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La cita prohibida (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Quedaron en un lugar oscuro, alejado de toda circulación. Un parque, entre unos arbustos, sobre la alfombra otoñal de fragmento olvidado y mal cuidado de césped, no era una opción válida. Llevaban siglos cerrados al tránsito, como urnas de Museo, escondiendo en su interior valiosos objetos inalcanzables y preciosos. La ciudad se había convertido en un coto privado para los policías de balcón, siempre alerta, buscando culpables, borrando cualquier vestigio de insubordinación. Los locales oscuros se habían transformado en trasteros, almacenes de dramas pasados y arañas. Se les había condenado al olvido. El interior de las casas era objeto de espionaje constante. Las cámaras de los móviles, televisores, ordenadores, alarmas, con sus radares antivirus, eran capaces de detectar el riesgo y la irresponsabilidad debajo de cualquier felpudo.

No quedaba otra que saltarse el toque de queda, desconfinar el miedo y salir a la calle. Aún a riesgo de ser capturados. Un joven o una joven, solos en mitad de la ciudad, eran, sin duda, sospechosos de algo. La juventud siempre lo era. Pero la razón que les movía era más fuerte que todo el miedo del mundo.

Alcanzó la calle más céntrica. Las farolas, cabizbajas, eran focos en plena noche. Se guardó de ellas. Igual que un caco a media noche, esos de los viejos cómics de la infancia, se deslizó furtivo a través de la oscuridad, cambiando antifaz por mascarilla. Algunas sirenas rompieron el mullido silencio de la noche, pero aún quedaban lejos de su lugar de encuentro. ¿Dónde esconderse cuando la ciudad es balcón y cámara? ¿Dónde cavar la trinchera para amarse con valor en mitad de la noche pandémica del mundo? Hasta ahora lo habían conseguido a distancia. La “generación online”, como se les llamaba, habían aprendido a vivir a través de la red. Estudiar a través de la red, trabajar a través de la red, colaborar a través de la red, jugar a través de la red, comunicarse a través de la red, follar a través de la red… ¡Maldita red que había conseguido enredarlo todo en sus redes!

El punto de encuentro no era más que un árbol. Uno viejo y abandonado en mitad de la ciudad que recordó mientras ella le preguntaba por un lugar apartado para verse a cara a cara por primera vez. El árbol de morera del que tantas veces arrancó hojas para sus gusanos, su pequeña granja de vida, ahora iba a servirle para cometer uno de los actos más subversivos que podían llevarse a cabo desde que el cronista Pedro Marín hubiera puesto en circulación sus estudios sobre la relación del contacto físico con la incidencia de transmisión del virus, posteriormente avalado también por el doctor Carlos Lapeña.

Ella ya había llegado. Estaba apoyada en el tronco, como una venus recién retratada. Y le esperaba a él. Al verlo llegar contuvo el deseo, pero no pudo evitar contraer cada uno de los músculos de su cuerpo. Iban a verse en persona por primera vez, algo que ya nadie hacía. Él se acercó y dejó que le inundara la sombra del árbol bajo la sombra de la noche bajo la sombra del momento de la historia más oscura. Triplemente ocultos. Ambos se aproximaron y se miraron fijamente. Temblaban. Los ojos parecían más grandes, quizás más comunicativos, capaces de entenderse entre ellos. Por eso supieron lo que no habían acordado, pero que ambos habían tenido en las cabezas desde que decidieron romper la cuarentena. Se retiraron las mascarillas y cometieron el delito más penado: un beso.


Cloaca de ballena (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El interminable tubo transita implacable la oscuridad como moderno estómago de ballena. Contiene menos aire que humanidad. Se dirige al fin del día ensombrecido por la penumbra matinal. Las ventanas ofrecen un fantasmagórico espectáculo, la transición hacia la mañana, como un atajo hacia la tarde que nunca llega. Quién pudiera regresar a casa, ya. El vagón alberga una multitud somnolienta de cuerpos enmascarados apilada de pie. Les falta el aire, supuran cansancio en señal de protesta a través de sus axilas alzadas, a pesar de las horas, a pesar de la ducha y el café aguado de súper de extrarradio.

Cata observa las nubes teñidas de morado y piensa en subida de salarios que nunca llega. No vino a este país para vivir peor que en la aldeíta, pesebre de moscas. Un telón oscurece aún más la mañana. Acaban de llegar a la estación, tan tarde como de costumbre. El estómago de la ballena regurgita ansiedad y miedo. Cata sale a la vía, aún tiene que coger un autobús y caminar dos kilómetros antes de llegar a su destino. La señora se enfada si llega tarde. La mascarilla abriga, pero no da de comer.

