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Remdestribuir, la solución a nuestros problemas (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Un numeroso grupo de multimillonarios dicen haber dado con el método eficaz para luchar contra el Coronavirus. Han creado una plataforma a nivel mundial que han llamado “Remdestribuir”, con la que aseguran que acabarán con ésta y cualquier otra pandemia que nos amenace en el futuro. “La pandemia nos ha hecho comprender que somos seres ecodependientes y que para mirar al futuro cercano sin miedo lo primero que debemos hacer es proteger nuestro medio ambiente”, aseguran. Y para ello, la solución que plantea esta organización de multimillonarios, que cada vez es se va haciendo más grande, es donar gran parte de sus riquezas para la creación de un Estado Global que distribuya el dinero de forma equitativa en todas y cada una de las poblaciones del mundo.

No se trata de un plan sencillo. De hecho, para elaborar el Plan de “Remdestribuir” ha intervenido un numeroso grupo de personalidades del mundo de la ciencia, expertas en ámbitos como las matemáticas, la física, la zoología, la medicina… y también en disciplinas como la educación, la psicología, la geriatría… Incluso se ha diseñado un complejo algoritmo que determina la aportación necesaria de cada una de estas personas ricas al proyecto en función de sus riquezas.

Nosotros ya tenemos todo lo que necesitamos…”, asegura su portavoz que prefiere seguir en el anonimato para no dar publicidad a sus conocidas marcas, “…es el momento de hacer algo por nuestra sociedad, de entender que las empresas no están para ganar dinero, sino para mejorar el mundo que nos rodea. Y, al fin y al cabo, buena parte del dinero que hemos ganado, ha sido gracias al sudor de mucha gente, ¿cómo no vamos a colaborar en estos tiempos?”, finaliza.

El Plan de “Remdestribuir” tiene un poderoso objetivo, que es poner sus riquezas al servicio de la gente para reforzar los sistemas públicos, de manera que durante el año 2021, se paralice la producción mundial. “Queremos pararnos a pensar, con calma, cómo hacer para transformar nuestro modelo de producción, y sabemos que el dinero que hemos acumulado puede hacer que la población mundial se vuelque en la búsqueda de soluciones. Es ahora o nunca. Estamos convencidos de que en un año seremos capaces de encontrar las fórmulas para reinventarnos y luchar juntos contra una de las amenazas más graves a las que nos vamos a enfrentar, de mucha más envergadura que el coronavirus, que además está vinculada: la crisis climática.”

La noticia ha sido muy bien acogida por la mayor parte de los Estados, que han decidido ponerse a trabajar codo con codo para diseñar estrategias coordinadas de cara a mejorar el futuro de cada uno de los habitantes de nuestro planeta. “Esto probablemente nos lleve a reducir la pobreza en el mundo…”, comunican desde la co-presidencia de una comisión mundial que se ha puesto en marcha desde el primer minuto. “Los cálculos indican que podemos reforzar los sistemas públicos para garantizar el bienestar de todas y cada una de las personas que formamos este mundo. A cambio, sólo les pedimos que busquen soluciones, nada más”.

Esperemos que todo esto sea cierto.


Con(Fin)ados (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Primero decretaron el estado de alarma.

No nos asustamos.

Más tarde, recomendaron que trabajáramos desde casa.

Dejamos de contaminar.

A la semana siguiente ordenaron el confinamiento provisional de unos pocos.

Nos quedamos en nuestras casas, tranquilos, con nuestras familias, y empezamos a disfrutar de pequeños detalles de los que antes no éramos conscientes.

Dejamos de ver a nuestros amigos.

Aprendimos a hacer videoconferencias.

Unos días después, nos dijeron que saliéramos solo para hacer la compra, de uno en uno.

Hicimos la compra a nuestros mayores.

Nos impidieron visitar a nuestros enfermos, aún en sus últimos momentos.

Estuvimos más cerca que nunca de ellos.

Después declararon el fin de cualquier actividad que no fuera esencial.

Resistimos.

Cada día era más difícil encontrar productos en el supermercado.

Empezamos a cultivarlos en nuestra propias casas.

Cerraron la ciudad para que nadie entrara o saliera.

Salimos a los balcones. Hablamos con los vecinos. Compartimos lo que teníamos, sobre todo los miedos.

Detuvieron a mucha gente por no cumplir las normas, lo dijeron los telediarios. Así que no salimos.

Enfermamos, y algunos lo superamos. No nos abrazamos, pero lloramos.

