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Historia mínima (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

No lo menciono a modo de excusa, pero era verano. Seco, excesivo, persistente; demoledor. El mal humor aparecía por cualquier rincón y no había parasol en el que refugiarse. Aquel todoterreno prepotente y metalizado hizo una maniobra imprevista que me obligó a dar un volantazo peligroso y echarme al arcén. Siguió tan campante; la cosa iba con él. Después del susto, pensé en el aire acondicionado que seguro llevaría, me alisé el pelo mojado y le juré lo peor. Si hubiera sido una orden, no la habría ejecutado mejor. El cochazo se elevó en el aire, giró como un trapecista y reventó contra el asfalto. Al día siguiente, era portada en todas las televisiones. Aparqué mi utilitario debajo de casa; supongo que allí seguirá. Entre los calores impenitentes y el remordimiento que parecía consumirme, terminé ingresando en los Cartujos. Aquí se habla poco; por lo demás es un mundo pequeño como otro cualquiera. Rezo, trabajo y rezo con fe y tesón verdaderos. Aunque, si hay que fiarse de las escasas noticias que nos llegan de fuera, con poco éxito.


Verano, el apocalipsis (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Que el comportamiento del ser humano es contradictorio, caprichoso, irracional y demasiadas veces extravagante es algo incuestionable, mucho más en cuanto a su actitud frente al clima se refiere.

Así, en invierno, cuando en las calles hace un frío que pela no es de extrañar que, a través de ventanas y balcones veamos dentro a individuos con ropa ligera, en camiseta o manga corta. Sucede al contrario en verano, cuando el tórrido calor aplasta las calles y las chicharras no dan abasto, entonces, algunos, para soportar el aire acondicionado que estará a montones de frigorías, deberán echar mano de una rebequita para no resfriarse.

Esa actitud individual se multiplica cuando las cuestiones ambientales se trasladan a la colectividad, véanse por ejemplo los centros comerciales o cualquier espacio público, negocios donde se dispara el consumo para climatizar los amplios recintos.

Todas estas comodidades no han llegado de la noche a la mañana, pero las tecnologías modernas han conseguido que podamos “disfrutar” de este aparente grado de bienestar en nuestros hogares y en otros locales administrativos o de ocio. Sin embargo ¿nos hemos preguntado a qué precio estamos pagando este elegido confort?, seguramente no, pero la realidad es que gastamos ingentes cantidades de energías fósiles y renovables para consumar nuestro capricho, mientras tanto, el planeta sufre; porque a toda fuerza se opone una contraria, y el aire fresco de nuestros pisos devuelve a las calles más calor si cabe del que ya existe.

Que siempre hubo olas de calor y de frío es algo contrastado, pero lo que no resulta tan normal es la rápida frecuencia con la que están sucediendo últimamente estos fenómenos.

Estaba reflexionando sobre estas cuestiones tan del momento procurando aplicar el sentido común al asunto, lo hacía saboreando una cerveza bien fría, tratando de mitigar la segunda ola de calor sin que todavía se hubiese anunciado el verano oficial. Y fue entonces, de repente, cuando me vino al pensamiento una afirmación rotunda, y me dije: “Esto es el apocalipsis” porque nunca antes había tenido una sensación tan agobiante y extrema. En concreto me acordé del pasaje de las siete trompetas del último libro del Nuevo Testamento que contiene las revelaciones escritas por el apóstol San Juan. Excepto la última, todas ellas pronostican desastres medioambientales, catástrofes marinas, fuegos, contaminación de las aguas, plagas etc.

Releyendo lo que significan estas amenazas catastróficas no me asusté demasiado, es más, alguna vez he pensado sobre qué relación tienen estas adversidades climáticas que vienen sucediendo con las profecías que anuncian las sagradas escrituras. Pero la realidad incuestionable es que nos estamos cargando el planeta en dos días nosotros mismos en aras de nuestro egoísmo.

