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Delatores (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El gran objetivo en la vida de Said no es estudiar o trabajar, ni siquiera encontrar a alguien que le quiera. Con apenas 19 años sabe que lo importante en la vida es oler bien. Luego, todo llega.

Los olores son los grandes delatores. Lo sabe bien Said. Cada mañana lo comprueba en sus propias carnes, en el transporte público. Raro es el día que alguien no se cambie de asiento para evitar tener que percibir su fragancia. No es una cuestión de higiene, porque sucede también los días que encuentra un lugar donde poder ducharse y lavar la ropa. El olor lo impregna todo, es su sangre, es su piel, es su origen. Said no quiere cambiarlo, sabe que eso es imposible. Quiere hackearlo y seguir siendo el mismo. Ser un vencejo y no tocar suelo, oler a aire y agua además de a fuego y tierra.

Da igual las veces que se cuele en el supermercado y pulverice los probadores de frascos de colonia sobre su cuerpo. Ese olor le persigue todo el tiempo. Lo oculta durante unos minutos, tal vez unas horas, pero siempre vuelve. Es como una maldición silenciosa. Como una señal olorosa que sólo perciben el resto. Una alarma que indica a qué clase social perteneces. También lo ha buscado en otros cuerpos. Aquella chica alteraba su fragancia unos días, pero sólo cuando estaba con ella. El muchacho llegó a pensar en más de una ocasión en el imposible de meterse dentro de ella, robárselo, pero sin llegar a los extremos de Jean-Baptiste Grenouille en “El perfume”.

Mejor hueles, más cara es el aroma, más vales.

En la chabola que desde hace unos meses comparte con un amigo en un parque en mitad de la gran ciudad el olor parece haberse convertido en otro compañero, el delator. El que informa al resto del mundo que allí viven dos nadie. La primavera la atraviesa, pero nunca permanece en ella. La ciudad es un conjunto de olores y ciertos hedores son como fantasmas que salen de debajo de la tierra y tratan de atraparte para llevarte con ellos.

Tan sólo, tal vez, en esa pequeña clase en la que aprende español, cocina y cultura general, sólo de forma muy sutil y lejana, encuentra cada mañana, entre los ricos caldos que emergen de las ollas y sartenes en forma de vapor, un pequeño atisbo de cambio, y su olor a tierra empiece a tornarse en hierba fresca y flores alimento de mariposas. Olor a esperanza.


La paz es ciega (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El joven Wojtek no sabe lo que es la guerra y, sin embargo, un día le considerarán un héroe. Construirán una estatua en su honor, por su valor en la batalla. No entiende lo que es valor, ni conoce el sentido de la palabra batalla. Tampoco es consciente de que esos soldados polacos, los que le sonríen con la muerte entre las manos, le consideran poco menos que un amigo. Wojtek no recuerda el rostro de su madre, ni siquiera es consciente de que una vez tuvo una, pero se divierte con ellos. Le ofrecen un líquido espumoso que no es agua, con el que se siente más pesado y más feliz. Las trincheras se parecen a un hogar. Oscuras y húmedas, pero al mismo tiempo, capaces de albergar el calor de los cuerpos que se ocultan de los bombardeos. El barro es agradable, revolcarse en él reconforta. Atravesar el campo de batalla no es muy distinto a ir de caza. Aunque casi lo ha enterrado en el olvido, cree que las presas son siempre los otros, nunca él. No conoce el término “enemigo”. Para él todos son iguales, aunque huelan distinto. Los carros de combate no le resultan muy distintos a pequeños montículos a los que escalar y los cadáveres amontonados en las cunetas son caza echada a perder. Pobre Wojtek, que ni siquiera se conoce a sí mismo. Cree que sus colmillos son iguales que los de esos chicos famélicos que comparten su comida con él. No alcanza a vislumbrar que su enorme cuerpo es más fuerte que el de diez soldados juntos y que, al mismo tiempo, puede albergar multitud de balas. Ellos también están perdidos, están convencidos de que Wojtek ha luchado, como uno más, a su lado, que está de su parte, que ama la guerra. Es fácil que piensen que les ha salvado la vida en más de una ocasión. Incluso se han negado a subir al barco que les llevará a casa si su amigo no les acompaña. Ellos, que han sido arrastrados a la guerra, que creen comprender la relación entre la sangre y la bandera, que afirman reconocer el odio en las sombras que se mueven al otro lado de la línea de combate… Ellos, que sólo son hombres, han encontrado entre sus zarpas la paz. Una paz que tiene sabor a hierba y olor a cuero, que transmite calor a través de sus poros y cuyo aliento empaña la noche fría de la guerra. Una paz que tiene el inmenso poder de la ceguera ante la atrocidad y que sólo tiene ojos para la belleza. Como Wojtek.