El interior del vehículo parece la entraña de otro animal herido y la pesadumbre diaria es su alimento. Se tapan la boca, no por no hablar, sino por costumbre. El virus mata, pero la bilis almacenada en las tripas en los días del miedo no se silencia con telas, sólo se enmascara, y no tardará en traspasar el umbral de los colmillos. Cata lo sabe, siente su amargor en las manos, repletas de costras a causa del desinfectante y la lejía, a pesar de los guantes. La señora cree poder controlar la enfermedad y la suciedad en su casa a costa de la piel de las manos de Cata. Es el precio de vivir en el sur. De pronto ve un autobús en sentido contrario. Su mirada se cruza un instante entre las cabezas de los pasajeros con la del conductor. Va vacío a esas horas. La homeostasis de la ciudad se produce sólo en una dirección en función de las horas. Cata se siente sangre fresca en tránsito al corazón. A la vuelta, ese cuerpecillo desvalido suyo requerirá diálisis. La manilla de su reloj parece hecha de plumas. Llegará tarde y puede que se lo descuenten del sueldo. Ya puede despedirse Mario, su hijo, del móvil. Tendrá que esperar al próximo mes. Pero no se lo dirá hasta el sábado, que es cuando le ve. Se marcha de casa antes de que se levante y, cuando regresa, ya se ha encerrado en su cuarto hasta el día siguiente. Últimamente ha engordado. Puede que haya dejado de ir al instituto. En cuanto llegue a la casa, le llamará para despertarlo.

Consigue emerger de la bestia cinco minutos antes de su hora. Si se apura, en diez o quince a lo sumo estará en la casa. Puede que no la regañen mucho. El sol aún no ha salido, pero la claridad ya ha empezado a desvelar la longitud de las sombras. Cata las teme como a nada en este mundo. Ella apenas proyecta sus rencores, pero una ligera mancha asoma ahí abajo a sus pies como un retazo de rebeldía incontenible.

La señora tiene prisa, hoy le toca visita a la madre aparcada en la residencia, por lo que posterga la bronca para más tarde con un “ya hablaremos” y un gesto de garra, como quien arroja el anzuelo a un río repleto de peces. El dolor está al acecho bajo la superficie del poder que le confiere su posición social. Ni siquiera se molesta en ponerse la mascarilla, aunque a la empleada la obliga, se le presupone la convivencia con personas de riesgo.

En la televisión las noticias escupen la verdad: “los barrios del sur se han relajado y los contagios han aumentado en estas zonas…”. El virus no se transmite por el aire, piensa Cata, sino por la pobreza, mientras se desviste en el cuartito de cambio. De repente, surge un estornudo que no puede contener y su estrépido tiene cierto rumor de daga. Cae en la cuenta de que esta mañana, en el vagón, sintió más calor que de costumbre. Y que, al levantarse, lo hizo un poco más fatigada de lo habitual.

Entonces, coge fuerzas y se dispone a comenzar su tarea. Descansar no es una opción. Observa la enorme estancia que le espera, burlona, a sabiendas de que hoy será un día más duro de lo habitual. El techo parece más amenazante y cercano que nunca, se vislumbra el derrumbe. Pero no pasa nada, los de los barrios del sur están acostumbrados a los ácidos del estómago de la ballena. Sonríe y se plancha el vestido con las manos. Acto seguido agarra el plumero con una mano y se lleva la otra a la cara buscando una goma detrás de la oreja. Busca la vajilla de plata en la vitrina de cristal, que le dedica un destello para reclamar su atención mientras queda a la espera. “Hoy trabajaré sin mascarilla”, se dice a sí misma y estornuda estrepitósamente. Ni siquiera se toma la molestia de cubrirse la boca con el codo. La tele tiene razón, los pobres siempre han sido unos irresponsables.

Vintage cleaning poster with maid in gloves hoover mop and duster on striped background vector illustration

Cachivaches I: Selectómetro (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El presente artefacto fue utilizado durante los primeros años del siglo pasado como medio de investigación de calidad para determinar la personalidad, gustos e intereses de los ratones de laboratorio mediante un sencillo sistema de pregunta-respuesta por estímulos asociados. A los ratones se les ofrecían tres opciones diferentes, fundamentalmente vinculadas a la alimentación, introducidas previamente en cada una de las tres ventanas. Las distintas opciones eran el resultado de una pregunta que los investigadores lanzaban a los ratones de manera simbólica. El ratón seleccionaba su preferencia, ‘A’, ‘B’ o ‘C’, introduciéndose a través de la ventana correspondiente y la válvula escaneadora situada justo encima determinaba en cuestión de un segundo si dicha decisión respondía, en efecto, al deseo e intereses del pequeño animal. Acto seguido, una pequeña luz instalada encima de la ventana ofrecía en color rojo un negativo o en verde el positivo.