Por eso no confío demasiado en las medidas para combatir el cambio climático que proponen los gobernantes de los países más “desarrollados”, remedios que intentan frenar los efectos devastadores de una naturaleza que se rebela. A veces, para consolarme, me refugio viendo documentales de agricultura ecológica o sobre la ganadería extensiva. Me atempera ver cómo algunos románticos intentan convencernos de las bondades de la agricultura tradicional, es un placer contemplar los viñedos llenos de hierba o escuchar el suave rumor de los arroyos de aguas cristalinas discurriendo entre los bosques de galería. Pero no soy un ingenuo y pienso que muchos de estos parajes naturales ya no existen, son imágenes idílicas que solo podemos ver en la tele y que ya han desaparecido. Así que, a pesar del embeleso que me producen estos reportajes, el efecto se esfuma rápidamente y paso del regocijo al desánimo ante el desastre inminente.

Les confieso que me da miedo cuando los políticos en cualquier ámbito de su gestión utilizan la palabra “sostenible”, opino que la manosean con una ligereza que da pavor, sobre todo cuando se refieren al medio-ambiente. Lo más probable es que después de hacerse la foto plantando o regando el arbolito del “futuro bosque”, esa prioridad pasará a formar parte del pasado y se convertirá en desidia hasta que necesiten publicitarse para una nueva campaña.

En fin, ante tanta lentitud, burocracia y conflicto de intereses mucho me temo que ya no se puede revertir el calentamiento global y esto se va al traste. Habrá que resignarse y soportar con estoicismo las olas de calor y los incendios forestales por venir. Por eso a nadie le extraña que “Esto es el apocalipsis” se haya convertido en un expresión popular para referirse a los excesos del clima, sobre todo ahora, en la canícula, cuando el calor no da tregua.

De cualquier manera, y como no quiero ser tan negativo, aunque solo sea por refrescar la memoria, me gustaría poner una sonrisa al final recordando aquel momento clave de la televisión de antaño. Me refiero a un programa que seguramente no habrán visto los más jóvenes y que se titulaba “El Mundo por Montera”. Aquel día en concreto el tema del debate era “El Apocalipsis”, y allí, sobre un plató repleto de sesudos tertulianos deambulaba dando traspiés el surrealista y genial Fernando Arrabal que, con un pedal del quince, agitaba la polémica susurrando y diciendo: “El milenarismo va a llegarrrr”.


Neo-verano (Maite Martín-Camuñas)

Categoría: La caja negra

Bajo las efervescencias

de un tórrido verano,

los virginales senos

prenden bajo las ardorosas

caricias

de las concupiscentes manos

de un sol abrasador,

que a su paso

por el Trópico de Cáncer,

hace encender la piel.

La cabeza se embota

tras sus pérfidas

galanterías

que marcan

la superficie

para el presente

y un incierto futuro.

Son requiebros

que preceden al tormento

de un apocalíptico estío.



Como pollo sin cabeza o… más vale pollo en mano (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Lloyd Olsen se encuentra en la cama de un hospital. A sus casi ochenta años, el granjero está viendo morir los últimos días de su vida, en soledad. Una máquina, en simbiosis con su cuerpo, insufla aire a sus colapsados pulmones y lo mantiene semidespierto. Quizás sea por eso por lo que en su frágil conciencia se repitan imágenes vívidas de su querido amigo Mike. Han pasado más de cuarenta años, pero no lo ha olvidado. ¿Cómo pudo suceder? Aquel pequeño animal vivió junto a él durante dos años, a pesar de haberle seccionado con el hacha buena parte del cráneo. “¡Maldita sea mi estampa!”, se maldijo en varias ocasiones al darse cuenta de que esa noche no cenaría pollo. Mike, ya sin cabeza, se le escapó de entre los dedos y corrió a esconderse en algún rincón del corral. Parecía tener la capacidad, ya sin cerebro, de retener en la memoria las dimensiones del mismo. Daba la sensación que desde allí lo miraba, sin ojos, e incluso trató de acicalarse con una pata y graznar con un inexistente pico. Aquella forma de mirar, sin mirar, ocultaba un vacío mucho más profundo que el agujero que el filo del hacha había dejado en su cuello. Lloyd quedó tan maravillado con aquello que lo mantuvo con vida todo lo que pudo, a base de leche con pan y pequeños granos de maíz que introducía con una jeringa por el agujero abierto del gaznate. El animal movía las alas frenético, cada vez que lo tocaba, a la espera de su merienda. Lloyd siempre tuvo la duda de si aquel ser sintiente era el mismo que aquella tarde estuvo a punto de desplumar para la cena. ¿Cómo se puede ser sin cerebro? ¿Era Mike, en realidad, una simple cáscara con un mínimo interés por mantenerse con vida? ¿Y quién no lo es de alguna manera? Quizás esta pregunta surja ahora con mucha más intensidad, dadas sus circunstancias, cuando la vida parece un camino a través del bosque, atravesando claros de luz y zonas en penumbra.