Cuestión de tiempo (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El bueno de Antonio ni se inmutó cuando uno de sus compadres, Ramón, le gritó desde la valla de la modesta parcela que tenía a las afueras de Parla:

-¿Qué haces con la huerta, Antonio? ¡Lo vas a estrozar todo!

El hombre, poco propenso a las charlas, continuó arrasando firme todo lo que pudo a su alrededor con la azada.

Más allá de la huerta se extendía un manto, a veces verde a veces marrón, de tierras de labranza que desembocaban en una autovía, inalcanzable para la mirada desde ésta. Antonio solía disfrutar del amanecer sentado en una de esas sillas plegables que tantas veces había usado en sus visitas al río Alberche para comerse la tortilla de media mañana en una jornada de pesca.

La valla empezaba a llenarse de viejos curiosos, antiguos compadres de charlas sobre huertos, semillas y tiempos de siembra.

-Pero, Antonio, ¿es que te has vuelto loco?

Voceaban desde el exterior al ver la huerta completamente desolada. Pero el hombre seguía inmerso en su tarea. No llegaban a vislumbrar los motivos. Tampoco comprendieron cuando un camión descargó un enorme montón de arena de playa y Antonio comenzó a extenderla en el lugar donde antes hubo tomates, pepinos, calabacines, judías, insectos merodeando…

-¡Con lo bonito que lo ties tu siempre, Antonio! ¿Qué te está pasando? ¿Por qué no habrá dado como a Tomás, que se se está haciendo su propio campo de golf al otro lado de la carretera de Toledo?

Pero el clímax de su incomprensión vino con lo de la barca. El hombre había convencido a uno de sus nietos para que buscara en una de esas aplicaciones del móvil de venta de productos de segunda mano a alguien que vendiera una barca. No demasiado grande ni moderna. Le bastaba una pequeña embarcación de madera, a remos. Unos días más tarde, la tenía descansando sobre la arena de playa. Y él, satisfecho, extendió sus redes junto a la barca, posó sus pies descalzos sobre la arena y, desde su silla plegable con respaldo, pudo disfrutar al fin de un bonito amanecer en la playa.

-¡Ja, ja, ja! -se burlaron sus compadres- ¡Ahí sólo vas a pescar pulgas!!! ¿Qué te crees, que estás en la playa?

-Todo llegará -se dijo para sí-, sólo es cuestión de tiempo.


Misión de salvamento (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

La nave se posó sobre el terreno rojo con inesperada ligereza. Nada que ver con las vicisitudes acontecidas durante el viaje. La misión empezaba a tornarse cada vez más probable. Una tarea de salvamento en la que llevaban trabajando diez años y que estaba a medio camino de tener éxito. Lo más difícil ya estaba hecho. Llegar. Pero la polvoreda levantada por los reactores anunciaba aún mucho camino, y nada fácil, por delante. El capitán Lebrod era consciente de ello. Eran pioneros, o al menos así lo habían anunciado a todos los medios. Quizás los últimos, pero aún quedaba mucho esfuerzo por delante. La última palabra no estaba dicha aún. Otros diez años y ya, vuelta a casa. Nada de naves cargadas de ricos huyendo del desastre medioambiental. Nada de explotar meteoritos ni salvar al mundo de una invasión alienígena. Su cometido era mucho más sencillo: preparar las infraestructuras necesarias para convertir al nuevo planeta en el vertedero de la Tierra. Construir unas nuevas letrinas para salvar a la humanidad de morir ahogada en su propia mierda. Y, ya de paso, llevarse consigo todo cuanto encontraran de valor para seguir cagando a su antojo, ahora sabedores de disponer de un mayor terreno que corromper. La colonia había decidido, al fin, quedarse y destruir otros territorios.

“¿Para qué huir a otros mundos si podemos volver a convertir éste en el paraíso que siempre ha sido?”, había dicho el Secretario Superior de Estado de Naciones Comprometidas con el Medioambiente, Arthur Cheouwn.

