El río (Ismael Sesma)

El río (Ismael Sesma)

Categoría: La caja negra

De pie en el otero contemplas el río, escaso de caudal y tranquilo, apenas un remedo de lo que fue antes de que lo represaran. Desde esa atalaya, rememoras el momento de tu partida. El agua bajaba salvaje a ritmo de empellón, sacudida por los troncos que otros habían talado muchos kilómetros arriba de su cauce, en el bosque oscuro. El agua les señalaba el camino hacia el aserradero, como a ti te lo señaló hacia Madrid, donde habías encontrado un trabajo y una novia con la que compartir el futuro.

Madrid te abrió sus brazos, pero no te sentías en casa, pertenecías a otro lugar. Y el futuro resultó ser una montaña rusa plagada de obstáculos, que Adela te ayudó a enfrentar como una guerrera callada. Siempre animada por una energía que te sobrepasaba y que era parapeto e impulso para salvar las dificultades. Alta y espigada, tenía unas manos cálidas, preparadas para el guiso, la caricia y el amor.

Tuviste varios empleos, hasta que recalaste en la Compañía de Teléfonos. Viajabas por España en un camión cargado de postes que otros habían talado a kilómetros de allí. Con tus compañeros, levantabais el tendido. Puntal tras puntal, en una sucesión que terminaba en tu mujer, en tu casa.

En aquellos pueblos lejanos, cuando la tarea finalizaba y el vino pastoso enhebraba la charla con tus compañeros, volvías la mirada hacia el pasado. Añorabas tu pueblo inmóvil, su cierzo en las esquinas, el río poderoso y salvaje, la falsa sencillez de aquella vida.

Al volver al hogar, Adela descubría tu mirada turbia. Te ofrecía su sonrisa, sus manos blancas, su regazo. Guisaba en silencio para ti. En la intimidad de la alcoba conjuraba tus temores. Dormías tranquilo, ahora que estabas a su lado. Pensabas en tu suerte, en todo lo que recibías de ella, en el orgullo que se dibujaba en su cara cuando te cogía del brazo camino del vermuth de los domingos. Y después, en la hija que te dio.

Hoy contemplas el río, escaso de aguas y tranquilo, como tú mismo. Desde que Adela se fue, vienes de tarde en tarde a tu pueblo para descubrir que, aunque duermes en paz, tampoco eres ya de aquí.

Ella os dejó, pero la sientes presente en la determinación de tu hija, que está a tu lado. Es una jovencita alta como un puntal, callada y bonita. La miras con satisfacción y le cuentas que cuando viajabas por España con el camión, imaginabas que al final de los hilos del teléfono estaban ellas. Tu familia.


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