Juntos recorrieron multitud de ciudades en las que el pollo fue exhibido frente a un cada vez más entregado público. Llegaron a ganar cuatro mil de los grandes al mes. Para Lloyd fueron los momentos más intensos de su anodina vida. Pero tras su muerte, todo se volvió más oscuro, más lento. Echaba de menos viajar, darse la vida padre, comer en restaurantes de esos de pollo frito cada vez que se le antojaba sin necesidad de usar su hacha y que la gente lo reconociera por la calle. “¡Eh, mira! ¡Por ahí va el tío ése del pollo sin cabeza!”

Por eso hoy, al borde ya del abismo, recuerda a aquel animal que tantas alegrías le dio. Y piensa si no habría sido mejor comérselo. Y mientras atraviesa la última penumbra antes del gran claro, se termina su último muslito de pollo con una boca en una cabeza que ya no existe. Y conforme lo va rebañando y la carne poco a poco desaparece, el hombre se va quedando en los huesos, y su existencia se le va escapando de entre los dedos.


Dónde se fue mi cabeza (Carmen Paredes)

Categoría: La caja negra

En Las Batuecas y en Babia

en las musarañas y en la inopia

y hasta en las nubes se oculta

cuando más la necesito

como ahora que preciso

terminar este poema

Para atraer su atención

pongo luces de colores

aromas y melodías

y empecinada sigue en silencio

Apago el ordenador

salgo al parque de paseo

y ahí está

mas no es la mía

sino la de D. Francisco

insiste persevera -dice-

que también me la perdieron

y ahora luce aquí grande y hermosa


Apareció en el cesto de la ropa sucia (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Apareció en el cesto de la ropa sucia, la de color. Tenía los ojos cerrados, como la boca, y una sonrisa ligera y serena iluminaba el rostro. Daba la sensación de que se encontraba muy a gusto, la verdad, allí metida, entre los calcetines, las bragas y las blusas, entre la ropa usada que esperaba la colada. Podría decirse que ese era su lugar en el mundo. Quién podía imaginarlo cuando desapareció.

En fin, Mari tuvo un instante de duda que resolvió con bastante sentido común. Tomó el cesto, lo llevó a la cocina, metió su contenido, todo su contenido, en la lavadora, eligió el habitual programa para prendas delicadas y la puso en marcha.

Una hora y media después, la cabeza se secaba al sol, prendida de los pelos junto al resto de la ropa.

Y yo ya me he hecho a la idea de que perder la cabeza por Mari tiene estas cosas.


Escuela de calor (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

La abuela le cantaba y mimaba después de la cena, y cada noche ponía la bolsa de agua caliente en la cama antes de acostarle. Era una mujer bajita y abnegada, siempre atenta a su nieto.

– Este niño parece que esté frío hasta en verano -decía a su hija.

La abuela le daba besos y achuchones, le atusaba el pelo y le componía la ropa con afán cuando salían de casa. Un día, el niño se acercó a escondidas y desenroscó el tapón de la bolsa de agua caliente. Cuando la abuela abrió la cama para acostarle, estaba todo empapado.

– ¡Qué torpe es tu abuela! -le dijo.

El niño, la miraba y reía con cara seria.

La madre preparaba el bocadillo para el colegio con lo mejor de la casa. Después, calentaba los calcetines de lana con el vaho de su respiración y con rapidez los colocaba en aquellos piecitos que nunca desprendían calor.

En el colegio, Jesús siempre se acercaba a la estufa. Cuando el maestro no estaba, cegaba los hormigueros y lanzaba piedras a los nidos.

– ¿Por qué lo haces, Jesús? -decía el maestro. Y el niño se encogía de hombros, bajaba la cabeza y entornaba los párpados. Cuando el maestro le castigaba, Jesús cumplía la pena callado y manso.

