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Quinquillero (Carlos Candel)

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Categoría: La caja negra

Quinqui, le llaman. Y suena a desprecio, como quien dice que vales menos que lo que nadie quiere. ¡Quinquillero, rey de la chatarra! Como un tintineo metálico constante en su cabeza. ¡Manos sucias, que te huele el aliento a alicate! Sube la cuesta a duras penas con el carro cargado y el cigarrillo constantemente encendido prendido al labio inferior, herrumbre en los dientes.

Rebusca en los contenedores, al pie de la basura, en el borde de la ciudad, a la orilla del mundo. Como una avispa, piensa. Todo el mundo le huye, todo el mundo le teme, pero nadie le mira a la cara. Anda, llévate eso, que se va a oxidar y me lo va a poner to perdío… Para eso sí que me quieren, ¿verdad? Anda, vente a recogé esta chatarra que pesa una jartá… Ahí sí que me buscan. ¡Carroñero! ¡Y a mucha honra! A ver, ¿qué haríais vosotros sin mí? ¡Pero si soy el rey del reciclado! Aquí no tiés na que arramplar, quinqui, arrastra tu culo lejos como el sucio sudor de tu frente desciende por tu fea cara, pero no te quiero vé cerca, ¡que me espanta la clientela! La quincalla no llora, la quincalla no protesta, la quincalla es muda, la quincalla es fría y dura. Es la ventaja. Joder, ¿otra vez por aquí, Quinquillero? Ya viniste la semana pasada, ¡no hay nada para ti! Y como una avispa vuela con su carro lejos, blandiendo insultos como aguijones afilándose al viento. Su vocabulario es también el sobrante, el que ha ido recogiendo del suelo cuando se cae de la boca de la gente, las palabras que nadie quiere. En la casa del juez recoge una báscula vieja. En la del panadero, un microhondas averiado. En la de la carnicera, cuchillos desgastados. Todo le sirve a quien ha acostumbrado a vivir con lo justo. ¿Na más me das eso, con to lo que pesa? Vaya, y luego soy yo el que arrampla. ¿Usté sabe lo que pagan por un kilo déso? ¡Casi me cuesta! Y dé gracia a que me lo llevo. En la casa del cirujano… en la casa del cirujano… ¡Vaya! Entre los restos de la poda… ¡No puede ser lo que veo! ¿Será el humo del cigarro? Sí… es lo que pienso… ¡Un bebé recién parío! Con sus uñitas recién forjadas y, en la mantita, la sombra, o más bien el positivo de ella, de un nombre. Al principio lo ha confundido con una estatua de metal, de esas que tienen los ricos. Esta carne no se paga. Hay que vé, qué cosas más raras tira la gente. ¿A ti tampoco te quieren? ¡Tan quitao hasta el nombre! El bebé hace un puchero, reclamando consuelo. Calla, calla, no te ponga así, donde caben siete, caben ocho. ¿Cómo te voy a dejá aquí? Los márgenes son muy duros. Te llamaré Quin.


Despedida (Carlos Candel)

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Categoría: La caja negra

La abuela está de cuerpo presente. Que es como decir que sólo quedan de ella los huesos, la carne y la piel que los recubre. Ni siquiera su expresión es la suya. La memoria líquida de su vida permanece sólo en nuestras conversaciones. Esa mujer poderosa que una vez se encaró con aquellos soldados, escopeta en mano, para que no se llevaran los pocos víveres que había almacenado, nos dejó ayer.

