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La definitiva (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

¿Qué harás tú cuando yo me haya ido? Cuando haya cogido la maleta definitiva, la del final de mis días. ¿Qué fotos, recuerdos y anécdotas mías se habrán instalado en tu memoria? ¿Qué dirás de mi cuando ya no pueda escucharte? ¿Qué palabras jamás pronunciadas me dirás entonces? ¿Qué caricias echarás de menos? ¿Qué besos? ¿Qué abrazos? ¿Qué miradas? ¿Con qué rellenarás el hueco que deje? Puede que lo llenes de lamentos o, tal vez, de sonrisas. ¿Y qué harás con el tiempo, o mejor dicho, el no-tiempo que ya no tendremos? Puede que revisites territorios que antes exploramos juntos o aproveches para no salir nunca de nuestro oasis. Y llenarás las maletas de conchas y arena fina para tratar de anegar la memoria.

O puede que, simplemente, lo olvides todo. Y entonces ya nunca regrese.


Fábula del hombre, el lobo, la oveja y el brócoli (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El hombre llegó hasta la orilla de aquel inmenso río. El caudal era tan inmenso y la corriente tan tenaz que ni siquiera se planteó atravesarla a nado. Asomarse a sus oscuras aguas daba miedo. Menos mal que había un pequeño bote de madera, con él podría alcanzar la otra orilla.

Llevaba consigo un lobo que había criado como compañía desde cachorro, aunque no por ello había perdido su condición de salvaje; una oveja que acaba de comprar en la feria de ganado, con cuya leche pensaba empezar a fabricar sus propios quesos; y un brócoli recién cortado que se pensaba almorzar a medio día.

Trató de subirse al bote con cuidado de no hundirlo, y en seguida comprendió que aquella pequeña embarcación había sido pensada para albergar un solo cuerpo, a lo sumo dos. De forma que no podría trasladarse con toda su carga al otro lado. Tendría que dar al menos dos viajes. Pero… ¿cómo?

Miró a su amigo lobo, que lo observaba expectante, con ese gesto de quien espera una orden inmediata. Después dirigió su mirada a la oveja. Ésta parecía ausente, únicamente preocupada en llenar la tripa. Ajena al peligro que le acechaba en los colmillos de su compañero, mordisqueaba una hierba rala, agostada y sin fundamento.

Aquello le hizo reflexionar. Era evidente que no podía dejarlos solos, que tendría que llevarse primero a uno y luego al otro, pero claro, si se llevaba primero al lobo, la oveja se quedaría sola con el brócoli, se lo comería y se quedaría sin cena. “Uff, ¡qué difícil problema! “, pensó. Hizo un dibujo en la arena para aclararse. Me dio muchas vueltas. La cabeza se llenó de barcas, lobos, ovejas y brócolis. Viajes y más viajes interminables. Y al fin, lo consiguió. ¡Había dado con la solución!

Ya estaba dispuesto a partir cuando regresó su mirada hacia sus compañeros de viaje. Para su sorpresa, el lobo le observaba ahora con el hocico ensangrentado. Se había detenido un instante, con ojillos inocentes, en su quehacer para comprobar si su dueño le daba alguna orden. La oveja, por su parte, se encontraba tirada en el suelo, con el cuello abierto. Aún movía impulsivamente las patas, pero sus ojos denotaban ya la pérdida irrecuperable de la vida. El hombre, entristecido y frustrado, sabía que había fracasado en su objetivo. Tiró el lobo al río y dejó que se lo llevara la corriente. Cogió el brócoli y se subió a la barca, y mientras tanto, reflexionó sobre lo que había hecho mal.

Moraleja: Mientras tú reflexionas sobre tus acciones, otros ya han desayunado.

Apunte del autor: sí, ya sé que en el cuento original, que es un acertijo en realidad y no una fábula, no aparece un brócoli, sino una col, pero es que el brócoli me da que está más asociado a la autocrítica.