Nos dijeron que podíamos salir, que era el momento de ir a trabajar, de reanimar al moribundo motor de la economía…

Nos quedamos en casa. Ya nadie lo necesitaba.


Volver a la normalidad (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

El mensajero llamó a la puerta. Le traía un móvil que había pedido por Internet. Uno de alta gama que acababa de salir. Una edición exorbitante edición especial que costaba seiscientos euros los dos primeros días y sólo a través de la web en la que lo había comprado. Una hora después de hacerlo se agotaron. Tenía tantas ganas de recibirlo, tras tantas semanas de confinamiento, que cuando sonó el timbre le asaltó la emoción que llevaba tanto tiempo contenida.

-Aquí tiene su paquete -le dijo en mensajero, tras la máscara y con las manos enguantadas.

Tras la crisis se habían mantenido algunas costumbres escrupulosamente. Con el paquete le entregó también la factura. ¡5400 euros!

-¿Cómo? -preguntó indignado-¡Esto debe ser un error! Esta factura no está bien.

-A ver, déjeme comprobarlo -respondió amablemente el mensajero-. Sí, es correcta, caballero.

-¿Pero cómo puede ser eso? En la web ponía que el móvil costaba solo seiscientos euros.

-Y así es, como podrá ver usted mismo en el desglose. El resto son los impuestos que legalizaron los países al salir de la crisis. Todo el mundo estaba de acuerdo en que debíamos aprender algo de todo esto, ¿no es cierto?

El hombre, completamente perplejo, admitió con la cabeza. Le daba un poco de vergüenza decir que no.

-Sí…, es cierto, pero esto…

-Yo se lo explico, hombre. Mire, a los 600 euros del móvil, tiene que sumarle la tasa de contaminación, que en su caso verá que son 800 euros debido a los métodos utilizados por la extracción de los minerales de los que está hecho la placa base del móvil, 500 euros por la contaminación del aire derivada del transporte de mercancías por tierra y otros 600 por la contaminación del mar a causa del barco que lo trajo en un contenedor hasta el puerto, y por último, le tiene que sumar 500 € por la gestión de residuos plásticos que generará en aparato cuando lo tire; por otro lado, está la tasa anti-explotación, que viene desglosada en 600 euros por la explotación laboral de personas, previsible niños y niñas, en el tercer mundo, que fabrican los componentes del móvil. ¡Anda! ¡Y veo que incluye también el ensamblaje! Aquí ha tenido usted suerte, le han contado de menos. Y además, en este epígrafe le suman otros 300 euros por la explotación laboral de un mensajero en el primer mundo, es decir, yo. A esto le sumamos, para finalizar ya, la tasa en favor de la correcta globalización y la paz, que tendría 500 € por el tráfico ilegal de minerales, que ya sabe usted que los sacan las grandes empresas por la puerta de atrás de estos países, aprovechando que están en guerra y eso…, más 1000 euros por el fomento de las guerras en el mundo, por eso de que para que estén en guerra y poder quitarles las materias primas, hay que sobornar a los gobernantes y dotar al pueblo de armas, para que se maten, y según parece que ahí se va un buen pico. Y eso sin contar los costes sanitarios de los heridos y las funerarias, pero bueno, imagino que esto ya lo habrán contemplado de otra manera. En fin, si le suma usted los 600 euros del móvil, ya estaría, los 5400 euros, sin IVA, claro está.

El hombre se quedó estupefacto con la caja del móvil aún en la mano, a medio camino entre el repartidor y su casa.

-Pero esto… yo no quería que el mundo cambiara así… y, además, ¿qué tendrá que ver esto con el coronavirus?

-Hombre, caballero, ¿cómo cree usted que se transmite por todo el mundo? ¿Por ir en bici al trabajo, hablar con el vecino de balcón a balcón, comer verdurita fresca y comprar en la tienda de la esquina?

-Pues… no sé muy bien qué decirle… ¿y no podría devolverlo?

El mensajero sonrió.

-¿Cree usted en un mundo sin hambre, sin explotación laboral, sin contaminación, sin guerras?

-Hombre, pues yo… claro que me gustaría… pero yo sólo quería volver a la normalidad…

-¡Pues pague su puta compra y que tenga un buen día!


Okupas (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

José María y Ana tuvieron una desagradable sorpresa al regresar a su casa en Madrid, tras las largas semanas de confinamiento. Se marcharon a su segunda vivienda en la playa el día que se decretó la alerta en todo el país. Pero al dejar atrás la tormenta, libres y sanos al fin, descubrieron no sin cierta incredulidad e indignación, que su vivienda había sido ocupada por otra familia. Él, un hombre de mediana edad, moreno y con un incipiente bigotillo. Ella, de pelo cobrizo y de estatura media, con ese cutis herencia de una adolescencia hormonalmente convulsa. Tan parecidos a ellos mismos que asustaba. Como una versión empobrecida de sí mismos. Incluso coincidían en los nombres. José María y Ana.