“Hace tiempo de aquello…”, lo cuenta uno de sus hijos, el tío Narciso. La madre con carácter de hierro que no nos permitía sentarnos a la mesa hasta que ella no estuviera probándola primero. “Era para que nadie le acusara de que estaba salada o sosa…”, aclara Gonzalo durante la comida, que hemos hecho en un restaurante cercano mientras dos tías abuelas, que apenas la han dejado sola, la acompañan con sus rezos. Delante de la abuela, en la casa, nadie se atreve a toser siquiera. “Siempre le molestó el ruido excesivo…”, comenta Clara en voz baja. Es como si tuviéramos miedo a despertarla, a incomodar su descanso eterno. Yo siento el movimiento de mis tripas, ahí abajo. Me sube el calor de la comida a la cara, espero que mis intestinos no desborden la paz que se respira en esta casa. En el restaurante tan sólo había un menú, el que sirve Tomasa cada jueves, el que hemos comido todos. Presiento que el resto está igual que yo. Junto a la cama, a ambos lados del cadáver, permanecen Juana y María, con un rosario entre las manos. Acarician esas pequeñas bolas de madera una y otra vez mientras murmuran algo entre dientes. Antiguos mantras. El aire es tan espeso en la estancia que siento que para moverme tengo que nadar.

“Ella sola se hizo cargo de todos nosotros, era la mejor…”, afirma Aniceto, el menor de los hijos. Mi madre asiente, aunque presiento que no le está escuchando realmente. Su cabeza parece estar en otra parte, quizás rememorando a aquella mujer con la que se crió de pequeña. “A mí me dio buenas tundas por mancharme la ropa…”, escupe Manuel. El aire se vuelve aún más denso. Todos dirigen la mirada hacia el suelo. No sé si van a llorar o a reír. Parecen contener la respiración. Las plañideras callan por un momento, como si el silencio se hubiera apoderado también de ellas. Y, en ese preciso instante, se escucha un sonoro pedo. Se detienen todas las conversaciones. Y, tras un breve momento de confusión, las miradas se dirigen hacia la abuela. El ruido procedía de allí. Excepto las plañideras, que no levantan la vista de su rosario y no han cesado de rezar. Nadie dice nada, pero todos piensan lo mismo. ¡Zaaascaaa! Suena otro retumbe junto a la puerta, que a todas luces parece provenir del tío Narciso. ¡Zuuumbaaa! Le contesta la tía María. ¡Zataclaca! Responde Gonzalo. ¡Puuumbaaa! Interrumpe mi madre, que parece quedarse a gusto. ¡Porrompompón! Se alivia Clara, que no quiere ser menos y que llevaba tiempo aguantándose. ¡Pimpaaam-púm! Reclama la tía abuela Juana. ¡Morrocotoco! Protesta Aniceto con alevosía.

Era como si la abuela, incluso después de muerta, estuviera concediéndonos el permiso para poder liberarnos en su presencia. Así que yo, como buen miembro de la familia, participé con un ¡Fiiiiiuuummmmiií! que terminó por llevarnos a todos fuera de la casa, entre carcajadas y retortijones. Y es que, en los velatorios, hay momentos para todo. También para las risas. ¿No os ha pasado algo parecido alguna vez? A la vuelta, paradójicamente, el ambiente era mucho menos denso y parece que la despedida fue mucho más ligera.


IAmor imprevisto (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Prevex, el mastodonte de las aplicaciones de inteligencia artificial, lo dejaba muy claro: la probabilidad de que esa chica se enamore de ti es del 0’01 %. El porcentaje de sufrir desamor es del 99’9 %. Prevex no se había equivocado nunca en sus predicciones. Nunca.

Ni la vez que se salió de la ruta habitual, a pesar de las recomendaciones, y le robaron la cartera a punta de navaja; ni cuando comió aquel plato en casa de su amigo Julio y terminó la tarde pegado a la taza del váter; ni cuando estudió aquella carrera que no le sirvió de nada y terminó como repartidor en Puntual. Nada escapa a las IA. Disponen de tanta información que hay quienes aseguran que han eliminado el libre albedrío.

