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Almendras, nueces y miel, fue la excusa (Soledad Rizzo)

Categoría: La caja negra

Me había apuntado a un taller de escritura, que no resultó ser lo que esperaba, tanto que muchas veces, sentada en mi silla, refrenaba el impulso de coger mi abrigo, mi bolso y salir de la clase para no volver jamás. Pero qué me retenía allí, te preguntarás. Me retenía la persona que se sentaba a mi lado. Por alguna extraña razón, acabamos sentándonos juntas cuando ambas nos vimos injustamente sentadas junto a un pupitre vacío, ella a la derecha y yo a la izquierda, ella en la fila de adelante y yo una más atrás. Yo pensé que era ridículo eso de mantener aquella soledad por pudor a preguntarle si podía ocupar su espacio vacío. Y así fue como acabamos juntas sin saber lo especiales que acabaríamos siendo, la una para la otra, apenas unos minutos después. ¿Has sentido alguna vez esa sensación de familiaridad con alguien que no conoces? Pues eso fue lo que me pasó. Para romper el hielo le pregunté: ¿Sabes tú hacer esas pastas tan ricas que se comen en tu cultura? Y ella, con sorpresa y alegría en la voz, de que alguien le dirigiera la palabra, me contestó: ¡Claro, para empezar necesitas almendras, nueces y miel!


Los alfajores mágicos (Javier González)

Categoría: La caja negra

Hans salió de casa muy temprano con el encargo de vender la única vaca que les quedaba. Su madre insistió en la importancia de una buena venta, pues de ese modo comprarían comida para pasar el invierno. Silbando su melodía favorita arrancó camino al mercado que distaba a una media jornada de su casa. Saludando a los pajarillos y a las liebres que encontraba en la ruta, fue a dar con un extraño individuo al que jamás vio por aquellos parajes.

-Un extranjero de paso –pensó.

Nada más acercarse a Hans y sin mediar un buenos días le propuso un trato.

-Te cambio tu vaca por este puñado de alfajores mágicos –soltó sin vacilar.

Se miraron fijamente sin que ninguno hablara, hasta que Hans, pensando que no debía pensar más, decidió no dejar pasar la oportunidad que el destino le brindaba y cambió su flamante vaca por un puñado de alfajores mágicos.

Apenas avistó el tejado de su casa comenzó a gritar con jubilosa voz la maravilla que la fortuna había puesto en su camino. La madre de Hans, sorprendida por la rapidez de su hijo en volver del mercado, sospechó que nada bueno atacaría sus oídos. Cuando escuchó, atónita, por boca del muchacho, la historia de la vaca y los alfajores mágicos le dio un parraque que a punto estuvo de ocasionarle el óbito más fulminante que le pueda pasar a una madre que ve como su vaca, su futuro, ha quedado reducido a un puñado de dulces navideños.

-¿Tú, además de tonto, eres tonto? -le dijo a su hijo mientras tiraba por la ventana los alfajores.

-¿Alfajores mágicos? He odiado toda mi vida los alfajores y tú, zoquete, cambias a la vaca que debía darnos de comer porque un espabilado te afirma que esta mierda es mágica.

Hans, que había mantenido la cabeza hasta ese momento agachada, ante la mirada en picado de su madre, pudo contemplar con toda claridad como los alfajores que habían caído bruscamente en el suelo se convertían en hermosas vacas, impolutas, de exuberante cornamenta y unas ubres gigantes cargadas de leche, capaces de abastecer a una ciudad entera ellas solitas.

Sin cruzar palabra alguna, madre he hijo cogieron sendos cubos de zinc y se pusieron a ordeñar a cada una de las vacas. En poco menos de media hora habían agotado todos los bidones que tenían.

Las vacas alfajoreras no solo daban cada día más cantidad de leche sino que además era de un sabor inusual, más dulce y apetitoso y aportaba tal energía a quien la consumía que convertía la vejez en un juego de niños.