-¡Ésta es mi casa! -protestó cargado de razones, cuando aquella pareja les abrió la puerta al fin, tras haber probado inútilmente con la llave en varias ocasiones.

-¿Pero qué dice usted? ¡Esta es mi casa! ¡Soy José María! ¡Y ésta es Ana! ¡Los auténticos! -contestó más firme aún el ocupa, hablando también por su mujer.

No había manera de hacerles entrar en razón. Parecía incluso que se lo creían, o puede que fueran especialistas en la interpretación. En cualquier caso, no estaban dispuestos a abandonar la casa. De manera que tuvieron que llamar a la policía.

Una hora después, tiempo en el que, plantados en el umbral de la puerta, hicieron el difícil ejercicio de retarse las miradas, como si el menor titubeo pudiera transferir un cierto halo de victoria al que se mantuviera impertérrito. Entretanto, varios vecinos habían comenzado a asomar en los rellanos de las puertas.

-¿Qué ocurre? -preguntó el policía, entre solícito y molesto.

-Estos, que se han colado en nuestra casa -advirtió José María, visiblemente enfadado.

-¡De eso nada! ¡Ésta es nuestra casa! ¡Ellos son testigos! -contestó el supuesto ocupa señalando a los vecinos- ¿Verdad que sí?

– Una de las vecinas asintió convencida.¡Es cierto! Yo no sabía ni que vivían aquí antes del virus, pero desde que se decretó el confinamiento, este hombre ha sido tan amable de hacernos la compra a todos los vecinos y dejárnosla en la puerta. Es el propietario, sin duda alguna.

– Varias vecinas asintieron en señal de conformidad. ¡No saben lo que dicen! -protestó la verdadera Ana, que a estas alturas había roto a llorar a causa de la tensión.

José María tuvo el impulso de salvaguardar el honor de su pareja a la vieja usanza. Tenía fuerza suficiente como para tumbar al falso José María, a su mujer y al poli, si fuera preciso. Pero inició un proceso que le resultó extraño, por fuera de lo habitual en su persona, se contuvo.

-Está bien, voy a llamar a nuestra vecina Cayetana, la que vive en la casa de al lado de nuestra segunda residencia en la playa… -trató de explicar mientras se sacaba el móvil del pantalón. ¿Cómo que segunda residencia? -preguntó el policía contrariado.

-Sí, claro. Verá usted -explicó condescendientemente-, nosotros tenemos una casita, poca cosa, en la costa. Y al estallar todo esto del virus, nos marchamos para allá, con el fin de estar más tranquilos…

-¿Cómo que se marcharon para allá? ¿Son ustedes conscientes de que hemos estado en confinamiento y nadie podía salir de sus casas?

José María, el de verdad, dejó al policía con la palabra en la boca para atender a Cayetana, que entretanto, había descolgado el teléfono, bajo el habitual “¿Diga?”. Ana, que acababa de darse cuenta de la metedura de pata de su marido, trató de solucionarlo lo mejor que pudo.

-Claro, agente, pero nosotros nos fuimos justo el día que lo empezaban a anunciar, y como este gobierno es un desastre, pues ya sabe, la gente aún no teníamos muy claro si se podía salir o no…

-¿Quiere usted decir que no está de acuerdo con las medidas que se tomaron? -preguntó el falso José María, mientras se ajustaba el cinturón del batín que a todas luces había cogido prestado del amplio y surtido armario de su marido, el José María auténtico.

-¡Cayetana! ¡Soy yo, Chemari!

-Mire -trató de aclarar el policía, que a estas alturas empezaba a estar harto-, yo creo que lo mejor será que…

-Sí, el vecino -José María gritaba como si el teléfono lo tuviera a tres metros de distancia-, ¿cómo que no sabes quién soy? ¡Pero si vamos allí todos los años! Pero… ¡Cayetana! Si tenemos la casita al lado, casi todas las mañanas me cruzo con tu marido… No, bueno, no le saludo, pero me tiene que haber visto… ¿Cayetana? ¿Cayetana?

Todos se habían callado, a espera de que José María, el de verdad, terminara la conversación, que no parecía haber sido demasiado fructífera.