Pero… esa chica… “Olvídalo”, se dijo a sí mismo. “¿Quién habla directamente con una persona que no conoce?”. Y, sin embargo, ahí estaba. Ella no dejaba de observarlo. ¿Podía fallar “Prevex”? Y ahora le sonreía directamente. Volvió a probar la aplicación, por si acaso. No dejaba lugar a dudas. 0,01 %. Sin embargo, Prevex había pronosticado en un 99’99 % de probabilidades que esa noche le iba a ocurrir algo fuera de lo común en aquella discoteca a la que no había ido nunca. Algo no cuadraba. Y ella seguía mirándolo desde la distancia, a través de la multitud.

Tampoco perdía nada por intentarlo. Jamás había hecho algo semejante. Caminó entre la multitud hacia ella, que no dejaba de mirarlo. Tuvo que empujar su cuerpo a través de varios grupos que bloqueaban el paso entre bailes y contoneos. ¿Alguna de aquellas personas habría ido a parar allí por otro motivo que no hubiera sido previsto por Prevex? ¿Serían conscientes de su falta de autonomía? La misma que en esos momentos le atraía como un imán hacia aquella chica que, sin embargo, la IA no parecía aprobar. Y cuanto más se acercaba, menos duda había. Le miraba a él. Y le sonreía con una copa en la mano.

– Hola -le dijo al llegar a su altura.

Después, un impacto en el costado, gritos a su alrededor y mucha confusión. ¿Qué estaba pasando? Ella había dejado de sonreír. Ahora las piernas le flojeaban y sentía la necesidad de tumbarse. Ella le sostuvo para que no cayera de golpe.

– ¡Lo siento! -le gritaba, aunque él no sabía muy bien por qué.

La gente corría a su alrededor. La música había cesado, el silencio había sido colonizado por gritos que cada vez sonaban más lejanos.

– ¡Lo siento! -gritaba ella llorando- Yo no sabía…

¿El qué? ¿Qué era lo que no sabía? Sentía la necesidad de preguntárselo, pero allí, tumbado en el suelo, era incapaz de decir nada. El dolor en el costado llegó poco a poco hasta que fue del todo insoportable. Alguien le había disparado.

– Fue Prevex -se justificaba ella, sin parar de llorar-, pronosticó que me salvarías la vida si te miraba todo el tiempo. Pero no imaginé que fuera así…


Camino de vuelta (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

En el mar, las miguitas de pan se las comen los peces. Borran toda posibilidad de regreso. Y la superficie es un espejo que, una vez atravesado, detiene el tiempo para siempre.

En el mar se desdibujan todos los senderos. No hay señales que recuerden la travesía. Quienes lo atraviesan saben que no regresarán. Al menos no por ahí. Mamá siempre dice que cuando eliges otro camino de vuelta ya nunca serás el mismo. Puede que ése sea el motivo de no querer regresar. No es el dinero, ni las fronteras, ni la ausencia de familia. Es el terror que anuncia el desarraigo en el reflejo de estas profundas aguas. Un regresar que refleja la otra cara del espejo: la partida, la huida, el hasta luego e, incluso, el adiós.

Tú y yo no seremos los mismos. Cada una de nuestras células habrá cambiado. Serán otros los que atraviesen de nuevo ese muro que separa el hoy del ayer, el norte del sur, la comprensión de la confusión, el “ya no hay nada que hacer” de la esperanza, el yo que se fue del yo que seré. Porque una sola cosa permanece inmutable en este partir, que es también regresar, infinito de los hombres (y mujeres): el muro.


Bomba de calor (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Los tres vimos cómo papá salía del coche. Mamá había tratado de impedírselo, pero él lo hizo por sorpresa y ninguno pudimos hacer gran cosa. Llevábamos dos días encerrados en el vehículo, en la segunda planta de aquel garaje. Otros vecinos habían hecho lo mismo, pensando que las temperaturas no serían tan altas allí abajo y que allí podrían poner en funcionamiento el aire acondicionado de sus coches, pero a estas alturas la mayoría se habían marchado. Cualquiera sabría qué había sido de ellos. “Salir más allá de la puerta del garaje es un suicidio”, había dicho papá cuando decidimos meternos en el coche y encender el aire acondicionado, con al esperanza de que la ola de extrema de calor pasara cuanto antes. Cuando las máquinas de aire acondicionado dejaron de funcionar a causa de las excesivas temperaturas la televisión y la radio dejaron de emitir e Internet se cayó por completo.