A partir de este momento el artefacto emanaba a través de un agujero un diagnóstico en forma de voz masculina: “¡El sujeto desea compañía!”, “¡El sujeto prefiere la comida dulce!”, “¡El sujeto aspira a ser famoso!”, “¡El sujeto no sabe lo que quiere!”…

En algunos casos, cuando la luz indicadora ofrecía un rojo, la máquina devolvía en un cajetín instalado en el lateral derecho una medicina autorreguladora en forma de cápsula. Dicho medicamento se le ofrecía a los animales confusos, con dificultades para decidir o cuyas selecciones iban en contra de su propio beneficio. Una vez hubo un ratón que prefería comer matarratas a un pedazo de queso. Hay que tener en cuenta que en los experimentos para los que eran requeridos estos animales era fundamental su salud mental y que las capacidades de decisión no estuvieran anuladas de alguna forma.

Sólo en contadas ocasiones, en las que un individuo, tras haber sido tratado en varias ocasiones con la medicina autorreguladora y no habiendo obtenido resultados favorables, se utilizaba la manivela correctora, que ponía en funcionamiento una serie de cuchillas trituradoras en el interior de la ventana para acabar con la vida del indeseable animalito, al que se consideraba defectuoso o desechable, sin dolor o al menos lo más rápidamente posible.

Evidentemente, este método de investigación fue denunciado por multitud de asociaciones animalistas y fue retirado de los procesos de calidad de los laboratorios.

Sin embargo, hace poco menos de un par de años, un pequeño grupo de investigadores politólogos determinaron que este sencillo sistema bien podría valer para determinar la coherencia o incoherencia con la que las personas afrontan sus propias decisiones, y en este sentido, la máquina podría ser muy valiosa para analizar si las decisiones que tomamos las personas están contaminadas por otros factores que podrían incluso llegar a perjudicarnos.

En este sentido, realizaron un pequeño experimento inicial en el que tomaron como punto de partida una muestra inicial de 500 personas. En el experimento se simulaba un reféndum sobre la monarquía, en el que se ofrecían las siguientes respuestas:

A) Me considero monárquico/a.

B) Me considero republicano/as.

C) No soy ni monárquico/a ni republicano/a.

En este caso, las personas únicamente debían introducir el índice derecho para que las válvulas escanearan la preferencia.

Los resultados del experimento resultaron inquietantes:

  • Un 25 % de los encuestados respondieron A, un 25 % B y el 50 % restante C.
  • En el caso de los participantes que respondieron A, un 90 % de estos recibieron un indicador luminoso de color verde y el 10 % rojo. El diagnóstico fue, en términos generales, común: “Necesita decidir”.
  • El 80 % de los que seleccionaron la ventana B recibieron un indicador luminoso de color rojo y el 20 % restante verde. En esta ocasión, los diagnósticos más relevantes fueron el siguiente: “Al sujeto le cuesta comprender la pregunta” o “Le resulta difícil ceder” y en algunos casos, sobre todo los relacionados con el 20 %, “No le gusta tomar decisiones”.
  • En ambas situaciones la máquina ofreció una pastilla autorreguladora que recondujo la respuesta en el 69 % de los casos hacia la A en un segundo intento y en un 30 % al tercero. Con el 1 % restante, con los que no parecía funcionar la medicación autorreguladora, se desestimó la posibilidad de usar la manivela correctora, como es lógico, y se consideró que los participantes mostraban un alto nivel de contaminación externa, perfectamente desestimable para la muestra.
  • Sin embargo, en el caso de los que seleccionaron la ventana C, en el 100 % el indicador luminoso no ofreció ningún color y del agujero de diagnóstico surgió una voz que decía: ¡¿Por qué no te callas?! Tampoco se generó medicina autorreguladora alguna. En su lugar, un diminuto hilillo de humo que terminaba ennegreciendo la pared del lateral derecho de la máquina.

Con el último de los sujetos encuestados la máquina sufrió un cortocircuito que terminó por romper el cable de corriente y dejar el Selectómetro completamente inservible.


