¡Se venden máscaras! (Carlos Candel)

¡Se venden máscaras! (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

-Supongo que el producto que más le ha llamado la atención, señor… -el vendedor, un hombre de unos cincuenta años envuelto en un traje gris barato, se detuvo, esperando amablemente a que el cliente le ofreciera libremente su nombre.

-Julio…, mi nombre es Julio Morales -respondió el cliente pasados un par de segundos.

La luz del día entraba a trompicones entre las láminas del estor de madera que colgaba del techo junto a la ventana y daba de lleno en los ojos de Julio, lo que provocaba que no mirara al vendedor a la cara. Parecía un poco cohibido, como si se sintiera incómodo y avergonzado por lo que iba a hacer.

-¡Ah! Don Julio, le decía que tal vez le haya traído hasta aquí nuestro producto estrella, la “Máscara”, ¿me equivoco, señor?

Julio negó con la cabeza.

-¡Estupendo! ¿Y había pensado ya en algo? ¿Tal vez algún famoso? ¿Un actor? ¿Un deportista de élite? ¿Un político, tal vez? Aunque… a decir verdad, esos usan muchas máscaras, ¿no es cierto? Ja, ja, ja.

El vendedor se detuvo un instante, esperando a que su broma hiciera reacción en su interlocutor. Mientras tanto atrajo para sí un catálogo con la mano izquierda.

-Tenemos de todo… o casi -volvió a bromear guiñándole un ojo a Julio-. Si no lo tiene claro, o tiene dudas, puede ir echando un vistazo a nuestros personajes más demandados.

El vendedor le ofreció el voluminoso catálogo al cliente. A estas alturas era un poco anacrónico que siguieran usando el papel.

-Sí, ya sé, es un poco anticuado, pero los clientes suelen preferir ver muchas fotos en poco tiempo, pasar las páginas rápidamente, volver atrás, detenerse un rato en alguna… y con lo digital esto es un poco más complicado.

Julio abrió el catálogo con poco convencimiento, y tras observar con desgana la primera página, levantó la mirada por primera vez y escupió:

-¿Podría hacerlo con un ser querido? -preguntó tímidamente.

El vendedor dudó un segundo, era obvio que no esperaba una propuesta así.

-¡Pues claro! -dijo al fin, algo más aliviado, pues había empezado a pensar que aquel hombre no estaba interesado en el productor- Sólo necesitaremos una muestra de sangre. Se trata de un proceso muy sencillo. Hacemos el estudio, preparamos el implante con su información genética, se lo insertamos a usted bajo la piel del brazo y en seguida empezará a liberar las sustancias químicas que lo convertirán en un par de meses en ese ser tan querido para usted. Por supuesto, he de decirle que el efecto no es cien por cien eficiente. Usted recordará en mayor o menor medida, en función de sus características físicas, a esa persona. Pero eso sí, el modo de actuar y de pensar será exactamente igual al de la persona que elija. Eso se lo puedo garantizar. Aunque… tratándose de un familiar… si tienen una estructura ósea similar, el efecto será mucho mayor. ¿Es un familiar directo? ¿Está vivo aún?

Julio negó con la cabeza a ambas preguntas. Se veía la tristeza en su temblar de manos.

-Pero yo mismo le extraje una muestra de sangre en vida -aclaró.

-¡Perfecto entonces! Es que, si no hay sangre, no hay máscara, como comprenderá… Aquí viene gente que quiere ser igualita que Marilyn Monroe o que desea tener la voz de Elvis, fíjese usted. Pero eso es del todo imposible, porque no tenemos muestra de su sangre. ¡Ojalá! Incluso hay famosos que se niegan a ofrecer este servicio. No les hace ninguna gracia ir por ahí encontrándose con clones suyos. Y es lógico, ¿no le parece? Pero otros… están encantados. Ya sabe, los derechos de imagen que cobran por cada máscara son tan elevados que cualquiera no se prestaría, ¿verdad, don Julio? Yo ni me lo pensaría.

El vendedor no era capaz de frenar su creciente verborrea.

-El caso es que… no es un familiar propiamente dicho -le interrumpió Julio.

-¿Ah, no? ¿Un amigo, quizás?

Julio negó una vez más con la cabeza, sin dejar de mirarse las manos.

-Era mi perro.

Imagen de una obra de Roberto Fabelo

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