Venían de toda la comarca a comprar la leche de Hans. El dinero caía en sus bolsillos en cantidades tan grandes que tuvieron que comprar muchísimas cosas para hacer hueco en las cajas fuertes. Mandaron construir una casa nueva, un nuevo establo con todo lujo de detalles, un almacén de grandes dimensiones y un armario ropero de escándalo.

Desde el día que cayeron los alfajores mágicos al suelo, madre e hijo no volvieron a discutir. Se dedicaron en cuerpo y alma a explotar la inagotable fuente de leche que poseían y cuyos réditos les había convertido en la madre e hijo más ricos del lugar.

Los buenos vecinos de Hans bebían varios litros al día de aquella leche que les hacía más vigorosos, tanto que las familias crecieron en vástagos a gran velocidad y estos, alimentados, cómo no, con el maná de las vacas alfajoreras, crecían a un ritmo vertiginoso.

Pasaron los años y las vacas daban cada vez más leche y de mejor calidad. La comarca cuadruplicó su población, no solo por los nacimientos que se producían. Las muertes o eran accidentales o provocadas porque por enfermedad, por decrepitud o de modo súbito no se producían. Era una comarca cuasi inmortal.

La tierra no daba ya alimentos suficientes para alimentar a tanta prole. Los animales, incluidas las mascotas, pasaron a formar parte de la dieta hasta que se extinguieron. Sin nada que echarse a la boca, bebían y bebían leche de Hans. Fueron engordando desaforadamente a base del milagroso lácteo. En sus sienes nacieron unas incipientes protuberancias que florecieron en cuerno blanco y puntiagudo. Para sostener mejor el peso decidieron volverse cuadrúpedos. Cambiaron sus ropas por una piel repleta de finos pelillos puntiagudos. Se transformaron a fuerza de leche en vacas y Hans y su madre, que nunca la bebieron, se vieron rodeados por miles de vacas buscando ser ordeñadas. El silencio en la vida de Hans se convirtió en una sinfonía de mugidos constantes y ensordecedores que no cesaban ni de día ni de noche.

Cada vez más hinchadas la multitud vacuna rodeaba la casa de Hans esperando que alguien aliviara su exceso de leche. Los dos agazapados tras las ventanas contemplaban como cada vez venían más y más infladas. De pronto, los mugidos se tornaron en gritos desesperados y una multitud de explosiones dieron rienda suelta a un tsunami blanco que arrasó la casa, el almacén, el establo y toda la comarca que acabó cubierta y ahogada en un mar lácteo y viscoso. Hans y su madre se hundieron en los blancos fondos como migas de sobaos en la taza del desayuno. El tiempo, el viento y el sol fermentaron la leche hasta convertir en un gran queso el océano blanco que sin querer había traído la torpeza de Hans al aceptar el absurdo trueque con un tipejo que nadie vio y que no volvió nunca…

-Hans, despierta, ya es Navidad –le susurraba su madre para no molestarle.

-Tuve un sueño muy extraño –dijo aún con voz soñolienta.

-Luego me lo cuentas. Tienes que asearte y desayunar para ir al mercado a vender los alfajores.

-¿Los alfajores mágicos?-exclamó con voz asustada.

-¿Mágicos? Son los alfajores que vendemos todos los años por estas fechas. Cada día estás más bobo –le replicó su madre.

-¿Y si en el camino me encuentro con un desconocido que me ofrece cambiar los alfajores por un puñado de vacas, qué hago?

-Ordeñarlas –apostilló a modo de burla.

-¡Nooooooooooo! –Hans salió corriendo como alma que lleva el demonio.

– Lo que digo. Cada día más bobo –sentenció con abnegada paciencia la madre.