Papá boqueaba como un pez fuera del agua y se llevaba las manos a la garganta. El aire parecía abrasarle los pulmones. Apenas estuvo unos segundos fuera, el tiempo suficiente para dejarle mudo. Tardó varios minutos en recuperar el aliento. Mi hermana se echó a llorar. No la culpé, todos pensamos que no lograría abrir la puerta de nuevo y entrar en el coche. Yo mismo creí que se desmayaría y que no podríamos hacer nada por él. Por suerte, aún tuvo fuerzas suficientes para abrir la puerta y mamá tiró de su brazo para agilizar un poco el tránsito. Después cerró la puerta tras de sí, con toda la fuerza que le fue posible. El calor había entrado en el coche y nos costó un rato poder respirar con normalidad. Allí afuera el aire parecía consumirse como un bosque en llamas. Gracias a la bombona del abuelo íbamos inyectando un poco de oxígeno en el habitáculo. Teníamos suerte.

“Se acaba el gasoil, sin él no hay aire acondicionado”, sentenció mi padre en cuanto estuvo preparado para hablar. “Tendremos que salir en busca de una gasolinera”. El abuelo se negó. Le recordó que él mismo había aseguro que era un suicidio, pero mamá logró calmarlo recordándole que nosotros disponíamos de su bombona.

“Será cuestión de cinco minutos, lo suficiente para llenar el depósito y regresar de nuevo aquí. Con un poco de suerte, en unos días este calor habrá cesado”, explicó papá. “¿Y por qué no esperamos a la noche?”, insistió el abuelo. “¡No hay tiempo!”, gritó papá, perdiendo la paciencia. Papá le cedió el puesto a mamá. “Deberás hacerlo tú, yo me encuentro demasiado débil”.

El tiempo parecía detenido afuera. Un color sepia lo inundaba todo, y los árboles se habían secado. Sus hojas, muertas, cubrían el suelo por todas partes, descubriendo las pocas sombras que había en el barrio. Sudábamos y nos deshidratábamos rápido. Aún teníamos varias garrafas que mamá había previsto antes de bajar.

La gasolinera no quedaba lejos y mamá avanzó todo lo rápido que pudo, sorteando coches que habían quedado parados en cualquier parte. Evitamos mirar su interior. Algunas casas ardían aquí y allá. En seguida percibimos el aumento de temperatura. Papá cubría como podía el cristal para que no entrara el sol, y el abuelo, mi hermana y yo hacíamos lo que podíamos con unas mantas en las ventanas de atrás. Al llegar a la gasolinera mamá detuvo el coche y pareció desplomarse sobre el volante. Tuve miedo por ella, pensé que se había desmayado, pero no fue así. Entonces, todos recordamos lo que la televisión llevaba avisando desde hacía meses. En la gasolinera lucía uno de los carteles que anunciaba uno de los mensajes más duros que he leído en mi vida: “Debido a los actuales problemas de abastecimiento les comunicamos que en esta estación no hay diésel”.


