sol, ya cansado de abrasar mi pobre piel, comienza a ceder en su fuego incandescente, coge el mando el maldito viento. No me quejo, en absoluto, al soplar me concede una tregua al inclemente ardor de esta canícula acelerada que me ha tocado vivir, pero al llegar la noche su sonido aumenta los miedos insondables, acurrucados en un profundo y oscuro rincón de la memoria infantil. Su aullido, semejante a voces en la distancia, fantasmas violentos que se acercan y estrechan el cerco del pánico que se va instalando en mi mente. Se van aproximando a la entrada, llamando a la inestable puerta de cremalleras y lona. Cuando logro ahuyentarles, escucho otros pasos a mi alrededor. Son nativos ofendidos con mi inoportuna presencia que pretenden asustarme aleccionando a esta urbanita invasora y obligándola a levantar el vivac o que sirva de ejemplo a futuras invasiones de otras urbanitas. Para no oírlos y sentirlos por más tiempo, me doy la vuelta en mi cama, sin osar bajar las cremalleras que me separan de su sed de venganza.

Tras su marcha, escucho ignominiosas y terroríficas fieras que desean probar mi carne blanca y blanda de una urbanita que solo practica el sillonbol. Pretenden engullir y no dejar ni los huesos de mi persona. En la distancia, el ladrido de los canes, incansables, no presagia nada bueno en esta eterna noche sin luna y con viento de Poniente.

Por fin, llegan las luces del alba y me atrevo a descorrer las cremalleras de mi volátil casa. Afuera me espera el hermoso paisaje de cada amanecer. La paz y la tranquilidad que venía buscando. Todos los malos presagios de una noche ventosa se diluyen en mi memoria y esbozo una ancha y profunda sonrisa de satisfacción.


El recelo de Crispín (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

Gira radares

de nuevo este chisme

que anuncia silencio

frota

olisquea

salta en el interior

escarba

se cobija

deja su pelo

Y queda al abrigo

la voz

y las chuches de la tita

Giran las ruedas

de nuevo este chisme

que anuncia el reencuentro


Inquietud (Eva Soria)

Categoría: La caja negra

¿Hiciste la maleta? ¿Hiciste la maleta? ¿Hiciste la…?
El eco, que martilleaba mi cabeza , insistía en recordarme lo que yo me empeñaba en olvidar.
¡Nooooo !, no más maletas. Esta vez viajaría liviana, sin equipajes de ida y vuelta. El viaje que siempre dejaba aparcado en el terreno de los deseos irrealizables, empezaba a perfilarse.
¿Para cuándo? ¿Para cuándo? ¿Para cuándo?
Pistoletazo de salida. Esta vez sin destinos fijos, sin alojamientos reservados con antelación, sin descuentos, sin familia, sin testigos, sin la necesidad de descubrir para luego contar, sin fotografías bien enmarcadas, sin regalos, sin llamadas.
El viaje del que ni siquiera hablaba, el recorrido en solitario que pocos entenderían, tomaba forma.
Y en respuesta a ti, mi otro yo, el de la palabra adecuada, el que habita en el marco de la convención. No, no hice la maleta. No más equipajes innecesarios, ni recorridos programados . Una mochila olvidada en algún rincón del armario, empezaba a engordar con algunos trapos de los últimos años.
Pero, ¿ a dónde?, ¿ a dónde?, ¿ a dónde?
Eso ya no importa, donde me lleven mis pies, siguiendo los rayos de sol como brújula en el camino. Donde el tiempo marque las ganas de seguir o la necesidad de parar.
Observar despertares húmedos en briznas de hierbas, silenciar el ruido de autopistas colapsadas por vidas vertiginosas, acunar tempestades de cielos deshabitados. Liberar los impulsos, amordazados por imperativo legal.

Se rompen las cadenas, la vida apremia.



La definitiva (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

¿Qué harás tú cuando yo me haya ido? Cuando haya cogido la maleta definitiva, la del final de mis días. ¿Qué fotos, recuerdos y anécdotas mías se habrán instalado en tu memoria? ¿Qué dirás de mi cuando ya no pueda escucharte? ¿Qué palabras jamás pronunciadas me dirás entonces? ¿Qué caricias echarás de menos? ¿Qué besos? ¿Qué abrazos? ¿Qué miradas? ¿Con qué rellenarás el hueco que deje? Puede que lo llenes de lamentos o, tal vez, de sonrisas. ¿Y qué harás con el tiempo, o mejor dicho, el no-tiempo que ya no tendremos? Puede que revisites territorios que antes exploramos juntos o aproveches para no salir nunca de nuestro oasis. Y llenarás las maletas de conchas y arena fina para tratar de anegar la memoria.

O puede que, simplemente, lo olvides todo. Y entonces ya nunca regrese.


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