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Abstraída (Carmen Paredes)

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Categoría: La caja negra

Abstraída

bajo la parra

escucho el susurro de los pámpanos

¡Nicanor Nicanor!

las almidonadas hojas de la higuera corean

¡Juana Juana!

convocan a Gloria los rosales

olivos y acantos a Rosa

en pelea con Luis y Carolina

Los olivos son extremeños

¡Antonio!

llama el resucitado limonero

y el lilo a Juan Ramón

Claman los laureles

¡Garcilaso!

¡Federico!

el granado fértil

por lo bajo musitan

León Felipe los romeros

Me distraen

y he de construir un poema


Dos ocios (Carlos Lapeña)

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Categoría: La caja negra

I

Qué aburrimiento

qué ganas de hacer algo

pero qué sueño.

II

Miro la mosca

y me veo a mí mismo

merodeando.


Lo malo que es el ocio para las mentes (Carlos Gamarra)

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Categoría: La caja negra

El ocio es un veneno para las mentes

y estimula sentimientos vacíos

.

Cuando la nada ocupa los sentidos

las horas se disuelven y pasan sin propósito

porque es el crear lo que nos determina

.

Hay que encontrar siempre una razón

una causa una finalidad o un pretexto

para vivir


Calor sin fronteras (Ismael Sesma)

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Categoría: La caja negra

¡Vaya calor!, que se mete muy dentro y no deja hacer nada. Madre hoy estaría en casa en enaguas y dándole al abanico, ella tan recatada que nunca se ponía el bañador en la playa y miraba mal los bikinis. Recatada, catada por muchos, decía Marianito y se reía el muy cabrón, machote de los de antes, la mujer con la pata quebrada en casa y ellos en los bares o yéndose de putas; los amos del mundo.

Marianito con este calor era de camiseta de tirantes, como padre, que los combinaba con el meiba, nunca decía pantalón corto o bañador, tráeme el meiba le gritaba a madre, aunque solo tuviera que sacarlo del cajón de la cómoda; otro máster del universo, le salían unas piernecillas de debajo del pantalón corto que parecía imposible que sostuvieran la barriga y el resto de su cuerpo. Marianito pegó tarde el estirón y tuvo que cargar con el diminutivo hasta que entró en el manicomio cuando su padre le quitó la novia y no lo pudo soportar; el calor de aquel verano no ayudó. Fue directo al psiquiátrico provincial con los locos y las monjas. Padre iba a visitarlo algunas veces, le llevaba tabaco y paseaban juntos por un jardincillo que había delante del edificio principal y que arreglaban los pobres locos que podían trabajar. Cuando en el barrio le preguntaban por Marianito, negaba y decía: hay que ver cómo son las cabezas, y allí dejaba la frase, suspendida en el aire para la libre interpretación de la concurrencia, que solía poner cara de circunstancias y apiadarse de Marianito. Con el calor, sor Ángela de la Cruz hizo el camino al revés, dejó los hábitos, los locos y las batas blancas, harta del olor a medicación, de que le pidiesen tabaco a todas horas y de aquello de nada pedir, nada desear, nada rechazar que le imponía su cofradía. Volvió a llamarse África, que parece era su nombre verdadero, se dejó el pelo largo, cargaba con decenas de pulseras, collares y abalorios, llevaba vaqueros o minifaldas, no había quien la tumbase tomando cervezas. Madre la llamaba Afriquita con retintín, que tiene cojones en una mujerota que le sacaba la cabeza a casi todos los chicos del barrio; una exmonja era demasiado para madre, igual que las divorciadas o las madres solteras. Como Rosa, que no se conformó con tener un crío, tuvo dos y los sacó adelante a base de trabajar mucho, dormir poco y la ayuda de las vecinas. Rosa sabía que madre y otras como ella la reprobaban, pero nunca tuvo una mala palabra ni agachó la cabeza, sostenía la mirada con orgullo de mujer y madre. Nunca la vimos con un hombre. A veces coincidía con ella en los ultramarinos y dábamos un paseo a escondidas de madre, me gustaba su tranquilidad al hablar. Hasta que se cambió de barrio, su hijo pequeño le compró un piso en una urbanización con piscina y no volvió a aparecer por aquí. No me extraña, que hay que joderse el calor que hace en este barrio, se mete hasta el fondo del cerebro y no la deja a una ni pensar.