Imagen extraída de Depositfhotos

Cuento para otro diciembre (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Estaba en una plaza de toros, lleno de desasosiego. Toreaba a una letra de cambio enorme, de aquellas que firmábamos por docenas para comprar nuestra casita. Y el capote era un décimo de lotería, al que no lograba ver el número. La letra de cambio embestía sin orden ni concierto, pero con mala leche indudable, yo la esquivaba y el público se impacientaba. En una de las barreras, vi a mi suegro, que renegaba negando con la cabeza.

-¡Por los adentros, toréala por los adentros!- Me decía.

Se lo contaba a mi mujer, todavía nervioso, pero ella se partía de risa.

-¿Hiciste caso a mi padre, con lo guasón que es?

No se lo confesé, pero le había hecho caso. La letra de cambio me arrinconó en tablas, me arrolló y volteó varias veces. Cuando la cuadrilla me llevó con prisas a la enfermería, apareció un notario para dar fe de lo sucedido y, de paso, anunciarme que la letra sería devuelta a los corrales, lo que ocasionaría un aumento de los gastos a pagar.

Herido en mi honor, volví a la plaza con un revuelto de vendas para ver cómo los mansos, que eran un puñado de cabras, salían a la plaza y hacían por llevarse a la letra, que las embestía cuando se acercaban. Hasta que una de las cabrillas la pilló despistada y se la comió. El público, divertido, comenzó a tirar periódicos, serpentinas y crismas al ruedo, que fueron engullidos por el resto del rebaño. A mí, a esas alturas, solo me importaba recuperar el capote, porque el sorteo estaba próximo.

Para entonces, el único que me hacía caso era mi suegro, que repartía puros al notario y a los principales del festejo, mientras seguía dándome consejos que yo no escuchaba. Le hice un gesto con la mano para que me dejase en paz. Camino de la enfermería, me fui quitando las vendas y resultó que nada me dolía. Además, debajo del vendaje tenía puesto el pijama, un regalo de mi suegro, que asemeja un traje de torero. La enfermería estaba vacía, en un rincón había un árbol con sus adornos y a sus pies, una bandeja con dulces navideños. Me comí varios alfajores, mis favoritos y, cansado de tantas peripecias, me acosté en la camilla. Soñé que estaba en casa y le contaba a mi mujer un sueño tremendo que acababa de tener, y que ahora he olvidado. Amanecí abrazado a mi décimo de lotería.


Tiempo de alfajores (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

Por imperativo legal

Yo te quiero

Tú me quieres

Él nos quiere

Nosotras le queremos

Vosotros nos queréis

Todas se quieren

cuando las luces

se suben a los árboles

y sobre piñas doradas

depositan la sonrisa

envuelta en lazo rojo

que oculta la hipocresía

de todo el año

Y toma fuerza para el siguiente



Dulces de Navidad (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Se escuchan trinos
de los pájaros tardíos
Se escuchan los gritos
de las parejas sin amor

Pero al fin llegan las Pascuas
La luz golpea mendigos
y una música perdida
resuena en la distancia

Los niños ya no cantan villancicos
y la carencia resalta en los barrios pobres
donde suele haber más santos ateos

           Hemos perdido la inocencia
           pero nos quedan los alfajores

Al-hasú (Maite Martín Camuñas y Rosa Caporuscio)

Categoría: La caja negra

EL éxodo cruzando el mar,

lágrimas desbordando las cientos de galeras.

Unos miran hacia el futuro,

los más,

hacia ese pasado que les desarraiga

de sus moradas, sus predios.

Fracasada la contienda,

solo queda salvar la vida

o perecer con sus gentes.

En esta forzosa huida

el quebranto subsiste tras ellos.

Y para no olvidar su origen

les acompaña su imprescindible

Al-hasú” *

para iniciar una nueva

andadura

en las ajenas tierras.

Allá,

franqueado el mar y sus columnas,

aparece su nuevo hogar,

Al- Ándalus,

y agasajarán por siempre

su “alfajor

Ilustración realizada por Rosa Caporuscio

*(El relleno), pasta que se hace con almendras, miel, harina, sésamo y diferentes especias que, envuelto en obleas, utilizaban los andalusís para alimento complementario de viaje, por ser muy nutritivo y no perder sus cualidades durante mucho tiempo. A día de hoy lo conocemos como “Alfajor”. Posteriormente lo llevaron los conquistadores a América.