Como pollo sin cabeza o… más vale pollo en mano (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Lloyd Olsen se encuentra en la cama de un hospital. A sus casi ochenta años, el granjero está viendo morir los últimos días de su vida, en soledad. Una máquina, en simbiosis con su cuerpo, insufla aire a sus colapsados pulmones y lo mantiene semidespierto. Quizás sea por eso por lo que en su frágil conciencia se repitan imágenes vívidas de su querido amigo Mike. Han pasado más de cuarenta años, pero no lo ha olvidado. ¿Cómo pudo suceder? Aquel pequeño animal vivió junto a él durante dos años, a pesar de haberle seccionado con el hacha buena parte del cráneo. “¡Maldita sea mi estampa!”, se maldijo en varias ocasiones al darse cuenta de que esa noche no cenaría pollo. Mike, ya sin cabeza, se le escapó de entre los dedos y corrió a esconderse en algún rincón del corral. Parecía tener la capacidad, ya sin cerebro, de retener en la memoria las dimensiones del mismo. Daba la sensación que desde allí lo miraba, sin ojos, e incluso trató de acicalarse con una pata y graznar con un inexistente pico. Aquella forma de mirar, sin mirar, ocultaba un vacío mucho más profundo que el agujero que el filo del hacha había dejado en su cuello. Lloyd quedó tan maravillado con aquello que lo mantuvo con vida todo lo que pudo, a base de leche con pan y pequeños granos de maíz que introducía con una jeringa por el agujero abierto del gaznate. El animal movía las alas frenético, cada vez que lo tocaba, a la espera de su merienda. Lloyd siempre tuvo la duda de si aquel ser sintiente era el mismo que aquella tarde estuvo a punto de desplumar para la cena. ¿Cómo se puede ser sin cerebro? ¿Era Mike, en realidad, una simple cáscara con un mínimo interés por mantenerse con vida? ¿Y quién no lo es de alguna manera? Quizás esta pregunta surja ahora con mucha más intensidad, dadas sus circunstancias, cuando la vida parece un camino a través del bosque, atravesando claros de luz y zonas en penumbra.

Juntos recorrieron multitud de ciudades en las que el pollo fue exhibido frente a un cada vez más entregado público. Llegaron a ganar cuatro mil de los grandes al mes. Para Lloyd fueron los momentos más intensos de su anodina vida. Pero tras su muerte, todo se volvió más oscuro, más lento. Echaba de menos viajar, darse la vida padre, comer en restaurantes de esos de pollo frito cada vez que se le antojaba sin necesidad de usar su hacha y que la gente lo reconociera por la calle. “¡Eh, mira! ¡Por ahí va el tío ése del pollo sin cabeza!”

Por eso hoy, al borde ya del abismo, recuerda a aquel animal que tantas alegrías le dio. Y piensa si no habría sido mejor comérselo. Y mientras atraviesa la última penumbra antes del gran claro, se termina su último muslito de pollo con una boca en una cabeza que ya no existe. Y conforme lo va rebañando y la carne poco a poco desaparece, el hombre se va quedando en los huesos, y su existencia se le va escapando de entre los dedos.


Delatores (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El gran objetivo en la vida de Said no es estudiar o trabajar, ni siquiera encontrar a alguien que le quiera. Con apenas 19 años sabe que lo importante en la vida es oler bien. Luego, todo llega.

Los olores son los grandes delatores. Lo sabe bien Said. Cada mañana lo comprueba en sus propias carnes, en el transporte público. Raro es el día que alguien no se cambie de asiento para evitar tener que percibir su fragancia. No es una cuestión de higiene, porque sucede también los días que encuentra un lugar donde poder ducharse y lavar la ropa. El olor lo impregna todo, es su sangre, es su piel, es su origen. Said no quiere cambiarlo, sabe que eso es imposible. Quiere hackearlo y seguir siendo el mismo. Ser un vencejo y no tocar suelo, oler a aire y agua además de a fuego y tierra.

Da igual las veces que se cuele en el supermercado y pulverice los probadores de frascos de colonia sobre su cuerpo. Ese olor le persigue todo el tiempo. Lo oculta durante unos minutos, tal vez unas horas, pero siempre vuelve. Es como una maldición silenciosa. Como una señal olorosa que sólo perciben el resto. Una alarma que indica a qué clase social perteneces. También lo ha buscado en otros cuerpos. Aquella chica alteraba su fragancia unos días, pero sólo cuando estaba con ella. El muchacho llegó a pensar en más de una ocasión en el imposible de meterse dentro de ella, robárselo, pero sin llegar a los extremos de Jean-Baptiste Grenouille en “El perfume”.

Mejor hueles, más cara es el aroma, más vales.

