Zoom (Rafael Toledo Díaz)

Zoom (Rafael Toledo Díaz)

Categoría: La caja negra

Por fin llega diciembre anunciando que muy pronto terminará este 2020. El año que está a punto de finiquitar ha sido sin duda el más raro de nuestra época, pues a pesar de que siempre hubo guerras y catástrofes, nunca nos había sucedido nada como esta pandemia que asola el planeta.

Evidentemente lo más trágico está siendo la cantidad de fallecidos, pero también los enfermos que luchan por sobrevivir y, para más inri, los contagios no paran de aumentar en todos los países. Pero además, supone un desastre para la economía mundial. Si a esto le añadimos el desconcierto, el desconocimiento, la desinformación, la imprevisión y la alteración del orden de las cosas, el caos está asegurado.

El Covid 19 y sus secuelas nos ha cambiado la manera de entender la vida y, sobre todo, está modificando la forma de relacionarnos.

Para terminar esta extraña e insólita temporada mis compañeros del Globosonda han elegido como tema del mes la palabra ZOOM, un anglicismo más de los que invaden nuestro idioma, un vocablo que tiene su sinónimo en castellano, y que no es otro que: TELEOBJETIVO.

Esto de nombrar la tele me viene fenomenal porque, cuando me la dijeron, mi mente inconscientemente me llevó al pasado. Lo primero que me evocó ZOOM es una televisión en blanco y negro, de pronto empecé a recordar programas musicales y un magnífico ballet de la época de los setenta del pasado siglo que se llamaba igual.

El adelantado que utilizó este novedoso recurso de la técnica fue el rumano Valerio Lazarov, su nombre junto a aquellos jóvenes bailarines del ballet Zoom están unidos de forma indisoluble a la historia de la televisión.

Aquel realizador y productor utilizaba con destreza el objetivo zoom y el desplazamiento dinámico de la panorámica de las imágenes. Confieso que a mí no me gustaba tanta celeridad en las atrevidas coreografías, y les contaré el porqué. En aquellos años aguantábamos resignados represiones de todo tipo, tanto políticas como morales. Ante tantas prohibiciones y tabúes, mis ojos adolescentes pretendían vencer las limitaciones recreándome en las minifaldas y las largas piernas de las bailarinas al ver aquellos programas en la tele. Pero con la originalidad de su innovación, aquel tipo no le daba tregua a mis deseos voluptuosos; porque con aquella velocidad y aquel ritmo no había manera de concentrar la mirada en la pantalla. Ahora, atemperadas las hormonas por el paso del tiempo, reconozco su valía y su atrevimiento novedoso.

La segunda parte de la trilogía que supone el zoom, desde mi punto de vista, es la cuestión fotográfica, una afición que apenas he desarrollado. Aparte del poco interés por este hobby, debo añadir mi dificultad sobre cómo utilizar correctamente este botón o palanca de la cámara fotográfica.

Todavía recuerdo el gran enigma o la gran sorpresa que suponía revelar el carrete de fotos después de un viaje o a la vuelta de las vacaciones. Podía haber salido completo el microfilme sí, pero en cuántas imágenes habría acertado con el dichoso dispositivo. Instantáneas desenfocadas y borrosas las más, en unas pocas destacaba demasiado el suelo, y en otras había excesivo cielo. Retratos con rostros demasiado cercanos y, en las demás, apenas imperceptibles por la gran distancia. Aquella situación era casi siempre decepcionante porque muy pocas fotos podían salvarse del desastre.

Y como no hay dos sin tres, ahora con esto de la pandemia y la distancia social se han abierto nuevas posibilidades a través de modernas aplicaciones tecnológicas como son Zoom, Meet o Teams. Estos formatos audiovisuales nos permiten video-llamadas o participar en reuniones tipo chat para así evitar el contacto y el posible contagio.

Reconozco que también llevo muy mal este tipo de reuniones virtuales, la pantalla del móvil me resulta demasiado pequeña para albergar unos cuantos rostros enmarcados en cuadradillos. Por cierto, siempre me ha resultado muy curioso el encuadre de los conferenciantes, los fondos del decorado siempre suelen tener libros, cuadros, plantas o elegantes cortinas para reafirmar estilos que seguramente son irreales, cuando no falsos.

Cuando por fin consigues entrar en la reunión después de haber tocado en mil iconos, se supone que comienza el diálogo o la conversación, micro abierto o cerrado, ecos por todas partes, guirigáis en el coloquio porque nos pisamos el turno de palabra, en fin, un desaguisado que no me anima a emplear este tipo de comunicación. En un momento paso de la alegría inicial al ver a amigos y compañeros que hacía tiempo que no había visto, al ligero dolor de cabeza que me provoca el galimatías y el cacareo en el que suele convertirse la charla. Esto del zoom nunca podrá igualarse con una buena tertulia en la sobremesa o en la merienda, o simplemente tomando unas cañas con los amigos ¡dónde va a parar!

Aunque tengamos que seguir utilizándolo cada vez más, a mi esto del ZOOM no me mola mucho, pero tal y como está el patio habrá que esperar hasta que podamos volver a relacionarnos como antes.

Sinceramente no sé por qué relaciono al zoom con la llegada del próximo año, tan cercano y a la vez tan lejano en expectativas, o será quizás porque aunque sean diferentes conceptos ambos me provocan el mismo sentimiento de inquietud y desasosiego.


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