Ahora se llama procrastinar (Ismael Sesma)
Categoría: La caja negra

Procrastinar, palabra de moda. Según la RAE, viene del latín procrastinare: aplazar, posponer o diferir. Retrasar los quehaceres, vaya. Antes hablábamos de pereza; entonces los mayores entonaban la salmodia de la pereza a la primera de cambio; se ve que había que estar siempre en marcha, aunque no se conociese el camino a seguir, ni el final del viaje. Pereza se asociaba con ser un gandul, casi siempre como insulto, aunque la gandulería se observase a veces con alguna simpatía racial; para gustos, los colores.
Contra pereza, diligencia, proclamaba el catecismo que manejábamos, tan presente como las flores a María en el Mayo florido, el frío en los inviernos de Madrid y las ganas de comer jamón de York o yogures sin estar enfermo. El catecismo, digo, el libro más leído y celebrado, obligatorio para formar ciudadanos de bien, cargados de valores en el pecho henchido, orientados cara al sol y en danza por rutas imperiales para cumplir el destino que por clase tocaba. De El Quijote, si había suerte, te hacían leer algunos pasajes en el colegio en castellano antiguo; quizás para que aborrecieses la lectura. Malpensado, siempre.
Cada vez que escuchaba diligencia al señor cura en clase de Religión, de forma invariable mi imaginación me llevaba a la que salía en la película de John Ford, o cualquiera de aquellas que asaltaban los indios o los forajidos en las películas del oeste que celebraba en el cine Capri, con mi padre, o en las matinales de los salesianos, después de cantar aquello de ‘como brotes de olivo en torno a tu mesa, señor’ y echar algún rezo como justiprecio para entrar a la proyección. Diligencias, persecuciones, disparos, flechas, alguna dama aterrada y varios blancos malafeitados de pañuelo al cuello y gatillo fácil, dispuestos a acabar con aquellos desharrapados. Aquella sí que era una vida interesante, peligrosa pero interesante, pensaba yo al verlos, no como la nuestra, que el mayor peligro era que te atropellase el trolebús y para eso había que ser un poco tonto o andar muy despistado. Es lo que le pasó a Jandro, un vecino nuestro algo mayor, que salió disparado desde el patio adoquinado de una casa contigua detrás de su balón de reglamento, no lo vio venir y lo atropelló; se empotró contra el trolebús, que hubo algún pasajero que bajó con ganas de echarle la bronca al gracioso que había golpeado el vehículo y se encontró con el panorama de Jandro inmóvil como un pajarito. Entonces, un balón de reglamento era un deseo universal; todos lo habíamos soñado, los veíamos en las tiendas, algunos incluso lo habíamos tenido en las manos, era un tesoro solo al alcance de los hijos de las familias más pudientes. Pudiente, otra palaba para el descabello.
Jandro era el hijo de los porteros de una casa próxima; sus padres se llamaban Alejandro y Alejandra y en el barrio los conocíamos como los Alejandros, claro. Iban juntos a todos lados, cuando el profesor de Ciencias hablaba de los insectos sociales, yo pensaba en los Alejandros; no por insectos, sino por sociales. Según decían los documentales, los insectos sociales son organizaciones complejas en las que cada individuo tiene su misión, que cumple con diligencia. En sincronía, como los Alejandros, vaya.
De las pocas cosas que Jandro hacía sin sus padres, aparte de ir al colegio, la principal era jugar al fútbol con aquel balón de reglamento. Lo había heredado de Arturo, el primogénito de los del principal primero derecha de su casa. La familia de Arturo no era como las nuestras, baste decir que Arturo tenía criada y su edificio, ascensor y calefacción. La familia de Arturo se mudó a un sitio que decían era una ciudad residencial y solo se llegaba en coche propio o en un autobús directo. Al cambiarse de casa, Arturo, con su mejor intención, le regaló el balón a Jandro; el balón que acabó con su vida.
Según decían los mayores, la familia de Arturo se pudo trasladar a un barrio mejor porque su padre, aparte de fumarse unos puros que yo solo había visto en las películas del oeste, era un trabajador incansable, odiaba a los gandules y la ociosidad, nunca procrastinaba en apretar a sus empleados, alargarles los horarios o regatearles alguna gratificación. Un empresario diligente, en suma, de aquellos de calzado a medida, sastre de confianza, donativo en el cestillo de la misa dominical, suscripción al ABC, jamón de York y huevo hilado en la mesa. Un triunfador, vaya. El resto éramos como los indios de aquellas películas.

1 comentario
Begoña Rojo Hernández
mayo 6, 2025 en 2:18 pmMe encantó el relato, regrese de nuevo a la infancia y el cambio de palabras en el vocabulario actual incluso nos cambia el concepto, la pereza no se trataba pero para no procrastinar hay programas de ayuda y tratamiento.