-¡Me ha colgado! ¡Me ha colgado la muy hija de la gran puta! -gritó estupefacto sin dejar de mirar el móvil. Señores, creo que lo mejor será que me acompañen -sentenció el policía, que a estas alturas tenía muy claro quiénes mentían.

-¿Cómo? -preguntó airada Ana- ¿Dónde?

-¿Usted sabe quién soy yo? -arengó frustrado Chemari, el de verdad, mientras que los ocupas cerraban con satisfacción la puerta.


Vida no hay más que una (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

– ¿Cuánto? -pregunté y mi voz sonó como multiplicada en un eco interminable de voces, como si miles de gargantas hubieran enunciado esa misma palabra en aquel preciso momento.

-No lo sé. Un mes, tal vez dos -sentenció con pesar el médico.

Aquella concatenación de letras, al contrario de lo que podía haberse esperado, me dejó frío al principio. Quizás debería haber llorado, aporreado la mesa, gritado de dolor, hundirme a causa del miedo. Pero no ocurrió nada de eso. Aunque nada impedía que aquellas emociones no se sucedieran tras el primer estado de shock.

Abandoné la consulta, sumergido en una especie de limbo mental del que me era realmente difícil escapar. A duras penas podía secuenciar mi caminar, colocar un pie detrás del otro para conseguir llegar a casa. Entonces una breve brecha se abrió en mi cabeza. Una pequeña grieta. No muy llamativa, pero suficiente como para que entrara algo de oxígeno. Y no lo dudé. La abrí todo lo que pude, impidiendo que se cerrara. Y entonces la grieta se convirtió en boquete y después en una enorme salida de emergencia. “¡Vida no hay más que una!”, me dije a mí mismo. Y tras aquella frase tan manida e incluso vacía de significado, vinieron a mí un torbellino de emociones. ¡Tenía claro lo que había que hacer! ¡Sí! Si me quedaba un mes de vida, iba a vivirlo. El médico también dijo que tal vez no tuviera grandes dolores hasta el final, así que era una oportunidad para disfrutar todo lo plenamente que pudiera de mi existencia. No había tiempo de recoger, ni de despedidas. Tan sólo de vivir. A tomar por culo el trabajo, a tomar por el culo el jefe, a tomar por culo la hipoteca, a tomar por culo el banco. Y la compañía de gas, y la de electricidad… ¡Que les den a todos! Se acabaron las ataduras que tantos años me habían ido alejando de lo que es importante: ¡la vida!

De repente, mis pasos se llenaron de energía. Una energía que jamás había sentido. No había tiempo que perder. Llegar a casa, hacer las maletas, coger la cartilla del banco para sacar el poco dinero que había ido ahorrando en los últimos años, y largarme tan lejos como pudiera. Sin despedidas, sin lamentos. Sin mirar atrás.

Llegué a casa y cometí el error de encender el televisor mientras recogía las posas cosas que me iban a ser útiles en mi viaje improvisado.

– Se declara el estado de alarma -dijo aquel presentador en la televisión-. Se prohíbe el libre tránsito por la calle y todo el mundo debe quedar confinado en sus casas durante un plazo de un mes, por el momento.


Vacaciones en aislamiento (Carlos Candel)

Categoría: La caja negra

Aquel año tuvimos cinco meses de vacaciones, aunque mi padre insistía en decirnos cada día que no estábamos de veraneo. También fue el año en que nos obligaron a quedarnos encerrados en casa, por no sé qué de un virus. Mi hermano mayor me dijo que no podíamos salir de casa porque había zombis por las calles. Como vivíamos en un quinto, yo no tuve miedo. Por alguna razón, saqué la conclusión de que los zombis no podían subir escaleras, y nada hizo que cambiara de idea. En realidad, aquellos meses fueron mágicos. Papá y mamá se pasaban el día fuera de casa, a pesar del riesgo de contagio. Mi padre trabajaba en una fábrica y el tiempo que estábamos con él se lo pasaba renegando de sus jefes, que le obligaban ir a trabajar. Y mi madre tenía que ir a cuidar a otros niños y a limpiar su casa, imagino que ellos la necesitaban más que nosotros, que nos pasábamos la jornada zanganeando en nuestro hogar. Suerte que no teníamos ordenador y apenas nos dejaban un móvil para llamarles, por si pasaba algo. Aunque, como decía mi padre, si le pillábamos en plena cadena de montaje, poco iba a escucharnos. Lo bueno fue que no tuvimos que hacer ninguno de los infinitos deberes que mandaron los profes, ni visitar a los abuelos en todo este tiempo. Lo malo que, pasados seis meses se reanudaron las clases y ya fue imposible ponernos al día.