Mi nombre es Revolución (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Hay quien dice que la ideología de tus padres marca la tuya propia, y puede que lleven razón. En mi caso, no sé si la decisión de mis padres de llamarme “Revolución” determinó mi voto, pero sí mi vida. Mis padres, fieles seguidores de personajes como el Ché, Ibárruri o Marcos, depositaron en mi nombre la esperanza de transformación que ellos apenas lograron soñar. Yo, por mi parte, viví aquel anhelo desde mi más tierna infancia con cierta desconfianza, con prudencia e incluso se podría decir que con algo de vértigo. Una carga demasiado pesada para una espalda tan tierna. No se pueden hacer una idea de lo difícil que puede llegar a ser la vida con ese nombre. No sé en qué estarían pensando. En la escuela, al recibirme el primer día en clase, los profesores no podían evitar dejarse llevar por el prejuicio que mi nombre tenía asociado desde el nacimiento, y solían relegarme a los últimos puestos de la clase, a ser posible lejos del resto, como si mi mera presencia pudiera contaminar los ánimos serviles de mis compañeros. Y lo peor era cuando se olvidaban de su significado y me nombraban en voz alta en plena clase: “¡Revolución!”. El resto de alumnos solía estallar en carcajadas y tirar los cuadernos al aire, desvirtuando el concepto mismo de la protesta. Y, claro, al final, el que terminaba en dirección, era yo.

Y qué decir de cuando la policía me pedía la documentación por cualquier control rutinario… No tardaban en echarse la mano a la pistola en lo que a todas luces se trataba de un acto reflejo provocado por mi nombre. De verdad que no sé qué razones llevarían a mis padres a ponerme un nombre tan pretencioso.

A la hora de buscar pareja tampoco ayudó mucho, pues nadie quería estar con alguien que parecía estar dispuesto a pasarse el día pegando tiros por ahí o a morir por las ideas. Quizás pudieran sentir un poco de curiosidad al principio, pero tarde o temprano se terminaban sintiendo que mi carácter tímido e inseguro más bien cuadraba con otro nombre: Decepción.

Con el tiempo aprendí a vivir con ello, trataba de enmascarar mi nombre con ridículas abreviaturas, sobre todo si se trataba de buscar trabajo. “Me llamo Rev” o “Mi nombre el Revo”. Pero al final siempre había alguien que descubría en algún papel mi auténtico nombre y terminaban por despedirme, no fuera a ser…

El caso es que, a pesar de que mis padres trataran de indicarme el camino correcto, yo nunca he encontrado el tiempo ni las fuerzas para hacer honor a mi nombre.


Las puertas del paraíso (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El discípulo observó con detenimiento los tres senderos que su maestro le mostraba.

-Estos son los caminos que conducen al paraíso -le dijo señalando con su mano izquierda hacia el horizonte.

El primero de ellos se bifurcaba a tan sólo unos pasos. El de la izquierda conducía recto hacia una preciosa mansión blanca, flanqueada por una valla de forja. Su estampa era tan acogedora y nítida que, al mirarla, daban ganas de internarse rápidamente en ella. El de la derecha avanzaba sinuoso hasta una lejana puerta en mitad de una playa desierta.

-Estas son las puertas del paraíso del futuro. La primera de ellas, la de la mansión blanca, es la más fácil de alcanzar, pero debes tener en cuenta que sólo podrás cruzarla una vez en tu vida, y una vez sobrepases su umbral, no podrás regresar aquí jamás. Para tu información, muchos eligen ésta. Y la segunda, la que ves allá al fondo, más allá de las sinuosas curvas, al borde del mar, podrás abrirla sólo una vez al año. Se podría decir que ésta es la más demandada de todas…

Sin duda, era mucho más tentadora la de la mansión, aunque el hecho de no poder regresar… No obstante, el discípulo no quiso decidirse aún. No hasta conocer el resto de puertas.

-Aquella de allí es la puerta del presente -señaló el maestro-, podrás traspasarla cuantas veces quieras a lo largo de tu vida, cada día, cada hora, cada minuto…

El dedo del maestro indicó hacia lo alto de una sobrecogedora y encrespada montaña. El camino discurría por ella como una hormiga ascendiendo por el tronco de un árbol.

-Pero maestro, ¡esa puerta es inaccesible! Tendría que ser un gran escalador y tener alma de pájaro para poder acceder hasta ella.

-No te dejes llevar por las apariencias, querido alumno, algunos días te parecerá imposible alcanzarla y otros, por el contrario, será casi como un agradable paseo.

Hasta ahora el maestro jamás le había dado motivos para dudar de él, pero aquello le pareció una broma pesada, como uno de esos acertijos imposibles de resolver con los que terminas por rendirte.

-¿Y ésa? ¿Qué puerta es? -preguntó el discípulo, señalando la última puerta que, entre brumas, se mostraba ante ellos como un ente fantasmagórico.

