El puente y la niebla (Carlos Lapeña)

El puente y la niebla (Carlos Lapeña)

Categoría: La caja negra

Aquella mañana trajo dos novedades al pueblo. Una, la niebla que ocultaba el río y amplificaba el rugido de sus aguas bravas. Y dos, el puente.
El puente había aparecido de repente, así, sin más, inexplicablemente, emergiendo de la niebla como una lengua de piedra.
El pueblo entero se fue congregando junto a él, intrigado, pero a la vez admirado. La verdad es que parecía imponente, una obra de ingeniería espléndida… Al menos la parte visible, porque la niebla ocultaba buena parte de la construcción, como ocultaba el río abajo, y la otra orilla, al fondo.
Hombres, mujeres, viejos, jóvenes, niños y niñas, todo el pueblo se agolpaba ya junto al puente, a la entrada del piso de piedra que avanzaba desde la orilla hasta ser engullido por la niebla.
El silencio inicial dio paso al murmullo colectivo, a comentarios y preguntas y especulaciones. Pero el silencio volvió de golpe cuando el perro de la Herminia, un labrador negro, joven e inquieto, avanzó por el piso de piedra, estrenó el puente y se adentró en la niebla. Y un murmullo de incredulidad lo siguió cuando el hijo de la Herminia, el pequeño Cosme, de seis añitos recién cumplidos, echó a correr tras su perro, por el puente y la niebla.
Parecía la señal que todo el mundo estuviera esperando, porque hombres, mujeres, viejos, jóvenes, niños y niñas, y perros, avanzaron por el puente y se adentraron en la niebla, sobre el furioso bramar de las aguas bravas del río.
Y nunca más se supo.

Y hoy, el pueblo sigue allí, deshabitado. Y el río de aguas turbulentas también. Y también el puente de piedra y niebla que nadie sabe qué une ni qué separa.


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