En la chabola que desde hace unos meses comparte con un amigo en un parque en mitad de la gran ciudad el olor parece haberse convertido en otro compañero, el delator. El que informa al resto del mundo que allí viven dos nadie. La primavera la atraviesa, pero nunca permanece en ella. La ciudad es un conjunto de olores y ciertos hedores son como fantasmas que salen de debajo de la tierra y tratan de atraparte para llevarte con ellos.

Tan sólo, tal vez, en esa pequeña clase en la que aprende español, cocina y cultura general, sólo de forma muy sutil y lejana, encuentra cada mañana, entre los ricos caldos que emergen de las ollas y sartenes en forma de vapor, un pequeño atisbo de cambio, y su olor a tierra empiece a tornarse en hierba fresca y flores alimento de mariposas. Olor a esperanza.


La paz es ciega (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El joven Wojtek no sabe lo que es la guerra y, sin embargo, un día le considerarán un héroe. Construirán una estatua en su honor, por su valor en la batalla. No entiende lo que es valor, ni conoce el sentido de la palabra batalla. Tampoco es consciente de que esos soldados polacos, los que le sonríen con la muerte entre las manos, le consideran poco menos que un amigo. Wojtek no recuerda el rostro de su madre, ni siquiera es consciente de que una vez tuvo una, pero se divierte con ellos. Le ofrecen un líquido espumoso que no es agua, con el que se siente más pesado y más feliz. Las trincheras se parecen a un hogar. Oscuras y húmedas, pero al mismo tiempo, capaces de albergar el calor de los cuerpos que se ocultan de los bombardeos. El barro es agradable, revolcarse en él reconforta. Atravesar el campo de batalla no es muy distinto a ir de caza. Aunque casi lo ha enterrado en el olvido, cree que las presas son siempre los otros, nunca él. No conoce el término “enemigo”. Para él todos son iguales, aunque huelan distinto. Los carros de combate no le resultan muy distintos a pequeños montículos a los que escalar y los cadáveres amontonados en las cunetas son caza echada a perder. Pobre Wojtek, que ni siquiera se conoce a sí mismo. Cree que sus colmillos son iguales que los de esos chicos famélicos que comparten su comida con él. No alcanza a vislumbrar que su enorme cuerpo es más fuerte que el de diez soldados juntos y que, al mismo tiempo, puede albergar multitud de balas. Ellos también están perdidos, están convencidos de que Wojtek ha luchado, como uno más, a su lado, que está de su parte, que ama la guerra. Es fácil que piensen que les ha salvado la vida en más de una ocasión. Incluso se han negado a subir al barco que les llevará a casa si su amigo no les acompaña. Ellos, que han sido arrastrados a la guerra, que creen comprender la relación entre la sangre y la bandera, que afirman reconocer el odio en las sombras que se mueven al otro lado de la línea de combate… Ellos, que sólo son hombres, han encontrado entre sus zarpas la paz. Una paz que tiene sabor a hierba y olor a cuero, que transmite calor a través de sus poros y cuyo aliento empaña la noche fría de la guerra. Una paz que tiene el inmenso poder de la ceguera ante la atrocidad y que sólo tiene ojos para la belleza. Como Wojtek.


Cuestión de tiempo (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El bueno de Antonio ni se inmutó cuando uno de sus compadres, Ramón, le gritó desde la valla de la modesta parcela que tenía a las afueras de Parla:

-¿Qué haces con la huerta, Antonio? ¡Lo vas a estrozar todo!

El hombre, poco propenso a las charlas, continuó arrasando firme todo lo que pudo a su alrededor con la azada.

Más allá de la huerta se extendía un manto, a veces verde a veces marrón, de tierras de labranza que desembocaban en una autovía, inalcanzable para la mirada desde ésta. Antonio solía disfrutar del amanecer sentado en una de esas sillas plegables que tantas veces había usado en sus visitas al río Alberche para comerse la tortilla de media mañana en una jornada de pesca.