-¡Ah, sí, ésa! -dijo el maestro, como si acabara de caer en la cuenta de que se dejaba algo por decir- Eso en realidad no es una puerta, no te llevará a ningún lado y, sin embargo, hay mucha gente que la elige. Es la puerta del pasado.

Quedaba claro entonces, la del pasado no era una opción. Ahora sólo quedaba decidirse por una del resto. El aprendiz se tocó la barbilla, simulando pensar, tal y como había hacer a su maestro, aunque en el fondo no tenía ni idea de qué hacer. La idea de alcanzar el paraíso a cada segundo le atraía mucho, pero el terreno le parecía demasiado peligroso. Pero, por otra parte, elegirlo sólo una vez en la vida… Ya habría tiempo para eso. Y la del paraíso una vez al año, sin duda era la opción menos arriesgada. Disfrutarlo de vez en cuando no era bastante tentador y no suponía mucho esfuerzo, pero qué pensaría el maestro de él si se conformaba con lo mismo que la mayoría…

-Bueno, pues… supongo que la mejor opción es… la puerta… del presente.

Casi se arrepintió de haberlo dicho según salió de su boca.

El aprendiz ascendió lentamente la montaña. Necesitó armarse de mucho valor y echarle mucho esfuerzo para conseguir llegar hasta la cima, donde se encontraba la puerta de entrada al paraíso del presente. La empresa le llevó todo el día, y desde luego, nadie podía negar que se trataba de toda una aventura. En varias ocasiones llegó a temer incluso por su vida.

Al llegar era casi de noche y se encontraba exhausto, pero satisfecho de su hazaña. Apenas le quedaba tiempo para disfrutar del paraíso, pero eso era menos que nada. Abrió la puerta y al otro lado se encontró con el maestro. Sorprendentemente había vuelto al punto de partida.

-Pero… maestro, ¿tanto esfuerzo para esto?

El maestro sonrió.

– ¿Acaso negarás haber disfrutado del camino?


Servicios púbicos (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Una pareja de un hombre y una mujer yacen desnudos sobre una cama. Parecen descansar tras una dura batalla, aunque ambos se muestran felices. Ella reposa su cabeza sobre el hombro de él. Él mira hacia el techo, satisfecho.

MUJER (acariciándole el pubis): Tendrías que recortar un poco todo esto, ¿no te parece?

HOMBRE: ¿Por?

MUJER: Hombre, pues porque no queda bien… no sé.

HOMBRE: ¿De verdad? No me lo había planteado nunca…

MUJER: Pues sí, alguien te lo tendría que decir, dejarlo crecer no está de moda, ahora lo que se lleva es el rasurado… Además, dicen que se ve todo más grande, no sé si me entiendes… (gira el rostro y le guiña un ojo)

HOMBRE: Bah, tonterías… Los recortes no traen más que disgustos.

MUJER: ¡Qué vago eres!

HOMBRE: ¿En serio me vas a hacer estar depilándome ahí cada dos por tres? Dicen que tras el recorte vienen los problemas, los picores, el escozor…

MUJER: ¡Joder! (se indigna, incorporándose un poco) ¡Pues a ti bien que te gusta que yo lo haga!

HOMBRE: Bueno, pero no es lo mismo, lo vuestro no se ve bien… No sé… En tu caso, quedaría raro, ¿no?

MUJER: ¡Pues te recuerdo que antes se llevaba el felpudo!

HOMBRE: Ya, pero las cosas cambian.

MUJER: ¿Sí? ¡Pues por eso te digo que al menos te recortes un poco eso! ¡Aunque sólo sea por higiene!

HOMBRE: ¿Higiene? ¡¡¡Pero si dicen que en realidad nos protegen de enfermedades!!!

MUJER: ¿Quién lo dice?

HOMBRE: No sé, creo que los médicos. Lo leí el otro día en un artículo. Parece que nos tienen engañados con el tema este de la depilación, que al parecer es para vendernos productos y tratamientos, pero que la gente cada vez tiene más problemas ahí abajo. Los recortes no son buenos… Que luego vienen las enfermedades y esas cosas.

MUJER: Pues si lo dicen los médicos… habrá que dejar de recortar.


¿Será cierto? (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Para Mara, Carla y Marisa, por las grandes ideas.