El mar (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Me sumerjo en el plácido azul del océano. Es relajante y, al mismo tiempo, inquieta. El perfil del horizonte se desdibuja allí donde se toca con el cielo. Un velero navega al fondo. Mis pies desnudos prácticamente lo tocan desde la distancia. Casí puedo oler las brasas ardiendo a tan sólo unas decenas de metros, en la barca del chiringuito. Una bebida bien fresquita y el sabor salado de las sardinas invadiendo mi paladar. El sol calienta tanto la arena que invita a taparla y darle un respiro con la toalla. Por suerte, la sombrilla me protege de la flama.
“¡Qué bien se está de vacaciones! ¡Qué maravilla poder disfrutar del mar!”, me digo a mi mismo mientras cierro la fotografía que la aplicación de imágenes me invita a rememorar de las vacaciones del año pasado.

Y cambio fotografía por ventana, playa por ciudad, vacaciones por… esto.


Remdestribuir, la solución a nuestros problemas (Carlos Candel)

Categoría: Noticias Falsas

Un numeroso grupo de multimillonarios dicen haber dado con el método eficaz para luchar contra el Coronavirus. Han creado una plataforma a nivel mundial que han llamado “Remdestribuir”, con la que aseguran que acabarán con ésta y cualquier otra pandemia que nos amenace en el futuro. “La pandemia nos ha hecho comprender que somos seres ecodependientes y que para mirar al futuro cercano sin miedo lo primero que debemos hacer es proteger nuestro medio ambiente”, aseguran. Y para ello, la solución que plantea esta organización de multimillonarios, que cada vez es se va haciendo más grande, es donar gran parte de sus riquezas para la creación de un Estado Global que distribuya el dinero de forma equitativa en todas y cada una de las poblaciones del mundo.

No se trata de un plan sencillo. De hecho, para elaborar el Plan de “Remdestribuir” ha intervenido un numeroso grupo de personalidades del mundo de la ciencia, expertas en ámbitos como las matemáticas, la física, la zoología, la medicina… y también en disciplinas como la educación, la psicología, la geriatría… Incluso se ha diseñado un complejo algoritmo que determina la aportación necesaria de cada una de estas personas ricas al proyecto en función de sus riquezas.

Nosotros ya tenemos todo lo que necesitamos…”, asegura su portavoz que prefiere seguir en el anonimato para no dar publicidad a sus conocidas marcas, “…es el momento de hacer algo por nuestra sociedad, de entender que las empresas no están para ganar dinero, sino para mejorar el mundo que nos rodea. Y, al fin y al cabo, buena parte del dinero que hemos ganado, ha sido gracias al sudor de mucha gente, ¿cómo no vamos a colaborar en estos tiempos?”, finaliza.

El Plan de “Remdestribuir” tiene un poderoso objetivo, que es poner sus riquezas al servicio de la gente para reforzar los sistemas públicos, de manera que durante el año 2021, se paralice la producción mundial. “Queremos pararnos a pensar, con calma, cómo hacer para transformar nuestro modelo de producción, y sabemos que el dinero que hemos acumulado puede hacer que la población mundial se vuelque en la búsqueda de soluciones. Es ahora o nunca. Estamos convencidos de que en un año seremos capaces de encontrar las fórmulas para reinventarnos y luchar juntos contra una de las amenazas más graves a las que nos vamos a enfrentar, de mucha más envergadura que el coronavirus, que además está vinculada: la crisis climática.”

La noticia ha sido muy bien acogida por la mayor parte de los Estados, que han decidido ponerse a trabajar codo con codo para diseñar estrategias coordinadas de cara a mejorar el futuro de cada uno de los habitantes de nuestro planeta. “Esto probablemente nos lleve a reducir la pobreza en el mundo…”, comunican desde la co-presidencia de una comisión mundial que se ha puesto en marcha desde el primer minuto. “Los cálculos indican que podemos reforzar los sistemas públicos para garantizar el bienestar de todas y cada una de las personas que formamos este mundo. A cambio, sólo les pedimos que busquen soluciones, nada más”.

Esperemos que todo esto sea cierto.


Con(Fin)ados (Carlos Candel)

Primero decretaron el estado de alarma.

No nos asustamos.

Más tarde, recomendaron que trabajáramos desde casa.

Dejamos de contaminar.

A la semana siguiente ordenaron el confinamiento provisional de unos pocos.

Nos quedamos en nuestras casas, tranquilos, con nuestras familias, y empezamos a disfrutar de pequeños detalles de los que antes no éramos conscientes.