Tras posarse el polvo y recobrar la visibilidad, encontraron algo inesperado que hizo que Lebrod aplazase los planes. Allí, a tan sólo un par de kilómetros, quizás tres, una construcción. Pequeña, de no más de cinco metros de altura y otros diez de ancho. Pero allí estaba, no cabía duda. Una edificación muy similar a los contenedores de obra que son frecuentemente utilizados para actividades efímeras. “Tenemos que salir”, anunció contrariado Lebrod a la tripulación. Quizás no todos, una pequeña patrulla de reconocimiento. Lo suficientemente preparada como para afrontar cualquier tipo de situaciones. Puede que aquel planeta no fuera virgen, tal y como les habían asegurado. Tal vez otro Estado se les hubiera adelantado. O incluso, algo mucho más inverosímil, se tratara de una instalación extraterrestre. Nada era descartable aún.

Por supuesto, el capitán formaría parte del equipo de inspección. Una de las instrucciones más claras que había recibido antes de partir es que debía encontrarse al frente de cualquier movimiento que dieran.

Se enfundaron en los trajes y salieron a la intemperie estática. Un alumbramiento colectivo, insonoro y seco, hacia un nuevo mundo sin vida. Todo cuanto les rodeaba parecía haber existido siempre. Lebrod guardaba para sí la sensación de que hasta la última roca les observaba, pendientes de cada paso, de cada suspiro entrecortado e incluso de cada pensamiento. No fue fácil alcanzar el objetivo. Una especie de hangar militar en mitad de la nada. Y, al llegar, de nuevo un alumbramiento. Esta vez a la inversa, quizás más parecido a volver a la vida. Puede que, en realidad, la muerte la dejaran fuera, o no. Con absoluta normalidad abrieron la escotilla y se arrojaron dentro. Estaban entrenados para contener emociones. Habían sido concienzudamente insensibilizados para afrontar todo tipo de situaciones sin que éstas pudieran dañar la misión.

Dentro, una corriente cámara de presurización donde recobrar el aire y poder desprenderse de la escafandra. Cosa que, por supuesto, no hicieron. Todo era aterradoramente familiar. Otros tres trajes reposaban ya en sus respectivas perchas. Alguien s eles había adelantado, ya no cabía duda. Pero… ¿quién?

Al otro lado de la siguiente escotilla, salvado ya el margen de seguridad, les esperaban ante un hangar prácticamente vacío y oscuro, dos mujeres y un hombre. De pie, ante una mesa de unos cuatro metros de largo. Unos focos iluminaban sus rostros ineludiblemente humanos. Les recibieron con sonrisas y una amabilidad desconcertante. Bajo la mesa, una multitud de cajas de cartón. Sobre la mesa, libros. Decenas de flamantes libros recién impresos.

Una de las mujeres portaba un par de ellos en la mano y se los ofreció a Lebrod.

“¡Enhorabuena!”, le dijo. “¡Lo habéis conseguido!”.

“Dos de estos son para cada uno de vosotros, completamente gratis, sólo por completar la misión”, afirmó el hombre. “Pero no os preocupéis, podréis adquirir cuantos queráis a precio de coste, vuestras familiares y amigos estarán deseando leerlos”.

“¡Está todo aquí!”, le interrumpió la tercera. “Las negociaciones geo-estratégicas, los trastornos emocionales del capitán Lebrod, el despegue, los conflictos entre la tripulación en el trayecto, el fallo de las cámaras criogénicas, el choque contra la basura espacial… ¡Y todo narrado por el mejor escritor de Inteligencia Artifical de nuestro tiempo!”.

“Ahora ya pueden regresar”, afirmó el hombre. “El relato ya está hecho. Háganme caso, este libro va a ser todo un éxito. Compren cuantos puedan y llévenselos a la Tierra. No tendrán que volver a preocuparse por el dinero. Su misión ha concluido. Del resto se encarga la Empresa”.

El capitán Lebrod no daba crédito. Se aproximó de forma automática hacia la chica y recogió los correspondientes libros. “Misión de salvamento”, rezaba el título. “¡Qué original!”, se dijo para sí mismo, cargado de cinismo. En la portada, la imagen de la SavEarth, la nave que había tripulado, surcando la oscuridad más absoluta. Sin saber por qué, ojeó rápidamente el interior. Unas setecientas páginas resumían la aventura.