Estaba enfadada. Muy enfadada. Y al mismo tiempo, muy triste. No podía creer lo que le habían hecho sus padres. Lo había escuchado en el patio del colegio y, al principio, no quiso ni creérselo. Pero su inteligencia era tan testaruda que no paraba de pinchar con la duda a cada segundo. ¿Será cierto? Así que decidió preguntárselo a su madre aquella misma tarde, entre avergonzada y temerosa. A sus nueve años, no tenía claro si esta vez prefería la verdad o la mentira. Lo que sí parecía cobrar más fuerza era la necesidad imperiosa de que su madre desmintiera la voz estúpida y descreída que había escuchado en mitad del bocadillo, entre saltos a la comba y pelotazos.

-Sí, hija, es cierto. Lo siento…

Aquella mañana no fue como la de otros años. Abrió los regalos con desgana, malhumorada, sintiéndose muy desgraciada. Había caído todo cuanto había pedido, pero ésa no era la cuestión. ¿Por qué se lo habían ocultado tanto tiempo? ¡No era justo!

Por eso, al ver aquel regalo, primorosamente envuelto con el nombre de la abuela Jacinta, a la que irían a ver en un rato a la residencia de ancianos, se le ocurrió saldar su venganza. Ella pagaría su indignación, la mentira y la alta traición. Alguien tendría que hacerlo.

-Yo se lo doy, por favor, papá.

Y para allá que se fueron.

Jacinta, encerrada en aquella silla, vio venir a aquella niña con paso firme. Atravesó el salón en su dirección, acompañada de aquellas dos personas sonrientes que le sonaban de algo. Últimamente su memoria no era la de siempre. La pequeña traía bajo el brazo un enorme paquete cuadrado, tal vez la muñeca que siempre había esperado o puede que un balón. La niña le sonrió y se lo tendió. Y antes de que lo hubiera abierto, se acercó a su oído, y como si fuera un secreto, le susurró:

-Abuela, los Reyes Magos existen.

Y la niña, orgullosa y con cara de satisfacción, se despidió.


Independizarse (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

–Mamá, quiero independizarme -dijo en mitad del desayuno.

La pantalla rabiosa escupía anuncios sin parar. La madre trató de esconder su malestar.

–¿No te parece bien?

–No, hijo, no. Es simplemente que… quizás no sea el mejor momento, no sé.

–Ummm, no entiendo por qué dices eso. Acabo de cumplir los treinta, he conseguido un empleo con un salario medio decente… Es ahora o nunca, ¿no te parece?

“¡Compra ahora! Sin plazos, sin garantías. ¡Nuevo!”

La madre echó un vistazo a su alrededor, como calculando.

–No sé, puede que podamos completar tu ofrenda en un año, más o menos… ¿por qué no te esperas un poco? Con un par de compras más, podríamos solucionarlo…

–¿Es eso? ¡No me lo puedo creer, mamá! ¿Qué más da la ofrenda? Te estoy hablando de independizarme.

“¡No pierdas el tiempo reparando objetos pasados de moda! ¡Sólo conseguirás aplazar el problema! ¡Cómprate uno nuevo! Reutilizar es de pobres…”

La pantalla seguía ladrando sin parar, lo que aumentaba la tensión entre madre e hijo, sin que ellos cayeran en la cuenta.

–Pero, hijo, ¿cómo vas a independizarte si no? ¿Dónde vas a vivir? Tu padre y yo construimos esta casa con la ofrenda que nos dieron tus abuelos. Sin ellos no habría sido posible. Y nos hemos pasado toda la vida trabajando para conseguir aumentarla para ti ¿es que no lo entiendes?

El muchacho se retorció en el sofá. Estaba visiblemente molesto.

–Mamá, todo esto no es más que chatarra -dijo señalando con sus brazos abiertos todo cuanto les rodeaba-. Podría… no sé, construirla con ladrillos y cemento, como se hacía antes.

Televisores viejos unos sobre otros formaban una de las paredes del salón. Móviles viejos, teclados en desuso, tabletas rajadas, altavoces agrietados, ventiladores atascados, radiocasettes, discman, tostadoras ennegrecidas… completaban los huecos del muro. La encimera de la cocina estaba apoyada en varias lavadoras y lavavajillas inservibles, salvo uno que acababan de comprar hacía tan sólo un mes. Podía distinguirse gracias a su porte brillante. Y lo mismo sucedía con la pared de la cocina hecha con al menos ocho neveras viejas. Se podía adivinar cuál era la nueva por los rasguños.

“¡Recicla! El planeta necesita de tu ayuda. Tus desechos son su tumba, pero puedes convertirlos en oro, así que no olvides reciclar cada gramo de aquello que ya no necesites… ¡Recicla!”