Así que la casa, durante el tiempo que ellos no estaban, se convertía en un escenario distinto cada día. Unas veces jugábamos a la guerra de las galaxias y lanzábamos globos de agua a los zombis que vagaban por la calle, acompañados de sus perros (imagino que también eran zombis), mientras otros valientes rebeldes de la resistencia nos aplaudían desde sus balcones.

– ¡Bravo chavales! ¡Así se hace! ¡Que estamos todos en cuarentena!

Como habíamos oído algo de que el jabón ahuyentaba al virus, los rellenábamos con un buen chorro de lavavajillas y lejía, que mamá decía siempre que era más efectivo contra los gérmenes.

Como vimos que algunos niños decoraban las ventanas de sus casas con arcoiris de colores, nosotros lo hicimos con señales de alerta por contaminación radiactiva y nos fabricábamos mascarillas con cajas de vino y bombonas de oxígeno con botellas de plástico. A veces, cuando había que tirar la basura, mi hermano se disfrazaba de astronauta y yo disparaba rayos láser con una ballesta desde la ventana a cualquier zombi que se acercara demasiado. Era el momento más tenso del día, pero confieso que me admiraba la valentía de mi hermano.

A veces, escuchábamos a la gente aplaudir desde sus balcones. Al principio creímos que era debido a que alguien había acabado con algún zombi, pero luego, cuando empezaron a cantar canciones y a poner música, llegamos a la conclusión de que se estaba celebrando la boda de alguien. Y como en la boda se tira arroz, nos fabricamos unos tirahuevos y se lo lanzamos. Y como no sabíamos quién se casaba, se lo tiramos cada día a un balcón distinto. Papá siempre se quejaba de que se agotara tan rápido y tuviera que ir a comprar cada día, con lo difícil que se había puesto.

Y cuando nos aburríamos, colocábamos un par de mantas en la cocina a modo de tienda de campaña y encendíamos los fuegos para asar algunos de los chorizos de las doce bandejas que mi padre había conseguido comprar en el supermercado. Cuando llegó a casa con todas aquellas bolsas repletas de choricillos grasientos, mi hermano y yo dimos saltos de alegría, mamá protestó un montón y papá le aseguró que no había otra cosa. Imagino que los zombis, al no poder comer personas, se estaban alimentando de todo lo que pillaban. Aunque no sé por qué no les gustaba el chorizo. A lo mejor les pasaba como a los vampiros con el ajo. Cualquiera sabe. El caso es que en los seis meses que duraron las vacaciones, mi hermano y yo nos pusimos como bolas.

Por la misma razón, habíamos aprendido a limpiarnos con servilletas de papel después de ir al baño. Al parecer, el papel higiénico se había convertido en el oro del momento. No había en ningún lado. El problema estuvo cuando se agotaron también las servilletas. Tuvimos que pedirles prestados los trapos de cocina a los vecino. Se los cogíamos de la cuerda, los usábamos y luego los volvíamos a dejar en el mismo sitio.

Y, a la hora en la que nuestros padres regresaban y de forma puntual, la casa volvía a ser cada día un espacio de confinamiento limpio y ordenado. Y nosotros, dos niños preocupados por el día en el que el mundo, volviera a la normalidad.


Libertad (Carlos Candel)

Categoría: Patriarcadas

El silencio de la casa no es, como muchos dirán, el sabor del olvido. No pasa ni un solo día en el que Marina no recuerde a su difunto marido. Ese silencio sabe más a soledad, a la cruda realidad de que, en realidad, no somos más importantes que el aleteo de una mariposa en mitad de un inmenso campo de trigo. Estamos solos en esto, eso ya lo ya sabe Marina desde que él murió.

Tal vez por esa razón contrató a Amina. Se la recomendó su hija, y aunque al principio no lo veía claro, acostumbrada como estaba a hacérselo todo ella misma, tenía que reconocer que había sido un acierto. Aunque solo fuera porque su deambular por la casa rompía con una sutileza encantadora el silencio que tanto había detestado durante los primeros años de viudedad. Le gusta esa chica. Es ordenada y muy educada.

– Amiga, cariño, tú vales mucho, ¿por qué dejas que alguien decida por ti?

– No entiendo por qué dices eso, Marina.

– Me refiero a tu velo, ¿nunca te lo quitas?

– Pues… no. Nadie me obliga, lo llevo porque quiero.

Eso es lo que dicen todas, se calla Marina, aunque su sonrisa le delata. Las mujeres alienadas siempre cuidan de molestar a los hombres con sus comentarios.