Un día, Jesús compró unos petardos y los estalló en el corral del vecino. Alguna gallina murió, otras no volvieron a poner huevos. Su madre le preguntó. Jesús negó y negó, al tiempo que bajaba la cabeza y reía con cara seria.

Jesús creció. Era un adolescente callado y taciturno, que no pedía nada, evitaba las palabras y los gestos. En invierno se acercaba a su madre y pedía que le calentase las manos. Ella dejaba lo que estaba haciendo y frotaba sus palmas contra las manos de su hijo, al tiempo que decía:

– ¡Hay que ver, hijo, siempre tienes las manos como témpanos!

Una chica comenzó a interesarse por Jesús. Para ella era un enigma que hablaba poco y apenas demostraba cercanía, pero intuía que en su interior había luz. A Jesús le gustaba meter sus manos entre las ropas de ella. Al principio, ella se sorprendió, pero enseguida vio que era parte de un rito. A ella le gustaban esos momentos de intimidad, sentirle cerca. Jesús calentaba sus manos.

Una vez que discutieron, Jesús la golpeó. Como un autómata, sin gritos, apenas palabras, ninguna emoción.

– Perdí la cabeza –fue lo único que le sacó el policía que le detuvo-. Sintió que no tenía frío.

Termina su serie de ejercicios bajo la supervisión de su entrenador, que retira el sudor con una toalla. Ve entrar a uno de sus ayudantes, al que ha enviado a comprobar si el asiento de la fila tres está ocupado. Niega con la cabeza. Un destello de turbación oscurece sus ojos.

Busca el rincón menos iluminado del vestuario. Con una mirada, logra que a su alrededor las conversaciones se congelen y se hace un silencio ceremonioso, atemperado por el zumbido de uno de los fluorescentes. Se arrodilla frente a la pared de azulejos blancos y murmura una plegaria. También pide por ella.

Ya de pié, mientras el ritmo de las conversaciones se repone, dedica unos minutos a hacer sombras, hasta que su entrenador alza la barbilla y le señala un viejo reloj colgado en la pared.

– Es la hora.

Jesús le dedica una sonrisa calmada. Se sienta en el borde de la camilla, al tiempo que su segundo comienza a preparar las vendas.

– Ya sé, primero las friegas. Gracias a tus manos estamos aquí. ¡Benditas manos frías!

Jesús alarga sus brazos, ahora relajados, y espera el contacto del linimento. Las manos ágiles del entrenador frotan con aspereza las suyas. Nota el benéfico calor.

Mientras le vendan, su mente vaga sin rumbo por el pasado. Recuerda a su abuela, muerta hace tiempo. Tiene la íntima seguridad de que aquello ayudó a su mal morir. Se acuerda de su madre, que no pudo soportar la vergüenza de tener un hijo maltratador, y salió del pueblo como una forajida, a escondidas, arrastrando la deshonra que sólo a él correspondía.

Cuando vuelve al presente, está enguantado y cubierto con su albornoz negro. Recorre varios pasillos hasta que asoma al ring, que permanece apagado. Gritos, vítores, humo y olores se mezclan en la bocana del pabellón. La oscuridad se rompe cuando un potente foco le ilumina desde arriba, como a un coloso, y le señala el camino de la gloria. Siente que la excitación recorre su espalda, esquirlas que punzan su médula.

Sube al cuadrilátero con gesto de fiera, es parte de la liturgia. Salta, golpea sus guantes, levanta los brazos. Saluda a la multitud, que le responde con un rugido informe. Busca el asiento en la fila tres. Combate tras combate ha mandado una invitación para la misma localidad. Siempre con el mismo mensaje: ‘No sé porqué lo hice. Perdóname. Ya nunca siento ese frío’.

El asiento siempre ha quedado vacío, pero esta noche, ella está allí. Se permite una sonrisa franca al verla. Tensa todo su fibroso cuerpo para la pelea, toca acabar con su adversario.



Perder la cabeza (Carlos Gamarra)

Categoría: La caja negra

Pasó sin yo saberlo

los sentimientos te llevan

a descuidar la cabeza

Cuentan las montañas con nostalgia

nuestros paseos por las jaras

y el camino del Ingeniero

Así se fue tejiendo

una etapa de felicidad

que muy pocos alcanzan

Pero tu ausencia me hizo perder la cabeza

que dejé olvidada en un verso

y que no consigo encontrar


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