– ¡Pero hijo! ¿Cómo dices esas cosas? ¡Tu padre construyó esta casa con sus propias manos gracias a los objetos que los abuelos almacenaron en su casa y que nos dieron! ¡Aún puedes contemplar la chapa de su décimo coche ahí arriba, en el tejado! Hay que darle una manita de pintura, porque está un poco oxidada, ¡pero aún nos protege de la lluvia! ¡Tienes que aceptar nuestras ofrendas!


¡Feliz 1985! (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Lo que sucedió en la Nochevieja de 1985 pudo habernos cambiado la vida a mí y a mí familia. Y digo pudo porque aún hoy, 35 años después, sigue ocasionando en mi memoria una extraña sensación mezcla de frustración e insatisfacción, solo comparable a comprobar que el décimo de lotería que compraste en el bar en el que tomas café coincide a la perfección con el gordo de Navidad, salvo por la última cifra.

Aquella noche yo tenía ocho años recién cumplidos. Mamá se encontraba ultimando detalles en la cocina y papá no paraba de deambular de acá para allá colocando una mesa que transformaba el paisaje familiar apenas unas horas al año. De repente, el amplio salón que mis progenitores guardaban con escrupuloso celo solo para visitas especiales el resto del año, se desnudaba ante nosotros como una realidad incuestionable: era tan pequeño que al poner la mesa del comedor en el centro ya casi no había espacio para pasar por detrás de las sillas. En un rato estaríamos saboreando los suculentos manjares que invadían nuestros paladares como si fueran un año bisiesto, solo en contadas y programadas ocasiones.

Mi hermano mayor abandonó el cuarto de baño, bien perfumado, y puso la televisión con prisa, como si el hecho de hacer las cosas más rápido pudiera adelantar el tiempo y terminar así de una vez con un ritual que había empezado a detestar y que sólo era para él un tedioso previo a la verdadera fiesta: salir con los amigos a emborracharse toda noche para empezar el año con la escasa seriedad y falta de equilibrio que se merecía. Al fin y al cabo, cada año se sucedía como en un alambre en mitad de la nada, a punto de derramarnos sobre el suelo del mundo, tal y como anunciaría la televisión unos segundos después en un extraño mensaje que poco se parecería al tradicional discurso del rey, por entonces, pre-emérito.

-¡Mamá! ¡Papá! -escuché gritar a mi hermano desde el mismo sofá en el que me escondía tras un tebeo para no afrontar mi responsabilidad de intendencia en el apoyo familiar- ¡Mirad esto! ¡Rápido!

No pude evitar levantar la cabeza y salir de mi escondite, al tiempo que mis padres acudían con desgana a la llamada.

-¿Qué pasa, hijo? Espero que sea importante, que tengo muchas cosas que hacer aún -rezongó mamá.

En la televisión aparecían cuatro personas en primer plano. Como ya he mencionado, no era el rey, ni los presentadores de las campanadas, ni siquiera los cómicos que nos hacían despedir el año entre risas. Las personas que había en la pantalla me resultaban tan familiares como los protagonistas de cualquiera de mis películas favoritas. Pero no, no era ninguno de ellos.

-¿Hola? ¿Se me escucha? -repetía una y otra vez uno de ellos, el más centrado- ¿Me veis? No sé qué pasa con esto, no funciona bien… Salimos nosotros…

Había dos personas delante, sentadas, con aspecto de tener alrededor de setenta años, que miraban de una forma extraña, distinta a los presentadores del telediario. Aquellas personas parecían mirarnos a nosotros, aunque con cierta curiosidad.

-Papá… es que no has encendido la cámara -decía uno de los hombres que se situaban inmediatamente detrás-. Nos ven, pero nosotros a ellos no.

Al ver su rostro sentí un escalofrío sobrecogedor. Aquel hombre era exactamente igual a mi hermano, sólo que con más arrugas, más grasa y menos pelo. Y el otro… el otro se parecía a…

-¡Que sí! Que le he dado al botón éste… ¡Que estamos ahí! ¿No lo ves?

La primera que empezó a comprender lo que estaba sucediendo fue mi madre que, al contemplar a la mujer que se mantenía sentada en silencio al lado del anciano se pensó reflejada en un espejo. Un espejo que devuelve una imagen con vida propia, distinta a la original, más madura, más capaz de tomar decisiones. De repente, empezó a sentirse mareada y necesitó tomar asiento. Todos la ayudamos a recomponerse.