– Se lo digo en serio, lo hago porque quiero. Es mi decisión. Mi marido no se mete en eso.

Desde el espejo del baño, que a estas alturas es el único testigo de su vejez desnuda, repasa los últimos vestigios de lo que un día fueron unos labios carnosos. La ausencia galopa por el pasillo, pero eso no es razón para seguir sintiéndose deseable. Tal vez las manchas de algunas moras jamás terminen de borrarse, pero no por ello hay que privarse de otras moras. También se coloca con cuidado los pechos dentro del sostén. Hace poco más de un año entró por primera vez en un quirófano para operarse unos pechos que habían dejado de hacerla sentir orgullosa de sí misma.

– Y que me diga alguien que no tengo derecho a hacerlo.

Suena el timbre. Extraño a esas horas. Amina hace dos horas que se marchó. Tal vez se le haya olvidado algo. Al otro lado de la mirilla reconoce el contorno inconfundible de su hija Clara. Más extraño aún. Ella solo pisa su casa con alevosía y premeditación. Al abrir la puerta percibe la presión. Su hija llora desconsolada. Lo primero que pasa por la cabeza de Marina es la posibilidad de una ruptura sentimental o un despido fulminante. Tal y como están las cosas…

– ¿Qué te ha ocurrido, cariño?

Clara muestra un sobre en una mano, lo que desconcierta aún más a su madre. ¿Hacienda? ¿La policía? No se le ocurre nada en lo que su hija pueda estar metida que le provoque tal dolor.

Coge el sobre. Lo primero que mira es el remitente. En él hay un sello del hospital. El corazón le da un vuelco de golpe. No puede ser. Su hija…¿enferma? En seguida comprueba, para su alivio, que no se trata de nada de eso. Son los resultados de unas pruebas de fertilidad.

– No sabía que…

Clara asiente. Se le percibe algo de vergüenza en el rostro.

– No podremos tener hijos, mamá.

Marina sabía que Agustín y ella llevaban tiempo intentándolo. De hecho, alguna vez incluso bromeó con ellos sobre los riesgos de un embarazo tardío. Pero jamás pensó que la cosa hubiera ido tan lejos. Clara nunca le comentó nada en relación a dificultad alguna.

– Lo siento mucho, cariño -dijo, tratando de empatizar con su hija-. Pero no te preocupes, ahora hay muchas opciones.

Clara la miró, ojos abiertos como platos.

– ¿A qué te refieres, mamá? Ya hemos probado la inseminación, y no ha habido manera.

– No, hija, no me refería a eso. La hija de una amiga, que tampoco podía, pagó a una chica…

– Pero, ¿qué dices, mamá? ¿Gestación subrogada?

– Bueno, ella lo llamó vientre de alquiler o algo así.

– Peor me lo pones. ¿Tú sabes que eso es ilegal?

– Aquí, en España. Pero en otros países… Esta chica se fue a Rumanía. Y dice que muy bien. Que la chica que lo hizo estaba encantada.¿En serio te lo has creído? ¿Cuánto le pagaron a esa desgraciada?

– ¿Y eso qué más da? Estas chicas no son unas niñas. Nadie las obliga a hacer lo que hacen. Son libres para elegir lo que quieran, ¿no crees?


¡Se venden máscaras! (Carlos Candel)

Categoría: Máscaras

-Supongo que el producto que más le ha llamado la atención, señor… -el vendedor, un hombre de unos cincuenta años envuelto en un traje gris barato, se detuvo, esperando amablemente a que el cliente le ofreciera libremente su nombre.

-Julio…, mi nombre es Julio Morales -respondió el cliente pasados un par de segundos.

La luz del día entraba a trompicones entre las láminas del estor de madera que colgaba del techo junto a la ventana y daba de lleno en los ojos de Julio, lo que provocaba que no mirara al vendedor a la cara. Parecía un poco cohibido, como si se sintiera incómodo y avergonzado por lo que iba a hacer.

-¡Ah! Don Julio, le decía que tal vez le haya traído hasta aquí nuestro producto estrella, la “Máscara”, ¿me equivoco, señor?

Julio negó con la cabeza.

-¡Estupendo! ¿Y había pensado ya en algo? ¿Tal vez algún famoso? ¿Un actor? ¿Un deportista de élite? ¿Un político, tal vez? Aunque… a decir verdad, esos usan muchas máscaras, ¿no es cierto? Ja, ja, ja.

El vendedor se detuvo un instante, esperando a que su broma hiciera reacción en su interlocutor. Mientras tanto atrajo para sí un catálogo con la mano izquierda.