Ociosa mente (un diálogo) (Carlos Lapeña)

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ALUMNO: ¿En qué momento el ocio deja de serlo, maestro?

MAESTRO: Hay dos modos de enfocar el ocio…

ALUMNO: El diccionario de la Academia le dedica cuatro acepciones…

MAESTRO: Pero la pregunta no se la has hecho al diccionario, ¿cierto?

ALUMNO: Cierto. Pido disculpas.

MAESTRO: Nunca te disculpes por querer saber. La impertinencia también puede ser una virtud. Repito. Hay dos modos de enfocar el ocio; uno, en su relación con el trabajo, se refiere al tiempo libre entre jornadas laborales; otro, en su relación con nuestra actividad cotidiana, se refiere a la inacción.

ALUMNO: Por lo tanto, el ocio deja de ser ocio cuando trabajamos o cuando actuamos… No existe ocio durante el trabajo ni mientras estamos activos…

MAESTRO: Pero entendiendo estos dos enfoques por separado, lógicamente.

ALUMNO: ¿Entendiéndolos por separado? No entiendo.

MAESTRO: Si durante nuestro tiempo libre, de ocio, nos dedicamos a pintar nuestra casa, por ejemplo, realizamos una actividad y anulamos, negamos, el ocio. Si hacemos de la inacción nuestro oficio, ocurre lo mismo. Por lo tanto, ocio como tiempo libre y ocio como actividad se magnifican por separado, pero relacionados se anulan.

ALUMNO: Es decir, el ocio, en cuanto tiempo, no se define por lo que hagamos, sino por estar fuera de lo que entendemos por oficio, y el ocio en cuanto acción, no se define por el tiempo, sino por nuestra actividad.

MAESTRO: Así es…

ALUMNO: Aunque, me asalta una duda. El trabajo es actividad por definición, maestro, y, entonces, ¿podría entenderse que anula doblemente la idea de ocio?

MAESTRO: Bien traído… Veamos una excepción a tu argumento. Pensemos un trabajo inactivo… En La casa de las bellas durmientes, la novelita de Kawabata, ellas trabajan durmiendo y ellos pagan por contemplarlas. Podríamos hablar de redundancia del ocio: en el trabajo de ella y en la actividad de él. La inacción de ambos es casi absoluta. Hasta que se sube un peldaño más: ambos duermen. Alcanzamos así la apoteosis del ocio. ¿Lo recuerdas? ¿Qué opinas…? ¿Estás de acuerdo…? ¿Ya te has dormido? ¡Ay, señor! No tiene remedio, pero es tan hermoso…



El ocio de los séniors (Rafael Toledo Díaz)

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Aunque su afición favorita es la lectura, Tomás reconoce que después de leer tres novelas seguidas necesita cambiar de género literario. Confiesa, además, que la novela gráfica no le gusta demasiado. Pese a que se inició leyendo tebeos, no consigue evitar las reticencias sobre estos textos. Sin embargo, admite que sus ediciones son excelentes y muy cuidadas, pero que en la mayoría de los casos y, desde su punto de vista, aprecia demasiado equilibrio entre el relato frente a las ilustraciones. Leer para él significa imaginar, disfrutar e inventarse paisajes y situaciones en su cabeza, que se lo den todo resuelto aunque sean libros muy bonitos no le entusiasma especialmente.