-¿Pero me oís o no? -sonaba por detrás.

Tampoco querría extenderme mucho en este punto, ya podréis imaginaros el shock que sufrimos, pero salvado el momento de desconcierto comprendimos lo que estaba sucediendo ante nosotros. La cosa es que aquellas personas que aparecían en televisión en un nuevo y moderno canal desconocido para nosotros por entonces éramos nosotros mismos, sólo que 35 años más tarde, es decir, en el año 2020. Cuando ellos, a su vez, descifraron lo que estaba ocurriendo, nos contaron que en su época, el futuro, los teléfonos tendrían incorporada una televisión con la que ver a las personas con las que hablaras. ¡Qué locura!

-Y no es que celebremos las Navidades así, por videoconferencia -aclaró el más mayor de todos-, eso no es lo normal.

Entonces nos contaron algo inverosímil: estaban sufriendo una pandemia.

-¿No sabéis lo que es una pandemia? -preguntó la anciana, es decir, mi mamá- Es normal, yo tampoco lo sabía hasta ahora.

Tras la explicación pertinente profundizaron un poco en la situación que estaban viviendo.

-¡No sabéis qué situación se ha provocado! A todos lados tenemos que ir con mascarilla, guardando distancias de seguridad, y eso de darnos besos y abrazos… ¡ni en broma! ¡Pero si hemos estado varios meses sin poder vernos con otros familiares! ¡Y lo que nos queda aún! Hasta que salga la vacuna nanai. Dicen que ya casi está lista, pero también que puede convertirte en un robot o no sé qué…

-¡No les digas eso, papá, que es un bulo!

-Sí, sí, bulo, ya verás… Yo me la pondré porque me quedan dos telediarios, pero si yo fuera vosotros… -negó con la cabeza para después volver a dirigirse a nosotros- ¡Y nos os podéis ni imaginar las colas que tenemos que aguantar para comprar, que parece que estemos en época de racionamiento! Y lo de las vacaciones, iros olvidando de ellas, no se puede salir de Madrid -parecía casi estar disfrutando dándonos el parte de lo que nos esperaba vivir, como si alcanzara cierto consuelo sabiendo que nosotros aún tendríamos que pasar por lo mismo que él.

Mis padres, mi hermano y yo, los de 1985, escuchábamos absortos aquella increíble conversación de nuestros yoes del futuro, que aún duró un rato más. Lo que nos decían sonaba bastante aterrador. La primera víctima joven de las medidas de seguridad implantadas a causa del virus en el año 2020 fue mi hermano de 1985, que esa noche terminó por quedarse en casa y no emborracharse con sus amigos, con tal de terminar de escuchar aquel relato de ciencia ficción. Aquella noche nos sentimos como los vecinos de Nueva Jersey escuchando en la radio a Orson Wells narrar “La guerra de los mundos”, sólo que esta historia era de verdad. Cuando nos despedimos no supimos muy bien qué decir, pero aquella noche ninguno de nosotros durmió.

-Bueno, nos tenemos que despedir, que el cacharro éste dice que ya se han acabado los 40 minutos gratuitos… ¡Disfrutad de la vida vosotros que podéis! ¡No lo olvidéis!

A la mañana siguiente, durante el desayuno, nos limitamos a ingerir un café como almas en pena. La llamada del futuro aún perduraba en nuestras mentes.

-Tenemos que hacer algo -dijo al fin papá.

Y tras ello, reveló toda una serie de planes y propuestas para que, llegado el momento, no sufriéramos la separación y el dolor que a todas luces iba a provocar el virus. Al menos nos quedaba el consuelo de que ninguno de nosotros íbamos a morir en esa ocasión, de lo contrario no nos mostraríamos en pantalla en el 2020. Pero papá se había pasado la noche en vela ideando estrategias que más bien parecían huidas.

-Tenemos que ahorrar y comprarnos una casa lo más lejos posible, apartada de todo y de todos. Plantar nuestros alimentos para no depender de nadie. Excavaremos un pozo para el agua y llenaré la casa de baterías para la luz. Pero tenemos que hacerlo antes de que suceda lo de la pandemia esa. Aún tenemos 35 años para ello. Pero no podemos contarle a nadie lo sucedido. Nos tomarían por locos.