“Está mal”, dijo al fin. “¿Cómo dice?”, preguntó la mujer, desconcertada. “El título. Me refiero al título”, explicó el capitán. La chica sólo gesticuló haciendo entender que no sabía de qué le estaba hablando.

“Debería titularse: Todo es mentira.”.


Nuevo mundo animal (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

– Fue su elección- zanjó cargado de razón-, una elección madurada y tomada por un adulto capaz de tomar sus propias decisiones, ¿quién es usted para cuestionar esto?

– Pero… ¿cómo puede alguien…? No lo entiendo, de verdad que no alcanzo a comprenderlo.

– Pues es muy sencillo, si lo piensa un poco. Esta sociedad es muy exigente, nos somete a un estrés continuo y a una tensión que a veces nos rompe por la mitad. Por ello, hay personas que se atreven a reinventar su mundo, para seguir manteniendo cierta dignidad…

¡Dignidad! ¿Se había atrevido a usar la palabra dignidad? ¿Precisamente ésa? No podía creer en su cinismo. El pequeño Foster, tal y como se había referido a él en la conversación, mostró su aceptación al discurso de su amo, frotándose con regocijo contra su pierna izquierda, para después, regresar a su reconfortante lugar a los pies de éste y extraviar su mirada en algún lugar al otro lado de la ventana. El terapeuta le dedicó una mirada cariñosa y le acarició la cabeza con delicadeza. Acto seguido, Foster, en un gesto casi libidinoso y sin ocultar una imprevista erección, le mostró su agradecimiento lamiéndole la mano con fruición.

– …personas como usted mismo, que tras sufrir depresión durante años y probar todo tipo de tratamientos, deciden ser valientes y liberarse de todo tipo de ataduras y hacer como mi querido Foster. Al principio es extraño, pero poco a poco se van desarrollando las características propias y se produce la liberación. Créame, funciona.

¡Así que eso era todo! ¿En eso se basaba su “fabuloso tratamiento”? ¿Para eso cobraba tamaña suma de dinero? ¿Qué tipo de broma era aquella?

– Sí, ya sé que puede parecer turbador al principio, pero le aseguro que la sociedad irá evolucionando poco a poco hasta que este tipo de elecciones sean perfectamente aceptadas. No es la primera vez a lo largo de la historia que se producen este tipo de transformaciones en el imaginario colectivo. Convertirse en la mascota de alguien es sumamente liberador, se lo aseguro. ¿Quién no querría dejar de preocuparse por llegar a fin de mes y tener la comida asegurada en el plato tres veces al día? ¿A quién no le gustaría pasarse el día tumbado sin hacer nada? ¿O paseando por el campo libremente? ¿A quién no le atrae mínimamente la idea de librarse de la estresante necesidad de tomar decisiones a cada momento y dejar que otros las tomen por ti?

Aquello superaba con creces el hecho más absurdo que hubiera escuchado con anterioridad. Tenía que ser una especie de broma.

– Y no crea, que los amos no se elijen a la ligera. Normalmente hacemos una selección rigurosa e infalible a través de un moderno algoritmo de compatibilidad diseñado por mí mismo. ¡Eso sí! ¡El contrato es de por vida e irreversible! No queremos casos de abandono en gasolinera -bromea macabremente el terapeuta guiñándole un ojo. Foster se mantiene impertérrito mirando al horizonte, con el cuello tan erguido que recuerda al de una estatua de un perro guardián.


¡Ya vienen! (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Los he vuelto a ver merodeando por nuestra comunidad. No nos dejan tranquilos. Vienen como los gatos, agazapados tras las sombras, a punto de saltar sobre su presa. Antes eran más descarados, pero tras las últimas respuestas de algunos vecinos armados, han empezado a venir con más cautela. Siempre de noche y en silencio, en pequeños grupos, como malditos furtivos. Y siempre buscan lo mismo: nuestras baterías.

Papá ha tenido que comprar un arma desde lo del apagón. Un día tuvo que descargarla al aire para ahuyentar a un merodeador solitario. Por suerte se fue, pero yo estaba muy asustada, me pasé varias noches sin poder pegar ojo y teniendo que irme a la cama de mis padres para no tener pesadillas. Por aquí ya no viene la policía. Antes siempre andaban husmeando nuestras casas, en busca de enganches ilegales a la luz. Era por seguridad, decían. Pero ahora que estamos de verdad en peligro, no aparecen.