Alfajores para Navidad (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

A estas alturas no creo que la actividad de mi wasap llegue a estresarme. Sin embargo, cuando los miembros de El Globosonda hacemos las propuestas para elegir el tema del mes, todos queremos aportar nuestra idea. A partir de ese momento el soniquete que anuncia un nuevo mensaje suena más de lo habitual.

Este noviembre los comunicados empezaron a sugerir palabras y conceptos muy distintos y peculiares. Unos y otros escribíamos esto: gases, alfajores, zam-boooombaaaa, sálvese quien pueda o luces y sombras -que era mi propuesta tratando de animar al resto para hacer balance del año-. Al final se impusieron los dulces por mayoría. Y me alegro, que tampoco está nada mal para las fechas que se acercan.

A pesar de la mercantilización y el obsesivo y anticipado anuncio de la Navidad, estas celebraciones siempre me recuerdan la infancia, que fue tan diferente al consumismo que nos invade y que, ahora, a pesar de las penurias de aquellos años, tengo idealizada. Será por eso que me parecían, y me parecen, tan extraordinarios aquellos días de abundancia contenida, de comidas con más enjundia de las habituales. A muchísimos de los de mi generación una naranja caramelizada envuelta en celofán nos hacía felices y, por supuesto, los dulces tan típicos de la época.

Sin embargo, y a pesar de mi galguería, yo siempre he sido más de mazapán y polvorones que de alfajores. Me refieren que prefería la cantidad a la exquisitez pues, como crío, no era consciente de la baja calidad de aquel mazapán que vendían a granel y que contenía más harina que almendra, pero siempre tuve una especial atracción por este dulce que se muestra en diferentes formas como peces, jamoncitos, lunas, trenzados o panecillos; las roscas de mazapán que simulaban una serpiente decorada con anisillos y que venían en una caja redonda solo eran objeto de deseo a través del escaparate de la pastelería.

Ni que decir tiene que los alfajores tienen un origen árabe. Según las informaciones, este dulce llamado también al-hasú y que significa relleno, contiene almendras, nueces, agua-miel, pan molido y especias. Desde la invasión musulmana de la península, enseguida su consumo se afianzó en la gastronomía. El mazapán, sin embargo, aunque algunos también apuestan por el mismo origen, parece ser que es más tardío e incluso alguna leyenda dice que su elaboración se inició en un convento de monjes en Toledo allá por el siglo XII.

La palabra alfajor es uno de los más de cuatro mil arabismos que contiene nuestra lengua, lo que dice bastante de la gran influencia que tuvo la invasión musulmana que acabó con el periodo visigodo en la península.

Resulta una paradoja que para disfrutar de una tradición eminentemente cristiana se utilice un dulce que proviene de una cultura tan diferente, pero eso demuestra la importancia que tuvo el mestizaje de gentes y costumbres durante los ocho siglos que duró aquel periodo hasta la expulsión de los moriscos de Granada por los Reyes Católicos.

Todo esto me vuelve a recordar aquella educación basada en memorizar y que tan bien reflejó El florido pensil. Memoria de la escuela nacional-católica. Si bien en algunos pasajes aquella enseñanza ponía en valor la cultura y el arte que los musulmanes desarrollaron en nuestro territorio, sobre todo en ciudades como Córdoba o Granada, el adoctrinamiento y el dogmatismo fueron la norma general de aquella pedagogía. Desde la batalla de Guadalete hasta la rendición del sultán nazarí Boabdil transcurrieron ochocientos años, un tiempo demasiado largo para que pueda considerarse una reconquista como tal.

