Mi amigo invisible (Ismael Sesma)
Categoría: La caja negra

Tonejo fumaba en caladas cortas, reconcentradas, que metía muy dentro y dejaba escapar con la lástima del que se desprende de algo que cree poseer y quiere mantener cerca porque es valioso. Veo cómo fumamos; él serio, concentrado, mientras yo practico volutas divertido, alrededor de una mesa llena de botellines en las tardes interminables del principio del verano, cuando solo se escucha el ruido de los niños, las chicharras y el acelerón de alguna moto inoportuna; cuando el aire parece condensarse y adquirir una cualidad espesa y ligera, como la espuma que corona el vaso de cerveza.
Tonejo esboza historias falsas que yo escucho con silencio y recogimiento; en esas fábulas, barrocas y exageradas, de buenos y malos intercambiables, casi siempre aparece el rojo -de sangre, de carmín, rara vez de rosa roja- y suelen terminar bien. No como la vida, nos decíamos ya entonces. Nunca pontificaba, aunque hubiera podido hacerlo, leía con atención cualquier cosa que caía en sus manos, desde los libros que compraba y atesoraba, hasta los prospectos de las medicinas, que también atesoraba; era un hipocondríaco de manual. Solo alguna vez, animado por el alcohol y la charla colectiva, endurecía el tono y la mirada y se permitía decir: los cuatro jinetes del Apocalipsis son tres: egoísmo y codicia; todos le entendíamos. Amaba sus libros y sus vinilos por encima de su propia familia; los trataba con el afecto que se profesa a lo inaudito, era renuente a dejarlos salir de casa, había orillado alguna amistad por un libro prestado y no devuelto. Rememoro las caminatas en las tardes frías de otoño, a paso tranquilo, siguiendo un recorrido hipnótico por repetido, a ratos en silencio, como si el tiempo y el alrededor importaran poco, aislados y ensimismados en los propios pensamientos. Hasta que Tonejo se detiene y dice, yo retomo la marcha y apostillo, él se vuelve a detener y remacha, yo discrepo; como la seda hacendosa que encapsula la oruga, caminar y charlar se convierten en la única tarea importante hasta que volvemos al silencio. Silencio y charla, parada y marcha, el yin y el yan. Al despedirnos, se acercaba y me abrazaba despacio, con tiento, como regateando ese afecto que nos teníamos de largo y que era la envidia del resto del grupo. Cada mochuelo, a su olivo y hasta mañana, nos decíamos. Y era verdad, hasta que dejó de serlo. Tonejo murió aquel año que llovió tanto, que parecía que Noe y su arca estaban a punto de aparecer. Ahora, la paloma hubiera muerto a perdigonadas, fantaseo que me dice; yo asiento y seguimos el camino en silencio.