Aquella misma mañana, delante de un vaso de café ya frío, todos acordamos encaminar nuestras vidas y nuestros esfuerzos hacia el horizonte común que papá había dibujado para todos. Y así lo hicimos, al menos durante los primeros años. Pero lo cierto es que, tal vez por cobardía, miedo o comodidad, nunca logramos traspasar la barrera de los sueños. Con el tiempo tendimos a pensar que algo nos había sentado mal aquella noche, que aquella visión era producto de una alucinación colectiva o de unas uvas pasadas. Y en poco más de un año terminamos por no volver a hablar de ello. Hicimos como si no hubiera sucedido. Nada en nosotros, salvo los nervios que atormentaban a papá cada Nochevieja frente al televisor antes de la cena, hacía sospechar que un día, aquel aparato nos había conectado con el futuro y nos había alertado de los riesgos a los que estaríamos sometidos en unos años.

Hoy, 35 años después, preparamos la cena de Nochevieja, otra vez. Nadie dice nada, pero no hemos sido capaces de cocinar nada. Deambulamos por la casa nerviosos, como quien espera una visita importante. La mesa está vacía, en el mismo salón de entonces. Por alguna extraña razón, ni mi hermano ni yo hemos sido capaces de independizarnos. Todos en esta casa tenemos la misma idea en la cabeza, que nos ha perseguido durante años. Esta noche veremos a nuestros yoes de hace 35 años. Todo ha sucedido como decían. La pandemia, el confinamiento, las medidas, los móviles y las videollamadas…

-¿Qué vamos a decirles? -explota mamá al final.

Somos conscientes de que nada de lo que nos dijeron sirvió para nada, que no hemos sido capaces de transformar nuestras vidas. De alguna forma, sentimos que les hemos fallado. De manera que… ¿qué podríamos decirles? Pues exactamente lo mismo que ellos nos dijeron a nosotros.

-Puede que esta vez sean capaces de hacer algo -dice mi hermano sin demasiado optimismo en su voz.

Asentimos, aunque no muy convencidos. Hablará papá, como sucedió entonces. Él será el encargado de establecer la conexión.

-¿Y a quién llamo? -pregunta nervioso.

Somos conscientes de que no tiene ni idea de manejar la situación. Los móviles no son lo suyo. Yo mismo he organizado la reunión en la aplicación con la tía Mari. Le he dicho que se conecte antes de la cena, sobre las nueve.

-Pincha aquí, papá -le señalo un botón digital de color azul en la pantalla, sin poder evitar que me tiemble el dedo.

La imagen parpadea. Niebla como la que se apoderaba de los televisores en aquella época. Está funcionando. ¡Vamos a verles!

-¿Hola? ¿Se me escucha? -pregunta papá. No está haciendo el papel, le sale de forma natural.

Al otro lado la imagen cobra nitidez. Pero esta vez no hay cuatro personas, como esperábamos. Sólo hay dos hombres. Sus rostros desprenden aún más pesimismo que los nuestros, ellos no fingen. En seguida los reconocemos. Somos mi hermano y yo, pero mucho más mayores. Unos setenta años o más. Me tranquiliza ver que llegaré a viejo.

-Sí, os escuchamos perfectamente, querida familia.

Un brillo de ilusión les conmueve al ver a mis padres frente a la pantalla. Papá y mamá aún no han asumido la sorpresa. Les está costando comprender lo que sucede.

-Escuchad, sabemos que el mensaje que os dimos hace 35 años no sirvió de nada.

Sus palabras nos avergüenzan.

-Pero no os lamentéis ahora, no es importante. Aún estáis a tiempo de cambiar las cosas. Nos ponemos en contacto con vosotros desde el 2050.

El que habla es mi hermano. Encadena las palabras con dificultad, emocionado. No están en casa. Tras ellos sólo hay oscuridad. Parecen nerviosos.

-El coronavirus no es nada en comparación con lo que está por llegar. Si las medidas de seguridad os parecen una putada, esperad unos años y veréis…

-¿Va a venir otro virus peor? ¡Lo sabía! -grita mamá entre atormentada y aliviada- ¡Por eso no estamos ahí! ¡Madre mía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Mi hermano y yo, los del futuro, nos miramos.

-No, no es por otro virus, estate tranquila, mamá.

-Y entonces, ¿de qué estáis hablando?

-Del cambio climático.

En este momento papá se levanta con premura tirando a su paso la silla.

-¿Qué haces, papá? ¿Dónde vas? -pregunta mi hermano sorprendido por su violenta reacción.