Tuvimos que hacernos mayores para reconocer que no todo es blanco o negro, ni todos son buenos o malos; porque la historia no puede, ni debe, simplificarse hasta tal extremo por intereses ideológicos, algo que sucede con demasiada frecuencia. Si examinamos con detalle las crónicas sobre aquel tiempo comprobaremos que, en bastantes batallas e incursiones de la llamada “Reconquista”, los reyes cristianos y moros fueron aliados frente a enemigos comunes. Todos esos sucesos que sucedieron durante aquella época provocaron el inevitable mestizaje que después ha diferenciado nuestra historia respecto a otros pueblos; la lengua, las costumbres, la gastronomía, los usos agrícolas y muchísimas más materias prosperaron y se enriquecieron con esta amalgama de culturas. Sin embargo, a partir de los Reyes Católicos solo se impuso la gesta de la victoria y un sentimiento de nación, olvidando todos los matices que a través del tiempo, a pesar de luchas y batallas, tanto nos ayudaron a progresar.

Ahora, a pesar de la enésima crisis que nos afecta, la Navidad definitivamente se ha convertido en una celebración donde el consumo prima más que la tradición, una creencia que ya solo sirve como pretexto para la vorágine consumista. Esos alfajores que ahora vemos en las tiendas, en los supermercados o en las pastelerías y obradores son un dulce más que ya pasa inadvertido ante tanta variedad. Solo la etimología de su nombre, que muy pocos reconocen, nos acerca a aquella mezcla de culturas.

Este año, como siempre, esperaré a que se acerque la fecha para comprar… evidentemente, figuritas de mazapán porque, de toda mi familia, solo me gustan a mí. Es posible que después de animarme a escribir esto compre también algunos alfajores. Lo haré solo para recordar su sabor y para asumir que también ahora, y en la ciudad donde resido, la diversidad y el mestizaje son señas evidentes de su singularidad.


Alopecia, ahora (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

Mi madre siempre me decía que no sabía si había nacido pronto o tarde, pero que no estaba en mi tiempo. Para confirmarlo, el pelo se me comenzó a caer a la vuelta de la mili y no paró hasta que me quedé completamente calvo. Como una bola de billar, reía mi hermano.

La calvicie me convirtió en un tipo huraño, notaba cómo las chicas se reían cuando me veían aparecer; ninguna quería irse con el calvo. Un peluquín mejoró mi moral, volví a alternar y me reincorporé al mundo de los jóvenes. Hasta que una vez, bailando en una discoteca, la peluca voló y todos los presentes se volvieron a observar el prodigio. El peluquín quedó arrumbado en el armario, junto con mi estima y la confianza en el mundo. Vivo solo, cumplo con mi trabajo de taxista, salgo de tarde en tarde con otros marginados que me toleran tanto como yo a ellos y, si se me calienta la entrepierna, voy con alguna profesional que hace como que me toma en serio mientras me aligero.

Ahora, me dicen que marche a Turquía, que hacen maravillas. Pero me veo mayor para embarcarme en la aventura; soy persona de seguridades y tranquilidad, y ya me he hecho a evitar el espejo, las miradas y el compromiso. Otros me animan para que me deje ver, dicen que ahora se lleva la calvicie. Y me acuerdo de mi madre. Dicen que se lleva la calvicie, mamá, ¡hay que joderse!, le diría. Ella movería la cabeza en señal de incredulidad y me contestaría: ¡dónde vamos a parar, hijo!


Sin pelos ni cabellos (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Las noches del otoño son ideales
y con su prolongada calvicie
la luna se burla de la tierra

Sin bulla   en silencio
la alopecia se pasea por los cuerpos
Alguna viaja a Turquía

Cada vez se encuentra más pelaje
en el corazón de los hombres
que en su cabeza

Con los años el vello crece
y se transforma en pelo fuerte
que no suele dura mucho

Por fin los cabellos se repliegan
y buscan nuevos lugares para ocultarse
antes de que la alopecia les encuentre

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