Dejamos de ver a nuestros amigos.

Aprendimos a hacer videoconferencias.

Unos días después, nos dijeron que saliéramos solo para hacer la compra, de uno en uno.

Hicimos la compra a nuestros mayores.

Nos impidieron visitar a nuestros enfermos, aún en sus últimos momentos.

Estuvimos más cerca que nunca de ellos.

Después declararon el fin de cualquier actividad que no fuera esencial.

Resistimos.

Cada día era más difícil encontrar productos en el supermercado.

Empezamos a cultivarlos en nuestra propias casas.

Cerraron la ciudad para que nadie entrara o saliera.

Salimos a los balcones. Hablamos con los vecinos. Compartimos lo que teníamos, sobre todo los miedos.

Detuvieron a mucha gente por no cumplir las normas, lo dijeron los telediarios. Así que no salimos.

Enfermamos, y algunos lo superamos. No nos abrazamos, pero lloramos.

Nos dijeron que podíamos salir, que era el momento de ir a trabajar, de reanimar al moribundo motor de la economía…

Nos quedamos en casa. Ya nadie lo necesitaba.


Volver a la normalidad (Carlos Candel)

El mensajero llamó a la puerta. Le traía un móvil que había pedido por Internet. Uno de alta gama que acababa de salir. Una edición exorbitante edición especial que costaba seiscientos euros los dos primeros días y sólo a través de la web en la que lo había comprado. Una hora después de hacerlo se agotaron. Tenía tantas ganas de recibirlo, tras tantas semanas de confinamiento, que cuando sonó el timbre le asaltó la emoción que llevaba tanto tiempo contenida.

-Aquí tiene su paquete -le dijo en mensajero, tras la máscara y con las manos enguantadas.

Tras la crisis se habían mantenido algunas costumbres escrupulosamente. Con el paquete le entregó también la factura. ¡5400 euros!

-¿Cómo? -preguntó indignado-¡Esto debe ser un error! Esta factura no está bien.

-A ver, déjeme comprobarlo -respondió amablemente el mensajero-. Sí, es correcta, caballero.

-¿Pero cómo puede ser eso? En la web ponía que el móvil costaba solo seiscientos euros.

-Y así es, como podrá ver usted mismo en el desglose. El resto son los impuestos que legalizaron los países al salir de la crisis. Todo el mundo estaba de acuerdo en que debíamos aprender algo de todo esto, ¿no es cierto?

El hombre, completamente perplejo, admitió con la cabeza. Le daba un poco de vergüenza decir que no.

-Sí…, es cierto, pero esto…

-Yo se lo explico, hombre. Mire, a los 600 euros del móvil, tiene que sumarle la tasa de contaminación, que en su caso verá que son 800 euros debido a los métodos utilizados por la extracción de los minerales de los que está hecho la placa base del móvil, 500 euros por la contaminación del aire derivada del transporte de mercancías por tierra y otros 600 por la contaminación del mar a causa del barco que lo trajo en un contenedor hasta el puerto, y por último, le tiene que sumar 500 € por la gestión de residuos plásticos que generará en aparato cuando lo tire; por otro lado, está la tasa anti-explotación, que viene desglosada en 600 euros por la explotación laboral de personas, previsible niños y niñas, en el tercer mundo, que fabrican los componentes del móvil. ¡Anda! ¡Y veo que incluye también el ensamblaje! Aquí ha tenido usted suerte, le han contado de menos. Y además, en este epígrafe le suman otros 300 euros por la explotación laboral de un mensajero en el primer mundo, es decir, yo. A esto le sumamos, para finalizar ya, la tasa en favor de la correcta globalización y la paz, que tendría 500 € por el tráfico ilegal de minerales, que ya sabe usted que los sacan las grandes empresas por la puerta de atrás de estos países, aprovechando que están en guerra y eso…, más 1000 euros por el fomento de las guerras en el mundo, por eso de que para que estén en guerra y poder quitarles las materias primas, hay que sobornar a los gobernantes y dotar al pueblo de armas, para que se maten, y según parece que ahí se va un buen pico. Y eso sin contar los costes sanitarios de los heridos y las funerarias, pero bueno, imagino que esto ya lo habrán contemplado de otra manera. En fin, si le suma usted los 600 euros del móvil, ya estaría, los 5400 euros, sin IVA, claro está.

El hombre se quedó estupefacto con la caja del móvil aún en la mano, a medio camino entre el repartidor y su casa.