3123 días sin luz en la Cañada Real fueron más que suficientes para que, llegado el Gran Apagón, ya estuviéramos preparados. Aquí no tenemos problemas de energía. Nos acostumbramos a hacer los deberes bajo la luz de una vela, a caminar para ir a la escuela, a abrigar las frías noches de invierno con calor humano y gruesas mantas de lana, y a ducharnos con agua fría en cualquier época del año. Mamá dice que “no debemos estar agradecidos, fuimos sobrevivientes y ahora nos hemos convertido en supervivientes”. Aprendimos a aprovechar la energía del viento y del sol para usarla en lo estrictamente necesario, en lo imprescindible. Y, ahora, aquellos que clamaban por mantenernos a oscuras, tratan de robarnos la poca luz que tenemos.

¡Dispara, papá, que ya vienen!


Errata (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Quería transmitir la profundidad de su rabia desde la cadena de montaje en la que cada día intermediaba para crear todas aquellas absurdas piezas de metal, pero no se le ocurría cómo. Las condiciones laborales de la gente como él no eran las mejores. Siempre sufriendo para llegar a final de mes, a la carrera entre pieza y pieza, con el reloj en contra para dedicarle tiempo a la familia. Hacía tiempo que había desistido de la idea de que el sindicato pudiera servir como vehículo para transportar su pesar. Presión. Pieza. Nervios. Pieza. Pieza. Ansiedad. Pieza. Pieza. Pieza…

Y tras las piezas comprendió que la única manera en la que podía reivindicarse fue precisamente a través de una de ellas. Si tan siquiera fuera capaz de imprimir de alguna manera su malestar en una de aquellas piezas metálicas… Una errata con la que hacer daño a terceros más allá de la cadena de montaje, del lado del consumidor. Un daño equivalente al sufrido cada día en aquel precario trabajo, revertido después en su propia familia y en su futuro. Quizás una rebaba afilada con la que infringir un corte, lo más profundo posible, como grito de dolor para revelarse contra un mundo que lo asfixiaba y lo relegaba a un lugar en el que nadie escucha nada. O puede que un fallo en el diseño para desencajar y hacer caer el puzle final, cuyo mapa desconocía porque la pieza ni siquiera daba pistas sobre el resultado último para el que fue creada. El desequilibrio justo para hacerlo fallar de la forma más estrepitosa posible.

Durante semanas ideó su plan. Sólo lo llevaría a cabo en una de las piezas. Nadie debía sospechar. Nadie podía acabar atando cabos y descubriendo su malintencionada idea. Sin trabajo no era nada. Lo dibujó en la contracubierta de su taquilla, en su mente, en las gotas que se quedaban adosadas a la pared de la ducha… Y, por fin, dio con la brecha. Un pequeño defecto, casi imperceptible, pero que haría una de las piezas inservible. Una pieza defectuosa que, al ser colocada en su sitio, acabara fragmentándose y provocando daños en el consumidor. Sólo tenía que manipular levemente el material metálico del que estaban hechas antes de introducirlo en la cadena. Eso sería suficiente. Sí.

El corazón le latía al doble del ritmo de la prensa. La cinta parecía correr mucho más rápido de lo habitual. Tal y como había programado, manipuló el material, lo introdujo en la cinta y esperó a que la prensa hiciera su trabajo. Ya estaba. Fácil. Sencillo. Rápido…

Para su sorpresa, la prensa hizo algo que jamás había visto hacer. Tras fabricar la pieza, se detuvo un segundo más de lo habitual, y después, un pequeño brazo cuya existencia desconocía, la empujó hacia un lado, desechándola. La máquina, programada para descartar todo tipo de anomalías, no estaba hecha para singularidades, sino para moldear piezas uniformes, piezas “normales”.


El sueño de un gorrión (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Eres el sueño de un gorrión. Etéreo. Aéreo. Un gorrión en duermevela en lo alto de la rama de un árbol. Desde allí lo ve todo, pero ni siquiera es consciente de su existencia. Ni de la tuya. Tú tampoco. El pájaro sueña que existes. En su pequeña imaginación de ave se ha colado tu presencia. Su pensamiento difuso se mueve entre el miedo y la indiferencia. Pero en el sueño él te es ajeno. No conoces su plumaje porque eres una simple invención de su cerebro. Un cerebro en el que el paso del tiempo lo es todo, pero carece de estructura. Tu vida entera cabe en un aleteo. Lo siento por ti. ¿Quién quiere ser el sueño de un ser intrascendente? Aunque, bien pensado, para el ave lo eres todo. Tú que creaste ídolos y los derrumbaste, que levantaste imperios y los hundiste, que terminaste desistiendo de la idea de igualdad, que construiste sociedades con la fuerza del trabajo para después dejarlas caer en el foso de tu propia condición corrupta. Tú, no eres más que le sueño de un gorrión que ahora alza el vuelo y se pierde entre la bruma de la mañana para dejar de soñarlo todo. Todo.