La valla empezaba a llenarse de viejos curiosos, antiguos compadres de charlas sobre huertos, semillas y tiempos de siembra.

-Pero, Antonio, ¿es que te has vuelto loco?

Voceaban desde el exterior al ver la huerta completamente desolada. Pero el hombre seguía inmerso en su tarea. No llegaban a vislumbrar los motivos. Tampoco comprendieron cuando un camión descargó un enorme montón de arena de playa y Antonio comenzó a extenderla en el lugar donde antes hubo tomates, pepinos, calabacines, judías, insectos merodeando…

-¡Con lo bonito que lo ties tu siempre, Antonio! ¿Qué te está pasando? ¿Por qué no habrá dado como a Tomás, que se se está haciendo su propio campo de golf al otro lado de la carretera de Toledo?

Pero el clímax de su incomprensión vino con lo de la barca. El hombre había convencido a uno de sus nietos para que buscara en una de esas aplicaciones del móvil de venta de productos de segunda mano a alguien que vendiera una barca. No demasiado grande ni moderna. Le bastaba una pequeña embarcación de madera, a remos. Unos días más tarde, la tenía descansando sobre la arena de playa. Y él, satisfecho, extendió sus redes junto a la barca, posó sus pies descalzos sobre la arena y, desde su silla plegable con respaldo, pudo disfrutar al fin de un bonito amanecer en la playa.

-¡Ja, ja, ja! -se burlaron sus compadres- ¡Ahí sólo vas a pescar pulgas!!! ¿Qué te crees, que estás en la playa?

-Todo llegará -se dijo para sí-, sólo es cuestión de tiempo.


Misión de salvamento (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

La nave se posó sobre el terreno rojo con inesperada ligereza. Nada que ver con las vicisitudes acontecidas durante el viaje. La misión empezaba a tornarse cada vez más probable. Una tarea de salvamento en la que llevaban trabajando diez años y que estaba a medio camino de tener éxito. Lo más difícil ya estaba hecho. Llegar. Pero la polvoreda levantada por los reactores anunciaba aún mucho camino, y nada fácil, por delante. El capitán Lebrod era consciente de ello. Eran pioneros, o al menos así lo habían anunciado a todos los medios. Quizás los últimos, pero aún quedaba mucho esfuerzo por delante. La última palabra no estaba dicha aún. Otros diez años y ya, vuelta a casa. Nada de naves cargadas de ricos huyendo del desastre medioambiental. Nada de explotar meteoritos ni salvar al mundo de una invasión alienígena. Su cometido era mucho más sencillo: preparar las infraestructuras necesarias para convertir al nuevo planeta en el vertedero de la Tierra. Construir unas nuevas letrinas para salvar a la humanidad de morir ahogada en su propia mierda. Y, ya de paso, llevarse consigo todo cuanto encontraran de valor para seguir cagando a su antojo, ahora sabedores de disponer de un mayor terreno que corromper. La colonia había decidido, al fin, quedarse y destruir otros territorios.

“¿Para qué huir a otros mundos si podemos volver a convertir éste en el paraíso que siempre ha sido?”, había dicho el Secretario Superior de Estado de Naciones Comprometidas con el Medioambiente, Arthur Cheouwn.

Tras posarse el polvo y recobrar la visibilidad, encontraron algo inesperado que hizo que Lebrod aplazase los planes. Allí, a tan sólo un par de kilómetros, quizás tres, una construcción. Pequeña, de no más de cinco metros de altura y otros diez de ancho. Pero allí estaba, no cabía duda. Una edificación muy similar a los contenedores de obra que son frecuentemente utilizados para actividades efímeras. “Tenemos que salir”, anunció contrariado Lebrod a la tripulación. Quizás no todos, una pequeña patrulla de reconocimiento. Lo suficientemente preparada como para afrontar cualquier tipo de situaciones. Puede que aquel planeta no fuera virgen, tal y como les habían asegurado. Tal vez otro Estado se les hubiera adelantado. O incluso, algo mucho más inverosímil, se tratara de una instalación extraterrestre. Nada era descartable aún.