-Pero esto… yo no quería que el mundo cambiara así… y, además, ¿qué tendrá que ver esto con el coronavirus?

-Hombre, caballero, ¿cómo cree usted que se transmite por todo el mundo? ¿Por ir en bici al trabajo, hablar con el vecino de balcón a balcón, comer verdurita fresca y comprar en la tienda de la esquina?

-Pues… no sé muy bien qué decirle… ¿y no podría devolverlo?

El mensajero sonrió.

-¿Cree usted en un mundo sin hambre, sin explotación laboral, sin contaminación, sin guerras?

-Hombre, pues yo… claro que me gustaría… pero yo sólo quería volver a la normalidad…

-¡Pues pague su puta compra y que tenga un buen día!


Okupas (Carlos Candel)

José María y Ana tuvieron una desagradable sorpresa al regresar a su casa en Madrid, tras las largas semanas de confinamiento. Se marcharon a su segunda vivienda en la playa el día que se decretó la alerta en todo el país. Pero al dejar atrás la tormenta, libres y sanos al fin, descubrieron no sin cierta incredulidad e indignación, que su vivienda había sido ocupada por otra familia. Él, un hombre de mediana edad, moreno y con un incipiente bigotillo. Ella, de pelo cobrizo y de estatura media, con ese cutis herencia de una adolescencia hormonalmente convulsa. Tan parecidos a ellos mismos que asustaba. Como una versión empobrecida de sí mismos. Incluso coincidían en los nombres. José María y Ana.

-¡Ésta es mi casa! -protestó cargado de razones, cuando aquella pareja les abrió la puerta al fin, tras haber probado inútilmente con la llave en varias ocasiones.

-¿Pero qué dice usted? ¡Esta es mi casa! ¡Soy José María! ¡Y ésta es Ana! ¡Los auténticos! -contestó más firme aún el ocupa, hablando también por su mujer.

No había manera de hacerles entrar en razón. Parecía incluso que se lo creían, o puede que fueran especialistas en la interpretación. En cualquier caso, no estaban dispuestos a abandonar la casa. De manera que tuvieron que llamar a la policía.

Una hora después, tiempo en el que, plantados en el umbral de la puerta, hicieron el difícil ejercicio de retarse las miradas, como si el menor titubeo pudiera transferir un cierto halo de victoria al que se mantuviera impertérrito. Entretanto, varios vecinos habían comenzado a asomar en los rellanos de las puertas.

-¿Qué ocurre? -preguntó el policía, entre solícito y molesto.

-Estos, que se han colado en nuestra casa -advirtió José María, visiblemente enfadado.

-¡De eso nada! ¡Ésta es nuestra casa! ¡Ellos son testigos! -contestó el supuesto ocupa señalando a los vecinos- ¿Verdad que sí?

– Una de las vecinas asintió convencida.¡Es cierto! Yo no sabía ni que vivían aquí antes del virus, pero desde que se decretó el confinamiento, este hombre ha sido tan amable de hacernos la compra a todos los vecinos y dejárnosla en la puerta. Es el propietario, sin duda alguna.

– Varias vecinas asintieron en señal de conformidad. ¡No saben lo que dicen! -protestó la verdadera Ana, que a estas alturas había roto a llorar a causa de la tensión.

José María tuvo el impulso de salvaguardar el honor de su pareja a la vieja usanza. Tenía fuerza suficiente como para tumbar al falso José María, a su mujer y al poli, si fuera preciso. Pero inició un proceso que le resultó extraño, por fuera de lo habitual en su persona, se contuvo.

-Está bien, voy a llamar a nuestra vecina Cayetana, la que vive en la casa de al lado de nuestra segunda residencia en la playa… -trató de explicar mientras se sacaba el móvil del pantalón. ¿Cómo que segunda residencia? -preguntó el policía contrariado.

-Sí, claro. Verá usted -explicó condescendientemente-, nosotros tenemos una casita, poca cosa, en la costa. Y al estallar todo esto del virus, nos marchamos para allá, con el fin de estar más tranquilos…

-¿Cómo que se marcharon para allá? ¿Son ustedes conscientes de que hemos estado en confinamiento y nadie podía salir de sus casas?

José María, el de verdad, dejó al policía con la palabra en la boca para atender a Cayetana, que entretanto, había descolgado el teléfono, bajo el habitual “¿Diga?”. Ana, que acababa de darse cuenta de la metedura de pata de su marido, trató de solucionarlo lo mejor que pudo.