Imagen de Pexels en Pixabay

La definitiva (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

¿Qué harás tú cuando yo me haya ido? Cuando haya cogido la maleta definitiva, la del final de mis días. ¿Qué fotos, recuerdos y anécdotas mías se habrán instalado en tu memoria? ¿Qué dirás de mi cuando ya no pueda escucharte? ¿Qué palabras jamás pronunciadas me dirás entonces? ¿Qué caricias echarás de menos? ¿Qué besos? ¿Qué abrazos? ¿Qué miradas? ¿Con qué rellenarás el hueco que deje? Puede que lo llenes de lamentos o, tal vez, de sonrisas. ¿Y qué harás con el tiempo, o mejor dicho, el no-tiempo que ya no tendremos? Puede que revisites territorios que antes exploramos juntos o aproveches para no salir nunca de nuestro oasis. Y llenarás las maletas de conchas y arena fina para tratar de anegar la memoria.

O puede que, simplemente, lo olvides todo. Y entonces ya nunca regrese.


Fábula del hombre, el lobo, la oveja y el brócoli (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El hombre llegó hasta la orilla de aquel inmenso río. El caudal era tan inmenso y la corriente tan tenaz que ni siquiera se planteó atravesarla a nado. Asomarse a sus oscuras aguas daba miedo. Menos mal que había un pequeño bote de madera, con él podría alcanzar la otra orilla.

Llevaba consigo un lobo que había criado como compañía desde cachorro, aunque no por ello había perdido su condición de salvaje; una oveja que acaba de comprar en la feria de ganado, con cuya leche pensaba empezar a fabricar sus propios quesos; y un brócoli recién cortado que se pensaba almorzar a medio día.

Trató de subirse al bote con cuidado de no hundirlo, y en seguida comprendió que aquella pequeña embarcación había sido pensada para albergar un solo cuerpo, a lo sumo dos. De forma que no podría trasladarse con toda su carga al otro lado. Tendría que dar al menos dos viajes. Pero… ¿cómo?

Miró a su amigo lobo, que lo observaba expectante, con ese gesto de quien espera una orden inmediata. Después dirigió su mirada a la oveja. Ésta parecía ausente, únicamente preocupada en llenar la tripa. Ajena al peligro que le acechaba en los colmillos de su compañero, mordisqueaba una hierba rala, agostada y sin fundamento.

Aquello le hizo reflexionar. Era evidente que no podía dejarlos solos, que tendría que llevarse primero a uno y luego al otro, pero claro, si se llevaba primero al lobo, la oveja se quedaría sola con el brócoli, se lo comería y se quedaría sin cena. “Uff, ¡qué difícil problema! “, pensó. Hizo un dibujo en la arena para aclararse. Me dio muchas vueltas. La cabeza se llenó de barcas, lobos, ovejas y brócolis. Viajes y más viajes interminables. Y al fin, lo consiguió. ¡Había dado con la solución!

Ya estaba dispuesto a partir cuando regresó su mirada hacia sus compañeros de viaje. Para su sorpresa, el lobo le observaba ahora con el hocico ensangrentado. Se había detenido un instante, con ojillos inocentes, en su quehacer para comprobar si su dueño le daba alguna orden. La oveja, por su parte, se encontraba tirada en el suelo, con el cuello abierto. Aún movía impulsivamente las patas, pero sus ojos denotaban ya la pérdida irrecuperable de la vida. El hombre, entristecido y frustrado, sabía que había fracasado en su objetivo. Tiró el lobo al río y dejó que se lo llevara la corriente. Cogió el brócoli y se subió a la barca, y mientras tanto, reflexionó sobre lo que había hecho mal.

Moraleja: Mientras tú reflexionas sobre tus acciones, otros ya han desayunado.

Apunte del autor: sí, ya sé que en el cuento original, que es un acertijo en realidad y no una fábula, no aparece un brócoli, sino una col, pero es que el brócoli me da que está más asociado a la autocrítica.


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