Por supuesto, el capitán formaría parte del equipo de inspección. Una de las instrucciones más claras que había recibido antes de partir es que debía encontrarse al frente de cualquier movimiento que dieran.

Se enfundaron en los trajes y salieron a la intemperie estática. Un alumbramiento colectivo, insonoro y seco, hacia un nuevo mundo sin vida. Todo cuanto les rodeaba parecía haber existido siempre. Lebrod guardaba para sí la sensación de que hasta la última roca les observaba, pendientes de cada paso, de cada suspiro entrecortado e incluso de cada pensamiento. No fue fácil alcanzar el objetivo. Una especie de hangar militar en mitad de la nada. Y, al llegar, de nuevo un alumbramiento. Esta vez a la inversa, quizás más parecido a volver a la vida. Puede que, en realidad, la muerte la dejaran fuera, o no. Con absoluta normalidad abrieron la escotilla y se arrojaron dentro. Estaban entrenados para contener emociones. Habían sido concienzudamente insensibilizados para afrontar todo tipo de situaciones sin que éstas pudieran dañar la misión.

Dentro, una corriente cámara de presurización donde recobrar el aire y poder desprenderse de la escafandra. Cosa que, por supuesto, no hicieron. Todo era aterradoramente familiar. Otros tres trajes reposaban ya en sus respectivas perchas. Alguien s eles había adelantado, ya no cabía duda. Pero… ¿quién?

Al otro lado de la siguiente escotilla, salvado ya el margen de seguridad, les esperaban ante un hangar prácticamente vacío y oscuro, dos mujeres y un hombre. De pie, ante una mesa de unos cuatro metros de largo. Unos focos iluminaban sus rostros ineludiblemente humanos. Les recibieron con sonrisas y una amabilidad desconcertante. Bajo la mesa, una multitud de cajas de cartón. Sobre la mesa, libros. Decenas de flamantes libros recién impresos.

Una de las mujeres portaba un par de ellos en la mano y se los ofreció a Lebrod.

“¡Enhorabuena!”, le dijo. “¡Lo habéis conseguido!”.

“Dos de estos son para cada uno de vosotros, completamente gratis, sólo por completar la misión”, afirmó el hombre. “Pero no os preocupéis, podréis adquirir cuantos queráis a precio de coste, vuestras familiares y amigos estarán deseando leerlos”.

“¡Está todo aquí!”, le interrumpió la tercera. “Las negociaciones geo-estratégicas, los trastornos emocionales del capitán Lebrod, el despegue, los conflictos entre la tripulación en el trayecto, el fallo de las cámaras criogénicas, el choque contra la basura espacial… ¡Y todo narrado por el mejor escritor de Inteligencia Artifical de nuestro tiempo!”.

“Ahora ya pueden regresar”, afirmó el hombre. “El relato ya está hecho. Háganme caso, este libro va a ser todo un éxito. Compren cuantos puedan y llévenselos a la Tierra. No tendrán que volver a preocuparse por el dinero. Su misión ha concluido. Del resto se encarga la Empresa”.

El capitán Lebrod no daba crédito. Se aproximó de forma automática hacia la chica y recogió los correspondientes libros. “Misión de salvamento”, rezaba el título. “¡Qué original!”, se dijo para sí mismo, cargado de cinismo. En la portada, la imagen de la SavEarth, la nave que había tripulado, surcando la oscuridad más absoluta. Sin saber por qué, ojeó rápidamente el interior. Unas setecientas páginas resumían la aventura.

“Está mal”, dijo al fin. “¿Cómo dice?”, preguntó la mujer, desconcertada. “El título. Me refiero al título”, explicó el capitán. La chica sólo gesticuló haciendo entender que no sabía de qué le estaba hablando.

“Debería titularse: Todo es mentira.”.


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