-Claro, agente, pero nosotros nos fuimos justo el día que lo empezaban a anunciar, y como este gobierno es un desastre, pues ya sabe, la gente aún no teníamos muy claro si se podía salir o no…

-¿Quiere usted decir que no está de acuerdo con las medidas que se tomaron? -preguntó el falso José María, mientras se ajustaba el cinturón del batín que a todas luces había cogido prestado del amplio y surtido armario de su marido, el José María auténtico.

-¡Cayetana! ¡Soy yo, Chemari!

-Mire -trató de aclarar el policía, que a estas alturas empezaba a estar harto-, yo creo que lo mejor será que…

-Sí, el vecino -José María gritaba como si el teléfono lo tuviera a tres metros de distancia-, ¿cómo que no sabes quién soy? ¡Pero si vamos allí todos los años! Pero… ¡Cayetana! Si tenemos la casita al lado, casi todas las mañanas me cruzo con tu marido… No, bueno, no le saludo, pero me tiene que haber visto… ¿Cayetana? ¿Cayetana?

Todos se habían callado, a espera de que José María, el de verdad, terminara la conversación, que no parecía haber sido demasiado fructífera.

-¡Me ha colgado! ¡Me ha colgado la muy hija de la gran puta! -gritó estupefacto sin dejar de mirar el móvil. Señores, creo que lo mejor será que me acompañen -sentenció el policía, que a estas alturas tenía muy claro quiénes mentían.

-¿Cómo? -preguntó airada Ana- ¿Dónde?

-¿Usted sabe quién soy yo? -arengó frustrado Chemari, el de verdad, mientras que los ocupas cerraban con satisfacción la puerta.


Vida no hay más que una (Carlos Candel)

– ¿Cuánto? -pregunté y mi voz sonó como multiplicada en un eco interminable de voces, como si miles de gargantas hubieran enunciado esa misma palabra en aquel preciso momento.

-No lo sé. Un mes, tal vez dos -sentenció con pesar el médico.

Aquella concatenación de letras, al contrario de lo que podía haberse esperado, me dejó frío al principio. Quizás debería haber llorado, aporreado la mesa, gritado de dolor, hundirme a causa del miedo. Pero no ocurrió nada de eso. Aunque nada impedía que aquellas emociones no se sucedieran tras el primer estado de shock.

Abandoné la consulta, sumergido en una especie de limbo mental del que me era realmente difícil escapar. A duras penas podía secuenciar mi caminar, colocar un pie detrás del otro para conseguir llegar a casa. Entonces una breve brecha se abrió en mi cabeza. Una pequeña grieta. No muy llamativa, pero suficiente como para que entrara algo de oxígeno. Y no lo dudé. La abrí todo lo que pude, impidiendo que se cerrara. Y entonces la grieta se convirtió en boquete y después en una enorme salida de emergencia. “¡Vida no hay más que una!”, me dije a mí mismo. Y tras aquella frase tan manida e incluso vacía de significado, vinieron a mí un torbellino de emociones. ¡Tenía claro lo que había que hacer! ¡Sí! Si me quedaba un mes de vida, iba a vivirlo. El médico también dijo que tal vez no tuviera grandes dolores hasta el final, así que era una oportunidad para disfrutar todo lo plenamente que pudiera de mi existencia. No había tiempo de recoger, ni de despedidas. Tan sólo de vivir. A tomar por culo el trabajo, a tomar por el culo el jefe, a tomar por culo la hipoteca, a tomar por culo el banco. Y la compañía de gas, y la de electricidad… ¡Que les den a todos! Se acabaron las ataduras que tantos años me habían ido alejando de lo que es importante: ¡la vida!

De repente, mis pasos se llenaron de energía. Una energía que jamás había sentido. No había tiempo que perder. Llegar a casa, hacer las maletas, coger la cartilla del banco para sacar el poco dinero que había ido ahorrando en los últimos años, y largarme tan lejos como pudiera. Sin despedidas, sin lamentos. Sin mirar atrás.

Llegué a casa y cometí el error de encender el televisor mientras recogía las posas cosas que me iban a ser útiles en mi viaje improvisado.

– Se declara el estado de alarma -dijo aquel presentador en la televisión-. Se prohíbe el libre tránsito por la calle y todo el mundo debe quedar confinado en sus casas durante un plazo de un mes, por el momento.


