En el filo del adiós (Maite Martín-Camuñas)
Categoría: La caja negra

En la ingravidez del adiós
todo se suspende.
El tiempo deja de correr
y se agazapa,
testigo inmóvil en la penumbra,
observando —en silencio—
cómo nuestras manos se sueltan
como si nunca se hubieran buscado.
Despedirse es, a veces,
partirse en dos,
dejar un trozo del cuerpo
en la tierra que ya no se pisa.
Y sin embargo, andamos,
aunque algo de nosotros
siga quieto, anclado
en el umbral que dejamos atrás.
Hay adioses que se pronuncian,
y otros que se clavan sin palabras,
como un peso entre los omóplatos,
como un hueco en la mesa
o una cama tendida por inercia,
una puerta que se cierra
con una lentitud extraña,
como si dudara.
Algunos adioses arden,
como brasas bajo la piel.
Otros enfrían,
como una escarcha repentina en el alma.
Pero todos abren un hueco,
una pausa entre lo que fuimos
y aquello que empieza a despuntar
sin nombre,
sin rostro aún.
A veces el adiós no se dice,
solo se insinúa:
una distancia que crece sola,
una mirada que ya no alcanza,
un silencio que se hace hábito.
Y sin embargo, el adiós es umbral.
Un corte limpio,
una herida que también es frontera.
Una promesa aún sin forma,
pero viva, latiendo,
pidiendo su lugar en la página siguiente.
Porque en todo lo que se va
algo nuestro se transforma.Y en lo que dejamos atrás,
aunque duela,
aprendemos —a veces tarde—
que soltar
también es amar.