-Tenemos de todo… o casi -volvió a bromear guiñándole un ojo a Julio-. Si no lo tiene claro, o tiene dudas, puede ir echando un vistazo a nuestros personajes más demandados.

El vendedor le ofreció el voluminoso catálogo al cliente. A estas alturas era un poco anacrónico que siguieran usando el papel.

-Sí, ya sé, es un poco anticuado, pero los clientes suelen preferir ver muchas fotos en poco tiempo, pasar las páginas rápidamente, volver atrás, detenerse un rato en alguna… y con lo digital esto es un poco más complicado.

Julio abrió el catálogo con poco convencimiento, y tras observar con desgana la primera página, levantó la mirada por primera vez y escupió:

-¿Podría hacerlo con un ser querido? -preguntó tímidamente.

El vendedor dudó un segundo, era obvio que no esperaba una propuesta así.

-¡Pues claro! -dijo al fin, algo más aliviado, pues había empezado a pensar que aquel hombre no estaba interesado en el productor- Sólo necesitaremos una muestra de sangre. Se trata de un proceso muy sencillo. Hacemos el estudio, preparamos el implante con su información genética, se lo insertamos a usted bajo la piel del brazo y en seguida empezará a liberar las sustancias químicas que lo convertirán en un par de meses en ese ser tan querido para usted. Por supuesto, he de decirle que el efecto no es cien por cien eficiente. Usted recordará en mayor o menor medida, en función de sus características físicas, a esa persona. Pero eso sí, el modo de actuar y de pensar será exactamente igual al de la persona que elija. Eso se lo puedo garantizar. Aunque… tratándose de un familiar… si tienen una estructura ósea similar, el efecto será mucho mayor. ¿Es un familiar directo? ¿Está vivo aún?

Julio negó con la cabeza a ambas preguntas. Se veía la tristeza en su temblar de manos.

-Pero yo mismo le extraje una muestra de sangre en vida -aclaró.

-¡Perfecto entonces! Es que, si no hay sangre, no hay máscara, como comprenderá… Aquí viene gente que quiere ser igualita que Marilyn Monroe o que desea tener la voz de Elvis, fíjese usted. Pero eso es del todo imposible, porque no tenemos muestra de su sangre. ¡Ojalá! Incluso hay famosos que se niegan a ofrecer este servicio. No les hace ninguna gracia ir por ahí encontrándose con clones suyos. Y es lógico, ¿no le parece? Pero otros… están encantados. Ya sabe, los derechos de imagen que cobran por cada máscara son tan elevados que cualquiera no se prestaría, ¿verdad, don Julio? Yo ni me lo pensaría.

El vendedor no era capaz de frenar su creciente verborrea.

-El caso es que… no es un familiar propiamente dicho -le interrumpió Julio.

-¿Ah, no? ¿Un amigo, quizás?

Julio negó una vez más con la cabeza, sin dejar de mirarse las manos.

-Era mi perro.

Imagen de una obra de Roberto Fabelo

Tasa de carbono (Carlos Candel)

Categoría: Calentura Global

Madrid, 20 de enero de 2045

A quien corresponda,

Cuando el gobierno impuso la famosa tasa de la huella de carbono y prohibió que una persona generase más de 2 toneladas al año pensamos que habíamos ganado, que el planeta y con él, todas las especies, incluidas las personas, estábamos salvados. Pero nada más alejado de la realidad. El problema no había hecho nada más que empezar.

Llevábamos al menos una década, desde que aparecieran las primeras calculadoras en la web, tratando de buscar la manera de controlar de manera eficiente el control de la huella de carbono de cada una de las personas. No era una tarea sencilla, pues había que tener en cuenta multitud de factores: el gasto energético de una vivienda, el número de personas que vivían en ella, el agua consumida, lo que gastaba en ropa, libros o comida una persona, el número de trayectos que hacía alguien en un año y el medio de transporte utilizado…

Todos y cada uno de los movimientos de las personas debían de ser monitorizados a través de una aplicación móvil que, tal y como sucedió antiguamente con el Documento de Identidad, era de uso obligatorio. Estos datos pasaban a una enorme base de datos y eran tratados y revisados por el Ministerio de Medio Ambiente y Sostenibilidad Ecológica. Nadie escapaba a su control, bajo la amenaza de pena de cárcel para aquellos intrépidos que desearan burlar el seguimiento de su huella. No fue fácil hacer que la población mundial se sometiera a este procedimiento, sobre todo teniendo en cuenta las dificultades con las que contaban algunos territorios. Falta de recursos tecnológicos, infraestructuras, coordinación entre ministerios… Pero la gente no tardó en hacer uso de la aplicación móvil con soltura.