No obstante, en su pequeña biblioteca hay varios volúmenes de cómics popularmente conocidos que le han regalado. Últimamente ha vuelto a hojear uno que trata sobre un par de abuelas, de sus vidas y sus recuerdos; me refiero a “Estamos todas bien”,de Ana Penyas.

Después de releerlo, Tomás siente un cierto alivio al comprobar que, a pesar de su originalidad, muchas historias se parecen, porque en la vejez existen situaciones comunes que reflejan las carencias, las enfermedades o la soledad.

Igual que en otras ocasiones, además del relax que le proporciona la lectura, siempre aprende algo que le sirve para su vida diaria; porque también en su familia sobreviven dos abuelas.

Como sus maridos fallecieron muy pronto, las ha calificado cariñosamente con el apelativo de “viudas de largo recorrido”; con sus recuerdos, sus achaques, sus manías y sus entretenimientos. Menos mal que a pesar de su longevidad todavía son independientes, aunque cada vez más necesitan ayuda y asistencia.

Como en el cuento referido, las dos tienen y tuvieron trayectorias muy dispares, seguramente por eso su ocio y sus aficiones varían bastante de una a otra.

Felisa fue profesora durante muchos años en un instituto de una gran ciudad, a poco que la conocieras, todos reconocían que era una docente preparada y atrevida que se desenvolvía con soltura en la vorágine diaria de la urbe. Como mujer trabajadora era resolutiva y práctica compartiendo con su esposo las tareas del hogar, aunque ella reconocía que no le gustaban demasiado.

Por el contrario, Pura y su marido emigraron del ámbito rural cuando ya tenían una edad madura buscando el abrigo de sus hijos. Ella apenas tuvo formación académica y la costura fue su actividad y su refugio. Sin embargo, su viveza y su sentido común le ayudaron a sobrellevar el cambio que supuso la viudez.

Pero últimamente Pura trae de cabeza a toda la familia, sobre todo a los nietos. A ella, a pesar de no haber estudiado, siempre le encantó la tecnología, sobre todo “cacharrear”. Cuando el abuelo cambió el primer vídeo Beta por el sistema VHS, se encargó de copiar todas las cintas en el nuevo formato. Más tarde volvió a realizar el mismo proceso y pasarlas a CD para preservar todas las películas y reportajes que grabó de la tele. Por eso, todos alababan su desenvoltura con las nuevas tecnologías. En tono de broma, sus nietos le decían que era una “máquina”, elogiando su habilidad.

Pero ahora sufren las consecuencias del empoderamiento de Pura porque la era digital se le resiste, y de qué manera. A cada momento los llama o los requiere porque ha desconfigurado algo, no recuerda la contraseña, o no le funciona el “Yutube”, como ella dice. Con frecuencia, demanda nuevas aplicaciones que le ha recomendado alguna vecina y, como una adolescente cualquiera, visiona compulsivamente vídeos sobre punto, comidas o bizcochos en un intento de reafirmarse o, simplemente, para vencer el aburrimiento.

Menos mal que no le ha dado por las redes sociales, porque entonces les habría abierto otro frente complicado de gestionar. Ella es incapaz de leer aquello que le indica la pantalla del móvil y aduce, como pretexto, su falta de vista y toca cualquier tecla pensando que en alguna acertará.

Felisa, sin embargo, es la antítesis de Pura. Después de jubilarse, y cuando falleció su marido, decidió comprar una casa con huerto en un pueblo alejado del ruido de la capital. Ahora, una vez realizadas las pocas tareas domésticas, la puedes ver con su azada quitando las malas hierbas. Cada año siembra verduras y hortalizas que abastecen a toda la familia. Ella, que antes era una apasionada de la literatura, ahora solo lee manuales que tratan de injertos, de pesticidas o sobre los cultivos de temporada. Para colmo, al poco de llegar, compró unas cuantas gallinas y, aunque nunca le gustaron las mascotas, ahora tiene un perro y dos gatos con los que habla y les regaña como si fuesen personas. Cuando se instaló, se encontraba tan eufórica que en algún momento se le pasó por la cabeza comprar un par de ovejas, pero afortunadamente consiguieron quitarle la idea razonándole que iba a suponer demasiada tarea.