-A subir la calefacción, que tengo frío…

Estamos a punto de estallar a reír o a llorar, no lo sabemos bien. ¿Cómo es posible que hable de contaminar más si nuestros yoes del futuro nos están alertando precisamente del cambio climático?

-…total… ¡para lo que me queda en este convento!


Aquí estamos… (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

– Sin orejas ni boca sólo puedes mirar. Aunque, bien pensado, tampoco nos sirve de mucho aquí.

– Claro, lo comprendo. Qué faena.

– Tampoco podemos tocarnos y no hablemos ya de besarnos o aplicar goces que impliquen un mayor rozamiento de nuestros cuerpos. Llevamos demasiado tiempo en esta situación, atrapados, sin poder movernos de aquí. Así que estamos muy cansados, nos gustaría volver a la normalidad, ver a nuestros familiares, reunirnos con nuestros amigos, disfrutar de alguna que otra fiestecilla en la que poder mover el esqueleto.

– Entonces, ¿estáis confinados?

– Bueno, es una manera de expresarlo. Estamos muertos.


La cita prohibida (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Quedaron en un lugar oscuro, alejado de toda circulación. Un parque, entre unos arbustos, sobre la alfombra otoñal de fragmento olvidado y mal cuidado de césped, no era una opción válida. Llevaban siglos cerrados al tránsito, como urnas de Museo, escondiendo en su interior valiosos objetos inalcanzables y preciosos. La ciudad se había convertido en un coto privado para los policías de balcón, siempre alerta, buscando culpables, borrando cualquier vestigio de insubordinación. Los locales oscuros se habían transformado en trasteros, almacenes de dramas pasados y arañas. Se les había condenado al olvido. El interior de las casas era objeto de espionaje constante. Las cámaras de los móviles, televisores, ordenadores, alarmas, con sus radares antivirus, eran capaces de detectar el riesgo y la irresponsabilidad debajo de cualquier felpudo.

No quedaba otra que saltarse el toque de queda, desconfinar el miedo y salir a la calle. Aún a riesgo de ser capturados. Un joven o una joven, solos en mitad de la ciudad, eran, sin duda, sospechosos de algo. La juventud siempre lo era. Pero la razón que les movía era más fuerte que todo el miedo del mundo.

Alcanzó la calle más céntrica. Las farolas, cabizbajas, eran focos en plena noche. Se guardó de ellas. Igual que un caco a media noche, esos de los viejos cómics de la infancia, se deslizó furtivo a través de la oscuridad, cambiando antifaz por mascarilla. Algunas sirenas rompieron el mullido silencio de la noche, pero aún quedaban lejos de su lugar de encuentro. ¿Dónde esconderse cuando la ciudad es balcón y cámara? ¿Dónde cavar la trinchera para amarse con valor en mitad de la noche pandémica del mundo? Hasta ahora lo habían conseguido a distancia. La “generación online”, como se les llamaba, habían aprendido a vivir a través de la red. Estudiar a través de la red, trabajar a través de la red, colaborar a través de la red, jugar a través de la red, comunicarse a través de la red, follar a través de la red… ¡Maldita red que había conseguido enredarlo todo en sus redes!

El punto de encuentro no era más que un árbol. Uno viejo y abandonado en mitad de la ciudad que recordó mientras ella le preguntaba por un lugar apartado para verse a cara a cara por primera vez. El árbol de morera del que tantas veces arrancó hojas para sus gusanos, su pequeña granja de vida, ahora iba a servirle para cometer uno de los actos más subversivos que podían llevarse a cabo desde que el cronista Pedro Marín hubiera puesto en circulación sus estudios sobre la relación del contacto físico con la incidencia de transmisión del virus, posteriormente avalado también por el doctor Carlos Lapeña.

Ella ya había llegado. Estaba apoyada en el tronco, como una venus recién retratada. Y le esperaba a él. Al verlo llegar contuvo el deseo, pero no pudo evitar contraer cada uno de los músculos de su cuerpo. Iban a verse en persona por primera vez, algo que ya nadie hacía. Él se acercó y dejó que le inundara la sombra del árbol bajo la sombra de la noche bajo la sombra del momento de la historia más oscura. Triplemente ocultos. Ambos se aproximaron y se miraron fijamente. Temblaban. Los ojos parecían más grandes, quizás más comunicativos, capaces de entenderse entre ellos. Por eso supieron lo que no habían acordado, pero que ambos habían tenido en las cabezas desde que decidieron romper la cuarentena. Se retiraron las mascarillas y cometieron el delito más penado: un beso.


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