Incluso comenzaron a competir unos con otros. Por supuesto, este nivel de restricciones no fue instaurado de la noche a la mañana, sino que se ejecutó de manera procesal. Primero se redujo la tasa a 5 toneladas anuales, después a 4… Y así, poco a poco, nos fueron convenciendo de que era imprescindible reducir nuestros consumos. Y, de alguna manera, nos permitían someter a nuestro criterio en qué queríamos reducirla. De esta forma, había personas que redujeron su huella de carbono aparcando para siempre su coche, pero preferían seguir consumiendo carne. Otros, dejaron de lado las compras masivas de ropa y comida, prefiriendo invertir su tasa en un viaje en avión al año.

El problema emergió cuando ni siquiera las dos toneladas de CO2 anuales eran suficientes para frenar el cambio climático. La gente comenzó a cuestionar los hábitos de sus vecinos y amigos.

  • ¿Para qué necesitas viajar en avión? El impacto es mucho mayor que el de la bicicleta -decían algunos.
  • Pero quién eres tú para hablarme de sostenibilidad, ¿acaso eres consciente de la huella de carbono que genera comer tanta carne como la que tú y tu familia consumís cada día?

No tardamos en embarcarnos en una espiral de críticas que terminaron desbordando la paz y cohesión social. Los primeros disturbios no se hicieron esperar con la llegada de las primeras sequías. Unos meses más tarde, se desató la Gran Guerra Global (GGG).

Y, ahora, estoy aquí, sentado escribiendo estas líneas frente a mi ordenador, y ni siquiera me atrevo a enviaros este email, porque su envío nos costaría 19 gramos de CO2 más y ya casi he alcanzado mi límite mensual.

En fin, qué más da… (INTRO).

¡¡¡¡HA ALCANZADO USTED EL MÁXIMO DE EMISIONES PERMITIDAS!!!!

Ministerio de Sostenibilidad y Medio Ambiente


El contador de historias (Carlos Candel)

Categoría: Cuentistas

El viejo contador de historias abandonó la ciudad. Nadie se dio cuenta de ello, porque nadie quería escuchar. En su última actuación le resultó imposible elevar su voz por encima del bullicio que el resto de vecinos estaban armando. Cada uno con su propio cuento, cada uno con su propia historia. Un ensordecedor ruido que lo convertía todo en silencio.

El contador de historias dejó atrás el empleo que tantas satisfacciones le había procurado gran parte de su vida. Envió su currículum a otros lugares, pero nadie quería contratar a un viejo narrador. Así que se vio obligado a trabajar como repartidor de paquetería en una conocida marca de ventas online. A su edad, y cargado con una enorme caja a la espalda, navegó desorientado por nuevas ciudades. Antes desgastaba su garganta, ahora la suela de sus zapatos. No alcanzaba a entender el motivo por el que el mundo había cambiado tanto. Años atrás sus historias eran ávidamente digeridas por los curiosos ojos de la infancia. Cuentos transmitidos de generación en generación que se perderían en la soledad de este nuevo mundo sordo. Pensó en escribirlos y divulgarlos a través de la red, pero en seguida descartó la idea. Si la gente había perdido la capacidad de escuchar, mucho más la de leer. Y, además, siendo honesto consigo mismo, no es lo mismo contar que escribir, y a él lo único que se le daba bien era contar las historias que antes le había escuchado a otros.

Pero un día llamó a la puerta de una casa. Le abrió un pequeño. El viejo se sorprendió de que ningún adulto lo recibiera. El anfitrión de la casa no tendría más de cinco años. El viejo narrador llevaba a su espalda un paquete para él. Se lo entregó y esperó a que, allí mismo, el niño lo abriera entusiasmado. Era un libro. Uno de cuentos. El niño no dijo nada, tan sólo miró al repartidor con una amplia sonrisa en la cara. Sus ojos le recordaron al anciano las miradas de aquellos niños y niñas que tanto habían disfrutado de sus historias. Durante unos segundos se miraron sin decirse nada, hasta que, finalmente, el pequeño le ofreció el cuento al repartidor. Por un momento, el contador de historias temió que el niño quisiera devolverlo, que no quisiera aquel libro. Pero después escuchó su tímida voz diciéndole:

-¿Me lo cuentas?

Claro, el niño aún no había aprendido a leer. No todo estaba perdido en aquel ruidoso mundo.


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