Al principio todo fue sobre ruedas, aunque ahora Tomás y su familia deben visitarla cada fin de semana para hacerle un seguimiento, porque ya está muy mayor. Menos mal que los vecinos de alrededor siempre están atentos a cualquier incidencia para avisarles.

De vez en cuando se llaman por teléfono entre ellas, pero son tan diferentes que solo las une el civismo y la cortesía por ser familia política. Como apenas tienen nada en común, sus conversaciones finalizan siempre contándose sus dolencias y la cantidad de pastillas que toman diariamente en una competencia sin sentido ni razón.

Pura es dicharachera, extrovertida y algo cotilla. Felisa es tímida y retraída, tanto que pudiera parecer hosca, sin embargo es generosa en exceso, porque siempre que la visitan les llena el coche con productos de su huerta.

Ante la atención que demandan las abuelas, a Tomás no le falta trajín de ir o venir. Aparte de leer, nunca se aburre y apenas le queda tiempo para el ocio. A veces piensa que también él llegará a necesitar atenciones y cuidados, otra cosa es pensar en quién se los prestará. Mientras tanto, siente envidia de algunos de sus vecinos que, cada mediodía, disfrutan del aperitivo contemplando desde el bar las obras de la esquina, enfurruñados por las incomodidades que provoca la hormigonera pues, esta mañana, y desde muy pronto, han vuelto a cortar la calle y nadie puede aparcar en el barrio.

  • Imágenes de Carmen Marcos Guardiola.

Del todo al vacío (Maite Martín-Camuñas)

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De pronto un día, mi agenda apareció vacía. Ninguna reunión sin compromisos sociales, ni laborales, ni cuidados ajenos. Cero cosas por hacer. Y en ese momento se me planteó qué podía hacer con todo el tiempo libre que tenía por delante, días y días sin compromisos, mañanas libres, tardes sin prisas. Me recosté en mi sillón para disfrutar de todo ese tiempo libre y mi mente comenzó a divagar.

Me llegó desde lo profundo de la memoria aquel primer beso de tu boca y mi boca. Allí, entre nuestras montañas, sin sospecharlo un momento antes, resguardado por los pinos, alisos, arces y abedules y esos intensos olores a brezo, romero y tomillo, con el manantial entre ambos, nuestros ojos se encontraron y quedaron prisioneros los tuyos en los míos y los míos se llenaron de ternura al bucear en los tuyos y así, sin apenas darnos cuenta, nuestras bocas se besaban con timidez al principio y con ansia y pasión al cabo. En ese beso, que quizás por ser del pecado fue más vehemente y anhelado. Después la vida tomó las riendas y los caminos concurrieron incontables …

¡Hay que ver lo que hace el ocio con las mentes!


Sky Falls (Maite Martín-Camuñas)

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Confluyó la nube

y embelesó a la montaña;

la besó con dulzura,

acarició sus cumbres,

se deslizó por sus laderas

y la desamparó bruscamente.

Se fundió con el lindante mar

y se olvidó de la colina.

Ella quedó

habitando el silencio,

mirando el horizonte

a veces a la mar abierta

pero a veces a la niebla

y la distancia.

La montaña un día

se abrió de carnes y sonrojos

y de sus entrañas brotó

un manantial de serenas aguas

y por siempre recordó

a aquella nebulosidad viajera

que tanta felicidad

la proporcionó


De Albarracín a Lisboa (Carmen Paredes)

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Tajo

Tejo

Atlántico

padre

qué nadie te haga

riego en campo de golf

ni maíz en el Segura

siempre aroma de madera

y de barniz

Tajo

Tejo

Atlántico

padre

morderemos la piel del agua


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