Vacaciones en aislamiento (Carlos Candel)

Aquel año tuvimos cinco meses de vacaciones, aunque mi padre insistía en decirnos cada día que no estábamos de veraneo. También fue el año en que nos obligaron a quedarnos encerrados en casa, por no sé qué de un virus. Mi hermano mayor me dijo que no podíamos salir de casa porque había zombis por las calles. Como vivíamos en un quinto, yo no tuve miedo. Por alguna razón, saqué la conclusión de que los zombis no podían subir escaleras, y nada hizo que cambiara de idea. En realidad, aquellos meses fueron mágicos. Papá y mamá se pasaban el día fuera de casa, a pesar del riesgo de contagio. Mi padre trabajaba en una fábrica y el tiempo que estábamos con él se lo pasaba renegando de sus jefes, que le obligaban ir a trabajar. Y mi madre tenía que ir a cuidar a otros niños y a limpiar su casa, imagino que ellos la necesitaban más que nosotros, que nos pasábamos la jornada zanganeando en nuestro hogar. Suerte que no teníamos ordenador y apenas nos dejaban un móvil para llamarles, por si pasaba algo. Aunque, como decía mi padre, si le pillábamos en plena cadena de montaje, poco iba a escucharnos. Lo bueno fue que no tuvimos que hacer ninguno de los infinitos deberes que mandaron los profes, ni visitar a los abuelos en todo este tiempo. Lo malo que, pasados seis meses se reanudaron las clases y ya fue imposible ponernos al día.

Así que la casa, durante el tiempo que ellos no estaban, se convertía en un escenario distinto cada día. Unas veces jugábamos a la guerra de las galaxias y lanzábamos globos de agua a los zombis que vagaban por la calle, acompañados de sus perros (imagino que también eran zombis), mientras otros valientes rebeldes de la resistencia nos aplaudían desde sus balcones.

– ¡Bravo chavales! ¡Así se hace! ¡Que estamos todos en cuarentena!

Como habíamos oído algo de que el jabón ahuyentaba al virus, los rellenábamos con un buen chorro de lavavajillas y lejía, que mamá decía siempre que era más efectivo contra los gérmenes.

Como vimos que algunos niños decoraban las ventanas de sus casas con arcoiris de colores, nosotros lo hicimos con señales de alerta por contaminación radiactiva y nos fabricábamos mascarillas con cajas de vino y bombonas de oxígeno con botellas de plástico. A veces, cuando había que tirar la basura, mi hermano se disfrazaba de astronauta y yo disparaba rayos láser con una ballesta desde la ventana a cualquier zombi que se acercara demasiado. Era el momento más tenso del día, pero confieso que me admiraba la valentía de mi hermano.

A veces, escuchábamos a la gente aplaudir desde sus balcones. Al principio creímos que era debido a que alguien había acabado con algún zombi, pero luego, cuando empezaron a cantar canciones y a poner música, llegamos a la conclusión de que se estaba celebrando la boda de alguien. Y como en la boda se tira arroz, nos fabricamos unos tirahuevos y se lo lanzamos. Y como no sabíamos quién se casaba, se lo tiramos cada día a un balcón distinto. Papá siempre se quejaba de que se agotara tan rápido y tuviera que ir a comprar cada día, con lo difícil que se había puesto.

Y cuando nos aburríamos, colocábamos un par de mantas en la cocina a modo de tienda de campaña y encendíamos los fuegos para asar algunos de los chorizos de las doce bandejas que mi padre había conseguido comprar en el supermercado. Cuando llegó a casa con todas aquellas bolsas repletas de choricillos grasientos, mi hermano y yo dimos saltos de alegría, mamá protestó un montón y papá le aseguró que no había otra cosa. Imagino que los zombis, al no poder comer personas, se estaban alimentando de todo lo que pillaban. Aunque no sé por qué no les gustaba el chorizo. A lo mejor les pasaba como a los vampiros con el ajo. Cualquiera sabe. El caso es que en los seis meses que duraron las vacaciones, mi hermano y yo nos pusimos como bolas.

Por la misma razón, habíamos aprendido a limpiarnos con servilletas de papel después de ir al baño. Al parecer, el papel higiénico se había convertido en el oro del momento. No había en ningún lado. El problema estuvo cuando se agotaron también las servilletas. Tuvimos que pedirles prestados los trapos de cocina a los vecino. Se los cogíamos de la cuerda, los usábamos y luego los volvíamos a dejar en el mismo sitio.

Y, a la hora en la que nuestros padres regresaban y de forma puntual, la casa volvía a ser cada día un espacio de confinamiento limpio y ordenado. Y nosotros, dos niños preocupados por el día en el que el mundo, volviera a la normalidad.


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